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19S +1M +1D

A un mes y un día del 19s diré…

Confieso que tengo empatía con los temblores, quizá tiene algo que ver mi signo zodiacal y el elemento que lo representa. Quién sabe, pero a mí me gustan los terremotos.

Me gusta que ocurran intempestivamente. Siempre inoportunos. Me gusta que el hombre apenas pueda anticiparlos con segundos antes de que se presenten, con toda su fuerza. Y es que así son, no hay manera de predecirlos, simplemente ocurren. Puedes ir caminando por el mundo en un día cotidiano, pensando en el menú de la comida, el gasto, la tarea, el gato y de pronto, ¡zaz! La tierra se sacude.

Me gusta su carácter implacable. No distinguen condición, talla, peso, color, estado de ánimo, no son selectivos en ninguna manera.

Aparecen como un escalofrío de la tierra que a veces sentimos suave y a veces parece advertirnos “agárrense piojos, que ahí les va el peine”.

Los temblores despiertan conciencias, reúnen familias, afloran todo lo bueno y todo lo malo que somos, nos recuerdan que todo es impermanente, nos enseña que en unos cuantos segundos estructuras que parecían sólidas se desmoronan, nos estremece para que revisemos nuestros armazones internos, el sostén de las ideas sobre las que moldeamos nuestra personalidad y nuestro actuar. Son siempre una invitación a tirar al suelo aquello que construimos y que ya no nos funciona en la vida; a reforzar lo que se ha dañado y aún nos importa; a reedificar lo que se nos desmoronó. Los temblores nos convierten en cardumen, donde el colectivo es más importante que el individuo. Desde ahí nos reconstruimos.

Reseña de “La soledad de los números primos”

“Sí, lo había aprendido. Las decisiones se toman en unos segundos y se pagan el resto de la vida”.

Paolo Giordano

Historia de amor basada en la romántica idea de un amor que “siempre está ahí” aunque nunca esté en realidad; una persona que te saca de la nostalgia pero nunca de la soledad. Ésta se apoya en el concepto de los números primos, (de ahí el nombre), donde cada pareja de primos gemelos están “condenados” a estar siempre cerca pero nunca juntos.

La considero una historia con la que muchos podríamos identificarnos de alguna manera, la necesidad, y/o casualidad, de tener un amor que te reconforte en los momentos de aflicción.

También me parece interesante la manera en la que el autor equipara una historia de amor con las matemáticas, considero que la hace una historia ingeniosa e incluso fácil de entender. Sin embargo también me hace reflexionar, ¿en realidad las personas como las ciencias exactas estamos destinados a algo y sólo eso?, ¿No tenemos decisión sobre nuestro futuro?, ¿Qué tanto usamos de pretexto al destino para no decidir ni hacernos responsables de nuestros actos?

Asimismo pienso en como cada personalidad moldea y demuestra el amor de distinta manera, nuestra historia de vida nos marca y con ello nuestro andar y nuestra esencia. De esta manera se observa como los protagonistas de ésta narración quedan marcados por hechos dolorosos en su infancia y a partir de ahi, marcan una pauta en su manera de seguir por la vida.

De igual manera me hace recordar “la ley de atracción”, que no sólo pasa en la física, también con las personas; existen relaciones difíciles,  mientras que otras fluyen de manera suave y misteriosa. Pienso que hay personas con las que la química es indiscutible y que en contra de eso nada se puede hacer.

Considero que es un libro que vale completamente la pena leer, no sólo por la ola reflexiva a la que te lleva, sino también por el placer de leer una historia de amor algo estereotipada y aún así bastante cercana a la realidad.

Datos curiosos del autor:

Paolo Giordano, italiano, físico y con veintiséis años en el momento de escribir esta historia. Galardonado con el premio Strega de narrativa 2008; ha despertado mucho interés después de esta novela la cual es conocida mundialmente.

Datos bibliográficos:
Autor: Paolo Giordano
Editorial: Ediciones Salamandra, 2009
1° edición, febrero 2009
20° edición, noviembre 2013, España
Traducción, Juan Manuel Salmerón Arjona
ISBN 978-84-9838-205-1
Impreso en España

El panzón.

La dicha de enseñar y aprender me viene del abuelo. Es como si su facilidad de palabra me hubiera ido penetrando la lengua y al final se fuera haciendo una costumbre en mi caminar. Hablar para convencer, platicar por el placer y el discutir para defender. Me vienen del lado materno tantas cosas.

Al panzón le gustaba inventar historias, las presentaba de una manera tan real que toda mi infancia viví creyéndolas. La que más me gustaba sin duda era la del tiburón y hoy en día, aunque soy ya una adulta, sigo pensando muy en el fondo de mi corazón que todo sucedió como él nos lo había contado.

El verano en Sudcalifornia es literalmente como el origen de la palabra misma “un horno caliente”, nos situamos entonces en esa época del año en donde los palmares dejan de bailar y el único remedio a “la calor” resulta un buen chapuzón a orillas del mar de cortés. Por ahí de los años cincuenta todos los jóvenes del pueblo acompañaban a sus padres a la pesca, por el trabajo o cuando el día lo ameritaba  eran los amigos los que se reunían para ir a sacar algún fruto del mar.

Aquel día Manuelito Davis había ido de día de pesca con “el cayito” su amigo de la infancia. Habían salido temprano hacia la isla del Carmen, la mañana había transcurrido tranquilamente, pero por cuestiones de mareas y del destino propio, habían entrado sin querer a ese lugar que muchos llaman la cueva, esa formación rocosa en la isla en donde el mar y la tierra se unen para formar un espacio oscuro y tenebroso.

El abuelo no tenía miedo ¿cómo iba a tenerlo? si lo inglés de su apellido no era sólo el nombre sino también la sangre pirata que corría por sus venas. El amigo cayito temblaba del espanto que lo había empezado a poseer y este creció cuando se dio cuenta que en la cueva había un tercer integrante, un tiburón gris con unos dientes gigantes, con una aleta que inspiraba respeto y con un hambre marca diablo. El abuelo lógicamente ni corto ni perezoso se lanzó al agua para defender al amigo y así evitar ser comidos por el inmenso animal.

La pelea fue épica, con un pequeño cuchillo el abuelo pudo matar al feroz atacante y así resultar victorioso después de largas horas de batalla, el único pequeño rasguño que sufrió fue una mordida en el pulgar de la mano derecha de la cual nunca pudo recuperarse. A pesar de que el monstruo marino no pudo arrancarle el dedo, este quedo como una almohadita maleable, suave y aguada.

Al pasar de los años no recuerdo quien me contó la verdadera historia, el panzón había ido a pescar cierto, el amigo cayito lo acompañaba (también era verdad), sólo que nunca existió el tiburón, en realidad el abuelo se había él mismo enterrado el anzuelo en el dedo tratando de preparar su caña. Por suerte un dentista que estaba de pasada por el pueblo lo atendió y con su poca habilidad para saturar dedos pudo evitarle mucho sufrimiento. Sin embargo, digamos que el dedo no quedo perfecto.

A mí me gustaba dormir con el abuelo, tocar su pulgar y escuchar una y otra vez la historia del tiburón, pues segura estaba que nadie tenía un abuelo tan valiente como el mío. Me gusta seguir creyendo que mi abuelo, hace algunos ayeres, salvó a su amigo de ser comido y que entonces cuando él está cerca no corro ningún peligro, así no pueda tocarlo.

Alcanzarlo… asirlo… quizá…

Eso nunca sucederá. ¿Quién es capaz de mover los bosques

y de alinear en batalla los árboles separando

sus raíces de la tierra que las cubre? 

(Macbeth, act. 4 , esc.1)

El viento llora en busca de los molinos, su voz duele en la piel como el raspar de una lija en la madera, el eco que entona es doliente, quizá busca la mano suave que acaricié el terciopelo del silencio para entonar por última vez el vals negro.

El frío que lo acompaña cala en los huesos, la nieve cubre todo el paraje no hay rastro próximo de otro ser humano en varias millas, los árboles han quedado desprovistos de su follaje, las ramas parecen pequeños huérfanos esperando ser acogidos en cálidos brazos. Nada de esto sucederá hasta la próxima primavera, las huellas han sido cubiertas nuevamente por la nevisca como si quisiera sólo para ella  el toque sutil de su andar, cada vez pesa más  esperar y continuar, de pronto como un espejismo de su juventud a lo lejos divisó una cueva o un hueco, no alcanzaba a distinguir,  parecía una galerna que se acercaba así que con todas sus fuerzas corrió hasta que no pudo más y entonces como un suspiro le abandonaron…

Al despertar no sabía exactamente dónde estaba, ¿había muerto?… ¿fue un mal sueño?… estaba revestido con ropa cálida y diferente cerca del fogón. Sintió como cada molécula de su cuerpo vibraba en suave melodía y los átomos de su ser hacían música, empezaba a sentirse vivo de nuevo, eso le tranquilizó y al mismo tiempo una duda estallaba en el cosmos de su frente que produjo una sensación desasosiego ¿Cómo diablos había llegado ahí?… se enderezó y observó la cueva.

Palmó las paredes que se sentían semejantes a las palabras ásperas que salieron tantas veces de su boca a tiempo y en destiempo, el color de éstas era café oscuro  como fondo de una pileta donde jugaba en su tierna infancia. no era de gran tamaño aquello que sus ojos alcanzaban a distinguir así que asió una vara del fogón y alumbró más allá de donde estaba. El aroma que inundaba el ambiente completo. Cuando intentó caminar e investigar una mano le detuvo, volvió azorado el rostro y contempló la imagen de una anciana de baja estatura, cuyo rostro    tenía los surcos que deja el agua en las rocas, conservaban aún el brillo de la nieve en invierno, de sus labios brotó una voz como si tejiera una canción de cuna, su cabello tenía el tono que conserva la paja cuando está guardada, hace muchos años tendría el color del fuego de la impaciencia y hoy era un recuerdo apagado, uno que no duele. Tenía ropa fresca, poco convencional para el frio, de hilo burdo teñido de verde, largo y amplio, sin ser lo suficientemente largo, dejaba ver su calzado color negro. Lo invitó a sentarse de nuevo.

Le dijo la anciana sin preguntar su nombre;

̶  No importa cómo te llamen si no lo que has hecho con él, las vidas que has tocado y más las que has dejado marcadas para bien o para mal.

En ese instante al sonar de la voz de la anciana como el shofar  sintió un fuerte golpe en el pecho semejante a cuando un árbol cae demolido por la sierra y pudo escuchar cómo se desgajaba algo muy dentro de él, tomó aire y exclamó:

̶  Buena mujer, ¿cómo debo llamarte para así mismo decirte mi nombre?

La anciana exclamó:

̶  No has entendido de inicio esta charla, estás aquí por una razón y con un propósito. Tomarás un sendero diferente después de hoy, quizá te pierdas en el laberinto de la mente, quizá seas el mismo de siempre, pero antes será necesario que nades en los ríos en los que podrás encontrar un nuevo desierto, en el que  la melodía resuene nuevamente y aquello que has tenido en desuso se estremezca como los cañaverales en nítida vibración sinfónica. Cuando transcurran tres jornadas volverás a este lugar quizá con la locura de la diosa Hibris donde el lote a pagar sea parte de la felicidad o del infortunio. Aracne te acompañará y visitarás también a las Moiras…

El joven estaba  boquiabierto no entendía nada de lo que estaba sucediendo a su  alrededor, sólo podía escuchar el estruendo de su corazón como mil tambores en batallón que en cualquier momento detendrán el redoble. Lo que seguiría le aterraba, ese sentimiento de incertidumbre lo había acompañado toda la vida, jugarse la existencia en un volado había marcado su adolescencia que hoy parecía un sueño tan lejano, como de otra época, en otro cuerpo, pero no… había sido en su vida y dejó una cicatriz tan profunda que endureció una parte de su rostro y  el brillo de sus ojos había cambiado. Preguntò entonces.

 ̶  ¿Aracne? ¿Acaso es?…

La anciana respondió:

̶  Ella fue  quien enseñó a  las Moiras a tejer los hilos del destino, su telar es perfecto, resistente y hoy sigue atrayendo con sus formas cilíndricas  a los hombres, te llevará a tu destino, deberás tomar esta agua, aquí te espero…

El joven pensó que era una locura, mejor debía tomar algo caliente, dormir y mañana partir cuando la ventisca bajara, no quería insultar a la anciana ni contradecirla, todo aquello que decía no tenía sentido, pero muy dentro sabía que necesitaba que la batalla terminara y dejar de sentir en soledad.

Tomó el recipiente tosco, de color amarillo, lastimaba un poco el borde rojo de su boca, bebió la infusión y empezó a sentir como  los minutos se extendían como un lamento largo, el sueño le tomó en brazos y lo llevó a reposar a verdes praderas donde ni un vendaval podría alejarlo de ahí. Aracne le tendió la mano y lo invitó a continuar andando a su paso, tocaba con las yemas de los dedos rosas, anémonas, narcisos y un ciclamen.  Anduvieron, cuando se paró al borde del río Estigia, Aracne le indicó que se desvistiera completamente, debía experimentar en todo su ser las aguas gélidas del odio, ellas lo abrazarían y no cesarían de entonar un cántico de mareas bajas, lo llevarían al valle de la tristeza, sentiría las heridas más profundas que supura el alma, le advirtió que recordaría rostros, nombres, escenas y sentimientos albergados en lo insondable de su médula.

Se quitó la ropa poco a poco hasta quedar desprovisto completamente, se sumergió lentamente, dio un grito sordo, desesperado. el hielo quemaba su piel como pequeños alfileres que se enterraban en toda su esencia. El agua helada lo cubrió hasta el cuello,  la otra orilla estaba tan cerca y tan lejos a la vez, empezaba a sentir como el cuerpo entumido, al encontrarse sumergido sin poder alzar el vuelo, simplemente se dejó llevar por el río…

Vio todos los rostros de aquellos que lo ofendieron con desdén y  actuaron como cuando se cava un hoyo y la pala hiere la tierra. Revivió el instante en que el odio se sembró en su corazón y cómo la semilla creció amarga impregnando todo dentro, como la humedad que corrompe el entorno, había sido herido tan abismalmente que todos los puentes de su alma se habían quebrado, la cerrazón de su padre, las patadas que mancillaron su  integridad  y tantos rostros que lastimaron su intimidad. De pronto sintió un jalón que lo regresaba a la vida y percibió que había pasado algo…ya no dolía el pecho como hasta hace unos instantes, ese crujir de ramas en invierno constante que sintió en su pecho largo tiempo estaba desapareciendo, tuvo la sensación de una luz.

Aracne le indicó que debía salir y titiritando de frío buscó una frazada, aunque  sólo encontró una túnica carmín. Se dirigieron hacia el río Flegetonte donde debía purificarse con fuego, era el más difícil de cruzar porque debía perdonarse a sí mismo; sus errores, silencios, pausas, gritos, desquebrajos, omisiones, locura, llanto, todo lo que provocó en otros. Así que con el mismo miedo del anterior escenario entró poco a poco en agua que emanaba fuego, cada paso que avanzaba le cocía la piel, se hacía lento el andar, recordaba los momentos en que se lamentó de las decisiones que había tomado y las consecuencias de ellas,  todos los silencios que mandó al cofre del olvido, que habían mermado su mente como esa cajita de música que repite y repite la misma melodía con la pequeña bailarina llevando el mismo  sentido hasta la eternidad. Tocó esas lágrimas que colocó dentro de una botella que  nunca sacaba. ¿Cuántas cosas por perdonarse?, nadie le había enseñado a eximir y sin embargo giraba esa rueca eternamente, observó como su torso se encendía y la greda de su existencia se hacía polvo… llegó a la otra orilla en un llanto que semejaba a las corrientes del corazón donde se experimenta una ternura emanada como una flor al sol. Experimentó la gratitud del amor, y las aguas del diluvio consiguieron asir las cumbres más elevadas de la pasión.

Sus ojos se llenaron de la niebla resultado de los cambios que había sufrido, tal era su emoción de sentirse ligero, que había nadado sin querer hacia el río Cocito.  Ahí escuchó las lamentaciones en voz de un eco que le pareció familiar como evocando una melodía quebrada, supo de quién era esa voz, cerró los ojos, exhaló, debía continuar…

Llegó al último río Lete, el río más profundo de todos. Si nadaba y era cubierto completamente todo sería borrado de su memoria, quedaría atrapado en un laberinto aún más intrincado que el de Creta, ni siquiera el hilo de Aracne lo podría sacar, era su decisión hasta dónde dejarse tocar y era el equivalente al olvido. Nuevamente quedó desprovisto de todo y con la miseria humana como   única capa, entonces entró en el agua, se mojó hasta los tobillos, deseaba con todas sus fuerzas olvidar lo innecesario, voces, caras, números, pero no su propia historia pues empezaba a comprender que todo lo vivido era la suma de factores y debía ser así para un propósito más grande. Sacudió sus pies, se vistió y siguió a Aracne, faltaba poco para salir pero antes, haría una parada más.

Se quedó anonadado de observar a las tres mujeres: Cloto, Láquesis, Átropos, las Moiras tejían eternamente.  

Átropos tenía la virtud y el poder de cortar el hilo con sus poderosas tijeras de oro, pudo tocar su propio hilo, se sentía vigoroso, eufórico, y a la vez aprensivo, desvelado. Sintió como el agua bañaba sus luceros y por primera vez no era amarga sino dulzona. Átropos  le advirtió que de seguir desbaratando las madejas de los demás estaría a punto de cortar su hilo, sin embargo las oraciones de una madre son escuchadas por los dioses y había tenido una nueva oportunidad.

Era imposible arrancar las raíces de un árbol para librar una batalla personal, en cambio trepar por sus ramas y subir tan alto hasta  ver las estrellas, caminar sobre ellas, vestirse de fresco, ser rayo de luz, gota de agua limpia, así que continuo su camino.

Aracne le regresó al campo verde y despertó del sueño, no había nadie, ni fogón, ni anciana, nada.

Alcanzarlo… asirlo…quizá era su destino e iría en busca de él…

Recogió algunas pertenencias y salió de la cueva, afuera el frío era tolerable y mirando al cielo agradeció a los dioses, su nombre sea quizá de aquel que está leyendo…

 

Hablando con mi necedad

Cómo no hacer un pastel de zanahoria en navidad

Esta metodología está escrita en el futuro, dirigida a mi en las vísperas de nochebuena del 2016 para prevenir el desastre que viví en aquel momento, donde requería algo más que una simple receta para poder hacer un delicioso pastel de zanahoria.

La elección del platillo para colaborar en la Nochebuena.

Elegir un platillo puede resultar de lo más simple si sabes dónde comprarlo ya preparado, y que tenga buen sazón, de lo contrario ofrécete a llevar el alcohol y los refrescos. En caso de que lo tuyo sea hacer un esfuerzo por cocinar una vez al año -como es mi caso- te sugiero NO REALIZAR EXPERIMENTO ALGUNO y preparar algo que sabes hacer bien, después de todo te aseguro que agradecerán más un platillo delicioso, aunque no navideño, a “algo extraño” tradicional.

Como yo soy tu futuro y conociéndote como me conozco, sé que mi recomendación anterior la leíste en tu celular camino al supermercado y seguramente mezclaste información, por lo que en este momento estarás invocando a san Google para que te dé una receta del pan de zanahoria que viste en facebook hace algunos momentos, por lo tanto el platillo que llevarás es un experimento no navideño.

Los ingredientes

La lista de ingredientes está diseñada para que tengas todo listo ANTES DE COMENZAR A COCINAR.

Para el pan.

2 tazas de zanahoria finamente rayada. Nota: finamente rayada quiere decir que no puedes hacer el pastel, pues no cuentas con los aditamentos para hacerlo y en el súper no la venden. Desiste.

1 ½ tazas de aceite. Nota: Recuerda que tú tienes 3 tipos de tazas en casa que varían considerablemente de tamaño, ninguna con la medida exacta, por lo que no saldrá como se espera. Desiste.

2 tazas de azúcar. Nota: no puede ser eliminada de la receta. Si te preocupan las calorías del pastel, por favor desiste.

1 ½ tazas de coco rayado. Nota: Sí, más azúcar. Desiste.

1 ½ tazas de piña en almíbar picada. Nota: Mucho más azúcar. Desiste

1 ½ taza de nuez picada. Nota: Picada, no aplastada. Desiste

4 huevos. Nota: De ninguna manera este ingrediente hace referencia al nivel de energía requerido para elaborar el pastel, deja trabajar a tu marido y no lo obligues a cocinar contigo. Si no puedes, no repartas. Desiste.

1 cucharadita de esencia de vainilla. Nota: Si no encuentras esencia de vainilla, sino saborizante artificial de vainilla, no intentes hacer conversión de porciones, las matemáticas tampoco han sido lo tuyo. Desiste

1 cucharadita de bicarbonato de sodio. Nota: este ingrediente no está incluido para asegurar una mejor digestión y mucho menos para evitar la acumulación de grasa en tu cuerpo por tanta caloría. Desiste

1 cucharadita de sal. Nota: Se refiere a sal de mesa. Si sólo cuentas con sal de grano por ser más sana, desiste.

Para el betún.

2 ½ tazas de azúcar glas. Nota: Síííííí, más azúcar. Por favor evita hacer experimentos, sustituir el azúcar glas por el azúcar morena no dará el mismo resultado, y tampoco se acercará al merengue que tanto te gusta. Si quieres merengue desiste de hacer el pastel de zanahoria, ese no lo lleva.

1 barra de queso crema. Nota: Si encuentras barras de diferentes tamaños en el súper y no sabes cuál es correcto, desiste.

6 cucharaditas de mantequilla. Nota: si en el súper encuentras mantequilla con sal y sin sal desiste.

1 cucharadita de vainilla. Nota: aplica lo mismo que la vainilla del pan. Desiste.

Preparación del pan

Si a estas alturas del partido insistes en seguir preparando el pastel de zanahoria, te pido por favor que consideres que en esta fecha no habrá madre, amiga o suegra que te rescate. Todas estarán ocupadas preparando algo rico para la cena.

Busca un recipiente que sea lo suficientemente amplio y profundo para que la mezcla al batir no se salpique por toda la casa. Tu tapiz de la sala no podrá limpiarse y terminarás furiosa por haberlo dañado. Saca todo el contenido de envases, trastes ollas y mugreros que tienes inútilmente almacenados en el mueble de la cocina y metete hasta el fondo para buscar la batidora. Recuerda que para estas fechas ya has acumulado unos kilitos de más y no te será sencillo entrar.

Una vez que tengas la batidora en tus manos, busca en el cajón de chunches que nunca usas las aspas de dicha batidora (son esos instrumentos que utilizaste para intentar coser una bufanda sustituyendo las agujas de tejer), lávalas y colócalas en los agujeros de la batidora HASTA QUE HAGAN CLICK y queden bien fijas, ya que de lo contrario saldrán disparadas justo al ya mencionado tapiz de la sala con destino conocido.

Antes de encender el horno y precalentarlo a 180°, te sugiero que te asegures de haberlo dejado vacío, ya que el plástico además de tóxico provoca mucho humo, y no querrás ser nuevamente responsable de encender la alarma contra incendios y desalojar el edificio en esta fecha tan particular. Una vez que el horno está vacío por completo, pide a tu marido que lo encienda antes de que armes un show cómico e histérico intentando hacerlo tú misma.

Mezcla todos los ingredientes del pan y asegúrate de que quede perfectamente mezclado. Por favor, no intentes meter todos al mismo tiempo y después batirlo. Comienza mezclando el azúcar, la sal, el bicarbonato, el aceite y los huevos con la batidora. Cuando se haya hecho una masa homogénea incorpora POCO A POCO el resto de los ingredientes con una cuchara. Si al concluir con esta etapa no ha quedado una masa semilíquida, es momento de desistir. No intentes duplicar el contenido de aceite para que quede como en el video. DESISTE.

Vacía la mezcla en dos recipientes de la misma forma y tamaño. Hacer el pan en un solo molde sólo hará que se desparrame la mezcla y tendrás que lavar el horno, eso implicará más trabajo y no habrá pastel. Insisto, desiste.

Mete los moldes al horno y espera 50 minutos para verificar que el pan ya esté listo. Basta con meter un palillo, no insistas con el cuchillo para pan, ese sirve únicamente para cortarlo.

Mientras el pan está en el horno puedes aprovechar para limpiar todo el desastre. Comienza por la lata de piña y TEN MUCHO CUIDADO al cerrar la tapa que no desprendiste por completo, ya que tiendes a bajarla con un dedo y con el almíbar se resbala hasta quedar tu dedo prensado entre la lata y la tapa, lo que te costará una rajada que te hará llorar.

Al guardar el azúcar glas en la alacena que está tan alta, usa la escalera para que evites utilizar el cuchillo más afilado para empujar la bolsa, que éste la corte y que termines empanizada hasta los calzones. De verdad, desiste.

Preparación del betún.

Ni hablar, por lo visto no han sido suficientes mis sutiles sugerencias para invitarte a NO  HACER el dichoso pastel y ya estás en la preparación del betún, quiere decir que tu necedad es mucha y contra eso no voy a poder. Así que me rindo. Para preparar el betún sólo tienes que mezclar con la batidora el queso, la mantequilla e incorporar poco a poco el azúcar y la vainilla.

Mientras esperas a que se enfríe el pan que sacaste del horno, ve a la farmacia, compra varios paquetes de anti-diarreicos para ti y todos los invitados, así como un paquete grande de papel de baño y un aromatizante.

Una vez que el pan se ha enfriado, coloca uno de ellos sobre un platón y vierte encima el betún que será el relleno. Coloca sobre éste el segundo pan y con el betún restante cubre el pastel y Listo! Habrás terminado no sólo el pastel de zanahoria, sino también con tu imagen de mujer versátil, inteligente y considerada. 20 minutos después de que los invitados hayan comido una pequeña rebanada de tu pastel comenzará la vomitona, recreando con lujo de detalle aquella escena del libro Como agua para chocolate y convirtiendo la navidad del 2016 en una navidad memorable para todos.

El servicio

Lunes, Miércoles y Viernes, sabía que no tenía ninguna posibilidad de verlo, pero Martes y Jueves, esos dos días lo esperaba con ansías, con mucha alegría. La hora se acercaba y solo pensaba en el momento preciso en el que llegaría a mi puerta para decirme que ahí estaba, a la misma hora, siempre fiel al llamado. Nunca conocí su nombre, supongo que nunca fue necesario, quizás entonces él conocía muy bien el mío, o tal vez solo reconocía la dirección, si, por ahí cuando vivía por el jardín de los platitos, el que era como el de Güell en Barcelona.

La primera vez que vino a buscarme, pensé que no le daría importancia a su  presencia, total, cuantos como él habían pasado por mi vida, no pronunciaríamos ninguna palabra, sólo el pago y un forzado gracias al final, de todas maneras jamás lo volvería a ver de nuevo y si lo hacía ni su cara reconocería, así había sido siempre.

Pero esta vez me equivoqué.  En aquel primer servicio, que nunca olvidaré, empezaste a platicarme tantas cosas y los pocos minutos en los que te oí, me dejaste con ganas de saber más, siempre más. En la segunda visita o la tercera ya no se bien, me hablaste de aquella mujer, tu ex mujer, si, esa vieja mala y despiadada que te quitó todo a excepción de esos dos niños que por suerte salieron buenos muchachos.

Cuarta visita o quinta, la memoria me falla un poco, me dijiste que los niños al final hasta habían estudiado, los dos habían ido a la escuela, no como tú que a duras penas habías acabado la secundaria, los dos eran profesionistas, el varoncito arquitecto y ella toda una abogado y tú te convertías en un pavorreal cuando me hablabas de ellos.

¿Era la sexta o la séptima vez que venías? Tal vez la novena, hace tanto tiempo de eso, me platicaste que la niña se iba a casar, que orgulloso estabas de tu muchacha, que bonita se iba a ver de blanco, en la fiesta estaría hasta la Lupe, el tiempo se acababa y me quedaba con las ganas de saber quién era la Lupe.

Día diez, la Lupe, resultó ser la nueva mujer, al parecer ella si te quería, ella si era guapa, nunca entendiste cómo la enamoraste, la conociste en la cantina de don chava, la Lupe trabajaba ahí como mesera, la Lupe era joven y con muchas ganas de salir adelante, ah que suerte habías  tenido de encontrarla y que bonito vestido se había puesto para la boda de tu muchacha.

Próxima visita, pues que ahora la Lupita se fue a vivir a tu casa y que hasta quiere un chamaco y tú que te sientes tan viejo, me confiesas que esas cosas no son ya para ti, bastante haces con tener de nuevo una mujer que te de órdenes y yo solo pienso “vieja aprovechada”. Te pierdo de vista algunos días, me desespero, quiero saber más.

Viernes por la tarde 4pm, pierdo las ilusiones, no sé si serás tú el que vendrá, o será alguien más, tocan la puerta, con tu sonrisa me recibes y me presentas las buenas nuevas, la Lupita se salió con la suya  y a tu edad serás papá de nuevo, tú que ya andas abueleando, me río a carcajadas, me despido de ti, sin saber que sería la última vez, nunca más tomaría la misma ruta, nunca más el mismo servicio de taxi hacía Álamos.

SINFONíA EN GRIS MAYOR

“Siempre habrá labios que digan una cosa
Mientras el corazón piensa otra.”
Alejandro Dumas “El Conde de Montecristo”

Las montañas se divisan en la lontananza majestuosas como la vida misma, vestidas con trajes multicolores de satín y seda como los días en primavera, sumergidas entre la música y el candor de un día soleado.

Respiró profundo intentando inhalar todo el oxígeno que le rodeaba, cada molécula entró en sus células, las bañó de prestigio y como meteoros que se salen de su cauce exhaló todo el contenido.

¿Cuántas veces las palabras no siempre salen del tintero como lluvia fresca de un mes de mayo? Muchas veces guardan distancia en el puente del pensamiento ya que no todos los mortales pueden entonar cánticos con ellas, acariciar la piel del alma o encender la flama de la pasión.

Ellas deciden hacerlo y entonces se lanzan en desbandada, fluyen como riachuelo en Akis que citó Ovidio.

Se veía una figura de pie bajo un árbol, el olor a arcilla mojada envolvía el ambiente delicado, suave, embelesaba todo como la misma estrofa de una canción que repites y repites sin final porque hay algo que te atrae como polilla a la luz, de tu mente y tus oídos no sale, está ahí como una ligadura de prolongación, ¡ahh! cuán difícil era decir esas dos palabras que le albergaban en el pecho, si detenía el tiempo, habría que reiniciar la historia desde el momento mismo en que le miró por aquella rendija de la escuela, que duraron un suspiro, un respiro, un latido…

Parecían dos palabras pequeñas de pocas letras pero le escocían el corazón y sentía una sed inmensa que quizá el agua de Lete le calmaría.

Observaba desde ahí la chimenea en cuyo humo bailaba al cielo en cándida danza como el paso de un ángel que era tan profundo como las simas en la playa de sus ojos.

¿Por qué no era capaz de enviar un mensajero con una misiva que dijera que estaba bien? ¿Una paloma? ¿Un poeta cantor?…
Sería acaso que ¿Habría dejado de pensar?, de ¿sentir? sólo debía uncir un par de yeguas, cruzar el valle del descanso eterno y llegar a su lugar. Pero los ríos no cambian su rumbo una vez que empiezan su cansado andar, continúan hasta juntarse con otras aguas y éstas llevan un poco de cada uno como ofrenda al mar que indómito, eterno, profundo e insoldable que permanece esperando que las sirenas canten y así poder tragar a los hombres que lo retan, así era su corazón tan difícil de amar y tan añorado, sentía al igual que Ecco era incapaz de completar las frases, cuan bien le hubiera sido escuchar a Orfeo en esos momentos pero pensó que todo sería fácil cuando las azucenas brotaran y los lirios bailaran, pero las cosas se complicaron poco a poco quizá para bien o no tan bien y últimamente los dioses no han sido muy benévolos, intentaba callar sus pensamientos que se le escapan como el perfume en esos días que alivian los dolores callados.

Cada vez que intentaba deletrear las dos palabras su voz enmudecía, las estrellas se dormían o Celeste se ría tanto que cuando mostraba su sonrisa menguante daban ganas de lazarla y hacer un columpio en ella.

El temor que sentía a la risa sardónica, era como el león de Nemea así que normalmente daba vuelta y continuaba con su vida, evitaba a toda costa que su corazón fuera estrujado nuevamente con minutos que le restan al día y a sus palabras no les faltara tinta.

Recordaba como un gorrión añora la libertad que reía tanto siendo feliz en su compañía algunas veces escasa, otras más prolija que en ocasiones se alejaban porque él prefería amores livianos, pasajeros, nuevos como los cristales de un caleidoscopio, experimentar sensaciones era lo suyo y tal vez en un acto de egoísmo dar minutos del día a quien él deseara eludiendo pasar un día completo, una vida o focalizar su atención en los que le rodeaban, madre, hermanos, amigos y quizá ella contaba entre aquellos, era fácil que él evadiera compromisos por vivir su existencia, nadie lo veía, si supiera que es tan estéril esa actitud, él con su galán porte conquistaba todo quizá porque deseaba comerse el mundo de una mordida, era fácil prometer a largas distancias, ser disperso en su moral y así tener un regazo caliente siempre, cuánto la entristecía esto a ella, sintió como el corazón se deshojaba y crujía como las ramas en invierno, la luz de la bóveda celeste dejó de titilar y el racimo de estrellas apostadas en el horizonte se abrazaba con fusión, calmó su brío, eran tantas vicisitudes que pararse frente a un camino colgante y ver el vacío era mucho mejor que volver a sudar frío, sentir que la sangre le abandonaba porque los pies se ensartaban a la tierra como los árboles de los bosques que están ahí en adolescencia perenne esperando ser tocados por el sol en desusado fulgor.

Caminó colina abajo sintiendo como el paso del tiempo es una sensación de temeridad como cuando observas un caracol caminar de modo pianíssimo y pareciera que la paciencia insensata ignora la lenta agonía de la mañana.

Se agachó para poder asir con sus manos calladas la marga bajo sus pies, se sentía diferente a la arena un poco más burda quizá porque las ninfas aún no bailaban en esa parte, deseaba mirar con los ojos ingenuos lo intangible pero los seres del bosque dejan de realizar prodigios una vez que se cruza la frontera de la incredulidad, para volver a esa parte del país del ayer se necesitaría más que un pasaporte y sabía que se requería…

Regreso a su hogar caminado por el pueblo cuyo piso estaba formado de adoquines pardos colocados en forma hexagonal que invitaban a brincar entre ellos con danzas infantiles y morir de risa al final del camino, escuchó un murmullo era ¿un recuerdo o visión? Fue la más hermosa visión, eran todos niños diferentes que habitaban el pueblo, con los mismos juegos canciones que una vez entonó y miró con sumo cuidado un espejismo, una niña pequeña de trenzas rubias con un remolino en la nuca, un poco de pecas en su infantil sonrisa y el mundo se lo comía con los ojos expresivos.

Estaba la pequeña sentada en la fuente, esperaba que la invitasen a jugar pero los niños no lo hacían, quizá era por su pequeña estatura, quizá por sus palabras extrañas o sólo sea un quizá suelto en el infinito esperando ser alcanzado por un cometa, con la pequeña había un hermoso perro color café, recordó su niñez.

Cerró y apretó los ojos, contuvo la respiración tres tiempos y al abrirlos la pequeña había desaparecido como lo que era, una ecco del pasado.

Continuó caminando por los pequeños espacios de las calles, tocaba con las manos las texturas corrugadas, suaves, ásperas de las paredes de las casa, negocios todo parecía una pintura de Pieter Brueghel en movimiento, hasta que por fin cruzó la campiña vestida de verdes, azules, granates, amarillos como la paleta de un pintor, divisó su hogar y sonrió para sí misma, estaba en casa…por fin.

Subió los tres escalones viejos de madera que crujían como si desgranaran el maíz en primavera, se limpió los pies en el tapete pequeño con un diseño amorfo ya, por el paso de los pies diariamente, abrió la puerta de encino y chilló suavemente como el ronroneo de un gato, caminó hacia la mesa del comedor y sentándose ahí abrió la misiva que estaba depositada junto al tarro de miel.

Las misivas que compartían a diario eran sobre todo y nada, desde el vuelo de las mariposas hasta que la noche abrazaba el orbe, pero las palabras pueden conquistar hasta el corazón más blindado pero son eso palabras que pueden realizar el milagro de experimentar que la luz opaque y confunda las cosas, a veces tan cercanas, a veces tan llanas.

Sonreía cada vez que su inocencia se nutría de fragancia y que la alegría dejaba de estar enlutada, pero la lejanía de sus hogares, las multitudes de las personas que le rodeaban, los separaba, si era intricado convivir casi a diario más lo era así.
Todo se enreversa cuando empiezan a interactuar las playas profundas del verano en el mirar de cada uno, tenemos simas y cimas insospechadas, algunas muestran yerros penosos, otras tantas esperanza engarzada en el cuello.

Habían pasado muchos inviernos juntos, hablando del futuro que se difuminaba siempre con las evasivas de viajes a diferentes reinos, cruzar mares o simplemente dejar de importarse.

Deseaba escribir una carta que fuera tan larga o tan corta como las lágrimas del rocío acercarse, buscar y hallar son letras en movimiento cualquiera diría que es decisión pero no es sencillo para quien ha sido contenida toda su vida, ver la vida como la veía en ocasiones, como un alma vieja que no encaja fácilmente en el rompecabezas diario quizá por eso no le invitaban a jugar de niña y cuando empezó a compartir esas cartas, momentos, instantes y amor supo que ahí radicaba su corazón.

Al mirar por la ventana y recordar aquella luz que indicaba que estaba él en ese momento ahí, al calor de la fogata sintió unos golpes como espuelas en el pecho, era como el plomo caliente vertido en sus venas, no había experimentado esas sensaciones nunca, pero están ahí como la ropa en un baúl que al necesitar algo del fondo, empieza a sacar todo, sintió que estaba colorada en la cara por fortuna nadie le vería así. ¿Qué era lo que sentía?… Su alma ya no era incólume.

Empezó a escribir la carta, la enviaría y esperaría una respuesta, quizá llegaría en un día, un año o nunca.

Así lo hizo y…

La mañana de tres otoños después justo antes de caer la última hoja, alguien tocó a la puerta, realmente hacía frío pues el chico que estaba frente a ella tenía la nariz de grana, usaba un gorro curioso pues al parecer un día le tapó toda su cabeza pero ahora parecía un Kipá la imagen parecía una caricatura de sus cuentos infantiles, el chico pidió un poco de cocoa caliente y entregó lo que llevaba en la mano.

Abrió el sobre, tenía sellos extraños y parecía que había tardado un par de meses en llegar a su destino, leyó con sumo cuidado mientras el chico se extasiaba con las pinturas colgadas en las paredes, estaba un Rembrandt, un Pollock , las Meninas de Velázquez entre otras, todas colocadas exquisitamente en la sala, resaltaban por el color vainilla claro de las paredes, en el salón había un sillón mediano para dos personas, cuyo tapiz era sepia, dos sillones individuales dispuestos con cuidado frente a una mesita de centro con patas victorianas, podrías sacar fotografías ahí y parecería una sala de museo de la Capital, realmente hermoso.

Olía a benzaldehído (aroma similar al de las almendras), Vainillin todo era como esa fragancia deliciosa de los libros antiguos, la casa entera estaba impregnada de recuerdos, voces, sueños, y perfumes que te invitaban a volver en el tiempo y ver a la abuela en la mecedora tejiendo el chal eterno, el viejo perro Golden a sus pies y la música de cornamusas, de la cocina venía el dulce olor a pan recién horneado, por eso el chico no sintió el intervalo del reloj, mientras ella leía y releía la carta, era increíble él había partido a un viaje de esos que acostumbraba largos y desconectados del mundo, viajó al reino de Siam, en la expedición contrajo tifoidea muy común en aquellas zonas, así que perdió la batalla contra Mórrigan y en sus brazos cruzó para ver a Taranis.

Agradeció al chico la atención de llevar ese sobre tan esperado como el vuelo de las golondrinas a pesar de las inclemencias del tiempo, obsequió un poco de chocolate en barra para el camino antes de que helara más. Cerró la puerta que exhaló una mueca y dispuso arreglar una maleta, debía despedirse de quien en un tiempo había sido todo y nada.

Tardaría en llegar, con ese clima no es fácil cruzar la campiña que ahora empezaba a vestir pureza combinada con un dejo de tristeza, salió en su caballo y emprendió uno de los viajes más difíciles de su vida… despedirse de él.

Llegó al camposanto, caminó al mausoleo y vio a la madre ya anciana de aquel que amó en su infancia y juventud, reprochando todas las palabras que no se dicen, que no expresan, abrazos que no llegan, momentos que no se atesoran…

Rodeo con un abrazo cálido de esos que no te rompen sino cobijan, a la figura marchita, de cabellos como espuma del mar y ambas lloraron.

Antes de salir de ahí, dijo quizá las dos palabras más difíciles de su vida, esas que albergaron en su pecho muchas décadas, palabras que tal vez hubieran bañado sus mañanas de marzo, cubierto sus noches de abril y ahorrado tantas cosas, entre la falta de tiempo, decisión, timidez, la eterna postergación y esa resistencia a madurar.

Miró los restos depositados donde ya no hay recuerdos y pensó que los seres humanos somos juegos de azar complicados, amamos la ilusión de una imagen y perdemos la cercanía de los que nos rodean, nos enganchamos como globos aerostáticos para ver un panorama general y algunos pierden la perspectiva particular. Probablemente en esta vida ese cuento le tocó vivir y ambas historias en algún capítulo se engarzaron para algún día terminar en el mismo estante de una librería.

Este no era el tiempo, así que salió de ahí, al fondo se escuchaba una sinfonía Adagio de Albinoni, con un acordes un poco más grises, parecía una Sinfonía en gris Mayor y nuevamente pronunció las dos palabras que eran… ̶ Te extraño ̶ . Ahora sonaban más fluidas que otros momentos, y eso era bueno.

Salió de ahí, sonrío de nuevo y dejó atrás el pasado, era tiempo de volar.

Caresu.

Quizá llegó el día…

Llevamos nuestras vidas, como el agua que corre colina abajo,

Más o menos en una dirección, hasta que damos con algo que

Nos obliga a encontrar un nuevo curso.

Arthur GoldenMemorias de una Geisha

 

Los cirros se deslizaban sobre el sol poniente. La luz es naranja, granate, preciosa, acariciable con la voz del fuego que te llama, hipnotiza, abrasa, la ciudad se contonea entre el mar y la montaña, la noche ha sido remachada.  -Qué hermoso lugar para olvidar el contenido funesto del alfabeto, pero ahí, no es el ideal para  buscarlo a él…todo desde la ventana se ve como el escaparate de la tienda de Madame Marie, tan cerca y tan lejos a la vez. Mirar sin observar de nuevo, estaba sucediendo, sus pensamientos vagaban entre las vías del ayer y las hojas de los libros del desván, ¿Hace cuánto que las fibras de su cuerpo no se movían?…Suspiró…

Al salir de la habitación para respirar un poco de la brisa matutina, bajo al pórtico donde respondió la duela bajo sus pies, con el sonido que te acompaña con queja suave que no molesta, abrió la puerta donde el tintineo de la campana sonó pequeñito, tierno apenas audible, por fin algo de paz tenía,  observaba desde la distancia como llegan a pasar desapercibidos el desgaste de las cosas, no se ve el óxido, las manchas del tiempo,  las malas hierbas apostadas en las esquinas y la pintura cayéndose, ni se distingue las grietas de las paredes porque se esconden como el polvo que juega en la habitación para no  ser desprovisto de ese lugar que hace suyo. Ves los sitios como alguien los imaginó alguna vez… Es más impresionante, verlos y olerlos que lo que retratan las fotografías.

El olor a conocido llegó a su memoria era tabaco, no sabía exactamente de donde provenía era una mezcla dulzona  y amarga, se metía en su nariz y vestimenta como la ilusión de aquel primer gozo ante un flan de sabor nuevo, trajo a su memoria partículas de su adolescencia, que flotan en los rincones de la mente contra toda ley gravitacional, que se agolpan como domino para jugar algo ya imposible de borrar.

Continúo sus pasos por el jardín y en la barda estaba un pitillo de la marca que le era familiar, aún estaba encendido, ¿Quién lo encendió? A caso sería… ¡¡Imposible!! Hace mucho que había partido cuando la tarde se apagaba, observó ella como tomaba la barca hacía un puerto de nombre extraño del otro lado del mundo, jurando no regresar,  así que lo asió con sumo cuidado apagándolo a la vez para evitar que el fuego tuviera hambre y en busca de saciarle pudiera devorar todo a su paso. El fuego tiene una voz labiosa, penetrante, cálida y abrazadora, se le escucha cuando hace suyo la madera, las hojas y basta un poco de viento para que corra libre, frenético y abrasador.

Sobre sus huellas regresó a la casa que le albergaba desde hacía un tiempo, la idea del cigarro seguía en su frente.

Escuchó al entrar a casa atentamente  el tictac del reloj,  que remachaba su cerebro con su falta de tino, siempre marcando a destiempo, sonando el badajo con esos golpes que arrancan el aliento.  Esa clepsidra ha sido testigo cuando los silencios, olvidos y pausas le han  roto  los minutos y las horas semejante a quien quiebra una pecera y se queda ahí viendo morir a los peces que cuidó durante mucho tiempo. Esa sensación lastra.

Encendió el reproductor y escuchó una de sus arias favoritas Un bel di vedremo, levarsi un fil di fumo sull´ estremo… (Madame Butterfly), escucharle era agradable, sabía que cada vez que la entonase su recuerdo estaría presente el de Babieca.

Babieca llegó a su vida cuando tenía escasos 13 años, al final del invierno, en las fechas en que el hielo empieza a decir adiós para entrar en un largo sueño en las nubes con la promesa de regresar cuando las hojas hayan tendido bajo el cielo su tapiz de color naranja, a ella le daban miedo los caballos pero este era diferente, era un potrillo de dos meses y en el andar de su mirada  la primavera floreció. Y fue así como Babieca llenó su mundo de ramos de hierbabuena, en todo momento. Gracias a él no fue tan dolorosa su adolescencia, era su todo.

Babieca era el único que conocía donde se ocultaba el tesoro de su vida, sabía sus confidencias y las veces que un chico le rompió el corazón, no había mejor confidente y amigo que él. En la marcha de Babieca sabía que era su remanso seguro, en sus ojos su hogar y su relinchar el dulce arrullo de su infancia, se sentía la caricia caminar, Babieca conocía cuando empezó a fumar, sonrisas  de cómplice, en una palabra era su mundo y ella era el mundo de él. Un día al final del verano curiosamente un viernes cuando la luna se tiñó de lleno, una de las Moiras se presentó, era Átropos  ella debía cortar el hilo de Babieca y llevarlo al lugar de prados multicolores, manzanos que crecen hasta el cielo, limoneros en la orilla del camino, puentes que unen el pasado con el futuro, aguas diáfanas que bañarán su crin de oro , hasta que ella llegue ahí donde sabe que siempre será su hogar… ansia estar con él, aún no es tiempo, él dejó un vacío que aún hoy le duele, oprime su pecho como el hierro frío, golpea con ruido sordo como un puño el pecho,  ese hueco es un abismo que no se sacia, su corazón quebró en mil pedazos y esos cristales que quedaron en el piso al unirlos hoy día están endebles, la tristeza se sentó ahí. Se llevó un trozo de ella en su partida.

Sonó la campanilla de la entrada, salió de sus pensamientos, abrió la puerta y estaba parado frente a ella… parecía una caricatura sin color, quizá los años si habían cobrado su factura, ya no sentía el hilo que los unía, quizá estaba débil, quebrado o como un barco hundido, podría ser que fuera hierba y sus raíces sean tan interdependientes que nadie esté muerto mientras permanezca alguien vivo. Los hilos que la vida nos da, varían según uno se relaciona con las personas en tamaño, materia y extensión, pero irremediablemente son más fuertes de lo que parecen pues al estirarse soportan presiones insospechadas y tratan de aferrarse hasta su último suspiro evitando una hecatombe.

Cuando se vieron en verdad que estaban agrietados. Dejaron de ser un recipiente hermético. Sucedieron hechos, personas que los dejaron, que no les querían, que no les entendían, y también ellos no entendían o comprendían a quien les rodeaba, se perdieron en el laberinto de Creta, se hicieron daño y también fallaron por lo tanto el  recipiente se agrietó por algunos sitios. Y, sí, en cuanto el recipiente se agrieta, el final es inevitable.

Ver por ese odre permite observar desde dentro y desde fuera, todo y nada a la vez…Por fin el sonido de su voz rompió el silencio finamente pues las pausas eran más largas que un compás de 4/4, y dijo con voz ronca:

-¿Puedo pasar?-

-Si traes contigo un costal de felicidad, una canción de infancia, el mar conmovido por las sirenas, el canto de una guitarra nocturna, entra pero si no es así…No.

-Traigo conmigo el sonido contenido en el traste del violonchelo, el sol de un atardecer de Israel, un nuevo desierto, la plácida lluvia que calmo a los sedientos, el olvido de las distancias infinitas, la danza de los huertos poblados de ensueños, el solitario perfilado en el horizonte, la intimidad volcada en los nardos, la eternidad en la sonrisa de un niño, el fulgor que las retinas no pueden observar largamente y  los temporales de la playa donde dejamos de ser como una construcción vieja que cuando sopla de más el viento tira las paredes y de ella solo salen las gaviotas que habitan…

Espero y no tuvo respuesta, ella ya no estaba ahí sólo dejó abierta la puerta…

Con la voz llena de zozobra, le dijo ella -Sabes lo que tienes que hacer cuando uno entra a un lugar… ahí hay espacio.

Llenó el pocillo azul, un poco adolorido por los años, colocó el agua hasta donde no se derrama por la emoción del calor y esperó a que se calentara dulcemente.

El ruido cuando cae el agua caliente en la taza es como una melodía de Camille Saint Saëns sube de ritmo y tonalidad, combinada con el aroma del café forma un exquisito carnaval en la mesa, se conjuga con los aromas de las galletas horneadas, el olor a recuerdos y en el reflejo de una ventanita la sonrisa de un plácido domingo en verano. Hablaron largamente desde don Matías el panadero, Madame Marie y sus escaparates hasta cosas muy íntimas y…

Se había acostumbrado a levantarse cuando sonaban las últimas tres campanadas del reloj, de la cocina, reinaba el silencio en toda la construcción así que Auxo empezaría pronto a rociar las plantas escucharía el flautín del sátiro y sabría bien que estaba por empezar la jornada.

Bajó las escaleras con los pies descalzos, sintiendo en cada palmo de su piel el frío que recorre las células indicando que los sueños deben de regresar al desván del alma y quedarse calladitos hasta que Selene se levante en el cielo y empiece la magia.

Se dio un pequeño tropezón en el penúltimo escalón, pensó en voz alta:  -Deja de bostezar y prepárate ese café-…

Empezaba a amanecer así que la luz cruzaba los vitrales con un toque virginal, no los dañaba ni cambiaba las figuras al contrario era como si se encendieran en mil colores y le sonrieran.

Llevaba un camisón medianamente largo hasta la rodilla, color del cielo en una tarde de domingo, de algodón de un lugar que no se leía pues los signos de la etiqueta era así extraños como los jeroglíficos de la clase de la universidad, pero que más da, se sentía suave, tersa  y como abrazo sobre su piel, el cabello castaño lo llevaba trenzado, se miró en el reflejo de la alacena y pudo escuchar los ecos de su abuela:-  Bájate ese camisón, ponte bata! ¡Carajo! ¡Muchacha de porra!.. Se rio para sus adentros…

El agua estaba lista para ese despertador matutino, traído de un cafetal que estaba hacia la costa, encendió el primer pitillo del día y lo saboreó como una noche salvaje…porque no había sido un sueño, todo ocurrió ayer, era grato.

Terminó ese pequeño placer, se lavó y se vistió para la jornada, aún dormía plácidamente bajo las sábanas aquel extraño hoy, pero  tan suyo que había sido siempre, regresó ya con nombre propio y eso era bueno.

Caminó despacio  hacia el desfiladero, escuchaba como las olas acarician la roca y la desgastan para volver a ella, siempre igual, brioso, constante, había gladiolas, musgo y heno mudas, llanas y muchas veces la sola caricia de las olas era lo que conocían.

El cielo claro, traslucía los rayos por los nimbos que Dagda les regalaba a los mortales cada día,  la brisa fría aun siendo verano olía a color verde, rojo, amarillo…

Parada ahí como un viejo faro, donde anidan las anillas y su canto acompaña a las figuras que danzan un vals negro en la espuma que pega siempre en la misma escala diatónica, justa, perfecta  y sin variables.

Miró por el cristalino espejo de su alma el borde de la isla, y pensó quizá  mañana intente de nuevo lanzarme al agua, perderme entre tritones y llegar hasta donde los sueños lo permiten y tocar el infinito con mi aliento…

Hoy no podría ser, había un pedazo de su pasado en su presente y un futuro difuminado por la duda, observó como Láquesis sonreía desde abajo esperando para recibirla, ella le dijo… quizá  mañana , hoy, cualquier día … así que Láquesis se sentó en una roca, para sorber el vino  Asgrad, tendría que esperar un poco más.

Camino al pueblo se miró en un espejo parecía una amante que camina entre la sanidad y la locura, de pensamientos enmarañados, como cuando se miran ventanales amplios y a pesar de eso la luz no termina de romper las moléculas sólidas del vidrio, inhaló todo el aire posible y continuo su camino.

Compró algo de trigo, harina, huevos, leche ingredientes para hacer un placer más que se disfruta con los sentidos, cocinar, amoldar el fogón  a un pedazo de tarta o aun guiso de antaño. Era buen tiempo de jugar con las recetas.

De regreso a casa recogió flores que están ahí para ser llevadas a un florero, se apostaban todas ellas para ser recogidas y por fin poder viajar fuera de esa tierra, conocer lugares , aromas y texturas nuevas, así es el destino de las flores alegrar con su fulgor la habitación y revestir con su suavidad la piel.

Al abrir el pórtico miró las cortinas sobre las ventanas cóncavas eran del color del trigo del alma, con adornos rojos y con texturas a experiencia de un mes de septiembre cuya es piel rasposa y pesaban como las sombras.

Subió las escaleras de dos en dos y entró a la habitación, tenía junto a la cama de cedro una mesita que era escritorio, banco, mesa, y también altar… era de pino tallada con querubines en la puerta y las patas una a una eran como las promesas de antaño, perennes, indómitas y siempre brillaban como las añoranzas.

La  cama donde reposa aquel que turbaba sus sueños era de cedro traído de oriente, colgaba de ella unos velos que tantas veces cubrieron los cubrieron, había un ropero alto, ancho de puertas color rojizo, suaves y talladas con grecas, al abrirlo podían verse del lado derecho cajones perfectamente ordenados, lado izquierdo ropa colgada, zapatos abajo por colores y estilos, todo debía estar en su lugar, sin mancha ni raya, hizo un espacio quizá se utilizaría.

Puso sobre la mesita el libro que leía, claro antes doblo la esquina en la página actual  era la 241, cerro con sumo cuidado las pastas de cuero color ocre, guardo el reloj de pulso, ese que tanto veía cuando contaba los minutos y las horas para que llegase el momento ese justo instante de explosiones, palabras y que sólo los adultos sabían.

Salió sin hacer ruido, se dirigió al recinto sagrado su amada Biblioteca, había estantes altos, de metal azul y todos los libros ordenados por tema, estos acomodados por tamaño e idioma, ahí encontraba lo que muchas veces no estaba afuera las voces de los libros que le susurraban las palabras para alimentarse, dirigió sus pasos al escritorio lleno de postees, una lámpara, un ordenador de escritorio, una impresora, cuadernos, lápices, hojas y más libros, todo lo que utilizaba cuando se encerraba para crear y dar vida a o que esta ahí esperando salir y ver la luz del sol.

La ventaja de viajar en la mente y en los libros es que es gratis, bueno salvo el cobró de derramar lágrimas por algunas páginas que se llegan a observar en la silla de la vida que se han dejado leer nuevamente, palabras tejidas de promesas que jamás se cumplieron, citas que no dijeron por temor o falta correcta de la entonación misma del lenguaje y la sonrisa de él que está tan próxima.

Escucho ruido en la cocina y recordó lo que había dejado listo para cuando la mañana empezara… no importaba que iniciara a las 3 o 4 de la tarde, estaba ahí y existía una diminuta posibilidad de construir de nuevo. Los recuerdos de años anteriores están ahí siempre como testigos mudos que han herrado las ventanas de la mente, todos podemos hallarnos ahí dentro y fuera al mismo tiempo, mirándonos a nosotros  mismos.

Cerró pues la habitación, dispuso ir a la cocina y al entrar lo vio tal como lo recordaba pero tenía esa mirada cuando descubres un cañaveral y sólo tienes la idea de estar ahí, comprendió que quizá llegó el día de reescribir un último verso.

Al observar su alrededor se fijó que la figura que estaba ante ella era como el bosquejo de un pintor, que una y otra vez debe trazar a lápiz hasta hacer la expresión perfecta y después la mano de Pigmalión le daría la vida.

Tomaron el alimento preparado, el primero de muchos más y esa sombra que se unió un día al horizonte en el compás de la noche, no lo haría más.

Quizá el día llegó, no era tiempo de ir y beber el vino aún en la roca del acantilado, la marea siempre estará ahí con ese vaivén en la cadencia del mar, esperando los murmullos de cada noche, donde se pueden pintar con polvo de estrellas en el firmamento, los trocitos de deseos de las voces infantiles, de los amantes de Verona o quizá las aventuras de un nuevo Quijote.

Pensó que los seres humanos somos en realidad una broma del universo que cruza los páramos, una piel de miel o unas manos de sol, perdemos interminable gotas de rocío cuando dejamos de buscar lo que amamos y a quien amamos, amigos, padres, hermanos, si tan sólo dedicaras una letra a esas personas a diario al final del día el alfabeto tendría sentido y podría cumplir con el fin que fue creado trascender.

Volvió el rostro al florero y vio que  las flores que un día murieron volvieron a vivir, restaurado estaba casi todo.

Sonrió al pararse junto al ventanal y respirar nuevamente  la historia, al fondo de la casa se escuchaba en la radio las letras de una canción…Shule, shule, shule aroon, shule a succir agus…una letra irlandesa…

Por: Caresu

Superstición

Para mi hermana que la amo.

Por un momento olvidó hacia donde se dirigían sus pasos. Llevaba un rumbo indeciso, del tipo borroso, llegó a definirlo por azaroso; sin embargo las piernas iban firmes, el cuerpo inclinado hacia adelante como si estuviera llegando al listón de la final de los 100m planos.

Recordó que iba a un sitio definido. Es más, recordaba que durante la semana había comprado un regalo -una botella de vino- cuyo destino era el sitio desconocido al que se encontraba encaminándose ahora con prisa pero sin dirección.

Tuvo una sensación de desasosiego que inadvertidamente fue sobrepuesta por una imagen real.  Se trataba de un globo aerostático que sobre volaba aquella zona del mundo donde le había tocado vivir en aquél momento. Pensó que le gustaría volar acaso en cualquier globo aerostático y rajar de ahí. Luego pensó que no precisamente en ese, era amarillo y recordó que el día que le dijeron que su coche ya no funcionaría nunca más, llevaba un pulóver amarillo. Mal augurio.

Siguió con paso acelerado hacia la nada. Recorría caminitos que conocía de memoria y se ladeaba por atajos de los cuales no era consciente. Atajos que la acercaban a su destino sin conocer ninguno de ambos. Podría parecer innecesario pero se preguntó ¿Cómo podemos ser libres de elegir tantas cosas todo el tiempo y no ser libres de elegir sus consecuencias?…Resignada a nunca conocer la respuesta a dicho enigma le dio un sentimiento de vacío -como pesa el vacío! se dijo- pero al instante le llenó el corazón una emoción calurosa y oscura, de esas que nos mantienen vivo todos los días al emocionarnos en un mundo inauténtico, sin emociones e imperfecto.

Cruzando SU parque escucho los gritos ordenados de unos niños. El listón de los 100m planos seguía arrastrándola, pero la sencillez de aquella armonía que entendía a lo lejos la desaceleró y por una fracción de segundo se sintió agitada y casi sudorosa. La marejada de confusión que la llenaba y casi que la movía desde que puso los pies en la calle fue sustituida por una luz morada. Se encaminó hacia el lugar de donde sentía venía el sonido de aquellas vocecitas y dirigió mirada.

Observó apenas detrás de unos arbustos por que no pensó en ningún momento ser parte de aquella escena tan inocente, al fin y al cabo nunca había tenido tampoco mucha paciencia para los pequeños futuros adultos. Sonaron unos aplausos que accionaron la agudeza de sus ojos, y a la distancia detectó que entre aquél grupo de personitas y de unos cuantos adultos sentados sobre el césped recién cortado, se extendía una mesa semi larga cubierta de papeles de colorines.  Sobre la mesa algo que llamaba a todos los presentes la atención. Entre abrió los arbustos con sus manos un poco más, quizás teniendo la impresión de que al hacerlo los niños también se entreabrirían. Cosas raras de la vida, la gesticulación de sus manos accionaron ambos mecanismos y logró vislumbrar una torta de cumpleaños. En un reflejo natural que había adquirido con alta destreza durante sus años de vida, intento recordar todas las personas que cumplían años hoy. El insoportable peso del vacío regresó súbitamente al darse cuenta de que no sabía en qué fecha se encontraba parada. Bajó la mirada bastante preocupada por un instante, hasta que una nueva onda de aplausos reavivó a sus ojos y pudo ver que sobre la torta se elevaba un gran número 7. Se sobrecogió a una euforia momentánea “mi número de la suerte” pensó. Los arbustos intentaron volver a su posición normal después de esa visita. Siguió caminando -ya sin el listón- pensando en todas las cosas lindas que le habían pasado en un día 7. Sin pensarlo se daba cuenta que la velocidad de su andar y probablemente de su vida estaba organizado por un conjunto y componentes hecho a base de números y colores.

Tenía un nuevo paso firme pero liviano, rozaba más bien con un andar aéreo. Parecía que aquél frenesí de recuerdos a los que se remitía al sólo pensar en el número 7 eran suficiente para concluir una mañana que sería catalogada para la difusa posteridad como “exitosa”.

Con un cierto nivel de resignación se dedicó a semi seguir buscando, escudriñando las veredas el lugar al que debía de llegar con su botella de vino aquél mediodía. El 7 empezaba a gastársele en la cabeza, como cuando escuchas muchas veces tu canción favorita y deja de serla para siempre, aunque siempre tendrá un lugar muy especial dentro de ti. Con cierto malestar y zozobra decidió buscar algo que la despejara de aquél fantasma intruso, transformado en cita a la que tenía que tal vez llegar aparentemente aquella mañana.

Esperando en un cruce, cuando de rojo, el semáforo cambio a verde quiso más que conscientemente retomar su liviano andar con el pie izquierdo, pensaba que todo lo que comenzara “del lado izquierdo, estuviera a la izquierda, o fuera por la izquierda” y todas su variaciones eran una mejor opción, salida o elección. Le dio un poco de rabia al no acordarse que pie había puesto a lado de la cama, al levantarse aquella mañana. Como si todo lo que ocurriera aquél día dependiese de eso. Súbitamente pensó que tenía que remover aquel espejo en su habitación, le enervaba la contra que le llevaba ese objeto “su derecha es mi izquierda y su izquierda mi derecha…” No más espejo al llegar…

Terminó de cruzar aquél puente que siempre había visto en aquellas memorables tardes y nunca cruzado. Oh! Que gran dicha!…había encontrado a su derecha, una tienda de antigüedades y a su izquierda  una biblioteca-librería moderna pero gastada, y no sucia daba la impresión por su cuidada fachada. Sin pensarlo un instante entro a la opción “del lado izquierdo”. Husmeando entre las diversas categorías que el hombre había inventado para darle dimensión y espacio a la literatura, decidió ser espontánea y hojear algo nuevo. Lo primero que vio “a su izquierda” fue la sección de HEMEROTECA. Toqueteó viejos diarios, los cuales sus fechas le causaban impresión. Se sentía como cuando cualquier menor llega a una juguetería con una heladería dentro. “Tantas fechas, tantas fechas” pensó alterada por el maravilloso ejercicio mental que aquello le representaba. Su cabeza empezó a hacer cálculos, a vincular, a generalizar, a recordar, e inclusive a tratar de olvidar.

Un tiempo inadvertido pasó y la cabeza se le cansó. Como aquellos aplausos en el parque, el repentino y brusco mecanismo de sus manos al  cerrar el diario le hicieron toparse con un artículo del 11 de Octubre del 2011. “Mi número favorito” pensó. El encabezado decía “Sólo el 40% de la población mundial usa el mismo calendario”. Se interesó demás por lo que seguía y en la esquela resumía que rusos ortodoxos, hebreos, católicos, ramas del hinduismo y sintoísmo seguían calendarios distinto, infiriendo que realmente muchas personas viviendo en el mismo instante viven en un día diferente. Esta idea le causó un cierto malestar y dejó de leer. “Calendario” pensó. Se levantó y fue con un encargado de la biblioteca-librería y preguntó la fecha. “11 de octubre” le respondieron. Una sonrisa inundó su fisonomía. La botella de vino, la visita al parque, el puente de los anhelos. La inundación en su perfil creó un río imaginario por el cual remó de vuelta a su morada. Recordó que tenía que celebrar con vino su día favorito, el 11 de Octubre.

LA LUNA NUEVA DE CÁNCER

La era de la conectividad tiene sus ventajas. Personalmente me encanta sentirme a un clic de todo, leyendo todo el tiempo. En la calle, en la casa, en el transporte, en el baño, podemos recibir llamadas, mensajes, ubicaciones, noticias y todo lo que necesitamos o no. Lo poco común es recibir una advertencia en lugar de un meme en uno de tus chats de whatsapp, y es menos común cuando es de este tipo: “Chavas, ayer fui a una plática de la luna nueva en cáncer y les cuento cómo se ve venir este mes: cambios emocionales, hay que prepararse para las tres semanas más negativas del año, que vienen por ahí del 27 de julio al 17 de agosto, la energía de cáncer nos invita a separarnos, a buscar nuestro propio bien, así que podemos tender al egoísmo, la envidia y los celos.” Me limité a contestar que a mí se me había adelantado la maldición esa de cáncer, y que estaba viviendo el caos de la semana de capacitación en mi nuevo trabajo. Lo hice para ser cortés porque a diferencia de mi amiga profeta de los planetas y satélites, yo no creo en esas cosas. Por algo dejé de ir a la kabbalah, no sin antes decirle a mi tutora lo que pensaba de su centro, donde no se permitía hacer preguntas en clase porque nosotros teníamos que encontrar la respuesta solos, y si teníamos demasiada información podíamos hacer “corto circuito” ¿No era más fácil generar un verdadero interés para que nos inscribiéramos a kabbalah 2, en lugar de prohibir preguntar? En fin, los planetas y yo, nada que ver, están tan lejos que prefiero concentrarme en otras cosas, además ¿celos yo? Soy la persona más equilibrada que conozco, mi novio tiene una mejor amiga desde hace diez años (dos años más de los que llevamos de relación), con ella sale a tomar cerveza, va a conciertos que a mí no me interesan, la invita a la casa, y  sí, a veces es un mal tercio, pero creo que ella no lo nota, y yo no me pongo loca porque respeto la individualidad, tengo ideas firmes sobre la importancia de la amistad, la identidad, los círculos y la vida propia, así que no me afecta, aunque todos a mi alrededor me hagan advertencias todo el tiempo, diciendo que es demasiado, que tendría que poner a esa mujer a raya y que soy demasiado permisiva con esa amistad. No señores, simplemente así somos las personas que tienen los pies en la tierra y no la cabeza en los planetas. A mí me gusta la filosofía, el análisis, el diálogo, no las inseguridades.

En fin, después de esa breve y profunda reflexión decidí dedicarle unos minutos al ocio facebookero. Era jueves por la noche y él había salido, no con su mejor amiga sino con nuevos amigos del trabajo a festejar el triunfo de la selección francesa. Como el futbol y yo, somos tan lejanos como esos planetas que pretenden afectarnos, siempre prefiero quedarme en casa haciendo mis cosas, fomentando el respeto al espacio y las aficiones de los individuos que forman la pareja. Iba a tomar mi laptop pero la verdad es muy lenta, así que aprovechando la ausencia, tomé la de mi novio. WWW.FACEBOOK.COM y su sesión estaba abierta. Me sé la contraseña, pero creo que una sesión abierta en la pantalla de una computadora puede con cualquiera, o al menos pudo conmigo. Empecé a revisar los inbox y encontré una plática con la mejor amiga, había memes, cosas banales y de pronto un link que llevaba a un cartelito que decía “Odio la maldita distancia que nos separa y no poder estar todas las noches a tu lado”, al cual le seguía uno que decía “Quisiera poder traspasar la pantalla y poder besarte, y así abrazarte y decirte que te amo”…entonces sentí como todos mis demonios se desataron, y empezaron a usar mi cerebro para planear venganzas, las desapariciones forzadas de ambos, quería hacer una escena y aventar toda la ropa de Roberto por la ventana, ir a casa de su amiga y arrastrarla de los cabellos por toda la cuadra. Me sentía burlada, traicionada, colérica, ¡cuántas veces me lo habían advertido! y yo, inmersa en ese estúpido discurso de la confianza en uno mismo y en los otros, simplemente no lo vi. Me la pasaba defendiéndolos, hablando de la amistad hombre-mujer, de la amistad en sí, de la importancia del respeto a los afectos de los otros, y resultaba que a mí no me respetaba nadie, que me habían visto la cara, ¡que era cierto! No había que confiar, había que poner límites, ser territoriales, posesivos, agresivos. No tenía que ser abierta, tenía que haberla puesto a raya. Pintar rayas,  todas las que fueran posibles, rayas que dijeran “hasta aquí tus afectos, propiedad privada”, fronteras con púas, campos minados, donde el que se acerque salga volando. Pensaba en todas las medidas que pude haber implementado, todas esas herramientas de novia celosa y berrinchuda que mis amigas me habían recomendado; las llamé inseguras, y ahora lo veía claro, eran mensajes de sabiduría milenaria lo que había rechazado, ¿Cuándo se había visto que una mujer confiara en otra? ¡Nunca! ¡Era obvio! Sólo a mí se me ocurría esa patraña de la confianza, y ¿cómo había resultado? ¡Me habían traicionado! Pero ¿desde cuándo? ¿Meses? ¿Años? ¿Acaso me parecía a la patética protagonista del libro la mujer rota? La tonta a la que el marido lleva engañando ocho años, la pobre a la que compadecía la semana pasaba mientras daba vuelta a las páginas. No…no me parecía… ¡era yo! ¡Así de tonta! ¡Así de patética!

No resistí, le marqué a mi novio y le dije lo que había encontrado, él, con unas copas encima y arrastrando las palabras decía no entender de qué hablaba, me enojé tanto que le dije “si tú no te acuerdas, tal vez ella sí se acuerde”, clic, clic, clic, conectividad, llamada tripartita para enfrentar la realidad, para tomarlos por sorpresa para que no se pusieran de acuerdo con una coartada…Contestó la amiga, con voz soñolienta, escuchó mis reclamos, di lectura a las frases de los cartelitos, decía tampoco entender nada y reventé, clic, clic, clic, screenshot de los cartelitos, enviar en el grupo de whatsapp, y entonces ella se acordó y dijo “¿Recuerdan a Viggo, el chico de Finlandia que conocí por tinder?”…y entonces yo me acordé. Ella se había ido a Chipre por trabajo y a su regreso Viggo había dejado de mostrar interés, lo stalkeamos y vimos en su muro de facebook ese link sobre el amor a distancia… dedujimos que alguien más había entrado en acción, separando a Karina del guapo extranjero que parecía finalmente ser el bueno para una relación seria. Me quedé muda, pero del otro lado dieron respuesta, Clic, clic, clic y la amiga mandó screenshot de ese mismo link, con esos mismos cartelitos en el muro de Viggo. Los demonios dejaron de atormentar a mi cerebro por un minuto, y él aprovechó para sacar todo el expediente de la historia de Viggo; era cierto, ahí estaba todo, ¿cómo se me había olvidado?

Mi novio le dio las gracias a su amiga por la evidencia y le ofreció una disculpa por haberla despertado en medio de la noche por una confusión, ella con la tranquilidad de haber probado su inocencia se despidió  con un “No se preocupen, bye”. Estábamos sólo él y yo en la línea, me dijo que hablaríamos cuando llegara a casa, pero que debía pensar en la escena que hice por no haberle dado dos minutos para hacer memoria. Colgó y me quedé sola, con el ego y la seguridad de mujer intelectual burlados por esos demonios que se reían de mí tras haber escapado en el mejor momento. Mi cerebro preguntaba “¿qué te pasó?”, y a mí sólo se me ocurría una respuesta lógica: soy escorpión, el más celoso y posesivo del zodiaco, signo de agua particularmente sensible a la actividad de los planetas y satélites, y hoy entró la luna de cáncer, era obvio que algo así pasaría.