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Jud Garrido

A un mes 19s…

La primeras noches fueron de insomnio, por salir a las brigadas a ayudar o porque qué tal que no escuchaba la alerta sísmica a tiempo, o qué tal que empezaba a temblar y no sonaba la alerta… mi cabeza sólo pensaba cómo hacer más para ayudar, mi corazón se alegraba hasta las lágrimas de sentir el de mi hijo latir a mi lado y saber a salvo a mi gente; se encogía de dolor cuando compartía momentos con las personas al no querer alejarse de sus hogares a punto de colapsar por que habían sacrificado tanto para tenerlo. Mi alma se rompía por completo al ver a las familias esperar por sus seres queridos, ¿de dónde se toma la fuerza para soportar eso?

Pero la vida sigue a pesar de las pérdidas, y uno recuerda el valor de los que hoy están y de lo que hoy tenemos. Reconstruir no sólo muros, también vidas, no es fácil. Si no olvidamos que no sólo en las catástrofes, también en el día a día hay personas reconstruyendo, y ayudamos de alguna forma, el nuevo panorama puede ser mejor.

Reseña de “La soledad de los números primos”

“Sí, lo había aprendido. Las decisiones se toman en unos segundos y se pagan el resto de la vida”.

Paolo Giordano

Historia de amor basada en la romántica idea de un amor que “siempre está ahí” aunque nunca esté en realidad; una persona que te saca de la nostalgia pero nunca de la soledad. Ésta se apoya en el concepto de los números primos, (de ahí el nombre), donde cada pareja de primos gemelos están “condenados” a estar siempre cerca pero nunca juntos.

La considero una historia con la que muchos podríamos identificarnos de alguna manera, la necesidad, y/o casualidad, de tener un amor que te reconforte en los momentos de aflicción.

También me parece interesante la manera en la que el autor equipara una historia de amor con las matemáticas, considero que la hace una historia ingeniosa e incluso fácil de entender. Sin embargo también me hace reflexionar, ¿en realidad las personas como las ciencias exactas estamos destinados a algo y sólo eso?, ¿No tenemos decisión sobre nuestro futuro?, ¿Qué tanto usamos de pretexto al destino para no decidir ni hacernos responsables de nuestros actos?

Asimismo pienso en como cada personalidad moldea y demuestra el amor de distinta manera, nuestra historia de vida nos marca y con ello nuestro andar y nuestra esencia. De esta manera se observa como los protagonistas de ésta narración quedan marcados por hechos dolorosos en su infancia y a partir de ahi, marcan una pauta en su manera de seguir por la vida.

De igual manera me hace recordar “la ley de atracción”, que no sólo pasa en la física, también con las personas; existen relaciones difíciles,  mientras que otras fluyen de manera suave y misteriosa. Pienso que hay personas con las que la química es indiscutible y que en contra de eso nada se puede hacer.

Considero que es un libro que vale completamente la pena leer, no sólo por la ola reflexiva a la que te lleva, sino también por el placer de leer una historia de amor algo estereotipada y aún así bastante cercana a la realidad.

Datos curiosos del autor:

Paolo Giordano, italiano, físico y con veintiséis años en el momento de escribir esta historia. Galardonado con el premio Strega de narrativa 2008; ha despertado mucho interés después de esta novela la cual es conocida mundialmente.

Datos bibliográficos:
Autor: Paolo Giordano
Editorial: Ediciones Salamandra, 2009
1° edición, febrero 2009
20° edición, noviembre 2013, España
Traducción, Juan Manuel Salmerón Arjona
ISBN 978-84-9838-205-1
Impreso en España

2016

 

Me preguntaron que me trajo el 2016, y lo primero que me vino a la  mente fue todo lo que perdí en el 2015. Perdí a mi madre. Se me fue de entre las manos con un cáncer avasallador y no lo quise ver. Ni siquiera el mismo día de su muerte, me volví ciega por mi propia voluntad. No vi su dolor, ni su fatiga, ni su falta de apetito o de ganas de vivir.

Perdí a mi pareja. Me cansé de luchar por conservarlo.  Remitió mi  ceguera.  Ahora sí pude ver mi dolor,  mi fatiga,  mi falta de alegría y de ganas de tenerlo a mi lado. Se fue y yo lo deje ir.

Inicié el año con las manos, el corazón y la casa vacíos. Sin rumbo, sin oficio ni beneficio, sin ganas de vivir. Fue ahí, en ese desierto de desolación y oscuridad que empezó mi camino por el 2016. Fui dando pasos, a veces avanzando, a veces retrocediendo.  El miedo, el enojo, el dolor y la negación eran mi equipaje. Lo probé todo, la lógica, libros, terapia, yoga, meditación, ejercicio. Nada podía contra ese vacío interno que como hoyo negro iba devorando hasta la última chispa de luz en mi interior. Y fue entonces que me metí de lleno en el universo femenino, ese de cafés y desayunos, de tardes de compras, de compartir recetas y tarde que temprano confidencias ¡Aprendí tantas cosas!

Que el amor es gratis, que no necesitas esforzarte para ser amado. Lo eres porque sí, o no lo eres, no importa lo que hagas.

Que los errores son la maravillosa manera de la vida de hacerte cambiar de camino, de mirar hacia otros lados, de crecer y aprender.

Que el dolor se acaba y en su lugar pueden quedar cosas tan valiosas como recuerdos, perdones y nuevas alianzas.

Que siempre hay gente hermosa a tu alrededor lista para tenderte la mano, sólo tienes que levantar la mirada.

Que mi vida me pertenece, al igual que mi alegría o mi tristeza y por lo tanto es mi responsabilidad.

Que el amor y la amabilidad empiezan por uno mismo. Quiérete mucho, perdónate todo y sobre todo, aprende la lección.

Que las mujeres somos hermosas, fuente de amor y fuerza inagotable, somos hermanas todas y cada una. Somos la misma.

Eso me trajo el 2016, sabiduría femenina. No me queda más que dar gracias infinitas a mi madre, por no ser perfecta, a mi hermana y mi hija que me han enseñado montones, a mi tía que me cobija con su amor y a todas mis amigas que con su cariño y carrilla me han ayudado a recuperar lo que nunca debí haber perdido, mi identidad.

Las fronteras del amor

Todos hemos escuchado estas frases tan trilladas:

“El amor no conoce límites ni barreras, el amor lo vence todo y te cura de todos los males, el amor es el motor del mundo”

A mi entender, es verdad que el amor nutre, es vida, es luz. Pero no todo lo que hoy en día llamamos amor lo es en realidad. Existen otras cosas a las que también, por pudor, por ignorancia, por vergüenza, colocamos el mismo nombre. Por ejemplo: el deseo, la pasión, la necesidad, la dependencia, el apego, el miedo a la soledad, la costumbre.

Por supuesto que todas estas cosas tienen cabida en el caleidoscopio de nuestras emociones, pero no hay que cambiarles el nombre o la identidad porque solo nos engañamos a nosotros mismos y nos decepcionamos y culpamos al amor; que ni vela tiene en este entierro.

Yo confieso que he vivido toda mi vida equivocada, pensando que el amor no tiene límites. Ahora sé que no sólo eso no es verdad, sino que esa falsa creencia ha sido la mayor fuente de mis desdichas como mujer.

Las fronteras del amor no son cosas tangibles, como la distancia o la diferencia de culturas o idiomas, o la oposición de las familias, sus límites son terreno de lo incorpóreo, lo espiritual, lo sutil. ¿Cuáles son, me preguntas? La autoestima, la dignidad, la alegría y el respeto son algunas de las que me vienen a la mente, son las que yo perdí en mis fallidos intentos de amar.

¿Qué sucede cuando se cruzan esas fronteras? Quedamos fuera del territorio del amor y entramos a otros dominios, al del abuso, el servilismo, la esclavitud, la violencia física o psicológica o algún otro terruño que te va matando de poco a poco o con rapidez.

Todo esto me confirma lo que dice el viejo adagio, el amor no duele, duele el ego, duele el desamor, duele el desapego. Cuando el amor se ha ido, hay que soltar y crecer. Reencontrarse con uno mismo y llenar la vasija del alma para poder volverlo a intentar. Porque al final es verdad que por amor vale la pena vivir.

Aniversario Luctuoso

He escrito bastante lo difícil que fue perderte y lo que tardé en reorganizar mi vida después de tu ausencia.

Con los días, los meses, los años, con todo el tiempo sumado también llegó el olvido. Este mes nos convocamos a la misa de aniversario luctuoso, hace 22 años de tu muerte. Llegamos los que tenían que estar, aunque estoy segura de que sigues presente en la memoria de muchos más. Aprovechando la cercanía de las fechas entre tu aniversario y el 2 de noviembre, mencionamos también a los tuyos. Para no decir tantos nombres, diré que te queda viva una hermana, tu marido y tus hijas y que los dos primeros me perdonen si digo también que nos quisiste más a nosotras, más que a ellos, más que a todos. Al menos así sentí siempre tu amor incondicional y totalmente entregado.

Podría meter en una lata todas las cosas que han cambiado en tanto tiempo, las películas que estoy segura que te hubieran gustado, las salas de cine VIP, la nueva televisión con sus efectos especiales, netflix y los lentes de realidad virtual, madre, son “la onda”, estoy segura de que los habrías disfrutado mucho.

Cuando menciono tu nombre entre los que te quedan vivos escucho que el olvido llegó con el tiempo y tu recuerdo vive en nuestra memoria, un poco distorsionado por cada uno. Cada quien recuerda diferente y ahora hay varias versiones de ti, a unas no las reconozco, y otras me sorprenden. Trato de recordarte y me convenzo a mí misma de que te gustaba el chocolate, ¿te gustaba el chocolate? o es acaso que me gusta tanto el chocolate que pienso que también te gustaba a ti… a veces me confundo, se me ocurre que es una distorsión de mi memoria que te incorporó a mis gustos, y ahora no estoy tan segura de recordarte “separada de mí”.

Así nos ocurre ahora, escucho recuerdos de lo que hacías, decías, pensabas y desconfío. Por eso estoy haciendo una lista, escribo en ella para dejar un registro menos engañoso y más confiable que las mentes de los que te sobreviven. Te gustaba el café, o las tardes de café con las amigas, sabías tejer con aguja, no recuerdo que lo hicieras con gancho, hacías manualidades en migajón y papel albanene. Te gustaba dibujar y los perfiles de personas  te quedaban particularmente bien. Escribías en manuscrita y tu firma era imposible de imitar. Cocinabas rico, y todos los días nos preguntabas qué queríamos para comer. Te gustaba cantar y te recuerdo improvisando algunos pasos de baile en la cocina. Parecías divertida, entretenida y siempre, siempre, siempre estabas ocupada en algo.

Una de estas tardes, platicaba con mi hermana, curiosa le pregunté si ella también tenía el recuerdo de las carreras locas para no ser alcanzada por la mamá encolerizada que venía detrás dispuesta a impartir castigo. Porque la preocupación era que no me alcanzaras a mí, entonces, con tanta prisa, no miro en los recuerdos la imagen de mis hermanas. Ya me ha confirmado que sí, los castigos eran democráticos, las memorias compartidas coinciden.

Sé también que eras enojona y de muy mal carácter, orgullosa y guardabas muy bien los rencores. El amor que sentías por tus hijas era más grande que cualquier desafío. Entre mis memorias construyo una mujer que es mi origen, mi fuente, mis raíces. No más mis razones. Hace tiempo que dejé atrás tus enseñanzas madre, porque he tenido que enfrentar desafíos nuevos, y la caja en la que guardaba tus enseñanzas se quedó sin respuestas ante los retos, las afrentas, las batallas que elegí y las que me eligieron.

Hace años que voy creando un camino propio, y tú vienes dentro de este corazón mío, latiendo en cada paso y susurrando en mi mente “honrar es el camino de los valientes”.

Gracias por tu amor que aún hoy me cobija y protege.

Tu recuerdo me acompaña siempre.

Estamos en paz madre.

Anturios y rosas

Domingo en mi pueblo. Habíamos recibido la llamada de mis tías un día antes, avisando que la cita con motivo del día del padre sería donde el abuelo a las 12 de la tarde. Me desperté con la cita en la cabeza, de ninguna forma podía faltar, casi no estoy en el pueblo, y cuando estoy siento que no me da el tiempo y casi nunca paso a verlo. Por él y por mi abuela siento un amor infinito. Sé que saben cuánto pienso en ellos, pero a veces no se trata sólo de pensar, hay que hacer presencia. Llegué puntual a la cita, de la mano de mi madre. Vimos como otros hijos y nietos llegaban  caminando desde sus casas, otros bajaban de sus autos, todos llenaban de color el camino con sus regalos del día del padre, llevaban hortensias, gerberas, lilis, dalias o geranios. Ahí estábamos todos, visitando a los que amamos.

Improvisaba como soy, antes de entrar tuve que detenerme en un puestecito para elegir mi regalo. Definitivamente serían rosas, rojas para el abuelo, y rosas para la abuela; anturios venían en camino, papá los traería del jardín de la casa. No era día de muertos pero bien lo parecía. Soy de las personas que piensan que es lindo hacer estas visitas, pero en el puesto de flores una mujer no lo entendía. Criticaba la forma en que gastábamos el dinero en flores que disparan sus precios en días festivos como estos. Decía que día del padre o la madre puede ser cualquier día, que por ejemplo el día de la virgen sí era sólo el 12 de Diciembre. Su marido la dejaba hablar sin prestarle atención, mientras esperaba su turno para elegir unas flores. Me quedó claro que era él quien iba a visitar a alguien y que ella creía que había una mejor forma de gastar el dinero que en flores para los muertos. La mujer siguió hablando pero no me detuve a analizar su argumento, la primera parte de la única frase que le oí era obvia y la segunda contradictoria. Pagué el precio inflado de las rosas y subí con mi madre a donde están mis abuelos. Pensé que las visitas que les hago son con el mismo sentimiento de cuando en vida iba a verlos. Llego, los saludo, quiero contarles algo, con la diferencia de que al llegar a este punto recuerdo que no estoy en la sala de su casa y se me hace un nudo grande en la garganta. Quiero contarles todo lo que ha pasado en mi vida desde el día en que se fueron pero me quedo paralizada frente a sus tumbas como si se detuviera el tiempo. Leo sus nombres en piedra, la fecha en que nacieron y la fecha en que se fueron. Recuerdo el año en que estamos y de golpe siento los años que llevo sin ellos. Mi madre entiende lo que pasa porque quiso muchísimo a sus suegros y sé que ellos también la quisieron. Juntas permanecemos en silencio, ella se encarga de colocar las flores, y cuando mi padre llega con los anturios los integramos con los rosas en una breve ceremonia que personaliza el arreglo. A mi abuelo le gustaban esas dos flores y a mi abuela creo que le gustaban todas. Me alegra haberles llevado flores en vida  y recuerdo sus rostros sonrientes. Siento paz, pero sigo sin poder decir nada, me parece increíble que las emociones aprieten tan fuerte. El nudo en mi garganta permanece hasta el momento de irnos. Antes de darme la vuelta les sonrío, sustituyo con eso la plática que no tuvimos. Con los labios cerrados construyo sus cuerpos en mi mente, ahí los abrazo y me despido, hasta la próxima que tenga fuerza para venir a verles. Me gusta mucho recordarlos pero venir aquí me cuesta trabajo. Le echo la culpa al nudo y al peso de sus ausencias que siento cuando estoy frente a sus tumbas. No me explico esta emoción brotando de una mujer como yo, lo único que se me ocurre es que ese nudo y ese peso son proporcionales al amor que les tengo. Recuerdo a la mujer que no entendía el acto de llevar flores a los muertos y pienso que si a la mayoría le pasa como a mí, si también se quedan mudos en las tumbas aunque sea un momento, las flores tiene sentido. Los que amamos suelen irse pero no se va el sentimiento. En mi caso, a mis abuelos que amo les llevo anturios y rosas para decir que aquí los seguimos queriendo.

Todos estamos un poco ciegos

Era una mañana soleada, iba manejando y me detuve en un semáforo en la calle de Cuitláhuac y alguna otra. En la esquina había un indigente, no tenía pantalones puestos, aunque su piel estaba tan sucia que en realidad no se distinguía entre el gris de los andrajos que llevaba colgados por playera y el gris de las piernas. Llamaba más la atención el cabello enmarañado con el volumen propio de dos o tres cabezas encimadas también de color gris. El indigente y sus no pantaloncillos puestos, la gente alrededor no se ofende con la escena. Es más, parece que el hombre es en realidad algo menos que una sombra, porque nadie lo mira.

Hacía un par de días había terminado de leer “Ensayo sobre la ceguera”, de José Saramago y recordé una parte en el libro en la que de noche, la esposa del oftalmólogo se levanta de su camastro para tapar bien al niño estrábico, (Saramago lo describe mucho mejor que yo). Entonces el marido médico se levanta y se mete en el camastro de la chica de gafas oscuras y ella lo recibe. La mujer del médico se queda mirando el camastro pequeño ocupado por la chica de las gafas oscuras con su marido encima, y los deja.

Luego miro yo al indigente y me quedo con algunas ideas…

Viene a mi mente la teoría de “La pirámide de Maslow” esa que nos dice que las necesidades humanas se ordenan por jerarquía, y la del sexo es una de esas necesidades fisiológicas de las más bajas.

Así pienso que la mujer del médico fue testigo de esa sigilosa huida del marido al camastro de la otra mujer. Y así debieron ser los arrumacos incipientes de los ciegos encerrados en el edificio abandonado imaginario de Saramago.

Regreso mi atención al indigente de la esquina pensando en lo lejos que estamos de la autorrealización y las necesidades del ser y “del alma”, de lo lejos que estamos del amor sublime, compasivo, verdadero.

¿Acaso no todos estamos un poco ciegos?

Los ciegos de Saramago ocurren en una historia escatológica y grosera. En nuestra realidad cotidiana estamos ciegos por elección, decidimos no ver lo que nos causa miedo o lo que nos incomoda. La ceguera blanca la encontramos en estas realidades que ocurren en la mitad de lo cotidiano y decidimos NO VER. El perro callejero que anda con sed, el indigente con la piel tan sucia que parece más una sombra que un humano. El niño que pide una moneda en la esquina de una calle en lugar de estar en una escuela aprendiendo a escribir y tantas otras, tan cotidianas en las que nos comprometemos tan poco.

Los ojos tienen que ver con el alma y su propósito de vida, con el valor de cambiar cualquier circunstancia que nos acerque a nuestra mejor versión de nosotros mismos.

Tener ojos y querer VER con ellos, es (de forma simbólica), el equiparable a estar en el nivel más alto de “La pirámide de Maslow”, Ya luego ahí, seguir inventándonos metanecesidades. El semáforo cambió a verde, a diferencia del libro de Saramago, no me quedé ciega y continué el camino a casa, a mi pequeño refugio donde la violencia y el miedo no me alcanzan.

LA LUNA NUEVA DE CÁNCER

La era de la conectividad tiene sus ventajas. Personalmente me encanta sentirme a un clic de todo, leyendo todo el tiempo. En la calle, en la casa, en el transporte, en el baño, podemos recibir llamadas, mensajes, ubicaciones, noticias y todo lo que necesitamos o no. Lo poco común es recibir una advertencia en lugar de un meme en uno de tus chats de whatsapp, y es menos común cuando es de este tipo: “Chavas, ayer fui a una plática de la luna nueva en cáncer y les cuento cómo se ve venir este mes: cambios emocionales, hay que prepararse para las tres semanas más negativas del año, que vienen por ahí del 27 de julio al 17 de agosto, la energía de cáncer nos invita a separarnos, a buscar nuestro propio bien, así que podemos tender al egoísmo, la envidia y los celos.” Me limité a contestar que a mí se me había adelantado la maldición esa de cáncer, y que estaba viviendo el caos de la semana de capacitación en mi nuevo trabajo. Lo hice para ser cortés porque a diferencia de mi amiga profeta de los planetas y satélites, yo no creo en esas cosas. Por algo dejé de ir a la kabbalah, no sin antes decirle a mi tutora lo que pensaba de su centro, donde no se permitía hacer preguntas en clase porque nosotros teníamos que encontrar la respuesta solos, y si teníamos demasiada información podíamos hacer “corto circuito” ¿No era más fácil generar un verdadero interés para que nos inscribiéramos a kabbalah 2, en lugar de prohibir preguntar? En fin, los planetas y yo, nada que ver, están tan lejos que prefiero concentrarme en otras cosas, además ¿celos yo? Soy la persona más equilibrada que conozco, mi novio tiene una mejor amiga desde hace diez años (dos años más de los que llevamos de relación), con ella sale a tomar cerveza, va a conciertos que a mí no me interesan, la invita a la casa, y  sí, a veces es un mal tercio, pero creo que ella no lo nota, y yo no me pongo loca porque respeto la individualidad, tengo ideas firmes sobre la importancia de la amistad, la identidad, los círculos y la vida propia, así que no me afecta, aunque todos a mi alrededor me hagan advertencias todo el tiempo, diciendo que es demasiado, que tendría que poner a esa mujer a raya y que soy demasiado permisiva con esa amistad. No señores, simplemente así somos las personas que tienen los pies en la tierra y no la cabeza en los planetas. A mí me gusta la filosofía, el análisis, el diálogo, no las inseguridades.

En fin, después de esa breve y profunda reflexión decidí dedicarle unos minutos al ocio facebookero. Era jueves por la noche y él había salido, no con su mejor amiga sino con nuevos amigos del trabajo a festejar el triunfo de la selección francesa. Como el futbol y yo, somos tan lejanos como esos planetas que pretenden afectarnos, siempre prefiero quedarme en casa haciendo mis cosas, fomentando el respeto al espacio y las aficiones de los individuos que forman la pareja. Iba a tomar mi laptop pero la verdad es muy lenta, así que aprovechando la ausencia, tomé la de mi novio. WWW.FACEBOOK.COM y su sesión estaba abierta. Me sé la contraseña, pero creo que una sesión abierta en la pantalla de una computadora puede con cualquiera, o al menos pudo conmigo. Empecé a revisar los inbox y encontré una plática con la mejor amiga, había memes, cosas banales y de pronto un link que llevaba a un cartelito que decía “Odio la maldita distancia que nos separa y no poder estar todas las noches a tu lado”, al cual le seguía uno que decía “Quisiera poder traspasar la pantalla y poder besarte, y así abrazarte y decirte que te amo”…entonces sentí como todos mis demonios se desataron, y empezaron a usar mi cerebro para planear venganzas, las desapariciones forzadas de ambos, quería hacer una escena y aventar toda la ropa de Roberto por la ventana, ir a casa de su amiga y arrastrarla de los cabellos por toda la cuadra. Me sentía burlada, traicionada, colérica, ¡cuántas veces me lo habían advertido! y yo, inmersa en ese estúpido discurso de la confianza en uno mismo y en los otros, simplemente no lo vi. Me la pasaba defendiéndolos, hablando de la amistad hombre-mujer, de la amistad en sí, de la importancia del respeto a los afectos de los otros, y resultaba que a mí no me respetaba nadie, que me habían visto la cara, ¡que era cierto! No había que confiar, había que poner límites, ser territoriales, posesivos, agresivos. No tenía que ser abierta, tenía que haberla puesto a raya. Pintar rayas,  todas las que fueran posibles, rayas que dijeran “hasta aquí tus afectos, propiedad privada”, fronteras con púas, campos minados, donde el que se acerque salga volando. Pensaba en todas las medidas que pude haber implementado, todas esas herramientas de novia celosa y berrinchuda que mis amigas me habían recomendado; las llamé inseguras, y ahora lo veía claro, eran mensajes de sabiduría milenaria lo que había rechazado, ¿Cuándo se había visto que una mujer confiara en otra? ¡Nunca! ¡Era obvio! Sólo a mí se me ocurría esa patraña de la confianza, y ¿cómo había resultado? ¡Me habían traicionado! Pero ¿desde cuándo? ¿Meses? ¿Años? ¿Acaso me parecía a la patética protagonista del libro la mujer rota? La tonta a la que el marido lleva engañando ocho años, la pobre a la que compadecía la semana pasaba mientras daba vuelta a las páginas. No…no me parecía… ¡era yo! ¡Así de tonta! ¡Así de patética!

No resistí, le marqué a mi novio y le dije lo que había encontrado, él, con unas copas encima y arrastrando las palabras decía no entender de qué hablaba, me enojé tanto que le dije “si tú no te acuerdas, tal vez ella sí se acuerde”, clic, clic, clic, conectividad, llamada tripartita para enfrentar la realidad, para tomarlos por sorpresa para que no se pusieran de acuerdo con una coartada…Contestó la amiga, con voz soñolienta, escuchó mis reclamos, di lectura a las frases de los cartelitos, decía tampoco entender nada y reventé, clic, clic, clic, screenshot de los cartelitos, enviar en el grupo de whatsapp, y entonces ella se acordó y dijo “¿Recuerdan a Viggo, el chico de Finlandia que conocí por tinder?”…y entonces yo me acordé. Ella se había ido a Chipre por trabajo y a su regreso Viggo había dejado de mostrar interés, lo stalkeamos y vimos en su muro de facebook ese link sobre el amor a distancia… dedujimos que alguien más había entrado en acción, separando a Karina del guapo extranjero que parecía finalmente ser el bueno para una relación seria. Me quedé muda, pero del otro lado dieron respuesta, Clic, clic, clic y la amiga mandó screenshot de ese mismo link, con esos mismos cartelitos en el muro de Viggo. Los demonios dejaron de atormentar a mi cerebro por un minuto, y él aprovechó para sacar todo el expediente de la historia de Viggo; era cierto, ahí estaba todo, ¿cómo se me había olvidado?

Mi novio le dio las gracias a su amiga por la evidencia y le ofreció una disculpa por haberla despertado en medio de la noche por una confusión, ella con la tranquilidad de haber probado su inocencia se despidió  con un “No se preocupen, bye”. Estábamos sólo él y yo en la línea, me dijo que hablaríamos cuando llegara a casa, pero que debía pensar en la escena que hice por no haberle dado dos minutos para hacer memoria. Colgó y me quedé sola, con el ego y la seguridad de mujer intelectual burlados por esos demonios que se reían de mí tras haber escapado en el mejor momento. Mi cerebro preguntaba “¿qué te pasó?”, y a mí sólo se me ocurría una respuesta lógica: soy escorpión, el más celoso y posesivo del zodiaco, signo de agua particularmente sensible a la actividad de los planetas y satélites, y hoy entró la luna de cáncer, era obvio que algo así pasaría.

El amor y mis locas interpretaciones

¿Cuándo fue la última vez que te sentiste amado sólo por el hecho de existir?

Recuerdo que de niña cuando cursaba preescolar, me gané una “abejita trabajadora” en mis trabajos de la escuela, en lugar de los divertidos periquitos que hacían parecer mi libreta como jungla brasileña. Mi mamá me festejó con un gran beso y le contó a mi papá, él también me plantó un beso en mi pequeño cachetito con esa gran bocaza suya.

También recuerdo que, cuando no obedecía o hacía alguna travesura, me hacía acreedora a tremendos manazos para evitar que volviera a repetir la hazaña. Como la vez que debido a esos insaciables deseos de explorar el mundo decidí abrir el radio portátil de mi madre, estando encendido, para ver cómo las personitas que estaban encerradas ahí cantaban sin parar.  Creo que la suma de esos acontecimientos me llevó a hacer mis locas interpretaciones de cómo obtener amor:  haciendo bien las cosas. Pero, si siempre quiero ser amada ¿cómo es posible hacer siempre bien las cosas? Aaaaah! pues ahí les va el secreto de la metodología que consideré infalible: ¡Busca controlarlo todo, incluyendo a las personas, por supuesto! Busca que hagan, a como dé lugar, lo que tú consideras correcto, para que todo salga de maravilla y seas apreciada y amada por el mundo entero.

¡Vaya forma de sabotearme por más de 30 años! En mi búsqueda de ser amada y apreciada por todos me perdí en un pantano emocional en el que, mientras más me movía para salir de ahí, más me hundía.

Mi estrategia predilecta para tratar de controlarlo todo era hacer uso de la violencia, desde usar un tono coercitivo, hasta imponer mi voluntad cada que me era posible. Después de todo, si te sentías agredido por mí, lo lógico es que dejarías de hacer lo que provocaba mi ira ¿no es así? Pero como esta estrategia no funcionaba, y la lógica es lógica, entonces el problema radicaba en la intensidad, así la violencia creció y creció y creció…

Llegado el punto en el que la violencia no funcionaba, la siguiente estrategia era jugar el juego de la salvadora. Sí, esa que solía decir: “a pesar de tus deslealtades estoy dispuesta a apoyarte en lo que necesites a cada momento”. Y cuando esta estrategia tampoco te incentivaba a hacer lo que yo creía era mejor (inclusive para ti), entonces aparecía la víctima, quien lloraba secretamente por los rincones quejándose amargamente de cómo en incontables ocasiones había salvado a aquellas malagradecidas personas por las cuales me había sacrificado hasta el punto de olvidarme de mi misma.

¿Puedes darte cuenta de mi juego?  Si me amas harás lo que yo creo que es mejor para ti y me amarás aún más por eso.

Si te has sentido identificada con algo de lo que he vivido, realmente no es una sorpresa, hemos crecido en una cultura donde el error es castigado con desamor, desacreditación y desvalorización; pero está en cada una de nosotras darnos cuenta de todo lo que hacemos y que nos aleja de todo propósito para ser felices, para hacernos cargo de desaprender y reaprender.

Lo único que la vida espera de mi es que sea feliz.

Carta a una hermana

Me han pedido que escriba una carta mencionando las cosas que me gustan de ti. Aunque mi reacción fue de contento, nunca imaginé la alegría que sería para mi platicarte lo que me gusta, lo que admiro y lo que envidio de ti.

Eres una mujer de corazón puro y grande. No conoces la malicia ni la envidia, te das entera a quien te necesita, eres generosa con tu tiempo, con tu oído, con tu voz y con todos tus recursos.

Eres integra, has vivido tu vida a tu manera y a tus tiempos sin dejarte guiar por “lo que dicta la sociedad” o lo que tu familia deseábamos para ti.

Eres franca, abierta e incluyente. Aceptas a quien se acerca tal y como es y lo tratas con respeto y consideración.

Eres hermosa, tienes la capacidad de ser feliz siempre y en cualquier circunstancia, con poco o con mucho siempre tienes la sonrisa fácil.

Por todos esos motivos y muchos más que ahora no se me ocurren, eres perfecta.

Gracias hermana por darme esos ejemplos difíciles de seguir pero fáciles de apreciar.

Te quiero siempre