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Jud Garrido

A un mes 19s…

La primeras noches fueron de insomnio, por salir a las brigadas a ayudar o porque qué tal que no escuchaba la alerta sísmica a tiempo, o qué tal que empezaba a temblar y no sonaba la alerta… mi cabeza sólo pensaba cómo hacer más para ayudar, mi corazón se alegraba hasta las lágrimas de sentir el de mi hijo latir a mi lado y saber a salvo a mi gente; se encogía de dolor cuando compartía momentos con las personas al no querer alejarse de sus hogares a punto de colapsar por que habían sacrificado tanto para tenerlo. Mi alma se rompía por completo al ver a las familias esperar por sus seres queridos, ¿de dónde se toma la fuerza para soportar eso?

Pero la vida sigue a pesar de las pérdidas, y uno recuerda el valor de los que hoy están y de lo que hoy tenemos. Reconstruir no sólo muros, también vidas, no es fácil. Si no olvidamos que no sólo en las catástrofes, también en el día a día hay personas reconstruyendo, y ayudamos de alguna forma, el nuevo panorama puede ser mejor.

19S +1M +1D

A un mes y un día del 19s diré…

Confieso que tengo empatía con los temblores, quizá tiene algo que ver mi signo zodiacal y el elemento que lo representa. Quién sabe, pero a mí me gustan los terremotos.

Me gusta que ocurran intempestivamente. Siempre inoportunos. Me gusta que el hombre apenas pueda anticiparlos con segundos antes de que se presenten, con toda su fuerza. Y es que así son, no hay manera de predecirlos, simplemente ocurren. Puedes ir caminando por el mundo en un día cotidiano, pensando en el menú de la comida, el gasto, la tarea, el gato y de pronto, ¡zaz! La tierra se sacude.

Me gusta su carácter implacable. No distinguen condición, talla, peso, color, estado de ánimo, no son selectivos en ninguna manera.

Aparecen como un escalofrío de la tierra que a veces sentimos suave y a veces parece advertirnos “agárrense piojos, que ahí les va el peine”.

Los temblores despiertan conciencias, reúnen familias, afloran todo lo bueno y todo lo malo que somos, nos recuerdan que todo es impermanente, nos enseña que en unos cuantos segundos estructuras que parecían sólidas se desmoronan, nos estremece para que revisemos nuestros armazones internos, el sostén de las ideas sobre las que moldeamos nuestra personalidad y nuestro actuar. Son siempre una invitación a tirar al suelo aquello que construimos y que ya no nos funciona en la vida; a reforzar lo que se ha dañado y aún nos importa; a reedificar lo que se nos desmoronó. Los temblores nos convierten en cardumen, donde el colectivo es más importante que el individuo. Desde ahí nos reconstruimos.

Reseña de “Momo”

Momo, ¡vaya título!… esas 4 letras (y unas cuantas más del nombre del autor), no te adelanta nada sobre la historia que contiene este libro publicado en 1973. Al girar el libro, en su contraportada se describe un contexto de una historia “normal”, no parece nada del otro mundo. La sorpresa que guarda este libro es la veracidad de sus palabras colocadas en un ambiente ficticio pero que de alguna forma es tan acorde a la realidad.

El libro se divide en 3 partes, en el inicio presenta a nuestra protagonista, una pequeña de nombre Momo, y a los demás personajes humanos, el autor nos cuenta cómo viven en la ciudad. La segunda parte hace oficial el nombre de nuestros antagonistas: “los hombres grises”, esas personas que nos van robando sin que nos demos cuenta, casi como un banco. En la tercera parte nos muestra la solución a todos los problemas de Momo y sus amigos, a través del desarrollo de todos estos temas de la vida cotidiana, como aprender a ser felices, la insatisfacción que ocurre cuando se llega a cierto punto de nuestras vidas en el que esperábamos tener resuelta la vida, haber cumplido con la expectativa, y sin embargo esto no ocurre en realidad; todo enlazado con la idea del tiempo, que es el concepto principal en esta historia.

Momo es un libro que se encuentra en los catálogos de literatura infantil, como un cuento clásico, sin embargo creo que es un libro que no tiene restricción de edad, todos deberían leer la historia de Momo, los niños y los adultos, se puede por la ágil narrativa que nos ofrece Michael Ende aunque incluye un mensaje tan grande y que confirma que todas esas divagaciones que pensamos cuando estamos sin nada que hacer, tienen algo de verdad,  que no somos los únicos en preocuparse o cometer errores banales, que siempre, siempre, siempre hay que disfrutar el tiempo que tenemos y a aquellos con los que lo compartimos.

Datos Bibliográficos

Título: “Momo”
Autor: Michael Ende
Editorial: ALFAGUARA
ISBN: 978-607-313-560-3
Impreso en México
Total de Páginas: 320

Mujer de 30, finalmente

Mujer de 30, finalmente

Nunca entendí el espanto de otras mujeres por llegar a esta edad. Al contrario, siempre me imaginé llegando a los 30 como una mujer empoderada, con una lista de objetivos alcanzados: el trabajo, la casa, el coche, la pareja, el éxito. Todas tenemos una lista. Posiblemente la diferencia entre mi feliz proyección y  la angustia de la mayoría de las mujeres es que con el paso de los años permití que mi lista fuera cambiando. Algunos objetivos salieron fácilmente de ella, otros me costó mucho trabajo borrarlos porque son de los que escribes por decisión propia con mayúsculas, pensando que son imprescindibles. Felizmente la vida se encarga de repetirnos las veces que sea necesario lo que es realmente importante. Se ríe de nuestra lista y encuentra la forma de hacernos entrar en razón.  Pienso en la mujer que me imaginé que sería a los 30, y me río del concepto de éxito que tenía tiempo atrás. Me alegra saber que he quitado de la lista “el trabajo” porque aquello a lo que me dedico no me define, “la casa” porque mientras tenga un cuerpo habitado por un alma siempre podré llamar casa al lugar que me dé techo en cualquier momento, “el coche” porque camino, leo en el transporte público, o pido un uber, “la pareja” porque tengo la que merezco, soy feliz con su compañía pero si se va no se lleva mi vida, y “el éxito” porque es concepto que ya no me pesa. La madurez puede o no llegar con los años. La vida nos susurra un mensaje que a veces no es claro, pero el hecho de percibirlo significa que hemos dado un paso. Pensé que si tuviera que anotar un nuevo objetivo en la lista, sería “paz”…pero es más ambiciosa que el éxito, y seguramente más pesada. Mejor no tener más una lista, como la filosofía de aquel Santo, ¿cómo era?, ¡ah sí!: “Cada día necesito menos cosas y las pocas que necesito las necesito muy poco”. Mientras me repito esa frase me siento una mujer de 30 que ya entendió de qué se trata la vida.

2016

 

Me preguntaron que me trajo el 2016, y lo primero que me vino a la  mente fue todo lo que perdí en el 2015. Perdí a mi madre. Se me fue de entre las manos con un cáncer avasallador y no lo quise ver. Ni siquiera el mismo día de su muerte, me volví ciega por mi propia voluntad. No vi su dolor, ni su fatiga, ni su falta de apetito o de ganas de vivir.

Perdí a mi pareja. Me cansé de luchar por conservarlo.  Remitió mi  ceguera.  Ahora sí pude ver mi dolor,  mi fatiga,  mi falta de alegría y de ganas de tenerlo a mi lado. Se fue y yo lo deje ir.

Inicié el año con las manos, el corazón y la casa vacíos. Sin rumbo, sin oficio ni beneficio, sin ganas de vivir. Fue ahí, en ese desierto de desolación y oscuridad que empezó mi camino por el 2016. Fui dando pasos, a veces avanzando, a veces retrocediendo.  El miedo, el enojo, el dolor y la negación eran mi equipaje. Lo probé todo, la lógica, libros, terapia, yoga, meditación, ejercicio. Nada podía contra ese vacío interno que como hoyo negro iba devorando hasta la última chispa de luz en mi interior. Y fue entonces que me metí de lleno en el universo femenino, ese de cafés y desayunos, de tardes de compras, de compartir recetas y tarde que temprano confidencias ¡Aprendí tantas cosas!

Que el amor es gratis, que no necesitas esforzarte para ser amado. Lo eres porque sí, o no lo eres, no importa lo que hagas.

Que los errores son la maravillosa manera de la vida de hacerte cambiar de camino, de mirar hacia otros lados, de crecer y aprender.

Que el dolor se acaba y en su lugar pueden quedar cosas tan valiosas como recuerdos, perdones y nuevas alianzas.

Que siempre hay gente hermosa a tu alrededor lista para tenderte la mano, sólo tienes que levantar la mirada.

Que mi vida me pertenece, al igual que mi alegría o mi tristeza y por lo tanto es mi responsabilidad.

Que el amor y la amabilidad empiezan por uno mismo. Quiérete mucho, perdónate todo y sobre todo, aprende la lección.

Que las mujeres somos hermosas, fuente de amor y fuerza inagotable, somos hermanas todas y cada una. Somos la misma.

Eso me trajo el 2016, sabiduría femenina. No me queda más que dar gracias infinitas a mi madre, por no ser perfecta, a mi hermana y mi hija que me han enseñado montones, a mi tía que me cobija con su amor y a todas mis amigas que con su cariño y carrilla me han ayudado a recuperar lo que nunca debí haber perdido, mi identidad.

El origen de los conflictos

Alguna vez te has preguntado ¿qué es lo que hace que cada cabeza sea un mundo?

Todo lo que percibimos a lo largo de la vida es a través de los sentidos, pasa por un filtro mental que interpreta lo que oímos, lo que vemos o lo que sentimos. Este filtro se crea a partir de nuestra biología, emociones, creencias, etc. y es cuando comenzamos a diseñar historias de lo que sucede, su origen y su propósito y que finalmente define el enfoque de nuestras conversaciones para alcanzar un resultado.

Cuando pretendemos que los demás acepten nuestro punto de vista a través de convencer (vencer al otro con su consentimiento), anular o eliminar perspectivas diferentes -por ejemplo a través del uso del poder y la imposición-, es cuando estamos viendo el mundo desde un enfoque único, solemos decir “sí, pero…”, “es que no has entendido que…”, “lo que no sabes es que…”, “la única solución es…” Calificamos a los que no coinciden con nosotros como ignorantes, incompetentes, limitados o malintencionados y en el mejor de los casos hacemos uso de la tolerancia para poder convivir con ellos tratando de “educarlos” .

Por mucho tiempo se han diseñado y perfeccionado metodologías de seducción que nos permiten convencer a otros con maestría, como en viejas estrategias de ventas, de marketing e inclusive en algunos estilos de liderazgo. La limitante de construir desde este enfoque es que puede ser el origen de grandes conflictos ¿te has dado cuenta que en las guerras todos creen tener la razón y literalmente la defienden a capa y espada? Aquí la diferencia es considerada como una amenaza.

Al contrario de lo que sucede con el enfoque único, en el enfoque múltiple el propósito es entender la legitimidad de nuestras diferencias. Busca integrar puntos de vista diferentes para crear nuevas posibilidades reconociendo de antemano que cualquier punto de vista tiene limitantes (inclusive la nuestra). Las conversaciones hechas desde este enfoque incluyen frases como “y…”, “me parece interesante tu punto…”, “ yo lo veo distinto…”

Cuando logramos observar el mundo desde este enfoque, estamos co-creando futuros diferentes, haciendo sinergia con experiencias, conocimientos, expandiendo nuestros límites; y reconociendo al otro como un ser único e irrepetible donde la diferencia no me hace mejor, sólo distinto.

Como puedes ver, no es tan difícil darnos cuenta de cómo estamos abordando un tema con otra persona, a veces basta con observar lo que hacemos y decidir generar un cambio en ti para que el mundo cambie. Recuerda un poco las matemáticas de la vida: restas y divides o sumas y multiplicas.

Comienza con un paso a la vez, vivir en armonía depende de ti.  Si cambias tú, comienzas al cambiar el mundo.

Relato de mi hijo

Hago esto porque en estos momentos no tengo muchas maneras de expresarme, tanta tristeza que abunda mi ser, en este momento les contaré lo que me ha pasado. Miércoles en la tarde, 12:55 de la tarde, un día cualquiera en la escuela, dice mi maestra que ya vinieron por mí, por supuesto yo FELIZ, pero recordé que sólo salgo temprano de la escuela cuando es algo serio, así que me tranquilicé, me despido de mis amigos y voy con mi mamá. Le pregunté si ella estaba bien, o si se sentía bien, ya que a ella generalmente le pasan cosas malas. Ella me contesta que no, que el que se sentía mal era mi bisabuelo. Él no quería ir al hospital. Me preparo y voy a la lejana casa de él. En el camino yo me lo imaginaba bien, con algún problema pero bien. Llegando a su casa veo a casi toda la familia, unos cuantos llorando, dejé mis cosas y fui a verlo. Fuerte el impacto que me dí al verlo, su piel tan pálida, el cabello pasó de un gris a un blanco de miedo, su respiración tan gruesa y forzada, se veía tan mal. Le dije que estaba ahí, que lo quería y lo respetaba porque no sabía qué más decir. Estaba IMPACTADO, las horas pasaron y empeoraba. Finalmente las palabras vinieron a mí y yo le dije: ¿recuerdas la canción que te hice?, ¿la recuerdas? “Te quiero y siempre te querré. Te quiero desde el fondo de mi corazón…” eso es lo que decía la canción por siempre y para siempre. Vengo a representar a mi papá y a mi abuelito que no han podido venir, pero si estuvieran aquí ellos dirían… La verdad, no sé lo que dirían, pero sí sé algo, que te van a querer siempre y que nunca te olvidarán. Te lo dice la cuarta generación de Roberto y estoy seguro que la sexta y séptima te recordarán con mucho amor, te quiero.

Después de llorar diciendo las palabras desde el fondo de mi corazón, él tenía atorada una lágrima, me trataba de apretar la mano diciendo algo como “yo también te quiero”. Él me decía con mucho esfuerzo: – hijo, hijo, hijo…- , le dije que se relajara y que lo quería mucho. Me fui unas horas más tarde, me despedí de todos, algo que nunca había hecho y sobre todo me despedí de mi abuelito. Él trató de darme una palmada, pero no pudo. Le dí un beso y me fui.

Sé cómo terminará la historia y aunque me entristece de sólo decirlo, algunas veces la vida es triste.  Y se acaba.

                                                                                                                                                                                                       Agosto 2016

Lo que llega después de la muerte

De una u otra forma en algún momento de nuestras vidas, hemos enfrentado la muerte, ya sea de un ser querido, la de una relación, un sueño, una duda, una certeza. Y con esto no es mi intención establecer una igualdad de circunstancias, sino que me da la oportunidad de abordar lo que sucede con nosotros después de esas “muertes”, con los que nos quedamos en esta nueva realidad.

Actualmente existen muchas teorías que explican el proceso del cambio en nuestra vida, y comienza como todo: con el principio, cuando aprendemos a vivir con lo que tenemos y con lo que no, haciendo planes, diseñando proyectos, preparándonos para el futuro o simplemente esperando, hasta que un suceso cambia nuestra realidad, la forma en la que conocemos.

Mientras esto acontece, aparece la resistencia, una etapa en donde nos negamos a creer que algo ha cambiado, y experimentamos emociones como el enojo, la tristeza y el miedo, y comenzamos a actuar como si nada hubiera cambiado, hasta llegar el punto en donde “tocamos fondo”, ese momento donde reina el caos, el momento en donde tus certezas empiezan a convertirse en dudas, donde no sabes quién eres en realidad, que es lo correcto por hacer, donde calificas dolorosamente tus acciones o las del otro, o a la vida misma. ¿Hasta cuándo? Hasta que logras aceptar que las cosas han cambiado, y que no importa que hagas o dejes de hacer, no está en tus manos evitarlo y comienzas a descubrir una idea que te transforma, que inspira y que te lleva a trabajar en ti, a adaptarte a este nuevo mundo hasta lograr la integración total a tu nueva realidad y comenzar nuevamente a fluir.

En otras palabras, posterior a nuestro enfrentamiento con la muerte podemos experimentar la certeza de que aquellos que se han ido están en un lugar mejor y que hoy lloramos sólo por nosotros, por el dolor que nos provoca el continuar nuestra vida sin ellos, por el miedo a no volver a ser felices. Pero también sabemos que esto va a pasar, y nos veremos reconstruidos, renovados y que saldremos adelante. Un día volveremos la mirada hacia el pasado, recordando este momento con nostalgia y descubriremos que el dolor ha desaparecido, y no por resignación sino por aceptación, porque habremos conseguido nuevamente vivir nuestra vida y ser felices aún sin su presencia, pero honrando a cada momento a los hoy ausentes.

¿Era ella o fuiste tú?

Ya hace casi un año y aún me cuesta trabajo creer que se fue contigo. Apenas he logrado aceptar que no te la has llevado a la fuerza, que no la obligaste. Pero sigo preguntándome cómo lograste convencerla. ¿Qué le prometiste? ¿Qué le faltaba si con nosotros lo tenía todo?

La amábamos. ¿Sabes? A veces más, a veces menos. Yo sé que algunas temporadas la teníamos medio en el olvido, o ella estaba enojada y nos mantenía a distancia, de castigo. Pero así había sido desde que crecimos. Teníamos vidas que vivir, familias que formar, ella misma lo decía, teníamos que volar fuera del nido.

Aunque nunca nos fuimos del todo, incluso creció la familia, le dimos nietos, le llenamos la casa de risas y juegos. Juegos de niños y de adultos. Nos dejamos engañar, manipular, enfrentar los unos contra los otros, como a ella le gustaba. ¿O no? Y ella así nos movía, como piezas de ajedrez. A su gusto o disgusto y lo permitíamos todos, sin amotinarnos, bailando al son de su elección.

En cuanto a papá, ella lo amaba. Desde niña. Se casó tan joven que creo nunca recordaba haber vivido sin él. Él era su todo: su risa, su llanto, su fuerza y su fe. Lo siguió hasta donde él quiso y cuando no lo acompañaba, esperaba, con anhelo. Leía y releía sus cartas, contaba las horas y hasta que él volvía regresaba el latir a su corazón. Festejaron décadas juntos, llegaron a los 50 pero ni uno más ¡Te la llevaste! ¿O se fue contigo?

Teníamos planes, ideas, sueños, casi rituales aún por cumplir. Ella me amaba, a su manera y no sólo a mí. Nos amaba a todos, no por igual, pero qué más da. El amor es amor mientras sea real. Aún así te la llevaste, ¿o se fue contigo? Dejó tanto atrás, amores, tesoros, recuerdos y más.

Adiós madre mía, aquí nadie te olvida aunque te hayas ido por tu propia voluntad. Tu muerte es mi muerte, mi muerta eres tú.

Aniversario Luctuoso

He escrito bastante lo difícil que fue perderte y lo que tardé en reorganizar mi vida después de tu ausencia.

Con los días, los meses, los años, con todo el tiempo sumado también llegó el olvido. Este mes nos convocamos a la misa de aniversario luctuoso, hace 22 años de tu muerte. Llegamos los que tenían que estar, aunque estoy segura de que sigues presente en la memoria de muchos más. Aprovechando la cercanía de las fechas entre tu aniversario y el 2 de noviembre, mencionamos también a los tuyos. Para no decir tantos nombres, diré que te queda viva una hermana, tu marido y tus hijas y que los dos primeros me perdonen si digo también que nos quisiste más a nosotras, más que a ellos, más que a todos. Al menos así sentí siempre tu amor incondicional y totalmente entregado.

Podría meter en una lata todas las cosas que han cambiado en tanto tiempo, las películas que estoy segura que te hubieran gustado, las salas de cine VIP, la nueva televisión con sus efectos especiales, netflix y los lentes de realidad virtual, madre, son “la onda”, estoy segura de que los habrías disfrutado mucho.

Cuando menciono tu nombre entre los que te quedan vivos escucho que el olvido llegó con el tiempo y tu recuerdo vive en nuestra memoria, un poco distorsionado por cada uno. Cada quien recuerda diferente y ahora hay varias versiones de ti, a unas no las reconozco, y otras me sorprenden. Trato de recordarte y me convenzo a mí misma de que te gustaba el chocolate, ¿te gustaba el chocolate? o es acaso que me gusta tanto el chocolate que pienso que también te gustaba a ti… a veces me confundo, se me ocurre que es una distorsión de mi memoria que te incorporó a mis gustos, y ahora no estoy tan segura de recordarte “separada de mí”.

Así nos ocurre ahora, escucho recuerdos de lo que hacías, decías, pensabas y desconfío. Por eso estoy haciendo una lista, escribo en ella para dejar un registro menos engañoso y más confiable que las mentes de los que te sobreviven. Te gustaba el café, o las tardes de café con las amigas, sabías tejer con aguja, no recuerdo que lo hicieras con gancho, hacías manualidades en migajón y papel albanene. Te gustaba dibujar y los perfiles de personas  te quedaban particularmente bien. Escribías en manuscrita y tu firma era imposible de imitar. Cocinabas rico, y todos los días nos preguntabas qué queríamos para comer. Te gustaba cantar y te recuerdo improvisando algunos pasos de baile en la cocina. Parecías divertida, entretenida y siempre, siempre, siempre estabas ocupada en algo.

Una de estas tardes, platicaba con mi hermana, curiosa le pregunté si ella también tenía el recuerdo de las carreras locas para no ser alcanzada por la mamá encolerizada que venía detrás dispuesta a impartir castigo. Porque la preocupación era que no me alcanzaras a mí, entonces, con tanta prisa, no miro en los recuerdos la imagen de mis hermanas. Ya me ha confirmado que sí, los castigos eran democráticos, las memorias compartidas coinciden.

Sé también que eras enojona y de muy mal carácter, orgullosa y guardabas muy bien los rencores. El amor que sentías por tus hijas era más grande que cualquier desafío. Entre mis memorias construyo una mujer que es mi origen, mi fuente, mis raíces. No más mis razones. Hace tiempo que dejé atrás tus enseñanzas madre, porque he tenido que enfrentar desafíos nuevos, y la caja en la que guardaba tus enseñanzas se quedó sin respuestas ante los retos, las afrentas, las batallas que elegí y las que me eligieron.

Hace años que voy creando un camino propio, y tú vienes dentro de este corazón mío, latiendo en cada paso y susurrando en mi mente “honrar es el camino de los valientes”.

Gracias por tu amor que aún hoy me cobija y protege.

Tu recuerdo me acompaña siempre.

Estamos en paz madre.