Autor: Patricia Yanelli G.M.

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El sastre de la esquina

Capítulo I

El primer encuentro con él fue un misterio. Era tarde y la niebla densa flotaba por todo el pueblo. Los techos de las casas apenas se distinguían y las calles empedradas brillaban por el rocío de la lluvia. El viento era como un susurro. Una quietud envolvía los caminares que se escuchaban a lo lejos.  Esperé. Tal vez era él. Los pasos se perdían entre las calles tomando otro rumbo.  Hacía frío.  Ajusté mi cuerpo con el suéter de lana que vestía.  Decidí esperarlo otro rato. Me senté en una banca en la calle de los comercios. Podía mirar las tiendas del pueblo. Parecían estar abandonadas como en un desgajo del tiempo. Surgió una luz de ese olvido disipado, de las nubes caídas del cielo que aún curiosas lo borraban todo. La luz provenía de lo alto de un local descuidado que se ubicaba justo en la esquina de la calle. Era un anuncio viejo pero luminoso. Su forma, una silueta femenina, de contrastes en blanco y negro. Debajo, unas letras decían ‘El Sastre de la esquina’. Confecciones, cortes, hechuras, arreglos y parches en general. Pensé en el vestido para la fiesta. Era una suerte que lo llevara conmigo. Debía agrandarlo, disimular las carnes indeseadas. <Un corte circular casi como la redondez de la luna llena> imaginé. Seguro el sastre podría lograrlo. Me acerqué para mirar. Una ventanilla decía: ¡No asomarse! pase a la siguiente puerta. Era absurdo. A tan sólo un metro se ubicaba la entrada principal. Empujé el portal de madera. Trapos colgaban del techo, abrigos, trajes, vestidos, un tendedero multicolor simulaban ser las almas recién seccionadas. Retazos de telas esparcidas parecían ser los restos de las figuras humanas que colgaban del interior de la sastrería.  Al fondo, una luz tenue de color rojizo proyectaba las sombras y las siluetas que se marcaban sobre las paredes. El espacio, en segundos, parecía desaparecer por la neblina que entraba de afuera.

— ¿Hola? ¿Cuánto cuestan las composturas?—pregunté. El ruido de los pedales de una maquina no cesaban.  Aunque subí el tono de mi voz no obtuve respuesta. Decidí irme pero cuando di unos pasos, el ruido de la máquina de coser se detuvo. Esperé. Necesitaba información sobre los precios. Entonces el encuentro sucedió. De pronto una sombra surgió por detrás de los ropones transparentes que helaron mi sangre, piel y huesos. El perfil de un hombre lucía aguileño y con la barbilla puntiaguda. ¡Pero lo más terrible, lo más terrible que mis ojos vieron, no lo creí! La sombra de un cuerno salía de su cabeza. ¡No podía ser! Era clarísimo y además lo confirmé. Su mano hizo a un lado una tela para abrirse paso. Sus uñas eran largas ¡muy largas! y su piel  ampulosa y roja, fue lo último que alcancé a ver.  

Capítulo II

Desperté. No recuerdo el trayecto de regreso a casa pero mi cuerpo estaba frío a pesar de estar entre las sábanas. Me levanté y fui al baño. Miré un rostro pálido, ojeras marcadas y un semblante confundido. Abrí la regadera. Toque el agua para medir la temperatura. Mi piel parecía brillar debido a la luz que se proyectaba transversal desde el ventanal y que al mezclarse con el agua, producía tal efecto. El vapor inundó el cuarto de baño. Sentía que flotaba dentro de una nube encapsulada. El agua apenas entibiaba mi cuerpo a pesar de estar casi hirviendo. Cerré mis ojos. Deseaba poner la mente en blanco como si el invierno pudiera congelar mis pensamientos.  ¿Aquella sombra fue un sueño? ¿Había sido una alucinación? ¿Y su rostro? Mi cansancio había tergiversado la realidad. Lo extraño, era la sensación de terror que persistía en mí ser.  La impresión había quedado como una cicatriz y era imposible borrarla. El viento que sin piedad azotaba las ventanas era atroz como el mismo miedo que irrumpía cada rincón que conocía. Cerré la llave de la regadera. Salí del baño. Me puse una blusa, botas y una chamarra.  Era tarde para ir a trabajar al café. La cocina era un desastre. Los trastes sucios se amontonaban junto con las cucarachas que se escapaban  por la coladera. ¡Qué asco! El zumbido de las moscas sonaba como una melodía arrítmica dentro de mi mente. La ausencia de mi razón había mermado mi presente. Hui de la zona y me preparé para salir de casa. En el recibidor miré una carta al filo de la puerta. Deshice el papel amarillento del que estaba hecho el sobre. Leí lo siguiente:

< Estimada Srita. Gertrude. Espero que reciba esta carta en tiempo adecuado después de su partida que consideré muy abrupta. Le envío esta carta como acostumbro enviárselas a todos mis clientes, ya que soy un sastre que trabaja a la usanza de los pueblos pequeños y el servicio que brindo debe ser de primera. Deseo informarle que su vestido quedará de acuerdo a su talla y a lo que usted desea. Calculé sus dimensiones porque he medido muchos cuerpos y le aseguro que no habrá problema con la extensión que necesita. Son sólo algunos ajustes que ya he solucionado debido a mi experiencia y a mis buenos ojos.  Pase por su vestido el día de hoy…

Al final de la carta había una nota que dio sentido a mi desconcierto:

… Disculpe la apariencia de mi piel ampulosa y rojiza pero la enfermedad me ha destruido con lentitud. No es contagioso. Sólo me produce las deformaciones que usted vio y que prefiero omitir. Espero que no se asuste y regrese.

Atentamente. El Sastre de la esquina>.

Salí de casa. Saludé a mi vecina pero ella no respondió. Tenía una disputa con su perro que al parecer mordisqueaba una paloma muerta y no la soltaba. Antes de llegar al local debía pasar por la panadería y comprar mi pan de chocolate preferido. Las puertas estaban cerradas a pesar de que ya era tarde. Me asomé por el vidrio polvoso y el panadero estaba dentro. Le grité para que abriera, pero mis gritos acompañados de la insistencia frenética de mis manos, no dieron resultado. Sentí que era invisible. Eran días muy ocupados. Continué mi camino. Los demás comercios estaban también cerrados. Era la niebla tan densa que provocaba que la gente apenas se asomara de sus casas. Abrí el local. La máquina de café debía prenderla pronto antes de que llegara el primer cliente.  Un hombre entró y miró el menú escrito a gis de la pared. Se fue y no dijo palabra alguna. Ni el saludo de los buenos días. ¡Qué grosero! Pensé. De pronto sucedió lo que jamás imaginé. Me preparé un café. Hice el más cargado para quitar la pesadez con la que había despertado. Dos cargas de café, azúcar y leche descremada.  Me senté en una de las mesas para beberlo pero al hacerlo, no percibía nada en mi lengua. Podía mirar el líquido negro y el humo que se contoneaba con la brisa de la mañana. Tomé un vaso de agua y lo bebí. Tomaba aire. Podía ver, escuchar los ecos de las voces, oler el aroma del café y tocar las cosas. ¡No! ¡No! ¡La taza de café no se movía aunque hice todo lo posible por levantarla! Asustada, abandoné el lugar. Caminé a paso veloz.  Corrí tan fuerte como pude. ¡Y de nuevo me sorprendí! Mis pies se despegaron del piso. Podía flotar. Un sentimiento de impotencia inundó todo mi ser. ¿Qué sucedía? ¿Qué lugar era este? ¿Y mi cuerpo? Debía buscarlo… encontrarlo.

Capítulo III

La tristeza del vacío se dimensionaba conforme al tiempo aprisionado. No existían los minutos, horas y los días. A pesar de la ausencia de frío, sed y hambre, parecía que la sangre en mis venas seguía fluyendo. El dolor era inevitable. Los huesos me dolían como si los silencios estuvieran dentro. Los huecos de la razón no se podían rellenar ni con los recuerdos.  No podía comunicarme con nadie. No me escuchaban. Los pensamientos se diluían como los copos de hielo que se derretían bajo el sol impiadoso del invierno. Las calles seguían con la misma tonalidad que las había dejado. Oscuras y grises. Deambulé a través de las casas, pasillos y calzadas que resultaban ser los mismos al final de día. Ni siquiera podía encontrar la puerta de mi hogar por mucho que recordara el camino empedrado en el que reposaban las casas de ladrillo y techos de tejas. Las estructuras  desaparecían al mínino atisbo de mi búsqueda. La neblina se lo llevaba todo. Me di por vencida pero mi mente  se mantenía arraigada a las cosas que entendía por vida. Los rostros eran melancólicos y parecían esparcirse junto con el amanecer y los anocheceres desgastados.

Una luz. Había algo que brillaba al final de la calle. Una silueta, una mujer. Un anuncio que iluminaba extrañamente el paisaje sombrío. Era el del sastre. Estaba abierto a pesar de ser media noche. Toque la puerta que debía. Se abrió por si sola.  El mismo sonido escuché. Los pedales, las tijeras y los ganchos agarrándose de los tubos de metal. La sombra, que  tanto me había aterrado, aparecía de nuevo por detrás de una tela transparente. Me acerqué y la descubrí. Un perchero roto había tomado la forma de aquel cuerno que aún seguía en mi mente. Entonces él apareció y me dijo:

—Por fin llegó usted. La estaba esperando. Su vestido está listo. ¿Recibió mi carta?

— ¿Por qué usted si puede verme?

—Doy el mejor servicio para mis clientes. A veces envío postales que llevan los requerimientos que mis usuarios siempre han deseado. Puedo hacer muchas cosas. Enviar cartas sin la necesidad de un mensajero, hacer que los días sean grises o incluso que la realidad parezca un sueño —me decía el Sastre quien desordenaba las telas y las prendas que parecían ser de todas las épocas. Escuchaba su voz a lo lejos sin poder entender lo que me decía, ya que en el mismo momento, distinguí a lo alto del techo, ropajes que estaban envueltos en hule transparente.  Quise llorar, huir, gritar. Deseaba despertar de aquel terrible sueño. No eran trajes, ni vestidos. Eran cuerpos que colgaban. Estaban desnudos. Las cabezas habían sido enganchadas a los percheros metálicos pero los rostros estaban cubiertos. Los cuerpos sin sangre, pulcramente cuidados, esperaban la llegada de sus dueños perdidos.

— ¿Quién es usted? —le pregunté.

— ¿A qué le teme Srita. Gertrude? —me dijo mientras ajustaba mi vestido que ya había encontrado.

—Usted lo tiene. ¡Devuélvame mi cuerpo! Tú… ¿Qué eres?

— ¿Qué le hace pensar eso?

—Puedo verlos.

—Crea lo que sus ojos ahora miran. Soy sólo un sastre. No importa lo que diga.

—Sólo dígame quién es usted. ¿Qué es este lugar? Lo sabe. Es el único que puede hablarme.

— ¿Por qué me temes si sabes qué soy?

El sastre empezó a reírse. El viento  de la noche sopló agresivamente y las telas volaron por toda la habitación. Por unos segundos dejé de ver su rostro por los ropajes que se abatían entren nuestros cuerpos. El silencio nos envolvió y de la oscuridad surgió una luz amarillenta y débil. Desde ahí pude ver sus ojos. Son rojos y las pupilas son una rasgadura vertical. Me miran fijos sin piedad.  Cerré mis ojos. Sentí unos dedos sobre mi cuerpo. Escuché de nuevo su voz grave, rasposa.

—Tu huesos, tu piel, ya son míos. Abre tus ojos. Mira mis pies y mis manos que ciñen tu cuerpo. Di cómo me llaman y repite mi nombre. La fiesta nos espera.  

Corto tu ser atrapado, lo secciono, lo enhebro a los hilos del infierno.

 

FIN

 

Yanelli

Patricia Yanelli G.M.

Patricia Yanelli se graduó en la Sociedad General de Escritores de México,(SOGEM). Atraída por el mundo del terror desde niña, Patricia centra sus relatos en historias de este género. Su escritura trasnochada, llena de cuentos sobrenaturales y oníricos, ocupan la mayor parte de su tiempo.

Es amante del cine y de los maestros Edgar Allan Poe, William Hope Hodgson,Amparo Dávila, H.P. Lovecraft y muchos autores más de terror del S. XIX y XX. En su afán por seguir creciendo como escritora, cursó el “Taller de Guión Cinematográfico” en la Escuela de Cine de Cuba de la mano del maestro Francisco López Sacha, y ha tomado diferentes talleres literarios en la Ciudad de México.
Su pasión por las letras la combina con el oficio de periodista, creando guiones para radio y documentales.