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“Hoy como ayer”

“Las heridas mortales tienen la particularidad de que se

Ocultan, pero no se cierran; siempre dolorosas, siempre

Prontas a sangrar cuando se les toca, quedan vivas y

Abiertas en el corazón” (Alejandro Dumas)

Como todos los días los intervalos danzan en una melodía casi audible con la parsimonia de un flor, los aromas fluctuaban entre las grietas del ayer y el hoy, pasando por los recovecos de las notas sueltas en una partitura y ahí estaba parada en medio del paisaje, una figura que se difuminaba en el aire, olía a crisantemos esa mañana de Octubre, había andado tanto para verle ahí y llegó como siempre tarde a la cita concertada, esa figura gris partía la ilusión que se había formado.

Parecía que la suma de la experiencia y la indiferencia se habían depositado en su rostro, tenía surcos como los que se hacen las cascadas en las rocas cuando el agua acaricia su corteza,  en su espalda se depositaba el  silencio del desierto donde no podría construir más nidos.

Las emociones que tenía eran clamorosos capullos rodeados de ortigas, miles de cuestionamientos se posaban en las sienes y debía cruzar en solitario sólo alumbrada por la tenue luz de la lámpara de la esperanza aquel camino que había tomado, quizá arrojada por el combate diario de la rutina o por el calor del egoísmo de una fragante ilusión que le había llevado a cavar aquel funesto destino, parecía un mal sueño…

Trataba de quitar la sutil capa que se hace a las remembranzas, como el golpeteo de un arqueólogo que intenta descubrir que hay debajo de cada uno, parecía un rompecabezas sobre la mesa, desordenado y las piezas no encajaban o faltaban, quizá no sabía qué hacer con todo ello ya que las promesas de juventud eran hoy como los poblados deshabitados que sólo quedan casas en ruinas  y los salicores los dueños del lugar, no recordaba cómo eran los colores del silencio. Tenía el corazón con la última llama que se apagaría, después de eso sólo habría silencio, vacio y nada más.

Estaba ahí depositado en la tierra que amaba,  el peaje de su camino había llegado a su fin, una lápida sobre un montículo de tierra  denotaba que hacia pocas lunas había caído en el sueño de los justos y con él se había ido una parte de ella, ese lado que sólo mostraba pocas veces, como cuando es visible el arcoíris después de esos días donde el cielo llora.

Había una lápida gris con un nombre y años solamente, con letras blancas que resaltaban la importancia de la roca,  tenía por cortejo unas flores de cempazúchil que daban toques de sol al lugar, unos cirios apostados como soldados en guardia, firmes y observantes, resguardándolo todo, dulces de mil sabores y en el odre negro mezcal, sobre los platos de barro se podía mirar mole, calabaza en tacha, arroz y tortillas azules al lado, majestuosamente puesta invitando al festín a vivos y difuntos, a lo lejos se escuchaba una guitarra cantar…de pronto observó algo que la dejó helada…

Se preguntó entonces ¿Qué continuaría ahora?, existía una oquedad en el centro de su pecho, había crecido con el paso del tiempo, creando alrededor una especie de coraza cada día más alta e impenetrable, era necesario para su supervivencia mantenerlo así, sólo él podía entrar,  con el suave roce de su piel, el aroma que tenía cándido y tierno como un beso, ahora vivía en sus memorias. Anidaba ahí el profundo deseo en vigilia siempre, como fiel compañero en las noches más obscuras.

Perdió la noción de los años ausente ¿Fue un lustro, una década o un siglo? , lo cierto era que al partir era una edad donde los sueños pueden ser realidad y se  observan con los catalejos del canto del ruiseñor, todos parecen ser tan vividos y reales que dan un impulso casi nato a continuar creciendo, cabalgando en la osadía pero llega un momento en que esto termina y se mira en el espejo lo que hay, lo que se tiene y dentro de uno existe una parte que ha dejado de esperar envolviéndose  en la monotonía de actuar en un mundo que alguna vez se vio tan lejano y hoy estaba frente a él, siendo parte del montaje en que era la obra y actuaba en ella sin haber pedido quizás aquel papel.

Giro su rostro para ver algo que llamó su atención y miró en la distancia una vereda que daba la impresión de ser como esas viejas fotografías que el tiempo va vistiendo con nuevos colores y texturas, el instante capturado no era un preso doliente sino un vago momento, que es semejante al camino alto hacia la colina, donde prometió que siempre esperaría él, siendo el pecho que deseaba y el tributo esperado, recordó que era el sitio donde se encontraban y amaron tantas veces.

Dirigió sus pasos vacilantes como las tardes de verano en la playa, camino hasta el punto donde podía mirarse todo el pueblo, con sus techos granate de dos aguas, blancas paredes circundaban las casas, las chimeneas a las afueras donde había un obrador, una panadería, el herrero y todo permanecía como las pinturas de Velázquez, los aromas seguían tan vivos como los extrajo de su memoria, cada flor, cada árbol y cada palmo del bosque seguía ahí como mudos testigos, con la misma sagacidad de un tiempo atrás, cerró los ojos y aspirando profundamente pensó que los antiguos combatientes  atravesaban las planicies con el fervor de un santo y el desdén de un condenado, llevados por el simple deseo de buscar, encontrar y poseerlo todo, continúo su andar con el pecho absorbido de pequeñas turbaciones, el día comenzaba a dormitar, como la trayectoria natural de una caravana en el desierto, quizá los negros presagios que pesaban por su mente se debían a su forma actual desdeñosa y turbia, había dejado de brillar hacía tantos ayeres que la metamorfosis sufrida se había llevado la lozanía de los olivos, en ese instante sintió que no tendría patria alguna,  continuar  bajo esa piel prisionera del fragor de la tempestad sería como aquel caracol que no alcanza a subir a la rama del árbol, por más que lo intenta no consigue.

Al descender y regresar rumbo a casa, anduvo sobre la grava cuyo pequeño chasquido al tocar los guijarros dan la impresión de tipear sollozos que fluyen como los minutos en los recovecos de la memoria, esos que se quieren silenciar para no despertar la sospecha que en cualquier momento el dique será abierto y de el brotará todas las lágrimas contenidas vaciándose  para ahogar los jardines del interior a tal punto que después sea difícil de contener nuevamente.

Pero ya era imposible, había ocurrido, empezó a agrietarse, por donde menos pensó el cataclismo en lo recóndito y sucedió, empezó el manantial a limpiar todo a su paso y llevándose troncos, piedras, hojarasca etc.  todo lo que en el pecho se guarda por años y está ahí como astilla en el dedo, molestando y empezando a hincharse pero después del nivel más alto de dolor, se acostumbra uno a tenerlo adormecido, amoratado siendo parte de la cotidianidad que después es un recuerdo apagado, entonces  el dedo enfermo y putrefacto, sigue ahí , pero con ignorarlo se cree que es suficiente entonces llega un día en que no se puede más y es necesario amputar para evitar una infección mayor pero esto no aligera la carga, porque la falange amorfa continúa siendo parte de uno mismo, siempre dispuesta a asistir a la invitación de cambiar el sentido de las cosas y del mundo, asir la cosas con nuevos enfoques reconocer la necesidad de despedirse, de lo establecido y empezar algo nuevo, por eso le dolía tanto no estar en aquella cita, pasaba las hojas del calendario sin ver, reprochándose no llegar a tiempo y cuando por fin tuvo la lucidez era tarde, como esas rosas de mayo que ya no florecen hasta a siguiente primavera , entonces sin darse cuenta llegó al lugar que la dejó helada, sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, un ventarrón arrojo lejos la bufanda y al caer cerca de una lápida observó el nombre y la fecha… pero ¡¿cómo era posible?!,  ¿En qué momento había ocurrido?… ella estaba parada frente a…IMPOSIBLE!!!  Se decía y clamaba, cuando de pronto enfoco la vista y…

Estaba de pie con el traje de gala que uso una vez,  se veía perfecto él, alto, de figura vigorosa, espalda ancha sus brazos delineados con cincel, sus hombros reconciliaban la sagacidad con el placer y la inocencia, tenía una mirada que incendiaba los soles en verano, con un halo  de oscuridad alrededor de ellos, las cejas pobladas demarcaban su rostro con fiereza, sus mejillas revestidas  por una barba profunda color otoño y de su cabeza colgaban rizos largos del misma tonalidad de  su barba, desde que se vieron comprendió las palabras de Shakespeare: “HAY PARA MI MÁS PELIGRO, EN TUS OJOS QUE EN AFRONTAR VEINTE ESPADAS DESNUDAS. CONCEDEME TAN SÓLO UNA DULCE MIRADA Y ESO ME BASTA PARA DESAFIAR EL FUROR DE TODOS.”  … ¿Cómo era posible? Era producto de un deseo o ¿estaba ahí…?

               Se acerco con sumo cuidado a la mano extendida, parecía la invitación entonces rozó sus manos apenas, provocando que su ser se estremeciera de pies a cabeza, al sentir el suave toque de su piel era como acariciar los campos de trigo, le tomó por el talle y empezaron a bailar al ritmo de la música, vuelta, risas por doquier todos estaban en frenesí, terminó el vals y le besó apasionadamente como siempre, fue entonces cuando preguntó:

 -¿Es una mala pasada eso?- señalando la lápida…

– No, escucha con atención;  Respondió él con la voz que le hacía caer en una vorágine  profunda, con ese dulce mareo que provocaba tenerlo cerca.

Agregó él:

– “Duda que sean fuego las estrellas, duda que el sol se mueva, duda que la verdad sea mentira, pero no dudes jamás de que te amo” [Shakespeare Romeo y Julieta]

– ¿Entonces?, preguntó ella con expectación.

Añadió él citando otro autor:

–  ¿Sabes a qué has venido hoy… [ ]? Has venido aquí a morir. Hoy tenías una cita con tu destino. Sería tan absurdo como pensar que gotearían tus ojos cuando ¿te duele el corazón no?.  Hace ¿Cuánto tiempo que no comes, duermes o te sientes cansada? ¿No te lo has preguntado?, ¿Hace cuántos soles que caminas sin parar? ¿Cómo es que llegaste aquí?, he ahí la respuesta…

Sintió como un balde de agua fría bañaba todo su ser, las respuestas golpeteaban la puerta de su cerebro y temía dejarlas entrar porque una vez instaladas en ahí jamás se partirían, empezó a ver como su vida pasaba frente a ella como una película en un autocínema mudo donde la luz del proyector es todo lo que ilumina el lugar, vio rostros familiares y no tanto, amigos de su infancia que el tiempo guardo en el tercer cajón de su adolescencia, sus amados caballos, la primera  ilusión, sus hijos, su vida entera , el hecho de que partieran juntos y él, como el dueño perfecto de todo lo que era ella, entonces en el último crisol se mostró como había llegado ahí…así suavemente dejó este mundo como se despide el otoño, sentado en la rodillas del invierno, era ya muy vieja para andar, agradeció volver a florecer por un instante, y recordar los buenos tiempos en que fue tan feliz.

Por un momento fue joven, de nuevo y observó que todos llevamos en nuestro ser parte de cada uno de los tocamos en nuestra vida, son células de nosotros mismos, esa chispa que surge cuando conocemos alguien es memoria de una vida pasada, el alma reconoce al amigo tan amado, al hermano, al hijo o al amante de un tiempo atrás todos estamos concatenados en una secuencia de actos del universo, nadie es un verso suelto, formamos parte del mismo poema escrito por Dios, ahora todo límpido y estaba en paz.

Había regresado a su hogar, con quien amaba y estuvo presente siempre, con un bagaje de decisiones y pulsaciones que hoy estaban enterradas bajo esa tierra, para volver a ser polvo y trotamundos de otra forma.

La brisa con su voz mecía las ramas de los árboles y los sauces responden lanzando al espacio un trino, reclinan su cabeza en la columna de la memoria, resplandecen a la luz de la aurora, ambas lápidas estaba juntas, como siempre desearon, juntos en esta vida y todas las demás.

Entonces  permanecieron inertes ante el tiempo que mira pasar un océano de invisibles orillas en el  mar donde la espuma es como la ilusión de una piedra preciosa, cerró los ojos, una luz proveniente de lo alto irradió un sendero claro, ambos caminaron hacia la luz eterna.

Un aire de muerto

Esta historia ocurrió en el pueblo de Tuxtilla allá por los años de “mil novecientos Carranza”, el pueblo se encuentra rodeado de agua por un arroyo que se junta con un río. Habría en el pueblo sólo una calle principal que conectaba los dos extremos del pueblo, en un extremo se situaba la iglesia, en el otro estaba el cementerio, entre ellos había un campo deportivo, una extensión de pasto rodeada de árboles de mango. Las casas distribuidas alrededor de esta calle formaban el pequeño pueblo.

Doña María vivía en una casita con su hijo Pedro, que tendría unos 30 años.  Pedro era el sastre del pueblo y tenía un pequeño taller en la misma casa. Trabajaba con una máquina de coser de pedal, al hacer el movimiento mecánico del pedal producía un golpeteo constante, mientras la banda hacía girar la rueda de metal y a su vez, la rueda hacía caer la aguja contra la madera. La máquina estaba colocada detrás de una gran ventana que daba a la calle, la ventana y las puertas eran de gruesa madera de dos hojas, cerradas con una “tranca”, así llamaban al gran trozo de madera que las atoraba para mantenerlas cerradas.

Era la noche del 31 de octubre. Pedro trabajaba tarde en su máquina de coser, cuando Doña María se acercó a él pasadas las 11 de la noche, lo encontró ensimismado cortando, cosiendo y entonces le dijo:

̶  Ya ve a dormir, esta noche los muertos se levantan y pasan por aquí, deja que hagan su recorrido en paz  ̶  

̶  Madre, esos son puros cuentos, los muertos no regresan ̶  contestó Pedro.

̶  Los muertos vienen cada año y pasan por aquí, ya están puestas las ofrendas, el camino está marcado de flores naranjas desde el cementerio hasta el pueblo, en cada casa hay veladoras, con sus fotos y los alimentos preferidos de cada difunto. Ya todos duermen para que las almas puedan hacer su recorrido en paz, todo está dispuesto. No seas necio y ven a dormir.  ̶   respondió Doña María.

̶  Los muertos no andan por las calles madre y yo mañana tengo que entregar un pantalón que no he terminado, así que ve a dormir y déjame trabajar ̶  

Doña María le dejó un tarrito con chocolate caliente cerca de la mesita de trabajo, después, en silencio, caminó a su recámara.

Pasaron un par de horas, Pedro seguía cosiendo y el “traca, traca, traca, traca” de su máquina era el único ruido en el pueblo donde todos dormían. De pronto escuchó un extraño sonido, parecía como un panal de abejas, un zumbido constante, primero tenue y poco a poco se hacía más fuerte bzbzbzbzbzbzbzbzbzbzbzbzbzbzbzbz…

Se asomó por la ventana y a los lejos vio venir por la calle, cientos de sombras iluminadas cada una por una veladora que portaban en la mano, eran los muertos que se habían levantado de sus tumbas y caminaban desde el cementerio dirigiendo sus pasos al pueblo, iban enfilados abarcando todo lo ancho de la calle seguida la primera fila por muchos detrás. Los que no tenían una veladora en su mano llevaban el dedo índice levantado, de su punta salía el fuego que les servía para iluminar el sendero, esos eran los muertos de los que ya nadie se acordaba, y de todas formas ahí venían.

Los ojos de Pedro no cabían en sus órbitas de la sorpresa, cuando distinguió las facciones del tío Cuco, que resultó ahogado cuando el río movió de lugar el pueblo y desapareció algunas de sus casas hacía dos años atrás. Cerró la ventana lo más pronto que pudo y apagó las luces de dentro, todas, hasta las velitas de la ofrenda, corrió a la cama de su mamá a la que se metió temblando como si fuera un niño pequeño y le dijo:

̶ ¡¡Mamá, los muertos!! Los muertos han venido, ̶   susurraba en el oído de Doña María, sintiendo miedo incluso de ser escuchado.

̶  Te lo dije, pero no quisiste hacer caso ̶  contestaba Doña María abrazando a su chiquillo de treinta.

En la ventana se escuchaba un  “toc, toc, toc, toc” contra la madera, y luego,

̶   ¡Hey Pedro!, abre, venimos muy cansados, queremos un poco de agua… ̶  

Pedro no podía moverse, aunque hubiera querido abrir para ser cortés. Se quedaron ahí largo rato mientras el zumbido cesaba. Cuando todo pareció quedar en silencio, fue Pedro a asomarse de nuevo a la ventana, la madre le dijo

̶  Tú no quieres aprender, deja de asomarte que los muertos cuando pasan, siempre dejan un mal aire, un aire de muerto….̶  

Esperanza y el tordo

En una sierra que podía ser cualquiera, a la orilla de una carretera maltrecha que lleva a  aquel pueblo mágico dónde últimamente se ha perdido la gente, estaba sentada Esperanza. Sabía que ya era noviembre, hacía varias horas que desde el pueblo le llegaba el olor a copal. Pensaba en los aromas y colores de la tradición inundando el pueblo, sabía que las almas de los niños ya iban en camino, y que mañana serían los adultos quienes volvieran a casa, a convivir con su gente y disfrutar las ofrendas que les colocaban amorosamente. Empezaba a llegar también el olor a cempasúchil, y hasta le parecía alcanzar a ver en el pueblo una minúscula luz, seguramente la veladora de un altarcillo. Se preguntaba si su olfato era mejor que su vista, o si simplemente el aroma era más fuerte que la luz, porque a él no lo vencía oscuridad alguna. Pensaba en lo hermosa que es la fiesta de los muertos, y dudaba entre era si era o no correcto acudir sin invitación al festejo. Qué difícil resultaba esta fecha cuando no había nada para ella, no porque no la quisieran sino porque no sabía que estaba muerta. Su gente la seguía buscando aferrados a la idea de pagar aquel rescate que habían pedido por ella la primera semana de su ausencia. No saben que la habían matado desde antes de llamar y que hace meses que su cuerpo descompuesto alimenta la tierra, ahí donde está sentada, al lado de la carretera.

De pronto Esperanza advirtió una presencia en uno de los Encinos, un tordo iridiscente de ojos amarillos venía a decirle que tenían que emprender camino. — Esperanza, te conozco, soy un tordo al que viste muchas veces en el pueblo. Posiblemente pensaste que se trataba de tordos distintos por ser un ave común, pero siempre fui yo. Vengo a decirte que es precisamente por esto, porque somos numerosos y estamos en todo el país como ustedes que hemos sido elegidos para llevarlos a dar aviso. Las almas como tú no están llegando a Mictlán por su correspondiente muerte natural, están siendo sacrificados y se quedan detenidos, olvidan que están muertos y que deben llegar a un destino. La falta de sepultura y duelo los hace olvidar que están muertos y a su gente el sufrimiento les hace olvidar que están vivos. Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, y cada uno de los que habitan los 9 infiernos han clamado con violencia por los que eran sus muertos. Por eso he venido por ti, y los míos han ido por otros. Ve y toma un puño de tierra de donde estás enterrada. Hoy, quienes no tienen camino de flores tendrán a su lado un tordo que los llevará a cumplir dos instrucciones.

Esperanza se sintió contenta de que en los nueve infiernos sí pensaran en ella, no como las autoridades de su tierra a quienes les daba igual una desaparecida más en la cuenta. Se levantó y siguió al tordo hasta el pueblo, le sorprendió que estuviera tan cerca, y no supo por qué razón ella nunca intentó ir por su cuenta.

A la entrada del pueblo vio el camposanto, iluminado y lleno de colores. Las tumbas estaban cubiertas de veladoras y flores. Las familias que ahí se reunían cantaban alegres sones, y la muerte que andaba en la fiesta los escuchaba sus canciones  “Viene la muerte echando rasero,  se lleva al joven, también al viejo,  la muerte viene echando parejo, no se le escapa ni un pasajero…” Olía a copal, a cempasúchil, a café, y a vino de acachul, había tamales de alberjón, mole, pipían, hojaldras, atole de cacahuate, calaveras de azúcar y chocolate. Esperanza olió y sintió que comía, estaba en casa y se sentía viva. En ese momento vio que no llegaba sola, una enorme parvada de tordos se juntaba en el pueblo. Quién se hubiera imaginado que en ese lugar tan pequeño, fueran tantos los ausentes. Los vivos que estaban en el camposanto vieron llegar la parvada, los muertos y la muerte sabían de qué se trataba. Los muertos del camposanto soplaban para enviar los aromas a los recién llegados, como quien decide darle su plato al hambriento, sabían que lo que venía requería un gran esfuerzo.

Cada muerto siguió a un tordo a las casa de asesinos, de autoridades indolentes, de cómplices y testigos. El puño de tierra se multiplicó en cada casa de esas personas malvadas, que horrorizados vieron a los muertos acercarles la mano a la cara, para meter en sus bocas un puño de tierra con olor putrefacto, que concentraba en el sabor más amargo las tristezas de cada una de sus familias, mientras los tordos recitaban el mensaje que del Mictlán provenía: “Cuando les llegue la hora y hagan la travesía, en el séptimo y octavo infierno Tepeoyólltl y Xochitónal los reconocerán,y después de devorarles las entrañas harán que vuelvan a empezar. Un recorrido a los infiernos por cada día que a una familia hicieron llorar”.

Cumplida la primera instrucción, los tordos llevaron a los muertos con su gente. —Tendrán cinco minutos para manifestarse, ellos no pueden verles ni escucharles. Piensen en la mejor forma de dejar claro el mensaje. Esperanza entró a su casa y vio llorar a sus padres, abrazados miraban un foto suya al lado de una veladora insignificante, era la luz que había visto cuando estaba sentada en la sierra. Se acercó y enjugó sus lágrimas hasta que notaron que lloraban con las mejillas secas. Sintieron que les tocaban las manos y vieron la veladora apagarse. Se miraron a los ojos y en medio de esa paz el padre le habló a su hija dando por recibido el mensaje. —Sabes que te buscaremos hasta encontrarte, pero a partir de este año un altar no va a faltarte. Esperanza abrazó a sus padres hasta que se terminó el tiempo. De pronto sintieron que se había su presencia y vieron por la ventana como un tordo se alejaba.

Nuevamente se reunió la parvada al lado del camposanto, los muertos se habían despedido y esperaban que los tordos les indicaran el camino.

El tordo que acompañó a Esperanza se dirigió a todos y dijo: Hemos terminado con éxito lo que nos han pedido, pero creo que la mayoría de ustedes están algo confundidos.

El Mictlán clamó por ustedes pero ese no será su recorrido, les dijimos que no murieron sus muertes, murieron por sacrificio. Han sido ya muchas penas, como para hacerles pasar por los 9 infiernos para llegar al descanso.

Esperanza ciertamente estaba muy confundida y decidió preguntar — ¿Acaso iremos directo con los señores del Mictlán?

—Sólo hay una entrada al Mictlán Esperanza, es un camino de dolor. A ustedes los espera Tonatiuh, vayan a acompañar al sol.

Corazón de jade

El departamento estaba en un tercer piso, había una amplia ventana desde la que podías ver las ramas de dos árboles con hojas pintadas de otoño. Entre las ramas, camuflado con el tronco estaba un búho, que impávido miraba, acompañaba, escuchaba y guiaba. La sala tenía pocas piezas, había un sofá de color rojo que hacía juego con el sillón individual y un librero. Él estaba sentado en el sillón, al lado de la ventana, que se mantenía abierta. Tenía puesta una chamarra negra, su preferida. Se levantó al verme, y trató de avanzar hacia mí, su mirada sorprendida dudaba de todo alrededor.

Dije,  ̶  Hola cariño, ¿cómo estás? ̶   Y nos sentamos a platicar…

̶  Te vieron en la estación del metro pantitlán, la semana después de la quimioterapia, me extrañe cuando me contaron, los dejé continuar sin aclarar fechas ni tiempos, desde entonces comencé a buscarte. Dos semanas después fui a la escuela dónde trabajabas, estuve en tu oficina y saqué los papeles de tu escritorio, dejé los exámenes de tus alumnos. Libros, apuntes, todo estaba en un pequeño desorden. Al salir con la caja de cartón que guardaba tus cosas, un alumno reconoció la taza de café que sobresalía entre todo y me detuvo. Me contó que eran varios los que en esos días habían visto tu silueta en las escaleras, entrando algún salón, caminando en los pasillos, sin detenerte nunca y desapareciendo cuando intentaban alcanzarte.

Él me escuchaba sin entender bien de lo que hablaba. Así que intenté aclarar un punto de partida para nuestra conversación, entonces dije,

 ̶  Pues bien, primero deberíamos estar claros en que estás muerto, llevas tres meses muerto. Bien muerto. ̶

Me miró con una media sonrisa, incrédulo, como si le estuviera haciendo una broma de mal gusto, seguí en mi explicación:

̶  Estamos aquí porque hoy hay un permiso especial para hacer contacto. Hice todo para mandarte la invitación a tiempo, y que en esta fecha pudiera yo encontrarte. He puesto copal y veladoras para guiarte en el camino con su olor y su luz. Hemos molido los granos del café para dejar la cocina impregnada con su aroma y que pudieras reconocer la casa. Llené los floreros con cempasúchil, la flor de los veinte pétalos, también puse nube y moco de guajolote, el agua está puesta para que alivies tu cansancio y la sal de grano dispuesta especialmente para ti porque moriste sin ser bautizado por religión alguna y sin fe el estadío de la muerte puede ser eterno. ̶

En ese momento, el búho extendió sus enormes alas y de un salto atravesó la ventana posándose en medio de la sala para transformarse ahí en una vieja de larguísimos cabellos grises. Era la abuela Hortensia, la más vieja de la familia materna, la que curaba con plantas y maldecía en náhuatl. Todos sabían que era bruja, chamana que guardaba con recelo las tradiciones más antiguas de nuestra familia. Esa que no murió, un día así nomás desapareció. Nos visitaba en sueños convertida siempre en ese tecolote de plumas color pardo que se confundían fácilmente con los troncos, o la tierra o las sombras. Ella era ahora, el mensajero de Mictlán, se incorporó a nuestra plática y comenzó a explicar:

̶ Tenemos poco tiempo, la noche avanza y al amanecer has de comenzar un largo camino, le dijo al muerto, el mundo tiene 13 cielos, en medio la tierra en la que nacimos y abajo nueve inframundos por recorrer para alcanzar el descanso eterno.  ̶

̶  Tú estás muerto, ̶  dijo mientras lo señalaba  ̶   llevas meses deambulando en la tierra como ánima en pena, como sólo crees en lo que tus ojos ven, tu conciencia ha logrado que algunos vivos te vean o creen que te miran, porque ya no estás. Tu cuerpo ha sido incinerado a las pocas horas de morir y el alma se quedó sin un camino. Esa misma tarde aparecí en forma de tecolote y todo este tiempo he intentado guiarte por el camino que tu alma debe seguir hasta hoy, que es un día especial  ̶   tomó un sorbo del café olla y luego continuó…

̶  Comienza tu camino, no te quedes quieto, no te detengas, el infierno está lleno de sabandijas, gusanos y arañas. Siempre avanza. Caminarás por el inframundo y debes conocer qué es lo que te espera. En el primer nivel del inframundo vas a encontrar un río caudaloso que debes atravesar, será mejor que en la orilla mandes llamar a Vago, el perrito de color bermejo que tenías cuando eras un niño, seguro acudirá a tu llamado, como siempre hizo mientras estuvo vivo. Después del río bajarás hasta dónde dos montañas se juntan, pondremos en la ofrenda papel amate, que representa el viento para que tu alma pueda pasar entre ellas; encontrarás después una montaña de piedra negra y fría que hará sentir a tu alma inmensamente sola, lleva alguna de las fotografías de la familia y las imágenes de los Dioses que cuidan de ella, y continúa hacia el cuarto nivel del inframundo en el que sentirás el viento de obsidiana, duro, filoso, inconmovible, que deberás resistir, porque sólo las almas de los muertos pueden soportar. En el quinto nivel del inframundo encontrarás banderas ondeando cuyo significado evoca las batallas enfrentadas en vida las personales, las de la familia, las del pueblo que llevamos enraizadas en las entrañas; su propósito es derrumbar el espíritu con una inmensa melancolía de los tiempos que no volverán, no te dejes vencer y continúa, hasta el séptimo infierno en el que tu memoria evocará el dolor de las flechas atravesando la carne, y el alma sentirá un dolor punzante, profundo e hiriente con que se representa la muerte misma. Sigue hasta la octava llanura, dónde están las fieras que comen corazones, lleva guardada en tu boca una piedra de jade para que pueda ser entregada en ofrenda y que puedas conservar tu corazón, cuando llegues a la novena meseta, te encontrarás en Chignahumictlán, y entonces, sólo entonces tu alma podrá descansar. No sentirás el tiempo pasar, aquí en la tierra habrán de correr cuatro años, podrás contarlos porque cada vez que uno año pase, justo en un día como hoy, los portales entre el mundo de los vivos y los muertos se abren y nos permiten enviarte los regalos que en este viaje haz de necesitar, toma todo lo que ella encuentres, en tu camino, cada elemento tendrá sentido, lleva el fuego de las velas para que te sirvan de cobijo frente al frío de la soledad y siempre iluminen tu camino, el agua suficiente para calmar la sed del espíritu, guarda el aserrín pintado y las semillas de frijol, arroz, maíz y cacao que representan la tierra y sus bondades, la piedra de jade que representa tu corazón, el papel mate en representación del viento, los pétalos de las flores para que recuerdes el camino, las calaveras y los huesos. ̶

Dicho esto, la vieja se transformó de nuevo en tecolote y fue a pararse en el hombro de mi muerto.

Entonces, con la mirada más amorosa que tuve para él, me despedí diciendo:

̶  Esto que te ha contado el tecolote es el proceso para morir. El ave será tu guía, comienza tu camino, sal de ese estadío, la tierra ya no es lugar para ti. La muerte es trascender. He puesto en la piedra de jade mi gusto por la muerte, mi amor por las flores, y una foto para que no me olvides. Déjame ahora ponerla en tu boca y dejarte partir. ̶

Relato de mi hijo

Hago esto porque en estos momentos no tengo muchas maneras de expresarme, tanta tristeza que abunda mi ser, en este momento les contaré lo que me ha pasado. Miércoles en la tarde, 12:55 de la tarde, un día cualquiera en la escuela, dice mi maestra que ya vinieron por mí, por supuesto yo FELIZ, pero recordé que sólo salgo temprano de la escuela cuando es algo serio, así que me tranquilicé, me despido de mis amigos y voy con mi mamá. Le pregunté si ella estaba bien, o si se sentía bien, ya que a ella generalmente le pasan cosas malas. Ella me contesta que no, que el que se sentía mal era mi bisabuelo. Él no quería ir al hospital. Me preparo y voy a la lejana casa de él. En el camino yo me lo imaginaba bien, con algún problema pero bien. Llegando a su casa veo a casi toda la familia, unos cuantos llorando, dejé mis cosas y fui a verlo. Fuerte el impacto que me dí al verlo, su piel tan pálida, el cabello pasó de un gris a un blanco de miedo, su respiración tan gruesa y forzada, se veía tan mal. Le dije que estaba ahí, que lo quería y lo respetaba porque no sabía qué más decir. Estaba IMPACTADO, las horas pasaron y empeoraba. Finalmente las palabras vinieron a mí y yo le dije: ¿recuerdas la canción que te hice?, ¿la recuerdas? “Te quiero y siempre te querré. Te quiero desde el fondo de mi corazón…” eso es lo que decía la canción por siempre y para siempre. Vengo a representar a mi papá y a mi abuelito que no han podido venir, pero si estuvieran aquí ellos dirían… La verdad, no sé lo que dirían, pero sí sé algo, que te van a querer siempre y que nunca te olvidarán. Te lo dice la cuarta generación de Roberto y estoy seguro que la sexta y séptima te recordarán con mucho amor, te quiero.

Después de llorar diciendo las palabras desde el fondo de mi corazón, él tenía atorada una lágrima, me trataba de apretar la mano diciendo algo como “yo también te quiero”. Él me decía con mucho esfuerzo: – hijo, hijo, hijo…- , le dije que se relajara y que lo quería mucho. Me fui unas horas más tarde, me despedí de todos, algo que nunca había hecho y sobre todo me despedí de mi abuelito. Él trató de darme una palmada, pero no pudo. Le dí un beso y me fui.

Sé cómo terminará la historia y aunque me entristece de sólo decirlo, algunas veces la vida es triste.  Y se acaba.

                                                                                                                                                                                                       Agosto 2016

Lo que llega después de la muerte

De una u otra forma en algún momento de nuestras vidas, hemos enfrentado la muerte, ya sea de un ser querido, la de una relación, un sueño, una duda, una certeza. Y con esto no es mi intención establecer una igualdad de circunstancias, sino que me da la oportunidad de abordar lo que sucede con nosotros después de esas “muertes”, con los que nos quedamos en esta nueva realidad.

Actualmente existen muchas teorías que explican el proceso del cambio en nuestra vida, y comienza como todo: con el principio, cuando aprendemos a vivir con lo que tenemos y con lo que no, haciendo planes, diseñando proyectos, preparándonos para el futuro o simplemente esperando, hasta que un suceso cambia nuestra realidad, la forma en la que conocemos.

Mientras esto acontece, aparece la resistencia, una etapa en donde nos negamos a creer que algo ha cambiado, y experimentamos emociones como el enojo, la tristeza y el miedo, y comenzamos a actuar como si nada hubiera cambiado, hasta llegar el punto en donde “tocamos fondo”, ese momento donde reina el caos, el momento en donde tus certezas empiezan a convertirse en dudas, donde no sabes quién eres en realidad, que es lo correcto por hacer, donde calificas dolorosamente tus acciones o las del otro, o a la vida misma. ¿Hasta cuándo? Hasta que logras aceptar que las cosas han cambiado, y que no importa que hagas o dejes de hacer, no está en tus manos evitarlo y comienzas a descubrir una idea que te transforma, que inspira y que te lleva a trabajar en ti, a adaptarte a este nuevo mundo hasta lograr la integración total a tu nueva realidad y comenzar nuevamente a fluir.

En otras palabras, posterior a nuestro enfrentamiento con la muerte podemos experimentar la certeza de que aquellos que se han ido están en un lugar mejor y que hoy lloramos sólo por nosotros, por el dolor que nos provoca el continuar nuestra vida sin ellos, por el miedo a no volver a ser felices. Pero también sabemos que esto va a pasar, y nos veremos reconstruidos, renovados y que saldremos adelante. Un día volveremos la mirada hacia el pasado, recordando este momento con nostalgia y descubriremos que el dolor ha desaparecido, y no por resignación sino por aceptación, porque habremos conseguido nuevamente vivir nuestra vida y ser felices aún sin su presencia, pero honrando a cada momento a los hoy ausentes.

La Muerte

El azul de mis ojos se extinguió esa noche,

El oro rojo de mi corazón.

Georg Trakl, (poeta Austriaco)

“POR LA NOCHE”

Se escuchan las campanadas 12 para ser exactos, la niebla rodea el campo, el frío que envuelve es completo, el aliento de los árboles petrifica el fondo del silencio, entre las sombras se escucha el ruido de trenes de juguete, risas infantiles y unas cuantas voces dicen ¡Mamá! ¡Mamá! Buscan con sus ojos intactos rostros conocidos, siguen el sendero de rosas blancas cuyos pétalos son una especie de moqueta, incienso impregnado como perfume en noches silentes.

            Pequeñas almas incólumes regresan al hogar que dejaron hace un tiempo, observan a los vivos que hoy en abrazo de sol y luna se reencuentran con ellos, en especial a la luz de las velas esta siempre ella la de dulces ojos marrones, sonrisa cándida entona las canciones de cuna más dulces que el mundo ha escuchado… Makochi pitentsin  ,manokoxteka pitelontsin , makochi kochi noxokoyo , manokoxteca noxokoyotsin …(Canción de cuna Originaria de Gro),  traducc. Aprox. Que duerma mi niño  que no despierte mi pequeñito, mi niño, niño, mi niñito, Que no despierte mi pequeñito, que no despierte del dulce sueño…

            Acoge con sumo cuidado la fotografía sepia de marco antiguo de bordes dorados, la coloca en el centro del altar, flores blancas y de cempazúchil aromatizan la estancia, veladoras de todos tamaños   semejan los deseos perdidos, los sueños esparcidos entre los nardos silvestres, coloca los frutos favoritos, huele a tomillo, a romero y azahar  todo parece aldeas pobladas  por la multiplicidad de los colores, pan de dulce con pasas, miel, limón, naranjas dulces y un tamal de nuez son la ofrenda de este año, cada vez es un poquito diferente como la salida del sol,  a veces tan fuerte y otras más lejana.

            Este año del juguetero de la sala sacó un carrito de madera pintado de verde con vivos azules, tenía unas iníciales JCC, era tallado a mano, de rueditas torpes con ejes sencillos, cabina para dos pasajeros y un pequeño volante, puertas con bisagras y  lo colocó  junto a la foto infantil que no envejeció a pesar de los años, acercó una silla pequeña de un tamaño cómodo, cubrió su cansada espalda con un chal tejido con estambre y empezó a sentir mucho, mucho sueño, sus ojos se entrecerraban,  de momento, sintió que alguien tocaba su hombro derecho, suavemente como las caricias del viento en verano, abrió sus ojos marcados por los surcos del tiempo, al enfocar su mirada vio a un pequeñito de no más de 7 años con un pantalón corto, tirantes de tela con figuras de barquitos, una blusa con cuello époque blanca y una boina gris, sus luceros eran azules como el mar con el fulgor de la promesa de la juventud, sus mejillas como un arcoíris en silencio, extendió su pequeña mano derecha, en la izquierda llevaba ya el carrito de madera así que la anciana dejó de sentir las dolencias del tiempo, se levantó, tomó la diminuta mano y juntos madre e hijo después de muchas lunas, en silencio caminaron hacia Tonatiuh, por fin abrazados estarían hasta el final de los 5 soles.

            Así los fieles inocentes visitan a sus familiares, todos y cada uno sonríe por ser recordados, muchos dejan memorias de su presencia ese día  en el altar como jazmines, margaritas o claveles y regresan al hogar donde el centinela guarda la aurora, las campanadas de las 6 van a sonar…

            Mientras tanto en muchas moradas al calor del fogón, preparan la ofrenda de bienvenida para los fieles difuntos mayores, colocan instantáneas  para no olvidar las mareas altas y las cumbres de su corazón, acompañados de platillos que embelesan los sentidos, mole, arroz, cocido, calabaza en tacha, miel, trigo, cacahuates, café y un cigarro embriagan los recuerdos y salutant al caído, una cruz como la del mártir del Gólgota bendice los cuatro puntos cardinales, el copal es encendido y el humo apenas visible que brota semeja a alguien que danza en el valle con paso lento, remontado en lo alto del firmamento, así calma la niebla que una vez más visita a todos.

            Un arco es colocado en la cúspide del altar como símbolo de entrada para los muertos que son recibidos con alegría, todos se visten de luz y las palabras nuevamente entonan las pisadas que se estremecen en el embate de los árboles.

            Papeles picados que huelen a rojo, morado, verde, anaranjado y amarillo engalanan las columnas que se yerguen a los lados, todos en la inmensidad de un “hola” profundo cubren a modo de sombra cálida todo.

            Fuego que canta como las palomas que resuenan desde lo alto alumbran sutilmente el altar absolutamente se reduce a una vela o un cirio, tantos cielos de plomo resumidos ahí.

            Cacao y maíz en grano semejan la madre Tierra, que en oración colectiva abrazan a los presentes…

            Calaveras de dulce, amaranto, azúcar muestran siempre la calma de una llama que se apaga, semejan a una broma hacia la hermana muerte llamada así por el pobre de Asís, colocan el nombre de los que son para ellos ese instante, mal hacemos al buscar el nombre de los que late su corazón pues la Parca puede equivocar su toque y llevarse a quien no es su tiempo aún,  ellas en ofrenda divina adornan el lugar.

            Una medida de tequila o mezcal para seguir el convite y así eternamente esculpimos un credo de amor entre el hoy y el ayer.

            Un sombrero, un objeto personal muy querido se deposita como un pequeño fulgor ese destello dice a los visitantes que los moradores les extrañan, les aman y que como promesa en el desierto el agua viva brota del manantial.

            Una figura de un perro junto a la foto es colocada de barro o bronce debe ser un xoloitzcuintle para que les ayude a cruzar el río rumbo al Mictlán también un par de huaraches para no herir los pies.

            Y como ofrenda de rosas de un corazón solitario se reza un Rosario, se mezclan costumbres pasadas y presentes cuyo resultado es la piel de bronce, mestizos por fuera en  cuya sangre aún vive el Gran Moctezuma Xocoyotzin y así como el poema de Quetzalcóatl  anuncia la virtud de sus palabras como fandango, se despiden los Todos los Santos con la virtud y promesa de regresar.

            Atraviesan la noche fría con la solemnidad y júbilo en desahogo emocional, se asoman al balcón de la vida para despedirse de la orfandad que dejan y así siguiendo el camino hacia el Mictlán cada uno regresa llevando consigo dalias, farolillos y crisantemos que en suave brisa perfumaran el silencio y la vacuidad.

            Si aprendemos a escuchar, aún resuena  Netzahualcóyotl  cuando canta el caracol…

Miradme, he llegado.
Soy blanca flor, soy faisán,
Se yergue mi abanico de plumas finas,
Soy Nezahualcóyotl.
Las flores se esparcen,
De allá vengo, de Acolhuacan.
Escuchadme, elevaré mi canto,
Vengo a alegrar a Moctezuma.
¡Tatalilili, papapapa, achala, achala! (fragmento del Poema  “No en parte alguna”)

¿Era ella o fuiste tú?

Ya hace casi un año y aún me cuesta trabajo creer que se fue contigo. Apenas he logrado aceptar que no te la has llevado a la fuerza, que no la obligaste. Pero sigo preguntándome cómo lograste convencerla. ¿Qué le prometiste? ¿Qué le faltaba si con nosotros lo tenía todo?

La amábamos. ¿Sabes? A veces más, a veces menos. Yo sé que algunas temporadas la teníamos medio en el olvido, o ella estaba enojada y nos mantenía a distancia, de castigo. Pero así había sido desde que crecimos. Teníamos vidas que vivir, familias que formar, ella misma lo decía, teníamos que volar fuera del nido.

Aunque nunca nos fuimos del todo, incluso creció la familia, le dimos nietos, le llenamos la casa de risas y juegos. Juegos de niños y de adultos. Nos dejamos engañar, manipular, enfrentar los unos contra los otros, como a ella le gustaba. ¿O no? Y ella así nos movía, como piezas de ajedrez. A su gusto o disgusto y lo permitíamos todos, sin amotinarnos, bailando al son de su elección.

En cuanto a papá, ella lo amaba. Desde niña. Se casó tan joven que creo nunca recordaba haber vivido sin él. Él era su todo: su risa, su llanto, su fuerza y su fe. Lo siguió hasta donde él quiso y cuando no lo acompañaba, esperaba, con anhelo. Leía y releía sus cartas, contaba las horas y hasta que él volvía regresaba el latir a su corazón. Festejaron décadas juntos, llegaron a los 50 pero ni uno más ¡Te la llevaste! ¿O se fue contigo?

Teníamos planes, ideas, sueños, casi rituales aún por cumplir. Ella me amaba, a su manera y no sólo a mí. Nos amaba a todos, no por igual, pero qué más da. El amor es amor mientras sea real. Aún así te la llevaste, ¿o se fue contigo? Dejó tanto atrás, amores, tesoros, recuerdos y más.

Adiós madre mía, aquí nadie te olvida aunque te hayas ido por tu propia voluntad. Tu muerte es mi muerte, mi muerta eres tú.

Aniversario Luctuoso

He escrito bastante lo difícil que fue perderte y lo que tardé en reorganizar mi vida después de tu ausencia.

Con los días, los meses, los años, con todo el tiempo sumado también llegó el olvido. Este mes nos convocamos a la misa de aniversario luctuoso, hace 22 años de tu muerte. Llegamos los que tenían que estar, aunque estoy segura de que sigues presente en la memoria de muchos más. Aprovechando la cercanía de las fechas entre tu aniversario y el 2 de noviembre, mencionamos también a los tuyos. Para no decir tantos nombres, diré que te queda viva una hermana, tu marido y tus hijas y que los dos primeros me perdonen si digo también que nos quisiste más a nosotras, más que a ellos, más que a todos. Al menos así sentí siempre tu amor incondicional y totalmente entregado.

Podría meter en una lata todas las cosas que han cambiado en tanto tiempo, las películas que estoy segura que te hubieran gustado, las salas de cine VIP, la nueva televisión con sus efectos especiales, netflix y los lentes de realidad virtual, madre, son “la onda”, estoy segura de que los habrías disfrutado mucho.

Cuando menciono tu nombre entre los que te quedan vivos escucho que el olvido llegó con el tiempo y tu recuerdo vive en nuestra memoria, un poco distorsionado por cada uno. Cada quien recuerda diferente y ahora hay varias versiones de ti, a unas no las reconozco, y otras me sorprenden. Trato de recordarte y me convenzo a mí misma de que te gustaba el chocolate, ¿te gustaba el chocolate? o es acaso que me gusta tanto el chocolate que pienso que también te gustaba a ti… a veces me confundo, se me ocurre que es una distorsión de mi memoria que te incorporó a mis gustos, y ahora no estoy tan segura de recordarte “separada de mí”.

Así nos ocurre ahora, escucho recuerdos de lo que hacías, decías, pensabas y desconfío. Por eso estoy haciendo una lista, escribo en ella para dejar un registro menos engañoso y más confiable que las mentes de los que te sobreviven. Te gustaba el café, o las tardes de café con las amigas, sabías tejer con aguja, no recuerdo que lo hicieras con gancho, hacías manualidades en migajón y papel albanene. Te gustaba dibujar y los perfiles de personas  te quedaban particularmente bien. Escribías en manuscrita y tu firma era imposible de imitar. Cocinabas rico, y todos los días nos preguntabas qué queríamos para comer. Te gustaba cantar y te recuerdo improvisando algunos pasos de baile en la cocina. Parecías divertida, entretenida y siempre, siempre, siempre estabas ocupada en algo.

Una de estas tardes, platicaba con mi hermana, curiosa le pregunté si ella también tenía el recuerdo de las carreras locas para no ser alcanzada por la mamá encolerizada que venía detrás dispuesta a impartir castigo. Porque la preocupación era que no me alcanzaras a mí, entonces, con tanta prisa, no miro en los recuerdos la imagen de mis hermanas. Ya me ha confirmado que sí, los castigos eran democráticos, las memorias compartidas coinciden.

Sé también que eras enojona y de muy mal carácter, orgullosa y guardabas muy bien los rencores. El amor que sentías por tus hijas era más grande que cualquier desafío. Entre mis memorias construyo una mujer que es mi origen, mi fuente, mis raíces. No más mis razones. Hace tiempo que dejé atrás tus enseñanzas madre, porque he tenido que enfrentar desafíos nuevos, y la caja en la que guardaba tus enseñanzas se quedó sin respuestas ante los retos, las afrentas, las batallas que elegí y las que me eligieron.

Hace años que voy creando un camino propio, y tú vienes dentro de este corazón mío, latiendo en cada paso y susurrando en mi mente “honrar es el camino de los valientes”.

Gracias por tu amor que aún hoy me cobija y protege.

Tu recuerdo me acompaña siempre.

Estamos en paz madre.

Anturios y rosas

Domingo en mi pueblo. Habíamos recibido la llamada de mis tías un día antes, avisando que la cita con motivo del día del padre sería donde el abuelo a las 12 de la tarde. Me desperté con la cita en la cabeza, de ninguna forma podía faltar, casi no estoy en el pueblo, y cuando estoy siento que no me da el tiempo y casi nunca paso a verlo. Por él y por mi abuela siento un amor infinito. Sé que saben cuánto pienso en ellos, pero a veces no se trata sólo de pensar, hay que hacer presencia. Llegué puntual a la cita, de la mano de mi madre. Vimos como otros hijos y nietos llegaban  caminando desde sus casas, otros bajaban de sus autos, todos llenaban de color el camino con sus regalos del día del padre, llevaban hortensias, gerberas, lilis, dalias o geranios. Ahí estábamos todos, visitando a los que amamos.

Improvisaba como soy, antes de entrar tuve que detenerme en un puestecito para elegir mi regalo. Definitivamente serían rosas, rojas para el abuelo, y rosas para la abuela; anturios venían en camino, papá los traería del jardín de la casa. No era día de muertos pero bien lo parecía. Soy de las personas que piensan que es lindo hacer estas visitas, pero en el puesto de flores una mujer no lo entendía. Criticaba la forma en que gastábamos el dinero en flores que disparan sus precios en días festivos como estos. Decía que día del padre o la madre puede ser cualquier día, que por ejemplo el día de la virgen sí era sólo el 12 de Diciembre. Su marido la dejaba hablar sin prestarle atención, mientras esperaba su turno para elegir unas flores. Me quedó claro que era él quien iba a visitar a alguien y que ella creía que había una mejor forma de gastar el dinero que en flores para los muertos. La mujer siguió hablando pero no me detuve a analizar su argumento, la primera parte de la única frase que le oí era obvia y la segunda contradictoria. Pagué el precio inflado de las rosas y subí con mi madre a donde están mis abuelos. Pensé que las visitas que les hago son con el mismo sentimiento de cuando en vida iba a verlos. Llego, los saludo, quiero contarles algo, con la diferencia de que al llegar a este punto recuerdo que no estoy en la sala de su casa y se me hace un nudo grande en la garganta. Quiero contarles todo lo que ha pasado en mi vida desde el día en que se fueron pero me quedo paralizada frente a sus tumbas como si se detuviera el tiempo. Leo sus nombres en piedra, la fecha en que nacieron y la fecha en que se fueron. Recuerdo el año en que estamos y de golpe siento los años que llevo sin ellos. Mi madre entiende lo que pasa porque quiso muchísimo a sus suegros y sé que ellos también la quisieron. Juntas permanecemos en silencio, ella se encarga de colocar las flores, y cuando mi padre llega con los anturios los integramos con los rosas en una breve ceremonia que personaliza el arreglo. A mi abuelo le gustaban esas dos flores y a mi abuela creo que le gustaban todas. Me alegra haberles llevado flores en vida  y recuerdo sus rostros sonrientes. Siento paz, pero sigo sin poder decir nada, me parece increíble que las emociones aprieten tan fuerte. El nudo en mi garganta permanece hasta el momento de irnos. Antes de darme la vuelta les sonrío, sustituyo con eso la plática que no tuvimos. Con los labios cerrados construyo sus cuerpos en mi mente, ahí los abrazo y me despido, hasta la próxima que tenga fuerza para venir a verles. Me gusta mucho recordarlos pero venir aquí me cuesta trabajo. Le echo la culpa al nudo y al peso de sus ausencias que siento cuando estoy frente a sus tumbas. No me explico esta emoción brotando de una mujer como yo, lo único que se me ocurre es que ese nudo y ese peso son proporcionales al amor que les tengo. Recuerdo a la mujer que no entendía el acto de llevar flores a los muertos y pienso que si a la mayoría le pasa como a mí, si también se quedan mudos en las tumbas aunque sea un momento, las flores tiene sentido. Los que amamos suelen irse pero no se va el sentimiento. En mi caso, a mis abuelos que amo les llevo anturios y rosas para decir que aquí los seguimos queriendo.