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Alcanzarlo

Alcanzarlo… asirlo… quizá…

Eso nunca sucederá. ¿Quién es capaz de mover los bosques

y de alinear en batalla los árboles separando

sus raíces de la tierra que las cubre? 

(Macbeth, act. 4 , esc.1)

El viento llora en busca de los molinos, su voz duele en la piel como el raspar de una lija en la madera, el eco que entona es doliente, quizá busca la mano suave que acaricié el terciopelo del silencio para entonar por última vez el vals negro.

El frío que lo acompaña cala en los huesos, la nieve cubre todo el paraje no hay rastro próximo de otro ser humano en varias millas, los árboles han quedado desprovistos de su follaje, las ramas parecen pequeños huérfanos esperando ser acogidos en cálidos brazos. Nada de esto sucederá hasta la próxima primavera, las huellas han sido cubiertas nuevamente por la nevisca como si quisiera sólo para ella  el toque sutil de su andar, cada vez pesa más  esperar y continuar, de pronto como un espejismo de su juventud a lo lejos divisó una cueva o un hueco, no alcanzaba a distinguir,  parecía una galerna que se acercaba así que con todas sus fuerzas corrió hasta que no pudo más y entonces como un suspiro le abandonaron…

Al despertar no sabía exactamente dónde estaba, ¿había muerto?… ¿fue un mal sueño?… estaba revestido con ropa cálida y diferente cerca del fogón. Sintió como cada molécula de su cuerpo vibraba en suave melodía y los átomos de su ser hacían música, empezaba a sentirse vivo de nuevo, eso le tranquilizó y al mismo tiempo una duda estallaba en el cosmos de su frente que produjo una sensación desasosiego ¿Cómo diablos había llegado ahí?… se enderezó y observó la cueva.

Palmó las paredes que se sentían semejantes a las palabras ásperas que salieron tantas veces de su boca a tiempo y en destiempo, el color de éstas era café oscuro  como fondo de una pileta donde jugaba en su tierna infancia. no era de gran tamaño aquello que sus ojos alcanzaban a distinguir así que asió una vara del fogón y alumbró más allá de donde estaba. El aroma que inundaba el ambiente completo. Cuando intentó caminar e investigar una mano le detuvo, volvió azorado el rostro y contempló la imagen de una anciana de baja estatura, cuyo rostro    tenía los surcos que deja el agua en las rocas, conservaban aún el brillo de la nieve en invierno, de sus labios brotó una voz como si tejiera una canción de cuna, su cabello tenía el tono que conserva la paja cuando está guardada, hace muchos años tendría el color del fuego de la impaciencia y hoy era un recuerdo apagado, uno que no duele. Tenía ropa fresca, poco convencional para el frio, de hilo burdo teñido de verde, largo y amplio, sin ser lo suficientemente largo, dejaba ver su calzado color negro. Lo invitó a sentarse de nuevo.

Le dijo la anciana sin preguntar su nombre;

̶  No importa cómo te llamen si no lo que has hecho con él, las vidas que has tocado y más las que has dejado marcadas para bien o para mal.

En ese instante al sonar de la voz de la anciana como el shofar  sintió un fuerte golpe en el pecho semejante a cuando un árbol cae demolido por la sierra y pudo escuchar cómo se desgajaba algo muy dentro de él, tomó aire y exclamó:

̶  Buena mujer, ¿cómo debo llamarte para así mismo decirte mi nombre?

La anciana exclamó:

̶  No has entendido de inicio esta charla, estás aquí por una razón y con un propósito. Tomarás un sendero diferente después de hoy, quizá te pierdas en el laberinto de la mente, quizá seas el mismo de siempre, pero antes será necesario que nades en los ríos en los que podrás encontrar un nuevo desierto, en el que  la melodía resuene nuevamente y aquello que has tenido en desuso se estremezca como los cañaverales en nítida vibración sinfónica. Cuando transcurran tres jornadas volverás a este lugar quizá con la locura de la diosa Hibris donde el lote a pagar sea parte de la felicidad o del infortunio. Aracne te acompañará y visitarás también a las Moiras…

El joven estaba  boquiabierto no entendía nada de lo que estaba sucediendo a su  alrededor, sólo podía escuchar el estruendo de su corazón como mil tambores en batallón que en cualquier momento detendrán el redoble. Lo que seguiría le aterraba, ese sentimiento de incertidumbre lo había acompañado toda la vida, jugarse la existencia en un volado había marcado su adolescencia que hoy parecía un sueño tan lejano, como de otra época, en otro cuerpo, pero no… había sido en su vida y dejó una cicatriz tan profunda que endureció una parte de su rostro y  el brillo de sus ojos había cambiado. Preguntò entonces.

 ̶  ¿Aracne? ¿Acaso es?…

La anciana respondió:

̶  Ella fue  quien enseñó a  las Moiras a tejer los hilos del destino, su telar es perfecto, resistente y hoy sigue atrayendo con sus formas cilíndricas  a los hombres, te llevará a tu destino, deberás tomar esta agua, aquí te espero…

El joven pensó que era una locura, mejor debía tomar algo caliente, dormir y mañana partir cuando la ventisca bajara, no quería insultar a la anciana ni contradecirla, todo aquello que decía no tenía sentido, pero muy dentro sabía que necesitaba que la batalla terminara y dejar de sentir en soledad.

Tomó el recipiente tosco, de color amarillo, lastimaba un poco el borde rojo de su boca, bebió la infusión y empezó a sentir como  los minutos se extendían como un lamento largo, el sueño le tomó en brazos y lo llevó a reposar a verdes praderas donde ni un vendaval podría alejarlo de ahí. Aracne le tendió la mano y lo invitó a continuar andando a su paso, tocaba con las yemas de los dedos rosas, anémonas, narcisos y un ciclamen.  Anduvieron, cuando se paró al borde del río Estigia, Aracne le indicó que se desvistiera completamente, debía experimentar en todo su ser las aguas gélidas del odio, ellas lo abrazarían y no cesarían de entonar un cántico de mareas bajas, lo llevarían al valle de la tristeza, sentiría las heridas más profundas que supura el alma, le advirtió que recordaría rostros, nombres, escenas y sentimientos albergados en lo insondable de su médula.

Se quitó la ropa poco a poco hasta quedar desprovisto completamente, se sumergió lentamente, dio un grito sordo, desesperado. el hielo quemaba su piel como pequeños alfileres que se enterraban en toda su esencia. El agua helada lo cubrió hasta el cuello,  la otra orilla estaba tan cerca y tan lejos a la vez, empezaba a sentir como el cuerpo entumido, al encontrarse sumergido sin poder alzar el vuelo, simplemente se dejó llevar por el río…

Vio todos los rostros de aquellos que lo ofendieron con desdén y  actuaron como cuando se cava un hoyo y la pala hiere la tierra. Revivió el instante en que el odio se sembró en su corazón y cómo la semilla creció amarga impregnando todo dentro, como la humedad que corrompe el entorno, había sido herido tan abismalmente que todos los puentes de su alma se habían quebrado, la cerrazón de su padre, las patadas que mancillaron su  integridad  y tantos rostros que lastimaron su intimidad. De pronto sintió un jalón que lo regresaba a la vida y percibió que había pasado algo…ya no dolía el pecho como hasta hace unos instantes, ese crujir de ramas en invierno constante que sintió en su pecho largo tiempo estaba desapareciendo, tuvo la sensación de una luz.

Aracne le indicó que debía salir y titiritando de frío buscó una frazada, aunque  sólo encontró una túnica carmín. Se dirigieron hacia el río Flegetonte donde debía purificarse con fuego, era el más difícil de cruzar porque debía perdonarse a sí mismo; sus errores, silencios, pausas, gritos, desquebrajos, omisiones, locura, llanto, todo lo que provocó en otros. Así que con el mismo miedo del anterior escenario entró poco a poco en agua que emanaba fuego, cada paso que avanzaba le cocía la piel, se hacía lento el andar, recordaba los momentos en que se lamentó de las decisiones que había tomado y las consecuencias de ellas,  todos los silencios que mandó al cofre del olvido, que habían mermado su mente como esa cajita de música que repite y repite la misma melodía con la pequeña bailarina llevando el mismo  sentido hasta la eternidad. Tocó esas lágrimas que colocó dentro de una botella que  nunca sacaba. ¿Cuántas cosas por perdonarse?, nadie le había enseñado a eximir y sin embargo giraba esa rueca eternamente, observó como su torso se encendía y la greda de su existencia se hacía polvo… llegó a la otra orilla en un llanto que semejaba a las corrientes del corazón donde se experimenta una ternura emanada como una flor al sol. Experimentó la gratitud del amor, y las aguas del diluvio consiguieron asir las cumbres más elevadas de la pasión.

Sus ojos se llenaron de la niebla resultado de los cambios que había sufrido, tal era su emoción de sentirse ligero, que había nadado sin querer hacia el río Cocito.  Ahí escuchó las lamentaciones en voz de un eco que le pareció familiar como evocando una melodía quebrada, supo de quién era esa voz, cerró los ojos, exhaló, debía continuar…

Llegó al último río Lete, el río más profundo de todos. Si nadaba y era cubierto completamente todo sería borrado de su memoria, quedaría atrapado en un laberinto aún más intrincado que el de Creta, ni siquiera el hilo de Aracne lo podría sacar, era su decisión hasta dónde dejarse tocar y era el equivalente al olvido. Nuevamente quedó desprovisto de todo y con la miseria humana como   única capa, entonces entró en el agua, se mojó hasta los tobillos, deseaba con todas sus fuerzas olvidar lo innecesario, voces, caras, números, pero no su propia historia pues empezaba a comprender que todo lo vivido era la suma de factores y debía ser así para un propósito más grande. Sacudió sus pies, se vistió y siguió a Aracne, faltaba poco para salir pero antes, haría una parada más.

Se quedó anonadado de observar a las tres mujeres: Cloto, Láquesis, Átropos, las Moiras tejían eternamente.  

Átropos tenía la virtud y el poder de cortar el hilo con sus poderosas tijeras de oro, pudo tocar su propio hilo, se sentía vigoroso, eufórico, y a la vez aprensivo, desvelado. Sintió como el agua bañaba sus luceros y por primera vez no era amarga sino dulzona. Átropos  le advirtió que de seguir desbaratando las madejas de los demás estaría a punto de cortar su hilo, sin embargo las oraciones de una madre son escuchadas por los dioses y había tenido una nueva oportunidad.

Era imposible arrancar las raíces de un árbol para librar una batalla personal, en cambio trepar por sus ramas y subir tan alto hasta  ver las estrellas, caminar sobre ellas, vestirse de fresco, ser rayo de luz, gota de agua limpia, así que continuo su camino.

Aracne le regresó al campo verde y despertó del sueño, no había nadie, ni fogón, ni anciana, nada.

Alcanzarlo… asirlo…quizá era su destino e iría en busca de él…

Recogió algunas pertenencias y salió de la cueva, afuera el frío era tolerable y mirando al cielo agradeció a los dioses, su nombre sea quizá de aquel que está leyendo…

 

babieca

Quizá llegó el día…

Llevamos nuestras vidas, como el agua que corre colina abajo,

Más o menos en una dirección, hasta que damos con algo que

Nos obliga a encontrar un nuevo curso.

Arthur GoldenMemorias de una Geisha

 

Los cirros se deslizaban sobre el sol poniente. La luz es naranja, granate, preciosa, acariciable con la voz del fuego que te llama, hipnotiza, abrasa, la ciudad se contonea entre el mar y la montaña, la noche ha sido remachada.  -Qué hermoso lugar para olvidar el contenido funesto del alfabeto, pero ahí, no es el ideal para  buscarlo a él…todo desde la ventana se ve como el escaparate de la tienda de Madame Marie, tan cerca y tan lejos a la vez. Mirar sin observar de nuevo, estaba sucediendo, sus pensamientos vagaban entre las vías del ayer y las hojas de los libros del desván, ¿Hace cuánto que las fibras de su cuerpo no se movían?…Suspiró…

Al salir de la habitación para respirar un poco de la brisa matutina, bajo al pórtico donde respondió la duela bajo sus pies, con el sonido que te acompaña con queja suave que no molesta, abrió la puerta donde el tintineo de la campana sonó pequeñito, tierno apenas audible, por fin algo de paz tenía,  observaba desde la distancia como llegan a pasar desapercibidos el desgaste de las cosas, no se ve el óxido, las manchas del tiempo,  las malas hierbas apostadas en las esquinas y la pintura cayéndose, ni se distingue las grietas de las paredes porque se esconden como el polvo que juega en la habitación para no  ser desprovisto de ese lugar que hace suyo. Ves los sitios como alguien los imaginó alguna vez… Es más impresionante, verlos y olerlos que lo que retratan las fotografías.

El olor a conocido llegó a su memoria era tabaco, no sabía exactamente de donde provenía era una mezcla dulzona  y amarga, se metía en su nariz y vestimenta como la ilusión de aquel primer gozo ante un flan de sabor nuevo, trajo a su memoria partículas de su adolescencia, que flotan en los rincones de la mente contra toda ley gravitacional, que se agolpan como domino para jugar algo ya imposible de borrar.

Continúo sus pasos por el jardín y en la barda estaba un pitillo de la marca que le era familiar, aún estaba encendido, ¿Quién lo encendió? A caso sería… ¡¡Imposible!! Hace mucho que había partido cuando la tarde se apagaba, observó ella como tomaba la barca hacía un puerto de nombre extraño del otro lado del mundo, jurando no regresar,  así que lo asió con sumo cuidado apagándolo a la vez para evitar que el fuego tuviera hambre y en busca de saciarle pudiera devorar todo a su paso. El fuego tiene una voz labiosa, penetrante, cálida y abrazadora, se le escucha cuando hace suyo la madera, las hojas y basta un poco de viento para que corra libre, frenético y abrasador.

Sobre sus huellas regresó a la casa que le albergaba desde hacía un tiempo, la idea del cigarro seguía en su frente.

Escuchó al entrar a casa atentamente  el tictac del reloj,  que remachaba su cerebro con su falta de tino, siempre marcando a destiempo, sonando el badajo con esos golpes que arrancan el aliento.  Esa clepsidra ha sido testigo cuando los silencios, olvidos y pausas le han  roto  los minutos y las horas semejante a quien quiebra una pecera y se queda ahí viendo morir a los peces que cuidó durante mucho tiempo. Esa sensación lastra.

Encendió el reproductor y escuchó una de sus arias favoritas Un bel di vedremo, levarsi un fil di fumo sull´ estremo… (Madame Butterfly), escucharle era agradable, sabía que cada vez que la entonase su recuerdo estaría presente el de Babieca.

Babieca llegó a su vida cuando tenía escasos 13 años, al final del invierno, en las fechas en que el hielo empieza a decir adiós para entrar en un largo sueño en las nubes con la promesa de regresar cuando las hojas hayan tendido bajo el cielo su tapiz de color naranja, a ella le daban miedo los caballos pero este era diferente, era un potrillo de dos meses y en el andar de su mirada  la primavera floreció. Y fue así como Babieca llenó su mundo de ramos de hierbabuena, en todo momento. Gracias a él no fue tan dolorosa su adolescencia, era su todo.

Babieca era el único que conocía donde se ocultaba el tesoro de su vida, sabía sus confidencias y las veces que un chico le rompió el corazón, no había mejor confidente y amigo que él. En la marcha de Babieca sabía que era su remanso seguro, en sus ojos su hogar y su relinchar el dulce arrullo de su infancia, se sentía la caricia caminar, Babieca conocía cuando empezó a fumar, sonrisas  de cómplice, en una palabra era su mundo y ella era el mundo de él. Un día al final del verano curiosamente un viernes cuando la luna se tiñó de lleno, una de las Moiras se presentó, era Átropos  ella debía cortar el hilo de Babieca y llevarlo al lugar de prados multicolores, manzanos que crecen hasta el cielo, limoneros en la orilla del camino, puentes que unen el pasado con el futuro, aguas diáfanas que bañarán su crin de oro , hasta que ella llegue ahí donde sabe que siempre será su hogar… ansia estar con él, aún no es tiempo, él dejó un vacío que aún hoy le duele, oprime su pecho como el hierro frío, golpea con ruido sordo como un puño el pecho,  ese hueco es un abismo que no se sacia, su corazón quebró en mil pedazos y esos cristales que quedaron en el piso al unirlos hoy día están endebles, la tristeza se sentó ahí. Se llevó un trozo de ella en su partida.

Sonó la campanilla de la entrada, salió de sus pensamientos, abrió la puerta y estaba parado frente a ella… parecía una caricatura sin color, quizá los años si habían cobrado su factura, ya no sentía el hilo que los unía, quizá estaba débil, quebrado o como un barco hundido, podría ser que fuera hierba y sus raíces sean tan interdependientes que nadie esté muerto mientras permanezca alguien vivo. Los hilos que la vida nos da, varían según uno se relaciona con las personas en tamaño, materia y extensión, pero irremediablemente son más fuertes de lo que parecen pues al estirarse soportan presiones insospechadas y tratan de aferrarse hasta su último suspiro evitando una hecatombe.

Cuando se vieron en verdad que estaban agrietados. Dejaron de ser un recipiente hermético. Sucedieron hechos, personas que los dejaron, que no les querían, que no les entendían, y también ellos no entendían o comprendían a quien les rodeaba, se perdieron en el laberinto de Creta, se hicieron daño y también fallaron por lo tanto el  recipiente se agrietó por algunos sitios. Y, sí, en cuanto el recipiente se agrieta, el final es inevitable.

Ver por ese odre permite observar desde dentro y desde fuera, todo y nada a la vez…Por fin el sonido de su voz rompió el silencio finamente pues las pausas eran más largas que un compás de 4/4, y dijo con voz ronca:

-¿Puedo pasar?-

-Si traes contigo un costal de felicidad, una canción de infancia, el mar conmovido por las sirenas, el canto de una guitarra nocturna, entra pero si no es así…No.

-Traigo conmigo el sonido contenido en el traste del violonchelo, el sol de un atardecer de Israel, un nuevo desierto, la plácida lluvia que calmo a los sedientos, el olvido de las distancias infinitas, la danza de los huertos poblados de ensueños, el solitario perfilado en el horizonte, la intimidad volcada en los nardos, la eternidad en la sonrisa de un niño, el fulgor que las retinas no pueden observar largamente y  los temporales de la playa donde dejamos de ser como una construcción vieja que cuando sopla de más el viento tira las paredes y de ella solo salen las gaviotas que habitan…

Espero y no tuvo respuesta, ella ya no estaba ahí sólo dejó abierta la puerta…

Con la voz llena de zozobra, le dijo ella -Sabes lo que tienes que hacer cuando uno entra a un lugar… ahí hay espacio.

Llenó el pocillo azul, un poco adolorido por los años, colocó el agua hasta donde no se derrama por la emoción del calor y esperó a que se calentara dulcemente.

El ruido cuando cae el agua caliente en la taza es como una melodía de Camille Saint Saëns sube de ritmo y tonalidad, combinada con el aroma del café forma un exquisito carnaval en la mesa, se conjuga con los aromas de las galletas horneadas, el olor a recuerdos y en el reflejo de una ventanita la sonrisa de un plácido domingo en verano. Hablaron largamente desde don Matías el panadero, Madame Marie y sus escaparates hasta cosas muy íntimas y…

Se había acostumbrado a levantarse cuando sonaban las últimas tres campanadas del reloj, de la cocina, reinaba el silencio en toda la construcción así que Auxo empezaría pronto a rociar las plantas escucharía el flautín del sátiro y sabría bien que estaba por empezar la jornada.

Bajó las escaleras con los pies descalzos, sintiendo en cada palmo de su piel el frío que recorre las células indicando que los sueños deben de regresar al desván del alma y quedarse calladitos hasta que Selene se levante en el cielo y empiece la magia.

Se dio un pequeño tropezón en el penúltimo escalón, pensó en voz alta:  -Deja de bostezar y prepárate ese café-…

Empezaba a amanecer así que la luz cruzaba los vitrales con un toque virginal, no los dañaba ni cambiaba las figuras al contrario era como si se encendieran en mil colores y le sonrieran.

Llevaba un camisón medianamente largo hasta la rodilla, color del cielo en una tarde de domingo, de algodón de un lugar que no se leía pues los signos de la etiqueta era así extraños como los jeroglíficos de la clase de la universidad, pero que más da, se sentía suave, tersa  y como abrazo sobre su piel, el cabello castaño lo llevaba trenzado, se miró en el reflejo de la alacena y pudo escuchar los ecos de su abuela:-  Bájate ese camisón, ponte bata! ¡Carajo! ¡Muchacha de porra!.. Se rio para sus adentros…

El agua estaba lista para ese despertador matutino, traído de un cafetal que estaba hacia la costa, encendió el primer pitillo del día y lo saboreó como una noche salvaje…porque no había sido un sueño, todo ocurrió ayer, era grato.

Terminó ese pequeño placer, se lavó y se vistió para la jornada, aún dormía plácidamente bajo las sábanas aquel extraño hoy, pero  tan suyo que había sido siempre, regresó ya con nombre propio y eso era bueno.

Caminó despacio  hacia el desfiladero, escuchaba como las olas acarician la roca y la desgastan para volver a ella, siempre igual, brioso, constante, había gladiolas, musgo y heno mudas, llanas y muchas veces la sola caricia de las olas era lo que conocían.

El cielo claro, traslucía los rayos por los nimbos que Dagda les regalaba a los mortales cada día,  la brisa fría aun siendo verano olía a color verde, rojo, amarillo…

Parada ahí como un viejo faro, donde anidan las anillas y su canto acompaña a las figuras que danzan un vals negro en la espuma que pega siempre en la misma escala diatónica, justa, perfecta  y sin variables.

Miró por el cristalino espejo de su alma el borde de la isla, y pensó quizá  mañana intente de nuevo lanzarme al agua, perderme entre tritones y llegar hasta donde los sueños lo permiten y tocar el infinito con mi aliento…

Hoy no podría ser, había un pedazo de su pasado en su presente y un futuro difuminado por la duda, observó como Láquesis sonreía desde abajo esperando para recibirla, ella le dijo… quizá  mañana , hoy, cualquier día … así que Láquesis se sentó en una roca, para sorber el vino  Asgrad, tendría que esperar un poco más.

Camino al pueblo se miró en un espejo parecía una amante que camina entre la sanidad y la locura, de pensamientos enmarañados, como cuando se miran ventanales amplios y a pesar de eso la luz no termina de romper las moléculas sólidas del vidrio, inhaló todo el aire posible y continuo su camino.

Compró algo de trigo, harina, huevos, leche ingredientes para hacer un placer más que se disfruta con los sentidos, cocinar, amoldar el fogón  a un pedazo de tarta o aun guiso de antaño. Era buen tiempo de jugar con las recetas.

De regreso a casa recogió flores que están ahí para ser llevadas a un florero, se apostaban todas ellas para ser recogidas y por fin poder viajar fuera de esa tierra, conocer lugares , aromas y texturas nuevas, así es el destino de las flores alegrar con su fulgor la habitación y revestir con su suavidad la piel.

Al abrir el pórtico miró las cortinas sobre las ventanas cóncavas eran del color del trigo del alma, con adornos rojos y con texturas a experiencia de un mes de septiembre cuya es piel rasposa y pesaban como las sombras.

Subió las escaleras de dos en dos y entró a la habitación, tenía junto a la cama de cedro una mesita que era escritorio, banco, mesa, y también altar… era de pino tallada con querubines en la puerta y las patas una a una eran como las promesas de antaño, perennes, indómitas y siempre brillaban como las añoranzas.

La  cama donde reposa aquel que turbaba sus sueños era de cedro traído de oriente, colgaba de ella unos velos que tantas veces cubrieron los cubrieron, había un ropero alto, ancho de puertas color rojizo, suaves y talladas con grecas, al abrirlo podían verse del lado derecho cajones perfectamente ordenados, lado izquierdo ropa colgada, zapatos abajo por colores y estilos, todo debía estar en su lugar, sin mancha ni raya, hizo un espacio quizá se utilizaría.

Puso sobre la mesita el libro que leía, claro antes doblo la esquina en la página actual  era la 241, cerro con sumo cuidado las pastas de cuero color ocre, guardo el reloj de pulso, ese que tanto veía cuando contaba los minutos y las horas para que llegase el momento ese justo instante de explosiones, palabras y que sólo los adultos sabían.

Salió sin hacer ruido, se dirigió al recinto sagrado su amada Biblioteca, había estantes altos, de metal azul y todos los libros ordenados por tema, estos acomodados por tamaño e idioma, ahí encontraba lo que muchas veces no estaba afuera las voces de los libros que le susurraban las palabras para alimentarse, dirigió sus pasos al escritorio lleno de postees, una lámpara, un ordenador de escritorio, una impresora, cuadernos, lápices, hojas y más libros, todo lo que utilizaba cuando se encerraba para crear y dar vida a o que esta ahí esperando salir y ver la luz del sol.

La ventaja de viajar en la mente y en los libros es que es gratis, bueno salvo el cobró de derramar lágrimas por algunas páginas que se llegan a observar en la silla de la vida que se han dejado leer nuevamente, palabras tejidas de promesas que jamás se cumplieron, citas que no dijeron por temor o falta correcta de la entonación misma del lenguaje y la sonrisa de él que está tan próxima.

Escucho ruido en la cocina y recordó lo que había dejado listo para cuando la mañana empezara… no importaba que iniciara a las 3 o 4 de la tarde, estaba ahí y existía una diminuta posibilidad de construir de nuevo. Los recuerdos de años anteriores están ahí siempre como testigos mudos que han herrado las ventanas de la mente, todos podemos hallarnos ahí dentro y fuera al mismo tiempo, mirándonos a nosotros  mismos.

Cerró pues la habitación, dispuso ir a la cocina y al entrar lo vio tal como lo recordaba pero tenía esa mirada cuando descubres un cañaveral y sólo tienes la idea de estar ahí, comprendió que quizá llegó el día de reescribir un último verso.

Al observar su alrededor se fijó que la figura que estaba ante ella era como el bosquejo de un pintor, que una y otra vez debe trazar a lápiz hasta hacer la expresión perfecta y después la mano de Pigmalión le daría la vida.

Tomaron el alimento preparado, el primero de muchos más y esa sombra que se unió un día al horizonte en el compás de la noche, no lo haría más.

Quizá el día llegó, no era tiempo de ir y beber el vino aún en la roca del acantilado, la marea siempre estará ahí con ese vaivén en la cadencia del mar, esperando los murmullos de cada noche, donde se pueden pintar con polvo de estrellas en el firmamento, los trocitos de deseos de las voces infantiles, de los amantes de Verona o quizá las aventuras de un nuevo Quijote.

Pensó que los seres humanos somos en realidad una broma del universo que cruza los páramos, una piel de miel o unas manos de sol, perdemos interminable gotas de rocío cuando dejamos de buscar lo que amamos y a quien amamos, amigos, padres, hermanos, si tan sólo dedicaras una letra a esas personas a diario al final del día el alfabeto tendría sentido y podría cumplir con el fin que fue creado trascender.

Volvió el rostro al florero y vio que  las flores que un día murieron volvieron a vivir, restaurado estaba casi todo.

Sonrió al pararse junto al ventanal y respirar nuevamente  la historia, al fondo de la casa se escuchaba en la radio las letras de una canción…Shule, shule, shule aroon, shule a succir agus…una letra irlandesa…

Por: Caresu

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Superstición

Para mi hermana que la amo.

Por un momento olvidó hacia donde se dirigían sus pasos. Llevaba un rumbo indeciso, del tipo borroso, llegó a definirlo por azaroso; sin embargo las piernas iban firmes, el cuerpo inclinado hacia adelante como si estuviera llegando al listón de la final de los 100m planos.

Recordó que iba a un sitio definido. Es más, recordaba que durante la semana había comprado un regalo -una botella de vino- cuyo destino era el sitio desconocido al que se encontraba encaminándose ahora con prisa pero sin dirección.

Tuvo una sensación de desasosiego que inadvertidamente fue sobrepuesta por una imagen real.  Se trataba de un globo aerostático que sobre volaba aquella zona del mundo donde le había tocado vivir en aquél momento. Pensó que le gustaría volar acaso en cualquier globo aerostático y rajar de ahí. Luego pensó que no precisamente en ese, era amarillo y recordó que el día que le dijeron que su coche ya no funcionaría nunca más, llevaba un pulóver amarillo. Mal augurio.

Siguió con paso acelerado hacia la nada. Recorría caminitos que conocía de memoria y se ladeaba por atajos de los cuales no era consciente. Atajos que la acercaban a su destino sin conocer ninguno de ambos. Podría parecer innecesario pero se preguntó ¿Cómo podemos ser libres de elegir tantas cosas todo el tiempo y no ser libres de elegir sus consecuencias?…Resignada a nunca conocer la respuesta a dicho enigma le dio un sentimiento de vacío -como pesa el vacío! se dijo- pero al instante le llenó el corazón una emoción calurosa y oscura, de esas que nos mantienen vivo todos los días al emocionarnos en un mundo inauténtico, sin emociones e imperfecto.

Cruzando SU parque escucho los gritos ordenados de unos niños. El listón de los 100m planos seguía arrastrándola, pero la sencillez de aquella armonía que entendía a lo lejos la desaceleró y por una fracción de segundo se sintió agitada y casi sudorosa. La marejada de confusión que la llenaba y casi que la movía desde que puso los pies en la calle fue sustituida por una luz morada. Se encaminó hacia el lugar de donde sentía venía el sonido de aquellas vocecitas y dirigió mirada.

Observó apenas detrás de unos arbustos por que no pensó en ningún momento ser parte de aquella escena tan inocente, al fin y al cabo nunca había tenido tampoco mucha paciencia para los pequeños futuros adultos. Sonaron unos aplausos que accionaron la agudeza de sus ojos, y a la distancia detectó que entre aquél grupo de personitas y de unos cuantos adultos sentados sobre el césped recién cortado, se extendía una mesa semi larga cubierta de papeles de colorines.  Sobre la mesa algo que llamaba a todos los presentes la atención. Entre abrió los arbustos con sus manos un poco más, quizás teniendo la impresión de que al hacerlo los niños también se entreabrirían. Cosas raras de la vida, la gesticulación de sus manos accionaron ambos mecanismos y logró vislumbrar una torta de cumpleaños. En un reflejo natural que había adquirido con alta destreza durante sus años de vida, intento recordar todas las personas que cumplían años hoy. El insoportable peso del vacío regresó súbitamente al darse cuenta de que no sabía en qué fecha se encontraba parada. Bajó la mirada bastante preocupada por un instante, hasta que una nueva onda de aplausos reavivó a sus ojos y pudo ver que sobre la torta se elevaba un gran número 7. Se sobrecogió a una euforia momentánea “mi número de la suerte” pensó. Los arbustos intentaron volver a su posición normal después de esa visita. Siguió caminando -ya sin el listón- pensando en todas las cosas lindas que le habían pasado en un día 7. Sin pensarlo se daba cuenta que la velocidad de su andar y probablemente de su vida estaba organizado por un conjunto y componentes hecho a base de números y colores.

Tenía un nuevo paso firme pero liviano, rozaba más bien con un andar aéreo. Parecía que aquél frenesí de recuerdos a los que se remitía al sólo pensar en el número 7 eran suficiente para concluir una mañana que sería catalogada para la difusa posteridad como “exitosa”.

Con un cierto nivel de resignación se dedicó a semi seguir buscando, escudriñando las veredas el lugar al que debía de llegar con su botella de vino aquél mediodía. El 7 empezaba a gastársele en la cabeza, como cuando escuchas muchas veces tu canción favorita y deja de serla para siempre, aunque siempre tendrá un lugar muy especial dentro de ti. Con cierto malestar y zozobra decidió buscar algo que la despejara de aquél fantasma intruso, transformado en cita a la que tenía que tal vez llegar aparentemente aquella mañana.

Esperando en un cruce, cuando de rojo, el semáforo cambio a verde quiso más que conscientemente retomar su liviano andar con el pie izquierdo, pensaba que todo lo que comenzara “del lado izquierdo, estuviera a la izquierda, o fuera por la izquierda” y todas su variaciones eran una mejor opción, salida o elección. Le dio un poco de rabia al no acordarse que pie había puesto a lado de la cama, al levantarse aquella mañana. Como si todo lo que ocurriera aquél día dependiese de eso. Súbitamente pensó que tenía que remover aquel espejo en su habitación, le enervaba la contra que le llevaba ese objeto “su derecha es mi izquierda y su izquierda mi derecha…” No más espejo al llegar…

Terminó de cruzar aquél puente que siempre había visto en aquellas memorables tardes y nunca cruzado. Oh! Que gran dicha!…había encontrado a su derecha, una tienda de antigüedades y a su izquierda  una biblioteca-librería moderna pero gastada, y no sucia daba la impresión por su cuidada fachada. Sin pensarlo un instante entro a la opción “del lado izquierdo”. Husmeando entre las diversas categorías que el hombre había inventado para darle dimensión y espacio a la literatura, decidió ser espontánea y hojear algo nuevo. Lo primero que vio “a su izquierda” fue la sección de HEMEROTECA. Toqueteó viejos diarios, los cuales sus fechas le causaban impresión. Se sentía como cuando cualquier menor llega a una juguetería con una heladería dentro. “Tantas fechas, tantas fechas” pensó alterada por el maravilloso ejercicio mental que aquello le representaba. Su cabeza empezó a hacer cálculos, a vincular, a generalizar, a recordar, e inclusive a tratar de olvidar.

Un tiempo inadvertido pasó y la cabeza se le cansó. Como aquellos aplausos en el parque, el repentino y brusco mecanismo de sus manos al  cerrar el diario le hicieron toparse con un artículo del 11 de Octubre del 2011. “Mi número favorito” pensó. El encabezado decía “Sólo el 40% de la población mundial usa el mismo calendario”. Se interesó demás por lo que seguía y en la esquela resumía que rusos ortodoxos, hebreos, católicos, ramas del hinduismo y sintoísmo seguían calendarios distinto, infiriendo que realmente muchas personas viviendo en el mismo instante viven en un día diferente. Esta idea le causó un cierto malestar y dejó de leer. “Calendario” pensó. Se levantó y fue con un encargado de la biblioteca-librería y preguntó la fecha. “11 de octubre” le respondieron. Una sonrisa inundó su fisonomía. La botella de vino, la visita al parque, el puente de los anhelos. La inundación en su perfil creó un río imaginario por el cual remó de vuelta a su morada. Recordó que tenía que celebrar con vino su día favorito, el 11 de Octubre.

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Los finalistas serán anunciados por este medio el 7 de septiembre y los dos primeros lugares anunciados en nuestra página con fecha 14 de septiembre.

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