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Reseña de “Momo”

Momo, ¡vaya título!… esas 4 letras (y unas cuantas más del nombre del autor), no te adelanta nada sobre la historia que contiene este libro publicado en 1973. Al girar el libro, en su contraportada se describe un contexto de una historia “normal”, no parece nada del otro mundo. La sorpresa que guarda este libro es la veracidad de sus palabras colocadas en un ambiente ficticio pero que de alguna forma es tan acorde a la realidad.

El libro se divide en 3 partes, en el inicio presenta a nuestra protagonista, una pequeña de nombre Momo, y a los demás personajes humanos, el autor nos cuenta cómo viven en la ciudad. La segunda parte hace oficial el nombre de nuestros antagonistas: “los hombres grises”, esas personas que nos van robando sin que nos demos cuenta, casi como un banco. En la tercera parte nos muestra la solución a todos los problemas de Momo y sus amigos, a través del desarrollo de todos estos temas de la vida cotidiana, como aprender a ser felices, la insatisfacción que ocurre cuando se llega a cierto punto de nuestras vidas en el que esperábamos tener resuelta la vida, haber cumplido con la expectativa, y sin embargo esto no ocurre en realidad; todo enlazado con la idea del tiempo, que es el concepto principal en esta historia.

Momo es un libro que se encuentra en los catálogos de literatura infantil, como un cuento clásico, sin embargo creo que es un libro que no tiene restricción de edad, todos deberían leer la historia de Momo, los niños y los adultos, se puede por la ágil narrativa que nos ofrece Michael Ende aunque incluye un mensaje tan grande y que confirma que todas esas divagaciones que pensamos cuando estamos sin nada que hacer, tienen algo de verdad,  que no somos los únicos en preocuparse o cometer errores banales, que siempre, siempre, siempre hay que disfrutar el tiempo que tenemos y a aquellos con los que lo compartimos.

Datos Bibliográficos

Título: “Momo”
Autor: Michael Ende
Editorial: ALFAGUARA
ISBN: 978-607-313-560-3
Impreso en México
Total de Páginas: 320

Reseña de “Doce cuentos peregrinos”

Doce Cuentos Peregrinos

Bien advierte el libro que son notas periodísticas contadas con la elocuencia de un poeta. En ocho de los doce cuentos, la muerte ronda y gana la partida de forma sorpresiva y a veces inimaginable.

Así tenemos:

Buen Viaje, Señor presidente. Un presidente derrocado y expatriado que sobrevive en el anonimato en Europa y tiene la habilidad de descifrar su propio destino en el asiento de la taza del café, en donde parece leer con certeza su propia muerte.

La Santa. La historia de la espera de Margarito Duarte, que viaja a Roma buscando una audiencia con el Papa para conseguir la canonización de la Santa, una historia de perseverancia, paciencia y fe.

El avión de la bella durmiente. Un encuentro con una mujer hermosa en un viaje trasatlántico de París a Nueva York.

Me alquilo para soñar. Me alquilo para soñar. Un accidente automovilístico deja a su víctima irreconocible, salvo por un anillo de oro en forma de serpiente con ojos de esmeralda, una mujer inolvidable, la mujer de esta historia lo usaba en el dedo índice derecho, soñar era su único oficio, alquilaba sus virtudes premonitorias. Porque en esta vida hay que tener claridad de lo que hacemos mejor. Para pulir el don y convertirlo en nuestro propósito.

Sólo vine a hablar por teléfono. Un matrimonio joven con una particular circunstancia que los separa. Se pone a prueba su amor  en el momento en que depende de uno de ellos el bienestar del otro. La desconfianza y el desamor tuercen el destino y la vida de ambos cambia para siempre.

Espantos de Agosto.  Un castillo renacentista ubicado en la campiña toscana es el escenario ideal para una historia de fantasmas, con una historia de poder, de amor contrariado y de una muerte que dejó el castillo maldito y un espectro deambulante que busca sosiego y en su lugar encuentra la repetición de la escena mortal.

Maria dos Prazeres. Una prostituta previsora que a sus  de 76 años que está convencida de que va a morir y organiza y dispone instrucciones para sus protocolos mortuorios. Pero entonces, la vida la sorprende.

Diecisiete ingleses envenenados. Prudencia Linero llega al puerto de Nápoles, sus impresiones sobre Italia y los Italianos van marcando el ritmo de este cuento desde el sentir de la forastera hasta llegar al hotel, en el que un golpe de suerte la salva de la muerte.

Tramontana. Una historia que ocurre en Cadaqués, España que recibe en  primavera y otoño un viento de tierra que describen como inclemente y tenaz, los lugareños hablan de la tramontana como si fuera una mujer y las leyendas le atribuyen el poder de sembrar la locura en la gente. La Tramontana se siembra en el corazón de los lugareños con convicción, ya sea por miedo, ya sea por rendición la Tramontana siempre se lleva alguna víctima.

El verano feliz de la señora Forbes.  La murena helena muerta clavada en el marco de la puerta parece ser el indicio del trágico final de la señora Forbes, institutriz alemana de dos niños que pasan el verano en Silicia, mientras sus padres están de crucero por el mar Egeo.  Reacios a aceptar que la institutriz maneje sus destinos, los hermanos de 9 y 7 años planean asesinar a su institutriz.

La luz es como el agua. Dos pequeños hermanos, de 9 y 7 años que viven con sus padres en el quinto piso del número 47 de alguna calle en Madrid piden de regalo de navidad un bote de remos, ahí donde parecería imposible navegarlo. Los méritos obtenidos por los pequeños son el pretexto con el que el padre concede el bote y a partir de ahí, los pequeños navegan con chorros de luz dorada, porque “la luz es como el agua”.

El rastro de tu sangre en la nieve. La historia de un par de enamorados que viajan a Europa en su luna de miel, la novia recibe un ramo de rosas y con ellas el pinchazo en un dedo de una herida que desemboca toda la historia sobre el amor y la soledad.

Mi favorito, “Espantos de Agosto” y por supuesto el prólogo del autor, a través de éste nos cuenta que los “Doce cuentos peregrinos” fueron escritos en un lapso de 18 años, porque son doce y no 16 o 64 y de dónde viene su característica de andantes.

Si este libro fuera parte de un menú sería un corte argentino, un vacío cocinado a ¾ jugosa carne que refleja también la crudeza de los cuentos. Acompañada por supuesto de una copa de vino tinto, dando el sabor dulzón y seco que hace referencia al romance y la poesía con que se dibujan las historias áridas que conforman los “Doce cuentos peregrinos”.

Datos Bibliográficos

Autor: Gabriel García Márquez

2010, Editorial Planeta Mexicana SA de CV

Bajo el sello editorial Diana M.R.

Primera Edición; julio de 1992

Trigésima reimpresión: agosto 2009

Primera edición de esta presentación: febrero de 2010

ISBN: 978-607-07-0321-8

Impreso en México

 

Alcanzarlo… asirlo… quizá…

Eso nunca sucederá. ¿Quién es capaz de mover los bosques

y de alinear en batalla los árboles separando

sus raíces de la tierra que las cubre? 

(Macbeth, act. 4 , esc.1)

El viento llora en busca de los molinos, su voz duele en la piel como el raspar de una lija en la madera, el eco que entona es doliente, quizá busca la mano suave que acaricié el terciopelo del silencio para entonar por última vez el vals negro.

El frío que lo acompaña cala en los huesos, la nieve cubre todo el paraje no hay rastro próximo de otro ser humano en varias millas, los árboles han quedado desprovistos de su follaje, las ramas parecen pequeños huérfanos esperando ser acogidos en cálidos brazos. Nada de esto sucederá hasta la próxima primavera, las huellas han sido cubiertas nuevamente por la nevisca como si quisiera sólo para ella  el toque sutil de su andar, cada vez pesa más  esperar y continuar, de pronto como un espejismo de su juventud a lo lejos divisó una cueva o un hueco, no alcanzaba a distinguir,  parecía una galerna que se acercaba así que con todas sus fuerzas corrió hasta que no pudo más y entonces como un suspiro le abandonaron…

Al despertar no sabía exactamente dónde estaba, ¿había muerto?… ¿fue un mal sueño?… estaba revestido con ropa cálida y diferente cerca del fogón. Sintió como cada molécula de su cuerpo vibraba en suave melodía y los átomos de su ser hacían música, empezaba a sentirse vivo de nuevo, eso le tranquilizó y al mismo tiempo una duda estallaba en el cosmos de su frente que produjo una sensación desasosiego ¿Cómo diablos había llegado ahí?… se enderezó y observó la cueva.

Palmó las paredes que se sentían semejantes a las palabras ásperas que salieron tantas veces de su boca a tiempo y en destiempo, el color de éstas era café oscuro  como fondo de una pileta donde jugaba en su tierna infancia. no era de gran tamaño aquello que sus ojos alcanzaban a distinguir así que asió una vara del fogón y alumbró más allá de donde estaba. El aroma que inundaba el ambiente completo. Cuando intentó caminar e investigar una mano le detuvo, volvió azorado el rostro y contempló la imagen de una anciana de baja estatura, cuyo rostro    tenía los surcos que deja el agua en las rocas, conservaban aún el brillo de la nieve en invierno, de sus labios brotó una voz como si tejiera una canción de cuna, su cabello tenía el tono que conserva la paja cuando está guardada, hace muchos años tendría el color del fuego de la impaciencia y hoy era un recuerdo apagado, uno que no duele. Tenía ropa fresca, poco convencional para el frio, de hilo burdo teñido de verde, largo y amplio, sin ser lo suficientemente largo, dejaba ver su calzado color negro. Lo invitó a sentarse de nuevo.

Le dijo la anciana sin preguntar su nombre;

̶  No importa cómo te llamen si no lo que has hecho con él, las vidas que has tocado y más las que has dejado marcadas para bien o para mal.

En ese instante al sonar de la voz de la anciana como el shofar  sintió un fuerte golpe en el pecho semejante a cuando un árbol cae demolido por la sierra y pudo escuchar cómo se desgajaba algo muy dentro de él, tomó aire y exclamó:

̶  Buena mujer, ¿cómo debo llamarte para así mismo decirte mi nombre?

La anciana exclamó:

̶  No has entendido de inicio esta charla, estás aquí por una razón y con un propósito. Tomarás un sendero diferente después de hoy, quizá te pierdas en el laberinto de la mente, quizá seas el mismo de siempre, pero antes será necesario que nades en los ríos en los que podrás encontrar un nuevo desierto, en el que  la melodía resuene nuevamente y aquello que has tenido en desuso se estremezca como los cañaverales en nítida vibración sinfónica. Cuando transcurran tres jornadas volverás a este lugar quizá con la locura de la diosa Hibris donde el lote a pagar sea parte de la felicidad o del infortunio. Aracne te acompañará y visitarás también a las Moiras…

El joven estaba  boquiabierto no entendía nada de lo que estaba sucediendo a su  alrededor, sólo podía escuchar el estruendo de su corazón como mil tambores en batallón que en cualquier momento detendrán el redoble. Lo que seguiría le aterraba, ese sentimiento de incertidumbre lo había acompañado toda la vida, jugarse la existencia en un volado había marcado su adolescencia que hoy parecía un sueño tan lejano, como de otra época, en otro cuerpo, pero no… había sido en su vida y dejó una cicatriz tan profunda que endureció una parte de su rostro y  el brillo de sus ojos había cambiado. Preguntò entonces.

 ̶  ¿Aracne? ¿Acaso es?…

La anciana respondió:

̶  Ella fue  quien enseñó a  las Moiras a tejer los hilos del destino, su telar es perfecto, resistente y hoy sigue atrayendo con sus formas cilíndricas  a los hombres, te llevará a tu destino, deberás tomar esta agua, aquí te espero…

El joven pensó que era una locura, mejor debía tomar algo caliente, dormir y mañana partir cuando la ventisca bajara, no quería insultar a la anciana ni contradecirla, todo aquello que decía no tenía sentido, pero muy dentro sabía que necesitaba que la batalla terminara y dejar de sentir en soledad.

Tomó el recipiente tosco, de color amarillo, lastimaba un poco el borde rojo de su boca, bebió la infusión y empezó a sentir como  los minutos se extendían como un lamento largo, el sueño le tomó en brazos y lo llevó a reposar a verdes praderas donde ni un vendaval podría alejarlo de ahí. Aracne le tendió la mano y lo invitó a continuar andando a su paso, tocaba con las yemas de los dedos rosas, anémonas, narcisos y un ciclamen.  Anduvieron, cuando se paró al borde del río Estigia, Aracne le indicó que se desvistiera completamente, debía experimentar en todo su ser las aguas gélidas del odio, ellas lo abrazarían y no cesarían de entonar un cántico de mareas bajas, lo llevarían al valle de la tristeza, sentiría las heridas más profundas que supura el alma, le advirtió que recordaría rostros, nombres, escenas y sentimientos albergados en lo insondable de su médula.

Se quitó la ropa poco a poco hasta quedar desprovisto completamente, se sumergió lentamente, dio un grito sordo, desesperado. el hielo quemaba su piel como pequeños alfileres que se enterraban en toda su esencia. El agua helada lo cubrió hasta el cuello,  la otra orilla estaba tan cerca y tan lejos a la vez, empezaba a sentir como el cuerpo entumido, al encontrarse sumergido sin poder alzar el vuelo, simplemente se dejó llevar por el río…

Vio todos los rostros de aquellos que lo ofendieron con desdén y  actuaron como cuando se cava un hoyo y la pala hiere la tierra. Revivió el instante en que el odio se sembró en su corazón y cómo la semilla creció amarga impregnando todo dentro, como la humedad que corrompe el entorno, había sido herido tan abismalmente que todos los puentes de su alma se habían quebrado, la cerrazón de su padre, las patadas que mancillaron su  integridad  y tantos rostros que lastimaron su intimidad. De pronto sintió un jalón que lo regresaba a la vida y percibió que había pasado algo…ya no dolía el pecho como hasta hace unos instantes, ese crujir de ramas en invierno constante que sintió en su pecho largo tiempo estaba desapareciendo, tuvo la sensación de una luz.

Aracne le indicó que debía salir y titiritando de frío buscó una frazada, aunque  sólo encontró una túnica carmín. Se dirigieron hacia el río Flegetonte donde debía purificarse con fuego, era el más difícil de cruzar porque debía perdonarse a sí mismo; sus errores, silencios, pausas, gritos, desquebrajos, omisiones, locura, llanto, todo lo que provocó en otros. Así que con el mismo miedo del anterior escenario entró poco a poco en agua que emanaba fuego, cada paso que avanzaba le cocía la piel, se hacía lento el andar, recordaba los momentos en que se lamentó de las decisiones que había tomado y las consecuencias de ellas,  todos los silencios que mandó al cofre del olvido, que habían mermado su mente como esa cajita de música que repite y repite la misma melodía con la pequeña bailarina llevando el mismo  sentido hasta la eternidad. Tocó esas lágrimas que colocó dentro de una botella que  nunca sacaba. ¿Cuántas cosas por perdonarse?, nadie le había enseñado a eximir y sin embargo giraba esa rueca eternamente, observó como su torso se encendía y la greda de su existencia se hacía polvo… llegó a la otra orilla en un llanto que semejaba a las corrientes del corazón donde se experimenta una ternura emanada como una flor al sol. Experimentó la gratitud del amor, y las aguas del diluvio consiguieron asir las cumbres más elevadas de la pasión.

Sus ojos se llenaron de la niebla resultado de los cambios que había sufrido, tal era su emoción de sentirse ligero, que había nadado sin querer hacia el río Cocito.  Ahí escuchó las lamentaciones en voz de un eco que le pareció familiar como evocando una melodía quebrada, supo de quién era esa voz, cerró los ojos, exhaló, debía continuar…

Llegó al último río Lete, el río más profundo de todos. Si nadaba y era cubierto completamente todo sería borrado de su memoria, quedaría atrapado en un laberinto aún más intrincado que el de Creta, ni siquiera el hilo de Aracne lo podría sacar, era su decisión hasta dónde dejarse tocar y era el equivalente al olvido. Nuevamente quedó desprovisto de todo y con la miseria humana como   única capa, entonces entró en el agua, se mojó hasta los tobillos, deseaba con todas sus fuerzas olvidar lo innecesario, voces, caras, números, pero no su propia historia pues empezaba a comprender que todo lo vivido era la suma de factores y debía ser así para un propósito más grande. Sacudió sus pies, se vistió y siguió a Aracne, faltaba poco para salir pero antes, haría una parada más.

Se quedó anonadado de observar a las tres mujeres: Cloto, Láquesis, Átropos, las Moiras tejían eternamente.  

Átropos tenía la virtud y el poder de cortar el hilo con sus poderosas tijeras de oro, pudo tocar su propio hilo, se sentía vigoroso, eufórico, y a la vez aprensivo, desvelado. Sintió como el agua bañaba sus luceros y por primera vez no era amarga sino dulzona. Átropos  le advirtió que de seguir desbaratando las madejas de los demás estaría a punto de cortar su hilo, sin embargo las oraciones de una madre son escuchadas por los dioses y había tenido una nueva oportunidad.

Era imposible arrancar las raíces de un árbol para librar una batalla personal, en cambio trepar por sus ramas y subir tan alto hasta  ver las estrellas, caminar sobre ellas, vestirse de fresco, ser rayo de luz, gota de agua limpia, así que continuo su camino.

Aracne le regresó al campo verde y despertó del sueño, no había nadie, ni fogón, ni anciana, nada.

Alcanzarlo… asirlo…quizá era su destino e iría en busca de él…

Recogió algunas pertenencias y salió de la cueva, afuera el frío era tolerable y mirando al cielo agradeció a los dioses, su nombre sea quizá de aquel que está leyendo…

 

El sastre de la esquina

Capítulo I

El primer encuentro con él fue un misterio. Era tarde y la niebla densa flotaba por todo el pueblo. Los techos de las casas apenas se distinguían y las calles empedradas brillaban por el rocío de la lluvia. El viento era como un susurro. Una quietud envolvía los caminares que se escuchaban a lo lejos.  Esperé. Tal vez era él. Los pasos se perdían entre las calles tomando otro rumbo.  Hacía frío.  Ajusté mi cuerpo con el suéter de lana que vestía.  Decidí esperarlo otro rato. Me senté en una banca en la calle de los comercios. Podía mirar las tiendas del pueblo. Parecían estar abandonadas como en un desgajo del tiempo. Surgió una luz de ese olvido disipado, de las nubes caídas del cielo que aún curiosas lo borraban todo. La luz provenía de lo alto de un local descuidado que se ubicaba justo en la esquina de la calle. Era un anuncio viejo pero luminoso. Su forma, una silueta femenina, de contrastes en blanco y negro. Debajo, unas letras decían ‘El Sastre de la esquina’. Confecciones, cortes, hechuras, arreglos y parches en general. Pensé en el vestido para la fiesta. Era una suerte que lo llevara conmigo. Debía agrandarlo, disimular las carnes indeseadas. <Un corte circular casi como la redondez de la luna llena> imaginé. Seguro el sastre podría lograrlo. Me acerqué para mirar. Una ventanilla decía: ¡No asomarse! pase a la siguiente puerta. Era absurdo. A tan sólo un metro se ubicaba la entrada principal. Empujé el portal de madera. Trapos colgaban del techo, abrigos, trajes, vestidos, un tendedero multicolor simulaban ser las almas recién seccionadas. Retazos de telas esparcidas parecían ser los restos de las figuras humanas que colgaban del interior de la sastrería.  Al fondo, una luz tenue de color rojizo proyectaba las sombras y las siluetas que se marcaban sobre las paredes. El espacio, en segundos, parecía desaparecer por la neblina que entraba de afuera.

— ¿Hola? ¿Cuánto cuestan las composturas?—pregunté. El ruido de los pedales de una maquina no cesaban.  Aunque subí el tono de mi voz no obtuve respuesta. Decidí irme pero cuando di unos pasos, el ruido de la máquina de coser se detuvo. Esperé. Necesitaba información sobre los precios. Entonces el encuentro sucedió. De pronto una sombra surgió por detrás de los ropones transparentes que helaron mi sangre, piel y huesos. El perfil de un hombre lucía aguileño y con la barbilla puntiaguda. ¡Pero lo más terrible, lo más terrible que mis ojos vieron, no lo creí! La sombra de un cuerno salía de su cabeza. ¡No podía ser! Era clarísimo y además lo confirmé. Su mano hizo a un lado una tela para abrirse paso. Sus uñas eran largas ¡muy largas! y su piel  ampulosa y roja, fue lo último que alcancé a ver.  

Capítulo II

Desperté. No recuerdo el trayecto de regreso a casa pero mi cuerpo estaba frío a pesar de estar entre las sábanas. Me levanté y fui al baño. Miré un rostro pálido, ojeras marcadas y un semblante confundido. Abrí la regadera. Toque el agua para medir la temperatura. Mi piel parecía brillar debido a la luz que se proyectaba transversal desde el ventanal y que al mezclarse con el agua, producía tal efecto. El vapor inundó el cuarto de baño. Sentía que flotaba dentro de una nube encapsulada. El agua apenas entibiaba mi cuerpo a pesar de estar casi hirviendo. Cerré mis ojos. Deseaba poner la mente en blanco como si el invierno pudiera congelar mis pensamientos.  ¿Aquella sombra fue un sueño? ¿Había sido una alucinación? ¿Y su rostro? Mi cansancio había tergiversado la realidad. Lo extraño, era la sensación de terror que persistía en mí ser.  La impresión había quedado como una cicatriz y era imposible borrarla. El viento que sin piedad azotaba las ventanas era atroz como el mismo miedo que irrumpía cada rincón que conocía. Cerré la llave de la regadera. Salí del baño. Me puse una blusa, botas y una chamarra.  Era tarde para ir a trabajar al café. La cocina era un desastre. Los trastes sucios se amontonaban junto con las cucarachas que se escapaban  por la coladera. ¡Qué asco! El zumbido de las moscas sonaba como una melodía arrítmica dentro de mi mente. La ausencia de mi razón había mermado mi presente. Hui de la zona y me preparé para salir de casa. En el recibidor miré una carta al filo de la puerta. Deshice el papel amarillento del que estaba hecho el sobre. Leí lo siguiente:

< Estimada Srita. Gertrude. Espero que reciba esta carta en tiempo adecuado después de su partida que consideré muy abrupta. Le envío esta carta como acostumbro enviárselas a todos mis clientes, ya que soy un sastre que trabaja a la usanza de los pueblos pequeños y el servicio que brindo debe ser de primera. Deseo informarle que su vestido quedará de acuerdo a su talla y a lo que usted desea. Calculé sus dimensiones porque he medido muchos cuerpos y le aseguro que no habrá problema con la extensión que necesita. Son sólo algunos ajustes que ya he solucionado debido a mi experiencia y a mis buenos ojos.  Pase por su vestido el día de hoy…

Al final de la carta había una nota que dio sentido a mi desconcierto:

… Disculpe la apariencia de mi piel ampulosa y rojiza pero la enfermedad me ha destruido con lentitud. No es contagioso. Sólo me produce las deformaciones que usted vio y que prefiero omitir. Espero que no se asuste y regrese.

Atentamente. El Sastre de la esquina>.

Salí de casa. Saludé a mi vecina pero ella no respondió. Tenía una disputa con su perro que al parecer mordisqueaba una paloma muerta y no la soltaba. Antes de llegar al local debía pasar por la panadería y comprar mi pan de chocolate preferido. Las puertas estaban cerradas a pesar de que ya era tarde. Me asomé por el vidrio polvoso y el panadero estaba dentro. Le grité para que abriera, pero mis gritos acompañados de la insistencia frenética de mis manos, no dieron resultado. Sentí que era invisible. Eran días muy ocupados. Continué mi camino. Los demás comercios estaban también cerrados. Era la niebla tan densa que provocaba que la gente apenas se asomara de sus casas. Abrí el local. La máquina de café debía prenderla pronto antes de que llegara el primer cliente.  Un hombre entró y miró el menú escrito a gis de la pared. Se fue y no dijo palabra alguna. Ni el saludo de los buenos días. ¡Qué grosero! Pensé. De pronto sucedió lo que jamás imaginé. Me preparé un café. Hice el más cargado para quitar la pesadez con la que había despertado. Dos cargas de café, azúcar y leche descremada.  Me senté en una de las mesas para beberlo pero al hacerlo, no percibía nada en mi lengua. Podía mirar el líquido negro y el humo que se contoneaba con la brisa de la mañana. Tomé un vaso de agua y lo bebí. Tomaba aire. Podía ver, escuchar los ecos de las voces, oler el aroma del café y tocar las cosas. ¡No! ¡No! ¡La taza de café no se movía aunque hice todo lo posible por levantarla! Asustada, abandoné el lugar. Caminé a paso veloz.  Corrí tan fuerte como pude. ¡Y de nuevo me sorprendí! Mis pies se despegaron del piso. Podía flotar. Un sentimiento de impotencia inundó todo mi ser. ¿Qué sucedía? ¿Qué lugar era este? ¿Y mi cuerpo? Debía buscarlo… encontrarlo.

Capítulo III

La tristeza del vacío se dimensionaba conforme al tiempo aprisionado. No existían los minutos, horas y los días. A pesar de la ausencia de frío, sed y hambre, parecía que la sangre en mis venas seguía fluyendo. El dolor era inevitable. Los huesos me dolían como si los silencios estuvieran dentro. Los huecos de la razón no se podían rellenar ni con los recuerdos.  No podía comunicarme con nadie. No me escuchaban. Los pensamientos se diluían como los copos de hielo que se derretían bajo el sol impiadoso del invierno. Las calles seguían con la misma tonalidad que las había dejado. Oscuras y grises. Deambulé a través de las casas, pasillos y calzadas que resultaban ser los mismos al final de día. Ni siquiera podía encontrar la puerta de mi hogar por mucho que recordara el camino empedrado en el que reposaban las casas de ladrillo y techos de tejas. Las estructuras  desaparecían al mínino atisbo de mi búsqueda. La neblina se lo llevaba todo. Me di por vencida pero mi mente  se mantenía arraigada a las cosas que entendía por vida. Los rostros eran melancólicos y parecían esparcirse junto con el amanecer y los anocheceres desgastados.

Una luz. Había algo que brillaba al final de la calle. Una silueta, una mujer. Un anuncio que iluminaba extrañamente el paisaje sombrío. Era el del sastre. Estaba abierto a pesar de ser media noche. Toque la puerta que debía. Se abrió por si sola.  El mismo sonido escuché. Los pedales, las tijeras y los ganchos agarrándose de los tubos de metal. La sombra, que  tanto me había aterrado, aparecía de nuevo por detrás de una tela transparente. Me acerqué y la descubrí. Un perchero roto había tomado la forma de aquel cuerno que aún seguía en mi mente. Entonces él apareció y me dijo:

—Por fin llegó usted. La estaba esperando. Su vestido está listo. ¿Recibió mi carta?

— ¿Por qué usted si puede verme?

—Doy el mejor servicio para mis clientes. A veces envío postales que llevan los requerimientos que mis usuarios siempre han deseado. Puedo hacer muchas cosas. Enviar cartas sin la necesidad de un mensajero, hacer que los días sean grises o incluso que la realidad parezca un sueño —me decía el Sastre quien desordenaba las telas y las prendas que parecían ser de todas las épocas. Escuchaba su voz a lo lejos sin poder entender lo que me decía, ya que en el mismo momento, distinguí a lo alto del techo, ropajes que estaban envueltos en hule transparente.  Quise llorar, huir, gritar. Deseaba despertar de aquel terrible sueño. No eran trajes, ni vestidos. Eran cuerpos que colgaban. Estaban desnudos. Las cabezas habían sido enganchadas a los percheros metálicos pero los rostros estaban cubiertos. Los cuerpos sin sangre, pulcramente cuidados, esperaban la llegada de sus dueños perdidos.

— ¿Quién es usted? —le pregunté.

— ¿A qué le teme Srita. Gertrude? —me dijo mientras ajustaba mi vestido que ya había encontrado.

—Usted lo tiene. ¡Devuélvame mi cuerpo! Tú… ¿Qué eres?

— ¿Qué le hace pensar eso?

—Puedo verlos.

—Crea lo que sus ojos ahora miran. Soy sólo un sastre. No importa lo que diga.

—Sólo dígame quién es usted. ¿Qué es este lugar? Lo sabe. Es el único que puede hablarme.

— ¿Por qué me temes si sabes qué soy?

El sastre empezó a reírse. El viento  de la noche sopló agresivamente y las telas volaron por toda la habitación. Por unos segundos dejé de ver su rostro por los ropajes que se abatían entren nuestros cuerpos. El silencio nos envolvió y de la oscuridad surgió una luz amarillenta y débil. Desde ahí pude ver sus ojos. Son rojos y las pupilas son una rasgadura vertical. Me miran fijos sin piedad.  Cerré mis ojos. Sentí unos dedos sobre mi cuerpo. Escuché de nuevo su voz grave, rasposa.

—Tu huesos, tu piel, ya son míos. Abre tus ojos. Mira mis pies y mis manos que ciñen tu cuerpo. Di cómo me llaman y repite mi nombre. La fiesta nos espera.  

Corto tu ser atrapado, lo secciono, lo enhebro a los hilos del infierno.

 

FIN

 

El servicio

Lunes, Miércoles y Viernes, sabía que no tenía ninguna posibilidad de verlo, pero Martes y Jueves, esos dos días lo esperaba con ansías, con mucha alegría. La hora se acercaba y solo pensaba en el momento preciso en el que llegaría a mi puerta para decirme que ahí estaba, a la misma hora, siempre fiel al llamado. Nunca conocí su nombre, supongo que nunca fue necesario, quizás entonces él conocía muy bien el mío, o tal vez solo reconocía la dirección, si, por ahí cuando vivía por el jardín de los platitos, el que era como el de Güell en Barcelona.

La primera vez que vino a buscarme, pensé que no le daría importancia a su  presencia, total, cuantos como él habían pasado por mi vida, no pronunciaríamos ninguna palabra, sólo el pago y un forzado gracias al final, de todas maneras jamás lo volvería a ver de nuevo y si lo hacía ni su cara reconocería, así había sido siempre.

Pero esta vez me equivoqué.  En aquel primer servicio, que nunca olvidaré, empezaste a platicarme tantas cosas y los pocos minutos en los que te oí, me dejaste con ganas de saber más, siempre más. En la segunda visita o la tercera ya no se bien, me hablaste de aquella mujer, tu ex mujer, si, esa vieja mala y despiadada que te quitó todo a excepción de esos dos niños que por suerte salieron buenos muchachos.

Cuarta visita o quinta, la memoria me falla un poco, me dijiste que los niños al final hasta habían estudiado, los dos habían ido a la escuela, no como tú que a duras penas habías acabado la secundaria, los dos eran profesionistas, el varoncito arquitecto y ella toda una abogado y tú te convertías en un pavorreal cuando me hablabas de ellos.

¿Era la sexta o la séptima vez que venías? Tal vez la novena, hace tanto tiempo de eso, me platicaste que la niña se iba a casar, que orgulloso estabas de tu muchacha, que bonita se iba a ver de blanco, en la fiesta estaría hasta la Lupe, el tiempo se acababa y me quedaba con las ganas de saber quién era la Lupe.

Día diez, la Lupe, resultó ser la nueva mujer, al parecer ella si te quería, ella si era guapa, nunca entendiste cómo la enamoraste, la conociste en la cantina de don chava, la Lupe trabajaba ahí como mesera, la Lupe era joven y con muchas ganas de salir adelante, ah que suerte habías  tenido de encontrarla y que bonito vestido se había puesto para la boda de tu muchacha.

Próxima visita, pues que ahora la Lupita se fue a vivir a tu casa y que hasta quiere un chamaco y tú que te sientes tan viejo, me confiesas que esas cosas no son ya para ti, bastante haces con tener de nuevo una mujer que te de órdenes y yo solo pienso “vieja aprovechada”. Te pierdo de vista algunos días, me desespero, quiero saber más.

Viernes por la tarde 4pm, pierdo las ilusiones, no sé si serás tú el que vendrá, o será alguien más, tocan la puerta, con tu sonrisa me recibes y me presentas las buenas nuevas, la Lupita se salió con la suya  y a tu edad serás papá de nuevo, tú que ya andas abueleando, me río a carcajadas, me despido de ti, sin saber que sería la última vez, nunca más tomaría la misma ruta, nunca más el mismo servicio de taxi hacía Álamos.

Un aire de muerto

Esta historia ocurrió en el pueblo de Tuxtilla allá por los años de “mil novecientos Carranza”, el pueblo se encuentra rodeado de agua por un arroyo que se junta con un río. Habría en el pueblo sólo una calle principal que conectaba los dos extremos del pueblo, en un extremo se situaba la iglesia, en el otro estaba el cementerio, entre ellos había un campo deportivo, una extensión de pasto rodeada de árboles de mango. Las casas distribuidas alrededor de esta calle formaban el pequeño pueblo.

Doña María vivía en una casita con su hijo Pedro, que tendría unos 30 años.  Pedro era el sastre del pueblo y tenía un pequeño taller en la misma casa. Trabajaba con una máquina de coser de pedal, al hacer el movimiento mecánico del pedal producía un golpeteo constante, mientras la banda hacía girar la rueda de metal y a su vez, la rueda hacía caer la aguja contra la madera. La máquina estaba colocada detrás de una gran ventana que daba a la calle, la ventana y las puertas eran de gruesa madera de dos hojas, cerradas con una “tranca”, así llamaban al gran trozo de madera que las atoraba para mantenerlas cerradas.

Era la noche del 31 de octubre. Pedro trabajaba tarde en su máquina de coser, cuando Doña María se acercó a él pasadas las 11 de la noche, lo encontró ensimismado cortando, cosiendo y entonces le dijo:

̶  Ya ve a dormir, esta noche los muertos se levantan y pasan por aquí, deja que hagan su recorrido en paz  ̶  

̶  Madre, esos son puros cuentos, los muertos no regresan ̶  contestó Pedro.

̶  Los muertos vienen cada año y pasan por aquí, ya están puestas las ofrendas, el camino está marcado de flores naranjas desde el cementerio hasta el pueblo, en cada casa hay veladoras, con sus fotos y los alimentos preferidos de cada difunto. Ya todos duermen para que las almas puedan hacer su recorrido en paz, todo está dispuesto. No seas necio y ven a dormir.  ̶   respondió Doña María.

̶  Los muertos no andan por las calles madre y yo mañana tengo que entregar un pantalón que no he terminado, así que ve a dormir y déjame trabajar ̶  

Doña María le dejó un tarrito con chocolate caliente cerca de la mesita de trabajo, después, en silencio, caminó a su recámara.

Pasaron un par de horas, Pedro seguía cosiendo y el “traca, traca, traca, traca” de su máquina era el único ruido en el pueblo donde todos dormían. De pronto escuchó un extraño sonido, parecía como un panal de abejas, un zumbido constante, primero tenue y poco a poco se hacía más fuerte bzbzbzbzbzbzbzbzbzbzbzbzbzbzbzbz…

Se asomó por la ventana y a los lejos vio venir por la calle, cientos de sombras iluminadas cada una por una veladora que portaban en la mano, eran los muertos que se habían levantado de sus tumbas y caminaban desde el cementerio dirigiendo sus pasos al pueblo, iban enfilados abarcando todo lo ancho de la calle seguida la primera fila por muchos detrás. Los que no tenían una veladora en su mano llevaban el dedo índice levantado, de su punta salía el fuego que les servía para iluminar el sendero, esos eran los muertos de los que ya nadie se acordaba, y de todas formas ahí venían.

Los ojos de Pedro no cabían en sus órbitas de la sorpresa, cuando distinguió las facciones del tío Cuco, que resultó ahogado cuando el río movió de lugar el pueblo y desapareció algunas de sus casas hacía dos años atrás. Cerró la ventana lo más pronto que pudo y apagó las luces de dentro, todas, hasta las velitas de la ofrenda, corrió a la cama de su mamá a la que se metió temblando como si fuera un niño pequeño y le dijo:

̶ ¡¡Mamá, los muertos!! Los muertos han venido, ̶   susurraba en el oído de Doña María, sintiendo miedo incluso de ser escuchado.

̶  Te lo dije, pero no quisiste hacer caso ̶  contestaba Doña María abrazando a su chiquillo de treinta.

En la ventana se escuchaba un  “toc, toc, toc, toc” contra la madera, y luego,

̶   ¡Hey Pedro!, abre, venimos muy cansados, queremos un poco de agua… ̶  

Pedro no podía moverse, aunque hubiera querido abrir para ser cortés. Se quedaron ahí largo rato mientras el zumbido cesaba. Cuando todo pareció quedar en silencio, fue Pedro a asomarse de nuevo a la ventana, la madre le dijo

̶  Tú no quieres aprender, deja de asomarte que los muertos cuando pasan, siempre dejan un mal aire, un aire de muerto….̶  

Esperanza y el tordo

En una sierra que podía ser cualquiera, a la orilla de una carretera maltrecha que lleva a  aquel pueblo mágico dónde últimamente se ha perdido la gente, estaba sentada Esperanza. Sabía que ya era noviembre, hacía varias horas que desde el pueblo le llegaba el olor a copal. Pensaba en los aromas y colores de la tradición inundando el pueblo, sabía que las almas de los niños ya iban en camino, y que mañana serían los adultos quienes volvieran a casa, a convivir con su gente y disfrutar las ofrendas que les colocaban amorosamente. Empezaba a llegar también el olor a cempasúchil, y hasta le parecía alcanzar a ver en el pueblo una minúscula luz, seguramente la veladora de un altarcillo. Se preguntaba si su olfato era mejor que su vista, o si simplemente el aroma era más fuerte que la luz, porque a él no lo vencía oscuridad alguna. Pensaba en lo hermosa que es la fiesta de los muertos, y dudaba entre era si era o no correcto acudir sin invitación al festejo. Qué difícil resultaba esta fecha cuando no había nada para ella, no porque no la quisieran sino porque no sabía que estaba muerta. Su gente la seguía buscando aferrados a la idea de pagar aquel rescate que habían pedido por ella la primera semana de su ausencia. No saben que la habían matado desde antes de llamar y que hace meses que su cuerpo descompuesto alimenta la tierra, ahí donde está sentada, al lado de la carretera.

De pronto Esperanza advirtió una presencia en uno de los Encinos, un tordo iridiscente de ojos amarillos venía a decirle que tenían que emprender camino. — Esperanza, te conozco, soy un tordo al que viste muchas veces en el pueblo. Posiblemente pensaste que se trataba de tordos distintos por ser un ave común, pero siempre fui yo. Vengo a decirte que es precisamente por esto, porque somos numerosos y estamos en todo el país como ustedes que hemos sido elegidos para llevarlos a dar aviso. Las almas como tú no están llegando a Mictlán por su correspondiente muerte natural, están siendo sacrificados y se quedan detenidos, olvidan que están muertos y que deben llegar a un destino. La falta de sepultura y duelo los hace olvidar que están muertos y a su gente el sufrimiento les hace olvidar que están vivos. Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, y cada uno de los que habitan los 9 infiernos han clamado con violencia por los que eran sus muertos. Por eso he venido por ti, y los míos han ido por otros. Ve y toma un puño de tierra de donde estás enterrada. Hoy, quienes no tienen camino de flores tendrán a su lado un tordo que los llevará a cumplir dos instrucciones.

Esperanza se sintió contenta de que en los nueve infiernos sí pensaran en ella, no como las autoridades de su tierra a quienes les daba igual una desaparecida más en la cuenta. Se levantó y siguió al tordo hasta el pueblo, le sorprendió que estuviera tan cerca, y no supo por qué razón ella nunca intentó ir por su cuenta.

A la entrada del pueblo vio el camposanto, iluminado y lleno de colores. Las tumbas estaban cubiertas de veladoras y flores. Las familias que ahí se reunían cantaban alegres sones, y la muerte que andaba en la fiesta los escuchaba sus canciones  “Viene la muerte echando rasero,  se lleva al joven, también al viejo,  la muerte viene echando parejo, no se le escapa ni un pasajero…” Olía a copal, a cempasúchil, a café, y a vino de acachul, había tamales de alberjón, mole, pipían, hojaldras, atole de cacahuate, calaveras de azúcar y chocolate. Esperanza olió y sintió que comía, estaba en casa y se sentía viva. En ese momento vio que no llegaba sola, una enorme parvada de tordos se juntaba en el pueblo. Quién se hubiera imaginado que en ese lugar tan pequeño, fueran tantos los ausentes. Los vivos que estaban en el camposanto vieron llegar la parvada, los muertos y la muerte sabían de qué se trataba. Los muertos del camposanto soplaban para enviar los aromas a los recién llegados, como quien decide darle su plato al hambriento, sabían que lo que venía requería un gran esfuerzo.

Cada muerto siguió a un tordo a las casa de asesinos, de autoridades indolentes, de cómplices y testigos. El puño de tierra se multiplicó en cada casa de esas personas malvadas, que horrorizados vieron a los muertos acercarles la mano a la cara, para meter en sus bocas un puño de tierra con olor putrefacto, que concentraba en el sabor más amargo las tristezas de cada una de sus familias, mientras los tordos recitaban el mensaje que del Mictlán provenía: “Cuando les llegue la hora y hagan la travesía, en el séptimo y octavo infierno Tepeoyólltl y Xochitónal los reconocerán,y después de devorarles las entrañas harán que vuelvan a empezar. Un recorrido a los infiernos por cada día que a una familia hicieron llorar”.

Cumplida la primera instrucción, los tordos llevaron a los muertos con su gente. —Tendrán cinco minutos para manifestarse, ellos no pueden verles ni escucharles. Piensen en la mejor forma de dejar claro el mensaje. Esperanza entró a su casa y vio llorar a sus padres, abrazados miraban un foto suya al lado de una veladora insignificante, era la luz que había visto cuando estaba sentada en la sierra. Se acercó y enjugó sus lágrimas hasta que notaron que lloraban con las mejillas secas. Sintieron que les tocaban las manos y vieron la veladora apagarse. Se miraron a los ojos y en medio de esa paz el padre le habló a su hija dando por recibido el mensaje. —Sabes que te buscaremos hasta encontrarte, pero a partir de este año un altar no va a faltarte. Esperanza abrazó a sus padres hasta que se terminó el tiempo. De pronto sintieron que se había su presencia y vieron por la ventana como un tordo se alejaba.

Nuevamente se reunió la parvada al lado del camposanto, los muertos se habían despedido y esperaban que los tordos les indicaran el camino.

El tordo que acompañó a Esperanza se dirigió a todos y dijo: Hemos terminado con éxito lo que nos han pedido, pero creo que la mayoría de ustedes están algo confundidos.

El Mictlán clamó por ustedes pero ese no será su recorrido, les dijimos que no murieron sus muertes, murieron por sacrificio. Han sido ya muchas penas, como para hacerles pasar por los 9 infiernos para llegar al descanso.

Esperanza ciertamente estaba muy confundida y decidió preguntar — ¿Acaso iremos directo con los señores del Mictlán?

—Sólo hay una entrada al Mictlán Esperanza, es un camino de dolor. A ustedes los espera Tonatiuh, vayan a acompañar al sol.

Corazón de jade

El departamento estaba en un tercer piso, había una amplia ventana desde la que podías ver las ramas de dos árboles con hojas pintadas de otoño. Entre las ramas, camuflado con el tronco estaba un búho, que impávido miraba, acompañaba, escuchaba y guiaba. La sala tenía pocas piezas, había un sofá de color rojo que hacía juego con el sillón individual y un librero. Él estaba sentado en el sillón, al lado de la ventana, que se mantenía abierta. Tenía puesta una chamarra negra, su preferida. Se levantó al verme, y trató de avanzar hacia mí, su mirada sorprendida dudaba de todo alrededor.

Dije,  ̶  Hola cariño, ¿cómo estás? ̶   Y nos sentamos a platicar…

̶  Te vieron en la estación del metro pantitlán, la semana después de la quimioterapia, me extrañe cuando me contaron, los dejé continuar sin aclarar fechas ni tiempos, desde entonces comencé a buscarte. Dos semanas después fui a la escuela dónde trabajabas, estuve en tu oficina y saqué los papeles de tu escritorio, dejé los exámenes de tus alumnos. Libros, apuntes, todo estaba en un pequeño desorden. Al salir con la caja de cartón que guardaba tus cosas, un alumno reconoció la taza de café que sobresalía entre todo y me detuvo. Me contó que eran varios los que en esos días habían visto tu silueta en las escaleras, entrando algún salón, caminando en los pasillos, sin detenerte nunca y desapareciendo cuando intentaban alcanzarte.

Él me escuchaba sin entender bien de lo que hablaba. Así que intenté aclarar un punto de partida para nuestra conversación, entonces dije,

 ̶  Pues bien, primero deberíamos estar claros en que estás muerto, llevas tres meses muerto. Bien muerto. ̶

Me miró con una media sonrisa, incrédulo, como si le estuviera haciendo una broma de mal gusto, seguí en mi explicación:

̶  Estamos aquí porque hoy hay un permiso especial para hacer contacto. Hice todo para mandarte la invitación a tiempo, y que en esta fecha pudiera yo encontrarte. He puesto copal y veladoras para guiarte en el camino con su olor y su luz. Hemos molido los granos del café para dejar la cocina impregnada con su aroma y que pudieras reconocer la casa. Llené los floreros con cempasúchil, la flor de los veinte pétalos, también puse nube y moco de guajolote, el agua está puesta para que alivies tu cansancio y la sal de grano dispuesta especialmente para ti porque moriste sin ser bautizado por religión alguna y sin fe el estadío de la muerte puede ser eterno. ̶

En ese momento, el búho extendió sus enormes alas y de un salto atravesó la ventana posándose en medio de la sala para transformarse ahí en una vieja de larguísimos cabellos grises. Era la abuela Hortensia, la más vieja de la familia materna, la que curaba con plantas y maldecía en náhuatl. Todos sabían que era bruja, chamana que guardaba con recelo las tradiciones más antiguas de nuestra familia. Esa que no murió, un día así nomás desapareció. Nos visitaba en sueños convertida siempre en ese tecolote de plumas color pardo que se confundían fácilmente con los troncos, o la tierra o las sombras. Ella era ahora, el mensajero de Mictlán, se incorporó a nuestra plática y comenzó a explicar:

̶ Tenemos poco tiempo, la noche avanza y al amanecer has de comenzar un largo camino, le dijo al muerto, el mundo tiene 13 cielos, en medio la tierra en la que nacimos y abajo nueve inframundos por recorrer para alcanzar el descanso eterno.  ̶

̶  Tú estás muerto, ̶  dijo mientras lo señalaba  ̶   llevas meses deambulando en la tierra como ánima en pena, como sólo crees en lo que tus ojos ven, tu conciencia ha logrado que algunos vivos te vean o creen que te miran, porque ya no estás. Tu cuerpo ha sido incinerado a las pocas horas de morir y el alma se quedó sin un camino. Esa misma tarde aparecí en forma de tecolote y todo este tiempo he intentado guiarte por el camino que tu alma debe seguir hasta hoy, que es un día especial  ̶   tomó un sorbo del café olla y luego continuó…

̶  Comienza tu camino, no te quedes quieto, no te detengas, el infierno está lleno de sabandijas, gusanos y arañas. Siempre avanza. Caminarás por el inframundo y debes conocer qué es lo que te espera. En el primer nivel del inframundo vas a encontrar un río caudaloso que debes atravesar, será mejor que en la orilla mandes llamar a Vago, el perrito de color bermejo que tenías cuando eras un niño, seguro acudirá a tu llamado, como siempre hizo mientras estuvo vivo. Después del río bajarás hasta dónde dos montañas se juntan, pondremos en la ofrenda papel amate, que representa el viento para que tu alma pueda pasar entre ellas; encontrarás después una montaña de piedra negra y fría que hará sentir a tu alma inmensamente sola, lleva alguna de las fotografías de la familia y las imágenes de los Dioses que cuidan de ella, y continúa hacia el cuarto nivel del inframundo en el que sentirás el viento de obsidiana, duro, filoso, inconmovible, que deberás resistir, porque sólo las almas de los muertos pueden soportar. En el quinto nivel del inframundo encontrarás banderas ondeando cuyo significado evoca las batallas enfrentadas en vida las personales, las de la familia, las del pueblo que llevamos enraizadas en las entrañas; su propósito es derrumbar el espíritu con una inmensa melancolía de los tiempos que no volverán, no te dejes vencer y continúa, hasta el séptimo infierno en el que tu memoria evocará el dolor de las flechas atravesando la carne, y el alma sentirá un dolor punzante, profundo e hiriente con que se representa la muerte misma. Sigue hasta la octava llanura, dónde están las fieras que comen corazones, lleva guardada en tu boca una piedra de jade para que pueda ser entregada en ofrenda y que puedas conservar tu corazón, cuando llegues a la novena meseta, te encontrarás en Chignahumictlán, y entonces, sólo entonces tu alma podrá descansar. No sentirás el tiempo pasar, aquí en la tierra habrán de correr cuatro años, podrás contarlos porque cada vez que uno año pase, justo en un día como hoy, los portales entre el mundo de los vivos y los muertos se abren y nos permiten enviarte los regalos que en este viaje haz de necesitar, toma todo lo que ella encuentres, en tu camino, cada elemento tendrá sentido, lleva el fuego de las velas para que te sirvan de cobijo frente al frío de la soledad y siempre iluminen tu camino, el agua suficiente para calmar la sed del espíritu, guarda el aserrín pintado y las semillas de frijol, arroz, maíz y cacao que representan la tierra y sus bondades, la piedra de jade que representa tu corazón, el papel mate en representación del viento, los pétalos de las flores para que recuerdes el camino, las calaveras y los huesos. ̶

Dicho esto, la vieja se transformó de nuevo en tecolote y fue a pararse en el hombro de mi muerto.

Entonces, con la mirada más amorosa que tuve para él, me despedí diciendo:

̶  Esto que te ha contado el tecolote es el proceso para morir. El ave será tu guía, comienza tu camino, sal de ese estadío, la tierra ya no es lugar para ti. La muerte es trascender. He puesto en la piedra de jade mi gusto por la muerte, mi amor por las flores, y una foto para que no me olvides. Déjame ahora ponerla en tu boca y dejarte partir. ̶

La Muerte

El azul de mis ojos se extinguió esa noche,

El oro rojo de mi corazón.

Georg Trakl, (poeta Austriaco)

“POR LA NOCHE”

Se escuchan las campanadas 12 para ser exactos, la niebla rodea el campo, el frío que envuelve es completo, el aliento de los árboles petrifica el fondo del silencio, entre las sombras se escucha el ruido de trenes de juguete, risas infantiles y unas cuantas voces dicen ¡Mamá! ¡Mamá! Buscan con sus ojos intactos rostros conocidos, siguen el sendero de rosas blancas cuyos pétalos son una especie de moqueta, incienso impregnado como perfume en noches silentes.

            Pequeñas almas incólumes regresan al hogar que dejaron hace un tiempo, observan a los vivos que hoy en abrazo de sol y luna se reencuentran con ellos, en especial a la luz de las velas esta siempre ella la de dulces ojos marrones, sonrisa cándida entona las canciones de cuna más dulces que el mundo ha escuchado… Makochi pitentsin  ,manokoxteka pitelontsin , makochi kochi noxokoyo , manokoxteca noxokoyotsin …(Canción de cuna Originaria de Gro),  traducc. Aprox. Que duerma mi niño  que no despierte mi pequeñito, mi niño, niño, mi niñito, Que no despierte mi pequeñito, que no despierte del dulce sueño…

            Acoge con sumo cuidado la fotografía sepia de marco antiguo de bordes dorados, la coloca en el centro del altar, flores blancas y de cempazúchil aromatizan la estancia, veladoras de todos tamaños   semejan los deseos perdidos, los sueños esparcidos entre los nardos silvestres, coloca los frutos favoritos, huele a tomillo, a romero y azahar  todo parece aldeas pobladas  por la multiplicidad de los colores, pan de dulce con pasas, miel, limón, naranjas dulces y un tamal de nuez son la ofrenda de este año, cada vez es un poquito diferente como la salida del sol,  a veces tan fuerte y otras más lejana.

            Este año del juguetero de la sala sacó un carrito de madera pintado de verde con vivos azules, tenía unas iníciales JCC, era tallado a mano, de rueditas torpes con ejes sencillos, cabina para dos pasajeros y un pequeño volante, puertas con bisagras y  lo colocó  junto a la foto infantil que no envejeció a pesar de los años, acercó una silla pequeña de un tamaño cómodo, cubrió su cansada espalda con un chal tejido con estambre y empezó a sentir mucho, mucho sueño, sus ojos se entrecerraban,  de momento, sintió que alguien tocaba su hombro derecho, suavemente como las caricias del viento en verano, abrió sus ojos marcados por los surcos del tiempo, al enfocar su mirada vio a un pequeñito de no más de 7 años con un pantalón corto, tirantes de tela con figuras de barquitos, una blusa con cuello époque blanca y una boina gris, sus luceros eran azules como el mar con el fulgor de la promesa de la juventud, sus mejillas como un arcoíris en silencio, extendió su pequeña mano derecha, en la izquierda llevaba ya el carrito de madera así que la anciana dejó de sentir las dolencias del tiempo, se levantó, tomó la diminuta mano y juntos madre e hijo después de muchas lunas, en silencio caminaron hacia Tonatiuh, por fin abrazados estarían hasta el final de los 5 soles.

            Así los fieles inocentes visitan a sus familiares, todos y cada uno sonríe por ser recordados, muchos dejan memorias de su presencia ese día  en el altar como jazmines, margaritas o claveles y regresan al hogar donde el centinela guarda la aurora, las campanadas de las 6 van a sonar…

            Mientras tanto en muchas moradas al calor del fogón, preparan la ofrenda de bienvenida para los fieles difuntos mayores, colocan instantáneas  para no olvidar las mareas altas y las cumbres de su corazón, acompañados de platillos que embelesan los sentidos, mole, arroz, cocido, calabaza en tacha, miel, trigo, cacahuates, café y un cigarro embriagan los recuerdos y salutant al caído, una cruz como la del mártir del Gólgota bendice los cuatro puntos cardinales, el copal es encendido y el humo apenas visible que brota semeja a alguien que danza en el valle con paso lento, remontado en lo alto del firmamento, así calma la niebla que una vez más visita a todos.

            Un arco es colocado en la cúspide del altar como símbolo de entrada para los muertos que son recibidos con alegría, todos se visten de luz y las palabras nuevamente entonan las pisadas que se estremecen en el embate de los árboles.

            Papeles picados que huelen a rojo, morado, verde, anaranjado y amarillo engalanan las columnas que se yerguen a los lados, todos en la inmensidad de un “hola” profundo cubren a modo de sombra cálida todo.

            Fuego que canta como las palomas que resuenan desde lo alto alumbran sutilmente el altar absolutamente se reduce a una vela o un cirio, tantos cielos de plomo resumidos ahí.

            Cacao y maíz en grano semejan la madre Tierra, que en oración colectiva abrazan a los presentes…

            Calaveras de dulce, amaranto, azúcar muestran siempre la calma de una llama que se apaga, semejan a una broma hacia la hermana muerte llamada así por el pobre de Asís, colocan el nombre de los que son para ellos ese instante, mal hacemos al buscar el nombre de los que late su corazón pues la Parca puede equivocar su toque y llevarse a quien no es su tiempo aún,  ellas en ofrenda divina adornan el lugar.

            Una medida de tequila o mezcal para seguir el convite y así eternamente esculpimos un credo de amor entre el hoy y el ayer.

            Un sombrero, un objeto personal muy querido se deposita como un pequeño fulgor ese destello dice a los visitantes que los moradores les extrañan, les aman y que como promesa en el desierto el agua viva brota del manantial.

            Una figura de un perro junto a la foto es colocada de barro o bronce debe ser un xoloitzcuintle para que les ayude a cruzar el río rumbo al Mictlán también un par de huaraches para no herir los pies.

            Y como ofrenda de rosas de un corazón solitario se reza un Rosario, se mezclan costumbres pasadas y presentes cuyo resultado es la piel de bronce, mestizos por fuera en  cuya sangre aún vive el Gran Moctezuma Xocoyotzin y así como el poema de Quetzalcóatl  anuncia la virtud de sus palabras como fandango, se despiden los Todos los Santos con la virtud y promesa de regresar.

            Atraviesan la noche fría con la solemnidad y júbilo en desahogo emocional, se asoman al balcón de la vida para despedirse de la orfandad que dejan y así siguiendo el camino hacia el Mictlán cada uno regresa llevando consigo dalias, farolillos y crisantemos que en suave brisa perfumaran el silencio y la vacuidad.

            Si aprendemos a escuchar, aún resuena  Netzahualcóyotl  cuando canta el caracol…

Miradme, he llegado.
Soy blanca flor, soy faisán,
Se yergue mi abanico de plumas finas,
Soy Nezahualcóyotl.
Las flores se esparcen,
De allá vengo, de Acolhuacan.
Escuchadme, elevaré mi canto,
Vengo a alegrar a Moctezuma.
¡Tatalilili, papapapa, achala, achala! (fragmento del Poema  “No en parte alguna”)

SINFONíA EN GRIS MAYOR

“Siempre habrá labios que digan una cosa
Mientras el corazón piensa otra.”
Alejandro Dumas “El Conde de Montecristo”

Las montañas se divisan en la lontananza majestuosas como la vida misma, vestidas con trajes multicolores de satín y seda como los días en primavera, sumergidas entre la música y el candor de un día soleado.

Respiró profundo intentando inhalar todo el oxígeno que le rodeaba, cada molécula entró en sus células, las bañó de prestigio y como meteoros que se salen de su cauce exhaló todo el contenido.

¿Cuántas veces las palabras no siempre salen del tintero como lluvia fresca de un mes de mayo? Muchas veces guardan distancia en el puente del pensamiento ya que no todos los mortales pueden entonar cánticos con ellas, acariciar la piel del alma o encender la flama de la pasión.

Ellas deciden hacerlo y entonces se lanzan en desbandada, fluyen como riachuelo en Akis que citó Ovidio.

Se veía una figura de pie bajo un árbol, el olor a arcilla mojada envolvía el ambiente delicado, suave, embelesaba todo como la misma estrofa de una canción que repites y repites sin final porque hay algo que te atrae como polilla a la luz, de tu mente y tus oídos no sale, está ahí como una ligadura de prolongación, ¡ahh! cuán difícil era decir esas dos palabras que le albergaban en el pecho, si detenía el tiempo, habría que reiniciar la historia desde el momento mismo en que le miró por aquella rendija de la escuela, que duraron un suspiro, un respiro, un latido…

Parecían dos palabras pequeñas de pocas letras pero le escocían el corazón y sentía una sed inmensa que quizá el agua de Lete le calmaría.

Observaba desde ahí la chimenea en cuyo humo bailaba al cielo en cándida danza como el paso de un ángel que era tan profundo como las simas en la playa de sus ojos.

¿Por qué no era capaz de enviar un mensajero con una misiva que dijera que estaba bien? ¿Una paloma? ¿Un poeta cantor?…
Sería acaso que ¿Habría dejado de pensar?, de ¿sentir? sólo debía uncir un par de yeguas, cruzar el valle del descanso eterno y llegar a su lugar. Pero los ríos no cambian su rumbo una vez que empiezan su cansado andar, continúan hasta juntarse con otras aguas y éstas llevan un poco de cada uno como ofrenda al mar que indómito, eterno, profundo e insoldable que permanece esperando que las sirenas canten y así poder tragar a los hombres que lo retan, así era su corazón tan difícil de amar y tan añorado, sentía al igual que Ecco era incapaz de completar las frases, cuan bien le hubiera sido escuchar a Orfeo en esos momentos pero pensó que todo sería fácil cuando las azucenas brotaran y los lirios bailaran, pero las cosas se complicaron poco a poco quizá para bien o no tan bien y últimamente los dioses no han sido muy benévolos, intentaba callar sus pensamientos que se le escapan como el perfume en esos días que alivian los dolores callados.

Cada vez que intentaba deletrear las dos palabras su voz enmudecía, las estrellas se dormían o Celeste se ría tanto que cuando mostraba su sonrisa menguante daban ganas de lazarla y hacer un columpio en ella.

El temor que sentía a la risa sardónica, era como el león de Nemea así que normalmente daba vuelta y continuaba con su vida, evitaba a toda costa que su corazón fuera estrujado nuevamente con minutos que le restan al día y a sus palabras no les faltara tinta.

Recordaba como un gorrión añora la libertad que reía tanto siendo feliz en su compañía algunas veces escasa, otras más prolija que en ocasiones se alejaban porque él prefería amores livianos, pasajeros, nuevos como los cristales de un caleidoscopio, experimentar sensaciones era lo suyo y tal vez en un acto de egoísmo dar minutos del día a quien él deseara eludiendo pasar un día completo, una vida o focalizar su atención en los que le rodeaban, madre, hermanos, amigos y quizá ella contaba entre aquellos, era fácil que él evadiera compromisos por vivir su existencia, nadie lo veía, si supiera que es tan estéril esa actitud, él con su galán porte conquistaba todo quizá porque deseaba comerse el mundo de una mordida, era fácil prometer a largas distancias, ser disperso en su moral y así tener un regazo caliente siempre, cuánto la entristecía esto a ella, sintió como el corazón se deshojaba y crujía como las ramas en invierno, la luz de la bóveda celeste dejó de titilar y el racimo de estrellas apostadas en el horizonte se abrazaba con fusión, calmó su brío, eran tantas vicisitudes que pararse frente a un camino colgante y ver el vacío era mucho mejor que volver a sudar frío, sentir que la sangre le abandonaba porque los pies se ensartaban a la tierra como los árboles de los bosques que están ahí en adolescencia perenne esperando ser tocados por el sol en desusado fulgor.

Caminó colina abajo sintiendo como el paso del tiempo es una sensación de temeridad como cuando observas un caracol caminar de modo pianíssimo y pareciera que la paciencia insensata ignora la lenta agonía de la mañana.

Se agachó para poder asir con sus manos calladas la marga bajo sus pies, se sentía diferente a la arena un poco más burda quizá porque las ninfas aún no bailaban en esa parte, deseaba mirar con los ojos ingenuos lo intangible pero los seres del bosque dejan de realizar prodigios una vez que se cruza la frontera de la incredulidad, para volver a esa parte del país del ayer se necesitaría más que un pasaporte y sabía que se requería…

Regreso a su hogar caminado por el pueblo cuyo piso estaba formado de adoquines pardos colocados en forma hexagonal que invitaban a brincar entre ellos con danzas infantiles y morir de risa al final del camino, escuchó un murmullo era ¿un recuerdo o visión? Fue la más hermosa visión, eran todos niños diferentes que habitaban el pueblo, con los mismos juegos canciones que una vez entonó y miró con sumo cuidado un espejismo, una niña pequeña de trenzas rubias con un remolino en la nuca, un poco de pecas en su infantil sonrisa y el mundo se lo comía con los ojos expresivos.

Estaba la pequeña sentada en la fuente, esperaba que la invitasen a jugar pero los niños no lo hacían, quizá era por su pequeña estatura, quizá por sus palabras extrañas o sólo sea un quizá suelto en el infinito esperando ser alcanzado por un cometa, con la pequeña había un hermoso perro color café, recordó su niñez.

Cerró y apretó los ojos, contuvo la respiración tres tiempos y al abrirlos la pequeña había desaparecido como lo que era, una ecco del pasado.

Continuó caminando por los pequeños espacios de las calles, tocaba con las manos las texturas corrugadas, suaves, ásperas de las paredes de las casa, negocios todo parecía una pintura de Pieter Brueghel en movimiento, hasta que por fin cruzó la campiña vestida de verdes, azules, granates, amarillos como la paleta de un pintor, divisó su hogar y sonrió para sí misma, estaba en casa…por fin.

Subió los tres escalones viejos de madera que crujían como si desgranaran el maíz en primavera, se limpió los pies en el tapete pequeño con un diseño amorfo ya, por el paso de los pies diariamente, abrió la puerta de encino y chilló suavemente como el ronroneo de un gato, caminó hacia la mesa del comedor y sentándose ahí abrió la misiva que estaba depositada junto al tarro de miel.

Las misivas que compartían a diario eran sobre todo y nada, desde el vuelo de las mariposas hasta que la noche abrazaba el orbe, pero las palabras pueden conquistar hasta el corazón más blindado pero son eso palabras que pueden realizar el milagro de experimentar que la luz opaque y confunda las cosas, a veces tan cercanas, a veces tan llanas.

Sonreía cada vez que su inocencia se nutría de fragancia y que la alegría dejaba de estar enlutada, pero la lejanía de sus hogares, las multitudes de las personas que le rodeaban, los separaba, si era intricado convivir casi a diario más lo era así.
Todo se enreversa cuando empiezan a interactuar las playas profundas del verano en el mirar de cada uno, tenemos simas y cimas insospechadas, algunas muestran yerros penosos, otras tantas esperanza engarzada en el cuello.

Habían pasado muchos inviernos juntos, hablando del futuro que se difuminaba siempre con las evasivas de viajes a diferentes reinos, cruzar mares o simplemente dejar de importarse.

Deseaba escribir una carta que fuera tan larga o tan corta como las lágrimas del rocío acercarse, buscar y hallar son letras en movimiento cualquiera diría que es decisión pero no es sencillo para quien ha sido contenida toda su vida, ver la vida como la veía en ocasiones, como un alma vieja que no encaja fácilmente en el rompecabezas diario quizá por eso no le invitaban a jugar de niña y cuando empezó a compartir esas cartas, momentos, instantes y amor supo que ahí radicaba su corazón.

Al mirar por la ventana y recordar aquella luz que indicaba que estaba él en ese momento ahí, al calor de la fogata sintió unos golpes como espuelas en el pecho, era como el plomo caliente vertido en sus venas, no había experimentado esas sensaciones nunca, pero están ahí como la ropa en un baúl que al necesitar algo del fondo, empieza a sacar todo, sintió que estaba colorada en la cara por fortuna nadie le vería así. ¿Qué era lo que sentía?… Su alma ya no era incólume.

Empezó a escribir la carta, la enviaría y esperaría una respuesta, quizá llegaría en un día, un año o nunca.

Así lo hizo y…

La mañana de tres otoños después justo antes de caer la última hoja, alguien tocó a la puerta, realmente hacía frío pues el chico que estaba frente a ella tenía la nariz de grana, usaba un gorro curioso pues al parecer un día le tapó toda su cabeza pero ahora parecía un Kipá la imagen parecía una caricatura de sus cuentos infantiles, el chico pidió un poco de cocoa caliente y entregó lo que llevaba en la mano.

Abrió el sobre, tenía sellos extraños y parecía que había tardado un par de meses en llegar a su destino, leyó con sumo cuidado mientras el chico se extasiaba con las pinturas colgadas en las paredes, estaba un Rembrandt, un Pollock , las Meninas de Velázquez entre otras, todas colocadas exquisitamente en la sala, resaltaban por el color vainilla claro de las paredes, en el salón había un sillón mediano para dos personas, cuyo tapiz era sepia, dos sillones individuales dispuestos con cuidado frente a una mesita de centro con patas victorianas, podrías sacar fotografías ahí y parecería una sala de museo de la Capital, realmente hermoso.

Olía a benzaldehído (aroma similar al de las almendras), Vainillin todo era como esa fragancia deliciosa de los libros antiguos, la casa entera estaba impregnada de recuerdos, voces, sueños, y perfumes que te invitaban a volver en el tiempo y ver a la abuela en la mecedora tejiendo el chal eterno, el viejo perro Golden a sus pies y la música de cornamusas, de la cocina venía el dulce olor a pan recién horneado, por eso el chico no sintió el intervalo del reloj, mientras ella leía y releía la carta, era increíble él había partido a un viaje de esos que acostumbraba largos y desconectados del mundo, viajó al reino de Siam, en la expedición contrajo tifoidea muy común en aquellas zonas, así que perdió la batalla contra Mórrigan y en sus brazos cruzó para ver a Taranis.

Agradeció al chico la atención de llevar ese sobre tan esperado como el vuelo de las golondrinas a pesar de las inclemencias del tiempo, obsequió un poco de chocolate en barra para el camino antes de que helara más. Cerró la puerta que exhaló una mueca y dispuso arreglar una maleta, debía despedirse de quien en un tiempo había sido todo y nada.

Tardaría en llegar, con ese clima no es fácil cruzar la campiña que ahora empezaba a vestir pureza combinada con un dejo de tristeza, salió en su caballo y emprendió uno de los viajes más difíciles de su vida… despedirse de él.

Llegó al camposanto, caminó al mausoleo y vio a la madre ya anciana de aquel que amó en su infancia y juventud, reprochando todas las palabras que no se dicen, que no expresan, abrazos que no llegan, momentos que no se atesoran…

Rodeo con un abrazo cálido de esos que no te rompen sino cobijan, a la figura marchita, de cabellos como espuma del mar y ambas lloraron.

Antes de salir de ahí, dijo quizá las dos palabras más difíciles de su vida, esas que albergaron en su pecho muchas décadas, palabras que tal vez hubieran bañado sus mañanas de marzo, cubierto sus noches de abril y ahorrado tantas cosas, entre la falta de tiempo, decisión, timidez, la eterna postergación y esa resistencia a madurar.

Miró los restos depositados donde ya no hay recuerdos y pensó que los seres humanos somos juegos de azar complicados, amamos la ilusión de una imagen y perdemos la cercanía de los que nos rodean, nos enganchamos como globos aerostáticos para ver un panorama general y algunos pierden la perspectiva particular. Probablemente en esta vida ese cuento le tocó vivir y ambas historias en algún capítulo se engarzaron para algún día terminar en el mismo estante de una librería.

Este no era el tiempo, así que salió de ahí, al fondo se escuchaba una sinfonía Adagio de Albinoni, con un acordes un poco más grises, parecía una Sinfonía en gris Mayor y nuevamente pronunció las dos palabras que eran… ̶ Te extraño ̶ . Ahora sonaban más fluidas que otros momentos, y eso era bueno.

Salió de ahí, sonrío de nuevo y dejó atrás el pasado, era tiempo de volar.

Caresu.