Archivo de la etiqueta: Tiempo

Reseña de “Momo”

Momo, ¡vaya título!… esas 4 letras (y unas cuantas más del nombre del autor), no te adelanta nada sobre la historia que contiene este libro publicado en 1973. Al girar el libro, en su contraportada se describe un contexto de una historia “normal”, no parece nada del otro mundo. La sorpresa que guarda este libro es la veracidad de sus palabras colocadas en un ambiente ficticio pero que de alguna forma es tan acorde a la realidad.

El libro se divide en 3 partes, en el inicio presenta a nuestra protagonista, una pequeña de nombre Momo, y a los demás personajes humanos, el autor nos cuenta cómo viven en la ciudad. La segunda parte hace oficial el nombre de nuestros antagonistas: “los hombres grises”, esas personas que nos van robando sin que nos demos cuenta, casi como un banco. En la tercera parte nos muestra la solución a todos los problemas de Momo y sus amigos, a través del desarrollo de todos estos temas de la vida cotidiana, como aprender a ser felices, la insatisfacción que ocurre cuando se llega a cierto punto de nuestras vidas en el que esperábamos tener resuelta la vida, haber cumplido con la expectativa, y sin embargo esto no ocurre en realidad; todo enlazado con la idea del tiempo, que es el concepto principal en esta historia.

Momo es un libro que se encuentra en los catálogos de literatura infantil, como un cuento clásico, sin embargo creo que es un libro que no tiene restricción de edad, todos deberían leer la historia de Momo, los niños y los adultos, se puede por la ágil narrativa que nos ofrece Michael Ende aunque incluye un mensaje tan grande y que confirma que todas esas divagaciones que pensamos cuando estamos sin nada que hacer, tienen algo de verdad,  que no somos los únicos en preocuparse o cometer errores banales, que siempre, siempre, siempre hay que disfrutar el tiempo que tenemos y a aquellos con los que lo compartimos.

Datos Bibliográficos

Título: “Momo”
Autor: Michael Ende
Editorial: ALFAGUARA
ISBN: 978-607-313-560-3
Impreso en México
Total de Páginas: 320

La mujer duplicada

No fue como en el libro de Saramago, donde el personaje principal descubre en una película a un hombre que es idéntico a él. No tuve que copiar la lista de nombres de los actores que aparecían en los créditos, ni hacer investigaciones hasta que sólo quedara uno, ni emprender una búsqueda para encontrarlo. Sin embargo me gusta contar esta historia evocando ese libro. A la mujer duplicada no tuve que buscarla, nuestros caminos se toparon…

Era mi primer día en el nuevo trabajo, las instrucciones habían sido claras: “al llegar a las oficinas pregunten por Estela”. Así lo hicimos los cinco de nuevo ingreso pero ella no salió a recibirnos, fue otra de las tres personas que trabajaban en ese lugar quien nos dio la bienvenida, y nos enseñó las instalaciones. Había dos oficinas, y como ahora seriamos ocho personas, uno de los nuevos tendría que irse a la oficina de los otros, que probablemente no iban a ser muy simpáticos con nosotros. Evidentemente nadie quería ser el nuevo entre los otros, pero como todos somos adultos, y además profesionales, decidimos arreglarlo de manera imparcial. Hicimos papelitos, cuatro estaban en blanco y uno tenía un asterisco —el símbolo de los otros —.Quien lo sacara no se salvaría, la decisión era irrefutable, tendría que compartir oficina con tres desconocidos, entre ellos, la tal Estela, que ni había salido a recibirnos, ni se había asomado a saludarnos. Fui la segunda en sacar papelito, por supuesto el del asterisco. Tomé mi laptop y me fui a la oficina de los otros, ahí estaba ella.

Tenía unos audífonos puestos y la vista clavada en el monitor, intentaba saludarla desde la puerta cuando adivinó mi presencia, me lanzó una mirada e hizo una seña para que guardara silencio, entendí el mensaje, entré a la oficina de los otros, me instalé en el escritorio vacio, y estuve convencida de mi mala suerte durante varios largos minutos, hasta que se quitó los audífonos y empezamos a hablar. Llegó rápido a una pregunta clave — ¿te gusta leer? —, de pronto ya no me pareció tan lejana, pensé que podíamos tener algo en común, pero nunca me imaginé cuanto.

Tardé un poco en reconocerla — ¿o tendría que decir, en reconocerme? —. Tal vez a causa de los lentes, ella usaba y yo no — al menos no hasta un mes después de conocerla, cuando me di cuenta de que mi vista estaba cansada y tuve que ir por unos, similares a los suyos en forma, pero de diferente color—. Sin darme cuenta era como empezar a alcanzarla en una línea del tiempo, 10 años atrás de mí misma.

Otros habían notado el parecido desde el incio, decían que mis frases sonaban a las de ella, y el día que llegué con lentes me dijeron “ahora sí eres toda una Estelita”. Pensé que exageraban, que sólo teníamos en común el gusto por la lectura y las últimas cuatro letras de nuestros nombres, hasta un día en que me escuchó hablar de mi novio y dijo — ¿Tienes un Roberto? ¡Uy! Salen muy buenos—, le contesté que más o menos y ambas reímos pensando en los defectos que pudieran tener en común nuestros Robertos. Ahí empecé a reconocerme en Estela, a prestar atención a las coincidencias que había entre su vida y la mía, a verla como mi yo del futuro. A ella le pasó lo mismo, empezó a referirse a mí como su versión recargada, y a veces entre bromas me indicaba qué cosas tenía que cambiar para evitarme cosas que a ella le habían pasado. Era como si estuviera pasándome las respuestas de varios exámenes, o mejor aún, como si me ayudara a exentarlos. La mujer duplicada y yo nos hacíamos cómplices… ya éramos amigas.

Me contó que su Roberto y ella tenían un bulldog inglés, le conté que mi Roberto y yo discutíamos porque él quería uno y a mí no me gustaban. Me pareció simpático pensar que tal vez a mi también me ganarán la batalla, y terminaremos teniendo ese perro. Hablamos mucho de ellos, era gracioso ver como también se parecían; para empezar coincidimos en que ambos eran un par de suertudos, inteligentes y difíciles, con personalidades que a menudo podrían chocar con las nuestras, y sin embargo habían sido una mezcla perfecta, hasta ahora por mi lado y hasta dentro de 10 años más por el de Estela.

Le conté que hacía unos meses había tenido una crisis de estrés en el trabajo, que me llené de ronchas al preocuparme por cosas que no estaban en mis manos, me dijo que tenía que relajarme para evitar un evento vascular cerebral como el que a ella le había dado hace meses, que tomara las ronchas como una primera advertencia, y que las tomara en serio, porque cuando no haces caso a las señales del cuerpo un día se cansa de buscar diálogo y simplemente baja el switch.

Me permitió verla y admirarla en su papel de madre, con el niño más talentoso que he conocido, que se emociona con la idea de ir a una librería, dibuja, escribe, y corrige a los adultos cuando citan mal a algunos escritores. Si yo tuviera un hijo quiero pensar que sería como ese, pero como en esta versión recargada el chip de la maternidad se quedó fuera sólo admiro al pequeño Santiago y pongo de ejemplo su original personalidad cada que puedo.

En cada plática surgían más coincidencias, cada vez me gustaba más escucharla, y verla me provocaba una enorme tranquilidad al pensar que si esa era yo en unos años, lo había hecho bien. Me gustaba verme en ese espejo, siempre amable, divertida y congruente.

Hay quienes pueden fingir afinidades con tal de parecer el alma gemela de alguien. Permanecen en la vida de otros estando de acuerdo en todo, amando y odiando lo que el otro diga, con tal de llegar a un día en que puedan decir “llevamos muchos años de ser amigos”. Nunca he podido hacer eso, soy muy yo todo el tiempo, con gustos y pensamientos que limitan considerablemente mi universo de amigos. No tengo problema con estar sola, soy una mujer que se quiere a sí misma y que en su interior se reconoce extraordinaria sin importar si alguien allá afuera se da cuenta. Pero a veces cómo se anhela compartir lo que nos grita desde esa enormidad de adentro, y que en otros simplemente no hace eco. Encontrar a alguien cuyo adentro le grite en el mismo idioma, eso para mí es encontrar a un amigo.

Nuestros duplicados, pueden o no parecerse físicamente a nosotros, por eso podemos tardar en reconocerlos, pero si prestamos atención veremos idénticos pedacitos de nuestra alma formando parte del otro.

No debe haber problema en ir por la vida con uno mismo, ni en convivir con gente totalmente distinta a nosotros, de ambas cosas aprendes y creces, pero seamos honestos, también te cansas. Por eso agradeces tanto cuando un alma afín aparece y le hace un guiño a la tuya diciendo “llegué, vamos a divertirnos”

¿Se imaginan entonces cómo fue verme llegar a mí misma, con 10 años más para hacerme compañía? Tal vez exagero y es sólo mi ego esforzándose por hacerme ver parecida a una mujer que quiero y admiro. Tal vez sólo estoy demasiado contenta al ver que hoy tengo con quien asistir a presentaciones de libros, con quien inscribirme a algo tan ñoño como un taller cultural en domingo, con quien compartir de una enormidad a otra. Tal vez sólo intento dar gracias por esta amiga que llegó del futuro para hacer mejor mi presente.

Alicia y el tiempo

Un poco de Alicia y un poco no tanto…

Compré una edición reciente de “Alicia en el país de las maravillas” con la intención de leerlo en las noches antes de dormir, junto a Santiago, que aún cuando es un niño muy tecnológico, combina con empatía la lectura entre sus actividades.

No se hicieron esperar las comparaciones entre el libro y alguna versión cinematográfica de la historia, sin embargo entre prefacios y prólogos comenzaron los datos curiosos que la película no cuenta, como que Lewis Carroll es el alter ego de Charles Lutwidge Dodgson; anglicano, lógico, matemático, fotógrafo y escritor británico, autor de Alicia en el país de las maravillas, escrita en 1865, ¿no es maravillosa la posibilidad de trascender a través de los libros?

Más de 150 años después de haber sido escrita, Alicia en el país de las maravillas permanece como una lectura elocuente, vigente, tan fresca entonces como hoy.

Podría escribir sobre la depresión, el orgullo, la tristeza, o la curiosidad, de la ternura, del conflicto de personalidad múltiple, sobre existencialismo o  autoritarismo, y todo tendría alguna referencia con Alicia en el país de las maravillas.

Es un cuento con perspectiva, podemos escribir mucho de nuestros temas favoritos, y no sólo eso, también personajes, y cosas favoritas, frases o diálogos de Alicia en el país de las maravillas. En esta ocasión elegimos el tiempo…

Alicia y el tiempo…

Hay una parte del cuento, cuando Alicia está sentada frente a la gran mesa de té, en compañía de la Liebre de Marzo, el lirón y el sombrerero. El sombrerero lanza a Alicia un acertijo del que no conoce respuesta, “ ¿En qué se parece un escritorio a un cuervo? Alicia un poco decepcionada les sugiere  “…emplear mejor su tiempo, y no perderlo en acertijos sin solución.”

˗ “El tiempo es muy suyo.” ˗ Es la mejor respuesta del sombrerero.

Hace más de 150 años, un sombrerero recomendaba tener una buena relación con el tiempo. ¿Hay algo más relevante y vigente hoy día? Al menos en esta Ciudad donde al igual que Alicia se tiene la idea de que el tiempo se puede “emplear”, “perder” y es que, como lo aclara el sombrerero “… el tiempo no soporta que lo marquen o lo clasifiquen…”

Estas realidades en las que el ego es tan grande que nos hace pensar que el tiempo es una cosa, un recurso del que podemos disponer y además muy tuyo, tan de tu propiedad que tú eliges cómo “emplearlo”.

Tal vez despersonalizar al tiempo nos permita entender mejor lo que sucede cuando sentimos que el tiempo no alcanza, ni rinde, ni nos toma en cuenta, nos atropella y se ríe divertido de nuestra arrogancia.

¿Qué es la prisa?- La prisa es el conejo blanco.

Me gusta la oruga azul con su puntual consejo “Es preciso que no pierdas la calma”

Ser paciente es mirar con empatía al tiempo, no como una medición lineal, mas sí como una circunstancia que no controlamos y que no nos pertenece.

El tiempo ocurre. El tiempo existe. Requiere atención y cuidado, como todas las interacciones que somos capaces de establecer.

Habría que estar dispuestos a que el tiempo acomode las sillas y de vez en vez cambiarnos de lugar, de taza, y servirnos un nuevo té. Habría que estar siempre dispuestos a caminar con él, a través de él, fluir.

Si logras una buena relación, el tiempo te ayuda, colabora a tu favor, como el viento, como el mar, como la vida misma. Sincronicidad, le llaman algunos.

 

Datos Bibliográficos:

Autor: Lewis Carroll

Libro: Alicia en el país de las maravillas

4ta edición, México, D.F. febrero 2014

Grupo Editorial Tomo, S.A. de C.V.

160 páginas