Etiqueta: Recuerdos

El panzón

El panzón.

La dicha de enseñar y aprender me viene del abuelo. Es como si su facilidad de palabra me hubiera ido penetrando la lengua y al final se fuera haciendo una costumbre en mi caminar. Hablar para convencer, platicar por el placer y el discutir para defender. Me vienen del lado materno tantas cosas.

Al panzón le gustaba inventar historias, las presentaba de una manera tan real que toda mi infancia viví creyéndolas. La que más me gustaba sin duda era la del tiburón y hoy en día, aunque soy ya una adulta, sigo pensando muy en el fondo de mi corazón que todo sucedió como él nos lo había contado.

El verano en Sudcalifornia es literalmente como el origen de la palabra misma “un horno caliente”, nos situamos entonces en esa época del año en donde los palmares dejan de bailar y el único remedio a “la calor” resulta un buen chapuzón a orillas del mar de cortés. Por ahí de los años cincuenta todos los jóvenes del pueblo acompañaban a sus padres a la pesca, por el trabajo o cuando el día lo ameritaba  eran los amigos los que se reunían para ir a sacar algún fruto del mar.

Aquel día Manuelito Davis había ido de día de pesca con “el cayito” su amigo de la infancia. Habían salido temprano hacia la isla del Carmen, la mañana había transcurrido tranquilamente, pero por cuestiones de mareas y del destino propio, habían entrado sin querer a ese lugar que muchos llaman la cueva, esa formación rocosa en la isla en donde el mar y la tierra se unen para formar un espacio oscuro y tenebroso.

El abuelo no tenía miedo ¿cómo iba a tenerlo? si lo inglés de su apellido no era sólo el nombre sino también la sangre pirata que corría por sus venas. El amigo cayito temblaba del espanto que lo había empezado a poseer y este creció cuando se dio cuenta que en la cueva había un tercer integrante, un tiburón gris con unos dientes gigantes, con una aleta que inspiraba respeto y con un hambre marca diablo. El abuelo lógicamente ni corto ni perezoso se lanzó al agua para defender al amigo y así evitar ser comidos por el inmenso animal.

La pelea fue épica, con un pequeño cuchillo el abuelo pudo matar al feroz atacante y así resultar victorioso después de largas horas de batalla, el único pequeño rasguño que sufrió fue una mordida en el pulgar de la mano derecha de la cual nunca pudo recuperarse. A pesar de que el monstruo marino no pudo arrancarle el dedo, este quedo como una almohadita maleable, suave y aguada.

Al pasar de los años no recuerdo quien me contó la verdadera historia, el panzón había ido a pescar cierto, el amigo cayito lo acompañaba (también era verdad), sólo que nunca existió el tiburón, en realidad el abuelo se había él mismo enterrado el anzuelo en el dedo tratando de preparar su caña. Por suerte un dentista que estaba de pasada por el pueblo lo atendió y con su poca habilidad para saturar dedos pudo evitarle mucho sufrimiento. Sin embargo, digamos que el dedo no quedo perfecto.

A mí me gustaba dormir con el abuelo, tocar su pulgar y escuchar una y otra vez la historia del tiburón, pues segura estaba que nadie tenía un abuelo tan valiente como el mío. Me gusta seguir creyendo que mi abuelo, hace algunos ayeres, salvó a su amigo de ser comido y que entonces cuando él está cerca no corro ningún peligro, así no pueda tocarlo.

relato-de-mi-hijo

Relato de mi hijo

Hago esto porque en estos momentos no tengo muchas maneras de expresarme, tanta tristeza que abunda mi ser, en este momento les contaré lo que me ha pasado. Miércoles en la tarde, 12:55 de la tarde, un día cualquiera en la escuela, dice mi maestra que ya vinieron por mí, por supuesto yo FELIZ, pero recordé que sólo salgo temprano de la escuela cuando es algo serio, así que me tranquilicé, me despido de mis amigos y voy con mi mamá. Le pregunté si ella estaba bien, o si se sentía bien, ya que a ella generalmente le pasan cosas malas. Ella me contesta que no, que el que se sentía mal era mi bisabuelo. Él no quería ir al hospital. Me preparo y voy a la lejana casa de él. En el camino yo me lo imaginaba bien, con algún problema pero bien. Llegando a su casa veo a casi toda la familia, unos cuantos llorando, dejé mis cosas y fui a verlo. Fuerte el impacto que me dí al verlo, su piel tan pálida, el cabello pasó de un gris a un blanco de miedo, su respiración tan gruesa y forzada, se veía tan mal. Le dije que estaba ahí, que lo quería y lo respetaba porque no sabía qué más decir. Estaba IMPACTADO, las horas pasaron y empeoraba. Finalmente las palabras vinieron a mí y yo le dije: ¿recuerdas la canción que te hice?, ¿la recuerdas? “Te quiero y siempre te querré. Te quiero desde el fondo de mi corazón…” eso es lo que decía la canción por siempre y para siempre. Vengo a representar a mi papá y a mi abuelito que no han podido venir, pero si estuvieran aquí ellos dirían… La verdad, no sé lo que dirían, pero sí sé algo, que te van a querer siempre y que nunca te olvidarán. Te lo dice la cuarta generación de Roberto y estoy seguro que la sexta y séptima te recordarán con mucho amor, te quiero.

Después de llorar diciendo las palabras desde el fondo de mi corazón, él tenía atorada una lágrima, me trataba de apretar la mano diciendo algo como “yo también te quiero”. Él me decía con mucho esfuerzo: – hijo, hijo, hijo…- , le dije que se relajara y que lo quería mucho. Me fui unas horas más tarde, me despedí de todos, algo que nunca había hecho y sobre todo me despedí de mi abuelito. Él trató de darme una palmada, pero no pudo. Le dí un beso y me fui.

Sé cómo terminará la historia y aunque me entristece de sólo decirlo, algunas veces la vida es triste.  Y se acaba.

                                                                                                                                                                                                       Agosto 2016

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¡Hola Mami!

¡Hola Mami! ¿Cómo estás? Yo no muy bien.

Cuando recibas esta carta ya te habré dicho por teléfono el porqué. Sabes, últimamente he sentido mucho miedo. Tengo miedo de morir sin haber hecho las cosas que me son importantes en la vida, miedo de vivir sin haber realmente vivido. Me siento de repente tan frágil; por primera vez en la vida me doy cuenta de que puedo no tener un mañana, no despertar y me dan ganas de llorar y también de empezar a gozar el  “primer día del resto de mi vida”. ¿Por qué nos obligamos a hacer tantas cosas que no queremos y nos amargamos los días en vez de disfrutarlos? Tenemos tan poco tiempo sobre esta tierra y aún así nos seguimos haciendo la vida difícil. Nos enojamos, nos hacemos reproches, nos arrepentimos en vez de querernos sinceramente y hacernos los días agradables los unos a los otros como deberíamos.…

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Zapatos nuevos

Un niño de 5 años desde su cuarto grita con toda la fuerza de pulmones:

̶  ¡Mamáaaaaaaaa! ¿Qué le hiciste a mis zapatos? ̶  estaba enojado.

La madre escucha la vocecita enérgica y desesperada, está preprogramada para dar, resolver, escuchar, amar totalmente al pequeño monstruito demandante.

̶  ¿Qué pasa? ̶ responde tranquila, paciente.

̶  ¡No me los puedo poner!  ̶

̶  A lo mejor ya creciste  ̶  dice mientras lava los trastes

̶  ¡Ah!  ̶  luego de un breve silencio dice, ̶ debes comprarme unos zapatos nuevos.

Arte: Karen Martínez
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La pequeña Tuxtla

La pequeña Tuxtla

Esta es la historia de una familia de allá por Veracruz, Tuxtilla que quiere decir “lugar donde se hacen tortillas”.

Todas las familias grandes tienen sus relatos, son siempre más que sus miembros, se van enredando en los recuerdos, mientras la memoria juega con los datos y las traslapa en el tiempo.

A mí me contaron estas memorias en los días en que dejé de ir al trabajo en la oficina y me quedé en casa con el propósito principal de sanar, recuperar la salud del cuerpo cuyas causas son parte de otra historia. Lo que también significó algunos ajustes y adaptarnos a un nuevo ritmo. Luz me ha acompañado en estos días de recuperación como mano derecha en los menesteres de casa,  es  veracruzana, de esas personas “echadas pa- delante”, revisa, arregla, resuelve. Se ha abierto camino entre un montón de tipos brutos, machistas del trabajo. Luz es lista y de oficios conoce muchos. Creció entre árboles de mango, platanares y cañales, montando a caballo, comiendo pescadito frito en tiempos de crisis.

A mi me gusta escuchar sus recuerdos, tiene buena memoria, es generosa con los detalles, colores, olores y nombres. Casi todo lo nombra. Comparte los recuerdos de su infancia.  Con un café, nuestro corazón se abre mientras el cielo se pinta de color naranja, y nos permite conocernos mejor, evaluar dónde estamos, quiénes somos y qué queremos lograr.

Eran tantos los seudónimos, o apodos y tan buenas las anécdotas que comencé a escribirlas para no enredarme con los nombres de los hermanos, los tíos, los primos, los vecinos. Además que luego iban cambiando según los tiempos para nombrar a las nuevas generaciones, los vínculos  y así comenzamos a ordenar este pequeño Macondo.

La familia de Don Jacinto

Don Jacinto tenía nueve hermanos con los siguientes nombres Víctor a quién apodaban el Choga, Apolinar también conocido como Polín, Segundo, Tomás, Pilar, Socorro, Minerva y Basilia.

Don jacinto se casó con Celsa como se estilaba entonces, demasiado joven. Tuvieron siete hijos, mencionados del mayor al menor, Margarito, Genaro, Rómulo, Alfredo, María de Jesús, Nabor, y Antonio.

Celsa había estado enamorada antes, aunque eso no importó. Su papá se encargó de casarla, por supuesto después de que se la robó. Don Jacinto no sabía leer, ni escribir, se las arreglaba para mandarle cartas de amor a Celsa, cartas que cumplieron con el objetivo de ilusionarle el corazón, letras que organizaron la noche, la huida y el comienzo de la vida juntos. Lo de menos era que fueran escritas por el hermano mayor de Celsa, que tenía buena amistad con Jacinto. Nadie sabe dónde quedaron las cartas, nadie recuerda qué decían. Así que se casó y fue “buena esposa”, debió llevar el sentimiento amargo de algún amor imposible porque nunca se mostró amorosa, ni dulce. Murió de diabetes a los 80 años, dos años después de muerto el viejito.

Don Jacinto fue un “buen hombre”, se le conoció más de una mujer enamorada, escondiendo algún enredo, algunos otros hijos más, los de pueblos cercanos.

La casa azul

Doña Celsa y Don Jacinto vivían en una casa de color azul, ubicada en las últimas calles, de camino hacia el panteón, ya casi en los campos. Era una casa muy grande con cubierta a dos aguas. La culata del techo se usaba para subir ahí los muebles en tiempos de inundaciones. El techo era tan alto que los murciélagos encontraban ahí resguardo cuando la madrugada los alcanzaba, La frutilla era su alimento, que desprendían de los árboles a la entrada de la casa, ya redondos y satisfechos en lugar de volar a las cuevas en lo alto de los cerros, se quedaban en la parte alta del techo, escondidos de la luz del día. No siempre les iba bien.

Había en la parte delantera un jardín de rosas del lado izquierdo y hasta la puerta principal. En el lado derecho había un huerto de plantas que se usaban para cocinar, hoja santa, cilantro, orégano, cebollín, yerbabuena, epazote y las hojas de pozole que son especiales para hacer los tamales que se venden en aquella zona. Por un costado de la casa estaba la calle del pueblo, había árboles de tulipanes tabasqueños de colores naranja, blanco, amarillo, rojo. En el patio, que era de extensiones bastas, había sembrado un aguacate, árboles de guanábana, papaya, toronja blanca, un árbol de nanches, mangos y las palmas de coco. Había un árbol de limón y uno de jinicuiles, que son vainas con algodón dulce dentro que cubren una semilla verde que se come con limón y chile luego de hervirla con sal.

Dentro de la casa había una estancia amplia y dos cuartos. Doña Celsa tenía una cama de madera fuerte como ella, en la que nacieron todos sus hijos, de parto natural, con la ayuda de la partera del pueblo.

Alguna de sus historias…

Dos fantasmas

El jinicuil y el aguacate crecieron muy juntos, sus ramas terminaron enredándose y cerrando el espacio entre los troncos en su parte alta, visto a distancia parecía que entre ellos se había formado la figura de una puerta. Por ese portal llegaron a ver que cruzaba una figura femenina, usaba un vestido largo que se arrastraba en el suelo sin dejar ver los pies de la criatura. Se veía un cabello crecido muy por debajo de la cintura. Era un espectro que nombraron la mujer blanca, vista por los vecinos y visitantes del lugar con frecuencia. Sólo de noche, atravesaba el patio, causaba escalofríos y nunca se conoció que aquel pobre espíritu consiguiera hacer más que dejarse ver entre las flores y las frutas para perderse de nuevo por el portal del aguacate.

Dentro de la casa sí, ahí habitaba junto con el par de viejitos un ente que Doña Celsa reconocía. Tenía un ritual antes de dormir intentando controlar los infortunios. Nunca dejar trastes sucios en la cocina, porque los poquitos que pudieran quedar de la cena parecían producir ruidos infinitos cuando se escuchaba en las oscuras madrugadas que alguien llegaba a lavarlos. Había algunos muebles que de noche encontraban algún vigor y comenzaban a moverse solos, como la silla mecedora, de madera con mimbre, que debía ser volteada contra la pared para que en las noches no se escuchara el rechinido de la madera contra el suelo al mecerse, o el butaque, silla  hecha de pura madera, que se arrastraba por la sala, cambiando de lugar al parecer a contentillo.

Con todo y el ritual, a veces se aparecía la sombra de la mujer en alguna recámara, sólo para vigilar el sueño de los que dormían, fueran parientes o visitantes.

Doña Celsa decía que era su madre, y el pobre Don Jacinto le reclamaba con enfado el sentir la presencia de la suegra incansable vigilando desde el más allá. ¡Qué maldición!

Tomás, el machetín

Tomás era uno de los hermanos menores de Don Jacinto.  A Tomás le gustaba el trago y la apuesta. Le apodaban “el machetín” porque siempre traía el machete encajado, debajo del brazo, listo para usarlo.

Tomás no trabajaba, siempre andaba mugroso, borracho y de vez en vez se aparecía por la casa de Jacinto para pedir baño y comida a Celsa o a la nieta que en esos días vivía con ellos más como hija.

Así que en días, cuando el machetín llegaba por los patios de aquella casa, para descansar, Doña Celsa lo recibía, le daba de comer y le prestaba el estuche de afeitar de su marido, siempre cuidadosa de darle una navaja nueva para que se cortara las barbas crecidas y sucias con las que se aparecía. Don Jacinto siempre se daba cuenta y encolerizado reclamaba a su mujer ser alcahueta de su hermano, el flojo y borracho. Doña Celsa no podía negarle comida y cobijo, le recordaba al marido el parentesco intentando calmar la situación.

Doña Celsa era una mujer de corazón noble, le lavaba las ropas apestosas y las ponía a secar mientras “el machetín” se quedaba dormido, recuperándose de esa vida sin descanso.

Cuando Jacinto lo encontraba acostado en el petate, lo corría con un lenguaje abundante de tosquedad, vulgaridad y descortesía, todo el reflejo de su mal carácter, las palabras lo alcanzaban más allá del ranchito y amargaban el pecho lo suficiente como para no volver en un rato. Luego la historia se volvía a repetir.

Hubo un día en que el machetín perdió la parte de las tierras que le había heredado su padre en alguna apuesta. Al enterarse Jacinto, fue a buscar al nuevo dueño y le compró de nuevo las tierras de su padre, no concebía la idea de que las tierras de la familia se perdieran. Así que las recuperó, volvió a trabajarlas y poco a poco las tierras respondieron al buen trato. Hasta que el machetín se enteró, lo fue a buscar para reclamar de regreso las tierras que fueran suyas por decisión del padre y lo encontró en el campo. Entre hermanos se hicieron de palabras, las palabras se convirtieron amenazas y luego en enfrentamiento. El machetín sacó el arma y casi mata a su hermano ahí mismo. No lo mató en el monte porque la gente del lugar intervino, sin embargo entre el susto y el enfado, Jacinto fue a parar al hospital con un infarto que lo dejó a mitad del camino de los vivos y a mitad del camino de los muertos.

La muerte regresó por él tres días después del pleito, llevándolo lejos de su mujer, de sus hijos, su nieta, sus hermanos, del pueblo, de todo.

Los huaraches de Don Jacinto

Los días después de su muerte se reunieron los hermanos y los hijos para revisar la casa, los animales, el papeleo, los trámites y por supuesto el duelo.

Doña Celsa dejó atrás su vida como esposa y también su casa, se fue a vivir con sus hermanos a la capital. La casa azul quedó al cuidado de una familia del pueblo. Las herencias y los poderes legales se estaban arreglando entre los parientes que se organizaban para ir al pueblo, revisarlos, atenderlos.

Un día hubo de ir Luz, la nieta consentida de Don Jacinto, a la que quiso con el amor de padre y abuelo al mismo tiempo.

Llegó Luz a donde creció, saludó a la señora María, y a su esposo Fernando, que cuidaban la casa desde la muerte de su abuelo. María le ofreció compartir recamara para dormir. Luz se negó, esa había sido su casa, ella tenía su cuarto de siempre ahí, conocía todos los rincones.

Luego de cenar, se fue a su cuarto, puso la llave a la puerta para quedar encerrada, se puso pijama y se acostó lista para dormir.

Esa noche le costó conciliar el sueño, un poco por la nostalgia de la casa, un poco por la tristeza de la muerte de su abuelo. Así estaba ella con la mente ocupada, cuando escuchó el rechinar de la puerta de madera de su habitación que se abría lentamente para dar paso al sonido que reconoció de inmediato, los huarachitos que usaba Don Jacinto al andar en casa, para descansar sus pies, los que arrastraba al caminar. Escuchó los pasitos arrastrados acercarse y sólo pudo voltear el cuerpo contra la pared en un movimiento rápido, fingiendo que estaba dormida. El sudor frío le recorría el cuerpo, el miedo la hizo temblar incontrolablemente. Sintió el peso del cuerpo de su abuelo hundir el colchón de su cama al sentarse, sintió su mano suave acariciarle la cabeza cariñosamente por un momento. Luego de un rato se levantó de nuevo y arrastrando los huaraches salió del cuarto, cerrando con cuidado la puerta tras de sí.

A la mañana siguiente, durante el desayuno María le preguntaba a Luz por su semblante cansado. Luz le contaba que estaba muy segura de que esa noche no había logrado dormir, luego de escuchar los huarachitos de su abuelo Jacinto, la cama, la mano helada en su frente, que transpiraba miedo. María escuchó la historia muy segura de que en cada palabra había verdad, completando la historia confesó que esos ruidos se escuchaban todas las noches, desde su entrada por la puerta principal y hasta el cuarto en que dormía.

Desde entonces cuando Luz escucha en las pláticas con la amigas y en la doctrina dominical que de la muerte no se regresa, ella prefiere guardar silencio, porque en el fondo y después de esa noche, tiene sus dudas.

Escrito por: La Negra

Frontera Guatemala1

Frontera con Guatemala

Un lago de agua tranquila refleja los rayos del sol que caen oblicuos en la frontera con Guatemala.

Santiago estaba entusiasmado por llegar a la orilla del lago y tocar el agua. Bajamos los dos por un improvisado sendero, elegimos tres piedras cada uno y jugamos a lanzarlas lo más lejos posible.

Lanzamos más de tres cada uno. Escogimos las piedras practicando la “intuición”, que consiste en bajar la mirada, buscar, revolver y tomar “las que te llaman”…

Guardé en la bolsa del pantalón alguna de las piedras que elegimos, atesorando en ella el recuerdo de esa tarde. Mi elección, y estas notas, significan “no olvidar”, sea porque la mente decida jugar conmigo y un día no pueda reconocerme, sea como constante del incipiente despertar de una conciencia en el ánimo de vivir con propósito.

Así la vida, le ponemos valor a las cosas a partir de las emociones, de lo que nos hacen “sentir” y en realidad elegimos andar por ahí, cargando piedras. Ellas están en todos los caminos, permanecen constantes en nuestra vida, no importa donde vivas, donde sea que estés ahí aparecen y en su estado contemplativo te acompañan.

Guardo tres en una bolsita pequeña que me conectan con momentos y emociones profundas. Es como guardar recuerdos. Su significado es de conexión con memorias y sentimientos. Son solo tres porque no es nada práctico llenarse de recuerdos y andar cargando piedras. Es igual de importante aprender a andar ligeros y soltar.

Cuando lo entiendes, te vuelves más agradecido y puedes dejar las piedras en el lugar al que pertenecen. Agradecer tu paso y contacto con ellas, honrar el camino, la experiencia, y continuar.

Avanzar enriquecidos con experiencia. Andar ligeros es un poco recordar que esta realidad no es tan real, es también ilusión.