Autor: Verónica Saldaña

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Hablando con mi necedad

Cómo no hacer un pastel de zanahoria en navidad

Esta metodología está escrita en el futuro, dirigida a mi en las vísperas de nochebuena del 2016 para prevenir el desastre que viví en aquel momento, donde requería algo más que una simple receta para poder hacer un delicioso pastel de zanahoria.

La elección del platillo para colaborar en la Nochebuena.

Elegir un platillo puede resultar de lo más simple si sabes dónde comprarlo ya preparado, y que tenga buen sazón, de lo contrario ofrécete a llevar el alcohol y los refrescos. En caso de que lo tuyo sea hacer un esfuerzo por cocinar una vez al año -como es mi caso- te sugiero NO REALIZAR EXPERIMENTO ALGUNO y preparar algo que sabes hacer bien, después de todo te aseguro que agradecerán más un platillo delicioso, aunque no navideño, a “algo extraño” tradicional.

Como yo soy tu futuro y conociéndote como me conozco, sé que mi recomendación anterior la leíste en tu celular camino al supermercado y seguramente mezclaste información, por lo que en este momento estarás invocando a san Google para que te dé una receta del pan de zanahoria que viste en facebook hace algunos momentos, por lo tanto el platillo que llevarás es un experimento no navideño.

Los ingredientes

La lista de ingredientes está diseñada para que tengas todo listo ANTES DE COMENZAR A COCINAR.

Para el pan.

2 tazas de zanahoria finamente rayada. Nota: finamente rayada quiere decir que no puedes hacer el pastel, pues no cuentas con los aditamentos para hacerlo y en el súper no la venden. Desiste.

1 ½ tazas de aceite. Nota: Recuerda que tú tienes 3 tipos de tazas en casa que varían considerablemente de tamaño, ninguna con la medida exacta, por lo que no saldrá como se espera. Desiste.

2 tazas de azúcar. Nota: no puede ser eliminada de la receta. Si te preocupan las calorías del pastel, por favor desiste.

1 ½ tazas de coco rayado. Nota: Sí, más azúcar. Desiste.

1 ½ tazas de piña en almíbar picada. Nota: Mucho más azúcar. Desiste

1 ½ taza de nuez picada. Nota: Picada, no aplastada. Desiste

4 huevos. Nota: De ninguna manera este ingrediente hace referencia al nivel de energía requerido para elaborar el pastel, deja trabajar a tu marido y no lo obligues a cocinar contigo. Si no puedes, no repartas. Desiste.

1 cucharadita de esencia de vainilla. Nota: Si no encuentras esencia de vainilla, sino saborizante artificial de vainilla, no intentes hacer conversión de porciones, las matemáticas tampoco han sido lo tuyo. Desiste

1 cucharadita de bicarbonato de sodio. Nota: este ingrediente no está incluido para asegurar una mejor digestión y mucho menos para evitar la acumulación de grasa en tu cuerpo por tanta caloría. Desiste

1 cucharadita de sal. Nota: Se refiere a sal de mesa. Si sólo cuentas con sal de grano por ser más sana, desiste.

Para el betún.

2 ½ tazas de azúcar glas. Nota: Síííííí, más azúcar. Por favor evita hacer experimentos, sustituir el azúcar glas por el azúcar morena no dará el mismo resultado, y tampoco se acercará al merengue que tanto te gusta. Si quieres merengue desiste de hacer el pastel de zanahoria, ese no lo lleva.

1 barra de queso crema. Nota: Si encuentras barras de diferentes tamaños en el súper y no sabes cuál es correcto, desiste.

6 cucharaditas de mantequilla. Nota: si en el súper encuentras mantequilla con sal y sin sal desiste.

1 cucharadita de vainilla. Nota: aplica lo mismo que la vainilla del pan. Desiste.

Preparación del pan

Si a estas alturas del partido insistes en seguir preparando el pastel de zanahoria, te pido por favor que consideres que en esta fecha no habrá madre, amiga o suegra que te rescate. Todas estarán ocupadas preparando algo rico para la cena.

Busca un recipiente que sea lo suficientemente amplio y profundo para que la mezcla al batir no se salpique por toda la casa. Tu tapiz de la sala no podrá limpiarse y terminarás furiosa por haberlo dañado. Saca todo el contenido de envases, trastes ollas y mugreros que tienes inútilmente almacenados en el mueble de la cocina y metete hasta el fondo para buscar la batidora. Recuerda que para estas fechas ya has acumulado unos kilitos de más y no te será sencillo entrar.

Una vez que tengas la batidora en tus manos, busca en el cajón de chunches que nunca usas las aspas de dicha batidora (son esos instrumentos que utilizaste para intentar coser una bufanda sustituyendo las agujas de tejer), lávalas y colócalas en los agujeros de la batidora HASTA QUE HAGAN CLICK y queden bien fijas, ya que de lo contrario saldrán disparadas justo al ya mencionado tapiz de la sala con destino conocido.

Antes de encender el horno y precalentarlo a 180°, te sugiero que te asegures de haberlo dejado vacío, ya que el plástico además de tóxico provoca mucho humo, y no querrás ser nuevamente responsable de encender la alarma contra incendios y desalojar el edificio en esta fecha tan particular. Una vez que el horno está vacío por completo, pide a tu marido que lo encienda antes de que armes un show cómico e histérico intentando hacerlo tú misma.

Mezcla todos los ingredientes del pan y asegúrate de que quede perfectamente mezclado. Por favor, no intentes meter todos al mismo tiempo y después batirlo. Comienza mezclando el azúcar, la sal, el bicarbonato, el aceite y los huevos con la batidora. Cuando se haya hecho una masa homogénea incorpora POCO A POCO el resto de los ingredientes con una cuchara. Si al concluir con esta etapa no ha quedado una masa semilíquida, es momento de desistir. No intentes duplicar el contenido de aceite para que quede como en el video. DESISTE.

Vacía la mezcla en dos recipientes de la misma forma y tamaño. Hacer el pan en un solo molde sólo hará que se desparrame la mezcla y tendrás que lavar el horno, eso implicará más trabajo y no habrá pastel. Insisto, desiste.

Mete los moldes al horno y espera 50 minutos para verificar que el pan ya esté listo. Basta con meter un palillo, no insistas con el cuchillo para pan, ese sirve únicamente para cortarlo.

Mientras el pan está en el horno puedes aprovechar para limpiar todo el desastre. Comienza por la lata de piña y TEN MUCHO CUIDADO al cerrar la tapa que no desprendiste por completo, ya que tiendes a bajarla con un dedo y con el almíbar se resbala hasta quedar tu dedo prensado entre la lata y la tapa, lo que te costará una rajada que te hará llorar.

Al guardar el azúcar glas en la alacena que está tan alta, usa la escalera para que evites utilizar el cuchillo más afilado para empujar la bolsa, que éste la corte y que termines empanizada hasta los calzones. De verdad, desiste.

Preparación del betún.

Ni hablar, por lo visto no han sido suficientes mis sutiles sugerencias para invitarte a NO  HACER el dichoso pastel y ya estás en la preparación del betún, quiere decir que tu necedad es mucha y contra eso no voy a poder. Así que me rindo. Para preparar el betún sólo tienes que mezclar con la batidora el queso, la mantequilla e incorporar poco a poco el azúcar y la vainilla.

Mientras esperas a que se enfríe el pan que sacaste del horno, ve a la farmacia, compra varios paquetes de anti-diarreicos para ti y todos los invitados, así como un paquete grande de papel de baño y un aromatizante.

Una vez que el pan se ha enfriado, coloca uno de ellos sobre un platón y vierte encima el betún que será el relleno. Coloca sobre éste el segundo pan y con el betún restante cubre el pastel y Listo! Habrás terminado no sólo el pastel de zanahoria, sino también con tu imagen de mujer versátil, inteligente y considerada. 20 minutos después de que los invitados hayan comido una pequeña rebanada de tu pastel comenzará la vomitona, recreando con lujo de detalle aquella escena del libro Como agua para chocolate y convirtiendo la navidad del 2016 en una navidad memorable para todos.

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El origen de los conflictos

Alguna vez te has preguntado ¿qué es lo que hace que cada cabeza sea un mundo?

Todo lo que percibimos a lo largo de la vida es a través de los sentidos, pasa por un filtro mental que interpreta lo que oímos, lo que vemos o lo que sentimos. Este filtro se crea a partir de nuestra biología, emociones, creencias, etc. y es cuando comenzamos a diseñar historias de lo que sucede, su origen y su propósito y que finalmente define el enfoque de nuestras conversaciones para alcanzar un resultado.

Cuando pretendemos que los demás acepten nuestro punto de vista a través de convencer (vencer al otro con su consentimiento), anular o eliminar perspectivas diferentes -por ejemplo a través del uso del poder y la imposición-, es cuando estamos viendo el mundo desde un enfoque único, solemos decir “sí, pero…”, “es que no has entendido que…”, “lo que no sabes es que…”, “la única solución es…” Calificamos a los que no coinciden con nosotros como ignorantes, incompetentes, limitados o malintencionados y en el mejor de los casos hacemos uso de la tolerancia para poder convivir con ellos tratando de “educarlos” .

Por mucho tiempo se han diseñado y perfeccionado metodologías de seducción que nos permiten convencer a otros con maestría, como en viejas estrategias de ventas, de marketing e inclusive en algunos estilos de liderazgo. La limitante de construir desde este enfoque es que puede ser el origen de grandes conflictos ¿te has dado cuenta que en las guerras todos creen tener la razón y literalmente la defienden a capa y espada? Aquí la diferencia es considerada como una amenaza.

Al contrario de lo que sucede con el enfoque único, en el enfoque múltiple el propósito es entender la legitimidad de nuestras diferencias. Busca integrar puntos de vista diferentes para crear nuevas posibilidades reconociendo de antemano que cualquier punto de vista tiene limitantes (inclusive la nuestra). Las conversaciones hechas desde este enfoque incluyen frases como “y…”, “me parece interesante tu punto…”, “ yo lo veo distinto…”

Cuando logramos observar el mundo desde este enfoque, estamos co-creando futuros diferentes, haciendo sinergia con experiencias, conocimientos, expandiendo nuestros límites; y reconociendo al otro como un ser único e irrepetible donde la diferencia no me hace mejor, sólo distinto.

Como puedes ver, no es tan difícil darnos cuenta de cómo estamos abordando un tema con otra persona, a veces basta con observar lo que hacemos y decidir generar un cambio en ti para que el mundo cambie. Recuerda un poco las matemáticas de la vida: restas y divides o sumas y multiplicas.

Comienza con un paso a la vez, vivir en armonía depende de ti.  Si cambias tú, comienzas al cambiar el mundo.

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Lo que llega después de la muerte

De una u otra forma en algún momento de nuestras vidas, hemos enfrentado la muerte, ya sea de un ser querido, la de una relación, un sueño, una duda, una certeza. Y con esto no es mi intención establecer una igualdad de circunstancias, sino que me da la oportunidad de abordar lo que sucede con nosotros después de esas “muertes”, con los que nos quedamos en esta nueva realidad.

Actualmente existen muchas teorías que explican el proceso del cambio en nuestra vida, y comienza como todo: con el principio, cuando aprendemos a vivir con lo que tenemos y con lo que no, haciendo planes, diseñando proyectos, preparándonos para el futuro o simplemente esperando, hasta que un suceso cambia nuestra realidad, la forma en la que conocemos.

Mientras esto acontece, aparece la resistencia, una etapa en donde nos negamos a creer que algo ha cambiado, y experimentamos emociones como el enojo, la tristeza y el miedo, y comenzamos a actuar como si nada hubiera cambiado, hasta llegar el punto en donde “tocamos fondo”, ese momento donde reina el caos, el momento en donde tus certezas empiezan a convertirse en dudas, donde no sabes quién eres en realidad, que es lo correcto por hacer, donde calificas dolorosamente tus acciones o las del otro, o a la vida misma. ¿Hasta cuándo? Hasta que logras aceptar que las cosas han cambiado, y que no importa que hagas o dejes de hacer, no está en tus manos evitarlo y comienzas a descubrir una idea que te transforma, que inspira y que te lleva a trabajar en ti, a adaptarte a este nuevo mundo hasta lograr la integración total a tu nueva realidad y comenzar nuevamente a fluir.

En otras palabras, posterior a nuestro enfrentamiento con la muerte podemos experimentar la certeza de que aquellos que se han ido están en un lugar mejor y que hoy lloramos sólo por nosotros, por el dolor que nos provoca el continuar nuestra vida sin ellos, por el miedo a no volver a ser felices. Pero también sabemos que esto va a pasar, y nos veremos reconstruidos, renovados y que saldremos adelante. Un día volveremos la mirada hacia el pasado, recordando este momento con nostalgia y descubriremos que el dolor ha desaparecido, y no por resignación sino por aceptación, porque habremos conseguido nuevamente vivir nuestra vida y ser felices aún sin su presencia, pero honrando a cada momento a los hoy ausentes.

Reinventare

¡EL PROBLEMA NO ES QUE LE LLAMES PERRA!

¿Cuántas veces has terminado una conversación muy lejos de un final feliz? En mi caso han sido incontables ocasiones, todas ellas con un propósito auténtico de llegar a un acuerdo o de compartir mi punto de vista, pero con un nivel de torpeza en su ejecución que me valió una reputación de infranqueable.

Recuerdo aquella vez en que el vicepresidente de la compañía en la que trabajaba convocó a todos los gerentes de ventas para una junta donde anunciaron los resultados de una encuesta de clima organizacional. El ambiente de la reunión se tornó lúgubre, cuando comenzaron a preguntar de forma inquisitiva la razón por la cual el cuerpo directivo fue tan mal evaluado en liderazgo ¿pueden imaginar por qué?

Tras un silencio incómodo levanté la mano con toda la intención de colaborar y aliviar la tensión en el ambiente compartiendo información sobre lo que pensaba, pero ¡oh, gran sorpresa! A partir de ese momento, y sin esperarlo, mi relación con tan magnánimo ejecutivo dentro de la organización se vio fracturada, pero ¿por qué sucedió? Cuidé cada palabra y seleccioné mentalmente cada ejemplo que sustentaba mi punto de vista ¿Qué fue lo que pasó?

Pasaron muchos años para darme cuenta dónde estaba el problema, sólo tenía la conciencia del poder de cada una de las palabras que salían de mi boca para transmitir información o para definir mi postura, pero no del poder transformador de mis conversaciones, de la capacidad que tienen para construir puentes o de destruirlos al detonar cadenas emocionales que definen el rumbo de las mismas. Entonces el problema no es que me llames perra, sino ¡la perra forma en la que me lo dices!

Hoy puedo entender que el lenguaje no es inocente, y el lenguaje no es sólo lo que digo, sino que viene acompañado de una emocionalidad que a su vez define mi corporalidad, es decir, el cómo lo digo y desde qué juicio personal lo digo. Puedo diferenciar los hechos de la interpretación que les doy de acuerdo a mi historia, y sobre todo, me permite indagar en el otro para generar empatía y construir, en lugar de destruir.

Hoy puedo darme cuenta de mi responsabilidad dentro de lo que me pasa, de cómo la historia de mi éxito la escribo desde mis conversaciones.

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El amor y mis locas interpretaciones

¿Cuándo fue la última vez que te sentiste amado sólo por el hecho de existir?

Recuerdo que de niña cuando cursaba preescolar, me gané una “abejita trabajadora” en mis trabajos de la escuela, en lugar de los divertidos periquitos que hacían parecer mi libreta como jungla brasileña. Mi mamá me festejó con un gran beso y le contó a mi papá, él también me plantó un beso en mi pequeño cachetito con esa gran bocaza suya.

También recuerdo que, cuando no obedecía o hacía alguna travesura, me hacía acreedora a tremendos manazos para evitar que volviera a repetir la hazaña. Como la vez que debido a esos insaciables deseos de explorar el mundo decidí abrir el radio portátil de mi madre, estando encendido, para ver cómo las personitas que estaban encerradas ahí cantaban sin parar.  Creo que la suma de esos acontecimientos me llevó a hacer mis locas interpretaciones de cómo obtener amor:  haciendo bien las cosas. Pero, si siempre quiero ser amada ¿cómo es posible hacer siempre bien las cosas? Aaaaah! pues ahí les va el secreto de la metodología que consideré infalible: ¡Busca controlarlo todo, incluyendo a las personas, por supuesto! Busca que hagan, a como dé lugar, lo que tú consideras correcto, para que todo salga de maravilla y seas apreciada y amada por el mundo entero.

¡Vaya forma de sabotearme por más de 30 años! En mi búsqueda de ser amada y apreciada por todos me perdí en un pantano emocional en el que, mientras más me movía para salir de ahí, más me hundía.

Mi estrategia predilecta para tratar de controlarlo todo era hacer uso de la violencia, desde usar un tono coercitivo, hasta imponer mi voluntad cada que me era posible. Después de todo, si te sentías agredido por mí, lo lógico es que dejarías de hacer lo que provocaba mi ira ¿no es así? Pero como esta estrategia no funcionaba, y la lógica es lógica, entonces el problema radicaba en la intensidad, así la violencia creció y creció y creció…

Llegado el punto en el que la violencia no funcionaba, la siguiente estrategia era jugar el juego de la salvadora. Sí, esa que solía decir: “a pesar de tus deslealtades estoy dispuesta a apoyarte en lo que necesites a cada momento”. Y cuando esta estrategia tampoco te incentivaba a hacer lo que yo creía era mejor (inclusive para ti), entonces aparecía la víctima, quien lloraba secretamente por los rincones quejándose amargamente de cómo en incontables ocasiones había salvado a aquellas malagradecidas personas por las cuales me había sacrificado hasta el punto de olvidarme de mi misma.

¿Puedes darte cuenta de mi juego?  Si me amas harás lo que yo creo que es mejor para ti y me amarás aún más por eso.

Si te has sentido identificada con algo de lo que he vivido, realmente no es una sorpresa, hemos crecido en una cultura donde el error es castigado con desamor, desacreditación y desvalorización; pero está en cada una de nosotras darnos cuenta de todo lo que hacemos y que nos aleja de todo propósito para ser felices, para hacernos cargo de desaprender y reaprender.

Lo único que la vida espera de mi es que sea feliz.

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¡Equivocación! ¿El canto de la derrota?

¿Cómo te sientes cuando te equivocas? Yo ¡Como gato recién salido del agua! Erizada, ojos desorbitados, furiosa, con ganas de comerme a quien osó ponerme en esa situación, e intentando al mismo tiempo desaparecer de la escena del crimen a la velocidad de la luz. Era la primera etapa que vivía al descubrir que me había equivocado. Vaya forma de empezar lo que todos a mi alrededor decían que era “el proceso de aprendizaje”. Ahora entiendo mi resistencia en ese momento por aprender cosas nuevas.

¿Drama? ¡Nooooo! ¡Drama lo que pasaba en las noches subsecuentes!  Pues ese era el momento ideal para gestar el malvado plan que la vida tenía para castigarme por no haber sido asertiva. El silencio se convertía en el cruel cómplice de mi vocecita castigadora, pues era justo en el momento que no había más que hacer o decir cuando me gritaba todo lo torpe que había sido. Ahuyentaba al pobre mago de los sueños, quién corría como venado sorprendido por un voraz león y me dejaba abandonada a merced de esa fiera sin piedad. Seguir despierta sí era un drama para mí, porque además de tener que minimizar el impacto de mi equivocación en mi identidad, quedaba a merced de la cruel voz que me recordaba mi equivocación en cada silencio del día y de la noche.

Ese era el estilo de historias que me contaba, donde se demostraba contundentemente que yo no era otra cosa que víctima de la vida, dramatizando cada cosa que me pasaba. Hasta que comencé mi proceso de coaching y me preguntaron: si yo te invitara a jugar un partido fútbol, ¿qué posiciones te gustaría jugar? Con mi escaso conocimiento en la materia comenté: centro, delantero, árbitro y portero, y tras una pausa mi coach me preguntó ¿por qué no has elegido ser el balón? Y después de una franca carcajada le comenté lo absurdo que era. ¿Quién querría ser el balón?, si bien es un elemento clave del juego, es pateado por todos, sin autonomía, decisión o poder, sin… ¡oh oh! Y como moneda caída en un tragamonedas, me sacaba el gran premio. Me di cuenta del lío en que estaba metida, no era más que el balón en el juego de mi vida. Y aunque reconozco que darme cuenta dolió un poco, en ese momento se abrió una nueva posibilidad: podía hacerme cargo y cambiar la historia, no por nada otro maestro decía que no somos responsables de la cara que tenemos, ¡pero sí de la jeta que ponemos!

Y como hilo de media, empezaron cambios importantes en mi vida, pues me di cuenta que mi forma de relacionarme con el error era desde la pérdida de mi identidad, generando así una relación tóxica con mis torpezas que me llevó a convertirme —paradójicamente—, en lo que no quería ser, generando violencia no sólo contra mí sino contra los que me rodean también.

¿Qué cómo le hice? Pues si estuvieras frente a mí podrías observar en este momento una expresión divertida en mi rostro y me verías mover mi mano como si trajese una varita en ella y sacudiendola te diría “con magia”, esa magia que eres capaz de producir en ti misma cuando te preguntas ¿eres lo que haces?

¿Cuál es tu esencia? ¿Ser perfecta o ser una mejor versión de ti misma cada día? Recuerdo mucho a mi ex jefe Manuel Martínez que me decía: Verónica lo perfecto es enemigo de lo posible, busca sólo la excelencia.

Cuando resignifiqué el error, pude honrar el aprendizaje que me dejó cada experiencia transformando el dolor por ambición. En lugar de reaccionar como gato mojado, soy consciente de las emociones que me despierta equivocarme, las dejo fluir y busco intencionadamente el aprendizaje, como un cachorro lleno de curiosidad que quiere descubrir el mundo. Hoy sé que el error no es otra cosa sino aprendizaje, el alimento más nutritivo para todo proceso de desarrollo.

El proceso de reconciliarnos con nosotros mismos

Para que todo error genere aprendizaje, es necesario generar espacios de transformación partiendo de:

  1. Autoconocimiento

¿Puedes cambiar lo que no conoces? Conocerte a ti misma, reconocerte y aceptarte, sólo así podrás generar la posibilidad de cambiar lo que no te gusta de ti. Un cambio no significa la pérdida de tu identidad, sino su desarrollo.

  1. Escucha profunda

Dale voz a tus miedos (te sorprenderá que a veces suenan tan ridículos cuando lo dices en voz alta que terminan perdiendo fuerza) y escucha también fuerte y claro a cada uno de tus recursos (esos que te han traído hasta donde estás hoy) y reflexiona: ¿estos recursos pueden ayudarme a enfrentar las consecuencias derivadas de mi decisión? Si la respuesta es sí, pues adelante, encara la situación. Si la respuesta es no, averigua qué es lo que está haciéndote falta para conseguirlo y ve por él.

  1. Discernimiento

Para que un pastel de chocolate sea un pastel de chocolate, necesita de muchos ingredientes y un proceso específico para crearlo. Ante una situación de conflicto (el pastel) reconoce que ingredientes pusiste tú (asumir, omitir, reaccionar, callar, etc.) pues sólo así podrás hacerte cargo de lo que te toca. Desarrolla la capacidad de distinguir claramente en qué te equivocaste e identifica: ¿qué es lo que ves? Se objetiva, no califiques, eso que ves: ¿qué te hace pensar?, ¿qué es lo que te hace sentir, eso que piensas? y ¿qué te dan ganas de hacer con esa emoción que te despertó?

  1. Acción

Una vez que te diste cuenta de lo que tú pusiste dentro del conflicto, es momento de hacerte cargo. El perdón (pedir perdón, perdonar y/o perdonarte) es el ingrediente secreto. El perdón, como lo define mi querido maestro Calbet, es reconocer que hacemos, lo que hacemos, desde la torpeza, no desde la maldad. Esta es la única manera de evitar volvernos esclavos de nuestros errores.

Recuerda que nuestros errores no nos definen, lo que nos define es el aprendizaje que nos dejan.

Escrito por: Vero Saldaña

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Vero Saldaña

“Ser cada día una mejor versión de mí misma” es el mantra que me acompaña para cumplir con mi propósito de vida: vivir el bien estar.

De niña aprendí que la búsqueda de la perfección era el estímulo necesario para ser exitosa, una creencia que definía mi identidad en función de lo que hacía, siendo mi incansable compañera de viaje la exigencia y mi eterno enemigo el error.

Contándome esta historia pude alcanzar “éxitos” fugaces, que dejaron en mi camino mucha gente herida, sobajada, minimizada y vilipendiada, pues al ser esclava de la perfección desarrollé la ceguera emocional, un anestésico perfecto que me permitiría vivir “en paz”, lejos del dolor que me provocaba equivocarme. Pero qué es un anestésico, sino una pérdida de sensibilidad generalizada.

Cuando me anestesié, perdí la conexión con el mundo, y desde ese estado, mientras más me esforzaba por llegar a la cima, más bajo caía.

Hoy he logrado reconciliarme conmigo misma, y descubrí que al cambiar yo, cambiaba al mundo (y no al revés), mi propósito de vida es ser feliz, logré redefinir el significado de éxito hasta convertir a la excelencia en mi incansable compañera y al error en mi eterno aliado.

Acompáñame en este proceso de autodescubrimiento y empoderamiento. Un camino donde aprenderás distinciones que abrirán nuevas posibilidades para convertirte en lo que quieres ser.