Autor: Gisela Fosado

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Mujer de 30, finalmente

Mujer de 30, finalmente

Nunca entendí el espanto de otras mujeres por llegar a esta edad. Al contrario, siempre me imaginé llegando a los 30 como una mujer empoderada, con una lista de objetivos alcanzados: el trabajo, la casa, el coche, la pareja, el éxito. Todas tenemos una lista. Posiblemente la diferencia entre mi feliz proyección y  la angustia de la mayoría de las mujeres es que con el paso de los años permití que mi lista fuera cambiando. Algunos objetivos salieron fácilmente de ella, otros me costó mucho trabajo borrarlos porque son de los que escribes por decisión propia con mayúsculas, pensando que son imprescindibles. Felizmente la vida se encarga de repetirnos las veces que sea necesario lo que es realmente importante. Se ríe de nuestra lista y encuentra la forma de hacernos entrar en razón.  Pienso en la mujer que me imaginé que sería a los 30, y me río del concepto de éxito que tenía tiempo atrás. Me alegra saber que he quitado de la lista “el trabajo” porque aquello a lo que me dedico no me define, “la casa” porque mientras tenga un cuerpo habitado por un alma siempre podré llamar casa al lugar que me dé techo en cualquier momento, “el coche” porque camino, leo en el transporte público, o pido un uber, “la pareja” porque tengo la que merezco, soy feliz con su compañía pero si se va no se lleva mi vida, y “el éxito” porque es concepto que ya no me pesa. La madurez puede o no llegar con los años. La vida nos susurra un mensaje que a veces no es claro, pero el hecho de percibirlo significa que hemos dado un paso. Pensé que si tuviera que anotar un nuevo objetivo en la lista, sería “paz”…pero es más ambiciosa que el éxito, y seguramente más pesada. Mejor no tener más una lista, como la filosofía de aquel Santo, ¿cómo era?, ¡ah sí!: “Cada día necesito menos cosas y las pocas que necesito las necesito muy poco”. Mientras me repito esa frase me siento una mujer de 30 que ya entendió de qué se trata la vida.

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Esperanza y el tordo

En una sierra que podía ser cualquiera, a la orilla de una carretera maltrecha que lleva a  aquel pueblo mágico dónde últimamente se ha perdido la gente, estaba sentada Esperanza. Sabía que ya era noviembre, hacía varias horas que desde el pueblo le llegaba el olor a copal. Pensaba en los aromas y colores de la tradición inundando el pueblo, sabía que las almas de los niños ya iban en camino, y que mañana serían los adultos quienes volvieran a casa, a convivir con su gente y disfrutar las ofrendas que les colocaban amorosamente. Empezaba a llegar también el olor a cempasúchil, y hasta le parecía alcanzar a ver en el pueblo una minúscula luz, seguramente la veladora de un altarcillo. Se preguntaba si su olfato era mejor que su vista, o si simplemente el aroma era más fuerte que la luz, porque a él no lo vencía oscuridad alguna. Pensaba en lo hermosa que es la fiesta de los muertos, y dudaba entre era si era o no correcto acudir sin invitación al festejo. Qué difícil resultaba esta fecha cuando no había nada para ella, no porque no la quisieran sino porque no sabía que estaba muerta. Su gente la seguía buscando aferrados a la idea de pagar aquel rescate que habían pedido por ella la primera semana de su ausencia. No saben que la habían matado desde antes de llamar y que hace meses que su cuerpo descompuesto alimenta la tierra, ahí donde está sentada, al lado de la carretera.

De pronto Esperanza advirtió una presencia en uno de los Encinos, un tordo iridiscente de ojos amarillos venía a decirle que tenían que emprender camino. — Esperanza, te conozco, soy un tordo al que viste muchas veces en el pueblo. Posiblemente pensaste que se trataba de tordos distintos por ser un ave común, pero siempre fui yo. Vengo a decirte que es precisamente por esto, porque somos numerosos y estamos en todo el país como ustedes que hemos sido elegidos para llevarlos a dar aviso. Las almas como tú no están llegando a Mictlán por su correspondiente muerte natural, están siendo sacrificados y se quedan detenidos, olvidan que están muertos y que deben llegar a un destino. La falta de sepultura y duelo los hace olvidar que están muertos y a su gente el sufrimiento les hace olvidar que están vivos. Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, y cada uno de los que habitan los 9 infiernos han clamado con violencia por los que eran sus muertos. Por eso he venido por ti, y los míos han ido por otros. Ve y toma un puño de tierra de donde estás enterrada. Hoy, quienes no tienen camino de flores tendrán a su lado un tordo que los llevará a cumplir dos instrucciones.

Esperanza se sintió contenta de que en los nueve infiernos sí pensaran en ella, no como las autoridades de su tierra a quienes les daba igual una desaparecida más en la cuenta. Se levantó y siguió al tordo hasta el pueblo, le sorprendió que estuviera tan cerca, y no supo por qué razón ella nunca intentó ir por su cuenta.

A la entrada del pueblo vio el camposanto, iluminado y lleno de colores. Las tumbas estaban cubiertas de veladoras y flores. Las familias que ahí se reunían cantaban alegres sones, y la muerte que andaba en la fiesta los escuchaba sus canciones  “Viene la muerte echando rasero,  se lleva al joven, también al viejo,  la muerte viene echando parejo, no se le escapa ni un pasajero…” Olía a copal, a cempasúchil, a café, y a vino de acachul, había tamales de alberjón, mole, pipían, hojaldras, atole de cacahuate, calaveras de azúcar y chocolate. Esperanza olió y sintió que comía, estaba en casa y se sentía viva. En ese momento vio que no llegaba sola, una enorme parvada de tordos se juntaba en el pueblo. Quién se hubiera imaginado que en ese lugar tan pequeño, fueran tantos los ausentes. Los vivos que estaban en el camposanto vieron llegar la parvada, los muertos y la muerte sabían de qué se trataba. Los muertos del camposanto soplaban para enviar los aromas a los recién llegados, como quien decide darle su plato al hambriento, sabían que lo que venía requería un gran esfuerzo.

Cada muerto siguió a un tordo a las casa de asesinos, de autoridades indolentes, de cómplices y testigos. El puño de tierra se multiplicó en cada casa de esas personas malvadas, que horrorizados vieron a los muertos acercarles la mano a la cara, para meter en sus bocas un puño de tierra con olor putrefacto, que concentraba en el sabor más amargo las tristezas de cada una de sus familias, mientras los tordos recitaban el mensaje que del Mictlán provenía: “Cuando les llegue la hora y hagan la travesía, en el séptimo y octavo infierno Tepeoyólltl y Xochitónal los reconocerán,y después de devorarles las entrañas harán que vuelvan a empezar. Un recorrido a los infiernos por cada día que a una familia hicieron llorar”.

Cumplida la primera instrucción, los tordos llevaron a los muertos con su gente. —Tendrán cinco minutos para manifestarse, ellos no pueden verles ni escucharles. Piensen en la mejor forma de dejar claro el mensaje. Esperanza entró a su casa y vio llorar a sus padres, abrazados miraban un foto suya al lado de una veladora insignificante, era la luz que había visto cuando estaba sentada en la sierra. Se acercó y enjugó sus lágrimas hasta que notaron que lloraban con las mejillas secas. Sintieron que les tocaban las manos y vieron la veladora apagarse. Se miraron a los ojos y en medio de esa paz el padre le habló a su hija dando por recibido el mensaje. —Sabes que te buscaremos hasta encontrarte, pero a partir de este año un altar no va a faltarte. Esperanza abrazó a sus padres hasta que se terminó el tiempo. De pronto sintieron que se había su presencia y vieron por la ventana como un tordo se alejaba.

Nuevamente se reunió la parvada al lado del camposanto, los muertos se habían despedido y esperaban que los tordos les indicaran el camino.

El tordo que acompañó a Esperanza se dirigió a todos y dijo: Hemos terminado con éxito lo que nos han pedido, pero creo que la mayoría de ustedes están algo confundidos.

El Mictlán clamó por ustedes pero ese no será su recorrido, les dijimos que no murieron sus muertes, murieron por sacrificio. Han sido ya muchas penas, como para hacerles pasar por los 9 infiernos para llegar al descanso.

Esperanza ciertamente estaba muy confundida y decidió preguntar — ¿Acaso iremos directo con los señores del Mictlán?

—Sólo hay una entrada al Mictlán Esperanza, es un camino de dolor. A ustedes los espera Tonatiuh, vayan a acompañar al sol.

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Anturios y rosas

Domingo en mi pueblo. Habíamos recibido la llamada de mis tías un día antes, avisando que la cita con motivo del día del padre sería donde el abuelo a las 12 de la tarde. Me desperté con la cita en la cabeza, de ninguna forma podía faltar, casi no estoy en el pueblo, y cuando estoy siento que no me da el tiempo y casi nunca paso a verlo. Por él y por mi abuela siento un amor infinito. Sé que saben cuánto pienso en ellos, pero a veces no se trata sólo de pensar, hay que hacer presencia. Llegué puntual a la cita, de la mano de mi madre. Vimos como otros hijos y nietos llegaban  caminando desde sus casas, otros bajaban de sus autos, todos llenaban de color el camino con sus regalos del día del padre, llevaban hortensias, gerberas, lilis, dalias o geranios. Ahí estábamos todos, visitando a los que amamos.

Improvisaba como soy, antes de entrar tuve que detenerme en un puestecito para elegir mi regalo. Definitivamente serían rosas, rojas para el abuelo, y rosas para la abuela; anturios venían en camino, papá los traería del jardín de la casa. No era día de muertos pero bien lo parecía. Soy de las personas que piensan que es lindo hacer estas visitas, pero en el puesto de flores una mujer no lo entendía. Criticaba la forma en que gastábamos el dinero en flores que disparan sus precios en días festivos como estos. Decía que día del padre o la madre puede ser cualquier día, que por ejemplo el día de la virgen sí era sólo el 12 de Diciembre. Su marido la dejaba hablar sin prestarle atención, mientras esperaba su turno para elegir unas flores. Me quedó claro que era él quien iba a visitar a alguien y que ella creía que había una mejor forma de gastar el dinero que en flores para los muertos. La mujer siguió hablando pero no me detuve a analizar su argumento, la primera parte de la única frase que le oí era obvia y la segunda contradictoria. Pagué el precio inflado de las rosas y subí con mi madre a donde están mis abuelos. Pensé que las visitas que les hago son con el mismo sentimiento de cuando en vida iba a verlos. Llego, los saludo, quiero contarles algo, con la diferencia de que al llegar a este punto recuerdo que no estoy en la sala de su casa y se me hace un nudo grande en la garganta. Quiero contarles todo lo que ha pasado en mi vida desde el día en que se fueron pero me quedo paralizada frente a sus tumbas como si se detuviera el tiempo. Leo sus nombres en piedra, la fecha en que nacieron y la fecha en que se fueron. Recuerdo el año en que estamos y de golpe siento los años que llevo sin ellos. Mi madre entiende lo que pasa porque quiso muchísimo a sus suegros y sé que ellos también la quisieron. Juntas permanecemos en silencio, ella se encarga de colocar las flores, y cuando mi padre llega con los anturios los integramos con los rosas en una breve ceremonia que personaliza el arreglo. A mi abuelo le gustaban esas dos flores y a mi abuela creo que le gustaban todas. Me alegra haberles llevado flores en vida  y recuerdo sus rostros sonrientes. Siento paz, pero sigo sin poder decir nada, me parece increíble que las emociones aprieten tan fuerte. El nudo en mi garganta permanece hasta el momento de irnos. Antes de darme la vuelta les sonrío, sustituyo con eso la plática que no tuvimos. Con los labios cerrados construyo sus cuerpos en mi mente, ahí los abrazo y me despido, hasta la próxima que tenga fuerza para venir a verles. Me gusta mucho recordarlos pero venir aquí me cuesta trabajo. Le echo la culpa al nudo y al peso de sus ausencias que siento cuando estoy frente a sus tumbas. No me explico esta emoción brotando de una mujer como yo, lo único que se me ocurre es que ese nudo y ese peso son proporcionales al amor que les tengo. Recuerdo a la mujer que no entendía el acto de llevar flores a los muertos y pienso que si a la mayoría le pasa como a mí, si también se quedan mudos en las tumbas aunque sea un momento, las flores tiene sentido. Los que amamos suelen irse pero no se va el sentimiento. En mi caso, a mis abuelos que amo les llevo anturios y rosas para decir que aquí los seguimos queriendo.

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La mujer duplicada

No fue como en el libro de Saramago, donde el personaje principal descubre en una película a un hombre que es idéntico a él. No tuve que copiar la lista de nombres de los actores que aparecían en los créditos, ni hacer investigaciones hasta que sólo quedara uno, ni emprender una búsqueda para encontrarlo. Sin embargo me gusta contar esta historia evocando ese libro. A la mujer duplicada no tuve que buscarla, nuestros caminos se toparon…

Era mi primer día en el nuevo trabajo, las instrucciones habían sido claras: “al llegar a las oficinas pregunten por Estela”. Así lo hicimos los cinco de nuevo ingreso pero ella no salió a recibirnos, fue otra de las tres personas que trabajaban en ese lugar quien nos dio la bienvenida, y nos enseñó las instalaciones. Había dos oficinas, y como ahora seriamos ocho personas, uno de los nuevos tendría que irse a la oficina de los otros, que probablemente no iban a ser muy simpáticos con nosotros. Evidentemente nadie quería ser el nuevo entre los otros, pero como todos somos adultos, y además profesionales, decidimos arreglarlo de manera imparcial. Hicimos papelitos, cuatro estaban en blanco y uno tenía un asterisco —el símbolo de los otros —.Quien lo sacara no se salvaría, la decisión era irrefutable, tendría que compartir oficina con tres desconocidos, entre ellos, la tal Estela, que ni había salido a recibirnos, ni se había asomado a saludarnos. Fui la segunda en sacar papelito, por supuesto el del asterisco. Tomé mi laptop y me fui a la oficina de los otros, ahí estaba ella.

Tenía unos audífonos puestos y la vista clavada en el monitor, intentaba saludarla desde la puerta cuando adivinó mi presencia, me lanzó una mirada e hizo una seña para que guardara silencio, entendí el mensaje, entré a la oficina de los otros, me instalé en el escritorio vacio, y estuve convencida de mi mala suerte durante varios largos minutos, hasta que se quitó los audífonos y empezamos a hablar. Llegó rápido a una pregunta clave — ¿te gusta leer? —, de pronto ya no me pareció tan lejana, pensé que podíamos tener algo en común, pero nunca me imaginé cuanto.

Tardé un poco en reconocerla — ¿o tendría que decir, en reconocerme? —. Tal vez a causa de los lentes, ella usaba y yo no — al menos no hasta un mes después de conocerla, cuando me di cuenta de que mi vista estaba cansada y tuve que ir por unos, similares a los suyos en forma, pero de diferente color—. Sin darme cuenta era como empezar a alcanzarla en una línea del tiempo, 10 años atrás de mí misma.

Otros habían notado el parecido desde el incio, decían que mis frases sonaban a las de ella, y el día que llegué con lentes me dijeron “ahora sí eres toda una Estelita”. Pensé que exageraban, que sólo teníamos en común el gusto por la lectura y las últimas cuatro letras de nuestros nombres, hasta un día en que me escuchó hablar de mi novio y dijo — ¿Tienes un Roberto? ¡Uy! Salen muy buenos—, le contesté que más o menos y ambas reímos pensando en los defectos que pudieran tener en común nuestros Robertos. Ahí empecé a reconocerme en Estela, a prestar atención a las coincidencias que había entre su vida y la mía, a verla como mi yo del futuro. A ella le pasó lo mismo, empezó a referirse a mí como su versión recargada, y a veces entre bromas me indicaba qué cosas tenía que cambiar para evitarme cosas que a ella le habían pasado. Era como si estuviera pasándome las respuestas de varios exámenes, o mejor aún, como si me ayudara a exentarlos. La mujer duplicada y yo nos hacíamos cómplices… ya éramos amigas.

Me contó que su Roberto y ella tenían un bulldog inglés, le conté que mi Roberto y yo discutíamos porque él quería uno y a mí no me gustaban. Me pareció simpático pensar que tal vez a mi también me ganarán la batalla, y terminaremos teniendo ese perro. Hablamos mucho de ellos, era gracioso ver como también se parecían; para empezar coincidimos en que ambos eran un par de suertudos, inteligentes y difíciles, con personalidades que a menudo podrían chocar con las nuestras, y sin embargo habían sido una mezcla perfecta, hasta ahora por mi lado y hasta dentro de 10 años más por el de Estela.

Le conté que hacía unos meses había tenido una crisis de estrés en el trabajo, que me llené de ronchas al preocuparme por cosas que no estaban en mis manos, me dijo que tenía que relajarme para evitar un evento vascular cerebral como el que a ella le había dado hace meses, que tomara las ronchas como una primera advertencia, y que las tomara en serio, porque cuando no haces caso a las señales del cuerpo un día se cansa de buscar diálogo y simplemente baja el switch.

Me permitió verla y admirarla en su papel de madre, con el niño más talentoso que he conocido, que se emociona con la idea de ir a una librería, dibuja, escribe, y corrige a los adultos cuando citan mal a algunos escritores. Si yo tuviera un hijo quiero pensar que sería como ese, pero como en esta versión recargada el chip de la maternidad se quedó fuera sólo admiro al pequeño Santiago y pongo de ejemplo su original personalidad cada que puedo.

En cada plática surgían más coincidencias, cada vez me gustaba más escucharla, y verla me provocaba una enorme tranquilidad al pensar que si esa era yo en unos años, lo había hecho bien. Me gustaba verme en ese espejo, siempre amable, divertida y congruente.

Hay quienes pueden fingir afinidades con tal de parecer el alma gemela de alguien. Permanecen en la vida de otros estando de acuerdo en todo, amando y odiando lo que el otro diga, con tal de llegar a un día en que puedan decir “llevamos muchos años de ser amigos”. Nunca he podido hacer eso, soy muy yo todo el tiempo, con gustos y pensamientos que limitan considerablemente mi universo de amigos. No tengo problema con estar sola, soy una mujer que se quiere a sí misma y que en su interior se reconoce extraordinaria sin importar si alguien allá afuera se da cuenta. Pero a veces cómo se anhela compartir lo que nos grita desde esa enormidad de adentro, y que en otros simplemente no hace eco. Encontrar a alguien cuyo adentro le grite en el mismo idioma, eso para mí es encontrar a un amigo.

Nuestros duplicados, pueden o no parecerse físicamente a nosotros, por eso podemos tardar en reconocerlos, pero si prestamos atención veremos idénticos pedacitos de nuestra alma formando parte del otro.

No debe haber problema en ir por la vida con uno mismo, ni en convivir con gente totalmente distinta a nosotros, de ambas cosas aprendes y creces, pero seamos honestos, también te cansas. Por eso agradeces tanto cuando un alma afín aparece y le hace un guiño a la tuya diciendo “llegué, vamos a divertirnos”

¿Se imaginan entonces cómo fue verme llegar a mí misma, con 10 años más para hacerme compañía? Tal vez exagero y es sólo mi ego esforzándose por hacerme ver parecida a una mujer que quiero y admiro. Tal vez sólo estoy demasiado contenta al ver que hoy tengo con quien asistir a presentaciones de libros, con quien inscribirme a algo tan ñoño como un taller cultural en domingo, con quien compartir de una enormidad a otra. Tal vez sólo intento dar gracias por esta amiga que llegó del futuro para hacer mejor mi presente.

El café en mi vida

El café en mi vida

Empecemos con que tengo dos cafeteras en casa, la clásica de goteo y la recientemente popular de cápsulas, elegir entre ambas es fácil. La primera es mi consentida, tal vez porque llegó sola, no tuve que comprarla; fue en una tómbola navideña del trabajo, yo ni siquiera estaba presente. Había tenido que irme justo después de la cena por un compromiso personal, me perdí el baile y el sorteo, sin embargo mi amiga Paulinacómplice infalible como siempretomó un papelito en mi representación y al siguiente lunes agradecí su buena mano cuando me entregó la pequeña y práctica cafetera. Sonreí entonces y sonrío ahora porque de todos los electrodomésticos existentes sólo hay uno cerca de mi corazón, cómplice de mi amor por el café. Y es que soy el tipo de persona que comúnmente comete el error de ofrecer café como pretexto para una plática, para llevar la sobremesa, o para disfrutar de una mañana, tarde o noche; se me olvida que no a todos les gusta como a mí, tal vez no estoy con la gente adecuada o tal vez no he podido explicarles lo que significa el café en mi vida.

Sé que nació en Etiopia, la leyenda popular cuenta que fue descubierto por un cabrero llamado Kaldi, quien al ver la euforia de sus cabras después de comer unas bayas rojas, se atrevió a probarlas, sintiendo de inmediato el efecto energético. Comenzó a bailar y a escribir poemas; lo demás es historia, el pequeño grano encontró su camino para llenarnos de magia, hoy todo el mundo tiene café, y los etíopes, orgullosos, lo siguen tomando en tres rondas, llamadas awol, tona, y baraka, esta última significa bendición. Bendito café, tan bendito que cuando llegó a Italia los sacerdotes acudieron a Clemente VIII para que lo prohibiera, y cuando este lo probó terminó bautizándolo.

El café me gusta tanto que me cuesta entender cuando alguien pretende que me apresure para terminarme una taza, no comprenden que es un placer que merece todo el tiempo del mundo y que todo lo demás puede esperar, o peor aún, cuando propongo tomar uno y todos me miran extrañados porque la mayoría prefiere ir por unas cervezas. No dudo que la cerveza tenga lo suyo, pero conmigo perdió, es fría y su sabor no me dice nada, nunca ha habido una conexión entre nosotras, podría desaparecer de la tierra y no lo notaría, sin duda la cerveza es dueña de un mundo, uno al que no pertenezco, sus partidarios pueden decir que relaja, sí , pero relaja tanto que los pensamientos se nublan, las palabras se arrastran, los mensajes se vuelven incomprensibles y con frecuencia hace que el ser humano termine siendo una caricatura de sí mismo. El alcohol es popular como herramienta para olvidar, por el contrario, el café evoca, su simple aroma nos transporta, calienta nuestra mano como dando un apretón firme, nos abraza desde adentro al beberlo, nos relaja pero a la vez nos da energía, es un líquido negro pero sin duda aclara la mente, da origen a conversaciones elocuentes, trae los recuerdos al frente, pone las ideas sobre la mesa, promueve el diálogo, ha sido el preferido para planear revoluciones y estrategias,  el café es tan perfecto que hasta se lee. Tiene tanta historia, tanto camino, y tanto corazón que se siente cuando lo tomas.

Como si esas no fueran razones suficientes, nací en una sierra donde crece en lo más alto, místico, a veces rodeado de neblina, consentido. Su aroma me abrazó desde pequeña, el primer aroma en las mañanas, el de la sobremesa después de cada comida o cena, el que me lleva a la mesa de mis abuelos maternos, a los que sigo viendo y me ofrecen siempre después de comer una taza de café, y también me lleva a la mesa de mis abuelos paternos que ya no están, pero que recuerdo con cariño, mi abuelo un coleccionista de sabores, y mi abuela, sin duda la primer amiga con quien salí a tomar un café, los extraño, pero sé que si quiero, una simple taza de café puede hacerme sentir que están en mi mesa. Cuando llego de visita con mis padres o mi hermana sin duda lo primero que me ofrezcan será café, lo mismo en cada casa de mi pueblo, el café está en todas partes, vive entre nosotros, y es querido por todos.

El café son recuerdos de mi tierra, de mi infancia, como cuando cayó la helada e hicimos muñequitos de nieve, pero todos estábamos preocupados por él, porque se salvara. Escuché a los mayores hablar del café, que iba a perderse, me dieron ganas de salir a cubrirlo con plástico, pero ni siquiera sabía donde vivía el café, tal vez esa fue la primera vez que quise hacer algo por alguien.

¿Cómo no voy a quererlo? Es como el amigo que ha estado ahí años, en los momentos buenos y en los malos, me ha acompañado desde niña con su aroma, ha estado en mi casa, con mi familia, en mi pueblo, con mis amigos; pasó de acompañarme a estudiar para un examen a acompañarme a la oficina, incluso cuando tuve que despedir a un ser querido, también ahí estuvo el café, apapachándonos el alma.

Ha sido un fiel compañero, amigo cercano. ¿Cómo evitar que lo prefiera? Tendrán que acostumbrarse, no voy a cambiarlo nunca, por nada, porque vino de Etiopia pero creció en mi corazón hace años, para muchos podrá ser sólo un grano o una bebida aburrida, para mí el café es sinónimo de historia, rituales, hogar, amigo con carácter, claridad, desahogo, abrazos desde adentro, calidez… es tantas cosas, todas bellas y reconfortantes…el café en mi vida es una semilla, una hermosa, con mucha raíz.

Razones para un NO

Razones para un NO

Un día común en la oficina sonó el celular de mi amiga BK, era un ejecutivo bancario de esos que describen rápidamente los servicios o promociones disponibles pretendiendo que los des de alta en ese momento. Al recibir la negativa de BK seguramente porque su protocolo lo indica le preguntó sus razones, y aquí vino la respuesta que me hizo sumar varios puntos a mi admiración por esta mujer: “No necesito una razón, gracias”. Qué manera tan concisa y elegante de cerrar una puerta. Cuánta energía nos podríamos ahorrar si aceptáramos que un NO vale por sí mismo y no tendría por qué requerir argumentos de soporte.

Me considero una apasionada del diálogo, me encanta debatir y escuchar puntos de vista diferentes pero ¿les ha pasado que satanicen uno de sus NO de manera automática? Cuando los interlocutores parecen estar a punto de sacar agua bendita y hacer que la bebas para exorcizarte mientras impiden que emitas palabra alguna porque no pretenden escucharte; cuando no quieren intercambiar ideas para empatizar sino inyectarte las suyas para que recapacites y decidas inscribirte al modelo de vida que ellos tienen y promocionan como un ejecutivo bancario que no admite un NO por respuesta.

A mí sí me ha pasado; me pasa casi siempre que digo que NO quiero tener hijos. De inmediato se hacen presentes la censura, la desacreditación, la adivinación, la imposición, el drama y hasta la oferta de visitas guiadas; si ejemplificáramos todo eso en orden sonaría de la siguiente manera: no digas eso, no sabes lo que dices, en unos años vas a cambiar de opinión, al menos uno debes tener, ¿quién te va a arrimar un vaso de agua cuando seas vieja?, te voy a llevar a que conozcas a tu tía fulanita que ni se casó ni tuvo hijos para que veas qué triste es su vida…

Entiendo la curiosidad que generan las respuestas poco comunes, y en contadas ocasiones esta ha dado como resultado agradables conversaciones, donde los participantes simplemente nos escuchamos y reconocemos; sin embargo lo común es escuchar argumentos en contra. Me sorprende lo difícil que es para muchos entender que hay puntos de vista distintos, y que cada quien es libre de elegir cómo vivir su vida. Parecen incapaces de romper el paradigma y entender que cada cabeza es un mundo, y que por increíble que parezca hay muchos otros mundos.

A mí no me molestan las diferencias de pensamiento, pero he llegado a odiar la inmediatez con que desechan e invalidan mi decisión sobre este tema. Pretender que te conocen lo suficiente como para apostar que vas a cambiar de opinión, tiene una ligera carga de soberbia.

A veces, cuando no me dejan ni hablar me pregunto si desconocen el significado de la palabra decisión porque no han tenido oportunidad de leerlo en los diccionarios o peor aún, porque no han tomado ni ejecutado una sola en conciencia. Ser objeto de las circunstancias nos puede pasar a todos, ¿pero serlo siempre? ¡Eso sí es un ejemplo de tristeza! No la vida de la tía que ni se casó ni tuvo hijos.

La Real Academia Española define la palabra decisión como: “Determinación definitiva adoptada en un asunto” y “Firmeza, seguridad o determinación con que se hace una cosa”.

¡Qué palabra señores! Me parece clara y hermosa, entonces ¿qué hay de inverosímil en una mujer de casi 30 años usándola en una frase? ¿Acaso sólo está bien decidir cosas que se apeguen a la norma? ¿Alguna vez se le ha cuestionado a alguien por qué sí quiere tener hijos?

Cada cabeza es un mundo, y como dueños de ese mundo decidimos qué rostro darle a la felicidad. Diferentes cabezas…diferentes mundos…diferentes rostros de la felicidad.

En mi caso, hace tiempo que vengo dibujando ese rostro, y recorro sus trazos como quien disfruta del camino que lleva a un tesoro.

Espero que después de leer esto puedan entender que simplemente decidí no tener hijos. ¿Razones? Tengo muchas razones, tantas que necesitaría otro artículo para enlistarlas y desmenuzarlas, pero en este sólo quiero cerrar una puerta con elegancia dejando claro que:

No necesito ningunagracias.”

Otro mueble

Otro mueble para el cuarto

La habitación del departamento donde vivo mide unos 4×4 metros, tiene dos paredes blancas, una amarilla, y la cuarta tiene un closet y la puerta de entrada.

Una de las paredes blancas (sur) me sirve de cabecera para la cama queen size, la otra (este) tiene una gran ventana que da hacia la calle, la pared amarilla (norte) tiene empotrada la tele que veo acostada en la cama, bajo la tele un pequeño mueble de madera que compramos en una venta de garaje y que nunca me ha gustado, pero que cumple con su función de contener películas que se han visto una sola vez, dos mini laptops que casi no se usan, y el play station que sirve para ver Netflix o blue rays y que tristemente no cumple con la función principal para la que fue creado y adquirido, debería ser como el cesto de la ropa sucia que además de cumplir cabalmente con su objetivo tiene una estructura de madera que me sirve para colgar hasta tres bolsas de mano y un saco. Al lado de la cama hay una silla plegable de las llamadas “perezosas”, con estructura de madera y bordado yucateco en morado y lila ¡hermosa!, la compré en una pequeña expo de artesanías en un parque de la colonia pensando que sería perfecta para leer pero realmente no la ocupo y permanece plegaba junto a un pequeño bote de basura cilíndrico y metálico que visto desde arriba podría ser un punto final plateado que le dé un toque minimalista al párrafo de mi habitación.

Todo eso para decir que el que tiene un problema es el closet, ¡ya no le cabe nada! La parte de los ganchos está bien pero la hilera vertical de la derecha formada por dos compartimentos de 50x50x50cm y tres cajones de 50x20x50cm se ha visto claramente rebasada por la cantidad de ropa y accesorios que desbordan de ellos. Definitivamente necesito la cajonera vintage que vi en una página de diseñadores mexicanos independientes, y de paso colaboro con la industria nacional.

Decido trasladar todo lo que se desborda del closet a la cama, para doblarlo, evaluar el volumen y conocer si las dimensiones de la cajonera vintage son suficientes o si requiero algo más grande. Comienzo a vaciar los cajones, hay mucha ropa que no uso, porque ya no me queda, ya no me gusta, incluso porque había olvidado que la tenía. Hay vestidos que he comprado para diferentes eventos porque no se vale repetir, pero eso sí, la mayoría son negros y la verdad es que todos se parecen, hay prendas sin estrenar, maquillaje comprado hace meses o años, decenas de esmaltes, labiales, delineadores, polvos, cremas de día y de noche, perfumes, todos ellos vestigios de mis intentos fallidos por hacer algo que nunca me ha interesado; collares, pulseras, anillos que no me pongo, un reloj de diseñador que lleva años sin pila, mi última adquisición un largo collar de perlas hecho por una diseñadora jalisciense, comprado hace meses, un día que se me ocurrió que era un básico que debía tener y que por supuesto no he usado ni una sola vez, con todo y que combina con cualquiera de mis vestidos negros.

De repente siento que son más las cosas que no uso, en la parte de abajo hay zapatillas sin estrenar, tenis blancos de tela que se ensuciaron y que no he lavado, más zapatillas… ¿por qué tengo tantas si detesto los tacones? Tal vez podría tomar lo que actualmente no uso y guardarlo en el mueble de madera que ocupa una pared completa en la sala, finalmente si no los uso tanto no veo por qué tenerlos a la mano en mi habitación… Entonces me acuerdo que el mueble de la sala también está lleno, los libros pueden ocupar el espacio que quieran, pero pienso en la pequeña colección de bolsas y mariconeras que tengo bajo llave en ese mueble ¿cuándo fue la última vez que usé una de ellas? Tal vez hace un año, la coach dorada de piel que combina perfecto con unas de las zapatillas que siguen en su caja sin estrenar…En este punto me da pena recordar esa frase que dice “No compramos con dinero, compramos con el tiempo de nuestra vida que tuvimos que gastar para tener ese dinero”…no me malinterpreten, vivo en el capitalismo, lo entiendo, coexistimos, no pretendo que desaparezca y llevamos una relación cordial, es sólo que pensar en el tiempo que gasté en todas esas cosas me sacudió un poco; guardar ropa por si vuelvo a cierta talla cuando esa ropa podría estar vistiendo a alguien más me pareció tan absurdo como comprar una cajonera para guardar cosas que no uso.

Siempre me han parecido de mal gusto esas casas llenas de estantes y muebles que se encuentran a punto de colapsar por el peso de objetos inservibles como recuerdos de bodas, XV años, bautizos, numerosas figuras decorativas, mantelitos de crochet…Esas casas con paredes tapizadas de platos de cerámica, mariposas de papel, cuadros de la última cena en relieve o cualquier decoración que resulte un exceso a la vista, no entiendo que la gente se sienta cómoda con tantos estímulos visuales, no me había dado cuenta que a menor escala y en mi propio estilo también me he convertido en una pequeña acumuladora, una de closet, literal.

Soy una mujer práctica, puedo salir de fin de semana con una bolsa longchamp estándar conteniendo todo mi equipaje, trato de comprar sólo lo que necesito porque siempre tengo la sensación de que un día voy a querer mudarme y que la carga debe ser ligera, entonces ¿cómo llegué a esto? Veo como una montaña de cosas en mi cama se transforma en mariposas de papel que me convierten en una casa de mal gusto…a punto del colapso.

Cuántas cosas compramos pensando que las necesitamos con urgencia, que son indispensables o que son tan hermosas que no podemos vivir sin ellas y simplemente terminan saturando los espacios donde deberíamos vivir tranquilos, ligeros. El mejor halago que le han dado a mi departamento vino del hijo de una amiga, un pequeño genio de 10 añitos que me dijo “me gusta tu casa, es simple, nada en las paredes, pocas cosas en los muebles, simple”, a mí también me gusta simple, no me gusta este exceso así que tomo lo que hace tiempo dejó de ser mío, lo que no forma parte de mi día a día y lo llevo a un lugar donde puedan entregárselo a personas que les den uso, me deshago del peso y vuelve a mí el sentimiento de ligereza, estoy lista para mudarme si es necesario.

Después de todo hasta espacio de sobra tengo en el closet, espero no perder el enfoque, no quiero ser una acumuladora, ni tener cosas que no necesito, ¡nunca más un closet que se desborde! Entonces veo el cesto de ropa sucia sosteniendo tres bolsas de mano y un saco, ¿podría colapsar? Tal vez lo que sí necesito es un perchero, seguro en la página donde vi la cajonera encuentro uno bonito y no tan caro, pero sobre todo funcional. Checo las opciones y me decido por un perchero blanco de madera, también es vintage, de 550 pesos, ¡qué bien se siente hacer compras inteligentes! Me lo entregan en seis días, mientras tanto guardaré las bolsas y el saco en el closet, ¡caben sin problema! con todo lo que saqué ya hay suficiente espacio ahí dentro y…esperen…mejor cancelo el perchero.

MazamitlaP2

Mazamitla

Mazamitla “Lugar para cazar venados”… parece ser un buen lugar para alguien cuyo nombre significa “aquella que es fuerte como la flecha”.

Pienso en la breve travesía para llegar aquí, en cómo las decisiones rápidas, poco pensadas, pueden llevarte al lugar correcto.

Apenas la semana pasada a estas horas regresaba a la oficina a esperar que dieran las 6:00 p.m. (aunque nunca salía a esa hora), y hoy me encuentro en este lugar, donde sólo se escucha el tic-tac del reloj de pared colgado sobre la puerta de la entrada, y leves rugidos de viento que anuncian una posible tormenta. Siento más como una amenaza al primero que al segundo, es más, al segundo le suplico que cumpla su promesa porque el sonido de la lluvia me agrada y a través de estas ventanas me gustaría verla en acción, descargándose sobre los árboles. Del reloj me encargo yo, basta tomar uno de los bancos de madera del mini-bar y ya está.

Arriba de la chimenea hay un televisor, su presencia en este lugar me insulta un poco, pero debo confesar que le temo, me sedujo desde pequeña y espero no caer. ¿Qué sentido tendría estar aquí para ocupar la tecnología? (¡listo!, problema del reloj resuelto). Afortunadamente la señal del celular es limitada, si no facebook me haría suya mucho antes que la televisión.

Aquí literalmente no hay nada, sólo el bosque y otras cabañas, por fortuna lo suficientemente alejadas unas de otras, y como es entre semana, todavía menos de que preocuparse. Estoy cansada y necesito relajarme, no por el viaje sino por las últimas semanas. Intentaré llorar lo acumulado, aunque posiblemente no lo logre. Yo creo que las lágrimas expiran, si no las usas en el momento se evaporan, y puede que llores más adelante pero no serán las lágrimas correspondientes.

Es lo malo de ser una “mujer roble”, nadie espera que te quiebres, que dejes de comer y que te deprimas, al contrario, te hacen observaciones sobre lo que está pasando esperando que las metas todas en una lista que te permita hacer un mejor análisis, porque así se supone que seas… cerebral, visceral nunca, y sentimental menos; y sabes que lo harás porque la vida te ha enseñado a sacudirte el polvo y levantarte rápido, pero eso no significa que antes no quisieras un minuto para abandonarte en los brazos de alguien que te pueda ver llorar sin lástima, que entienda que se trata de un minuto, uno solo y estarás lista. Sólo uno, para que no expiren las lágrimas.

¿En qué momento ser una mujer fuerte se convirtió en una sentencia? Que podamos hacer las cosas solas no significa que queramos hacer todo solas. Al menos por cortesía deberían dejar de asumirlo.

-Mientras pienso esto, empieza a llover… a eso me refiero, ¡gracias!-

A veces me dan envidia aquellas mujeres que han sabido vivir en la indefensión, al menos para el mundo, sus tristezas no son un chiste y por lo tanto no deben tomarse a la ligera. -¡Anda! consiguele un pañuelo mientras yo la abrazo y busco el número del terapeuta, tú tienes muy buen semblante, has podido con tanto, que seguro podrás con lo que sea que te esté pasando, así que ni tiempo para preguntar; por el contrario esta pobre necesita un apapacho, toda la comprensión del mundo y que le hablen con un dulce tono de voz; esto sí es una emergencia.-

La mujer roble lo entiende, no podrá abandonarse en los brazos de alguien, así que echa mano de su tarjeta de crédito para comprar lugar y tiempo que tengan cara de brazos abiertos para lograr su cometido. Lo decide rápido, sabe que si lo piensa mucho ganará el balance financiero que su lado cerebral emita; paga la cabaña, compra los boletos de avión, le da uso a los conocimientos de logística que tiene, y que siempre ha puesto al servicio del comercio internacional…hoy no, hoy los usará para sí misma. Hace una maleta pequeña, en realidad es apenas una bolsa de mano en la que una mujer promedio apenas alcanzaría a guardar peines, maquillaje y cremas para tres días. Pero ella no, odia cargar cosas y a sus 28 años el tema del maquillaje nunca ha sido lo suyo. Las mujeres no se dan cuenta de que las bases y los polvos también pesan, con las cargas de la vida ¿qué ganas de echarse algo extra encima? Por si fuera poco, siento que respiro menos con los poros de la cara tapados, pero bueno, somos pocas las que preferimos sentirnos ligeras y respirar bien, de lo contrario la industria de la belleza no tendría el lugar que ocupa.

La maleta está lista, sólo lo esencial, jeans, blusas que no necesiten plancharse y tenis, porque los tacones tampoco son lo mío. Que combinen es lo de menos, este viaje es de introspección.

Me dormí después de medianoche, para levantarme a las 4:45 de la mañana y tomar el primer metro rumbo al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. A las 6:30 a.m. ya estaba arriba del avión, y el vuelo duró menos que el trayecto de mi casa al aeropuerto. Al llegar a Guadalajara evité ser víctima de las tarifas excesivas de los taxis de aeropuerto, y pedí un uber, qué maravilla obtener con un clic un servicio bueno, bonito y barato. Me tocó una conductora joven, de unos 25 años, a la que le conté que iba a Mazamitla, sola, para despejarme porque acababa de renunciar a mi trabajo y contaba con escasos días para entrar a otro, así que tenía que aprovechar (la historia de la mujer roble no debe contarse a la gente que acabas de conocer), conversamos durante todo el trayecto a la Central Nueva de Autobuses de Guadalajara, aplaudió que me atreviera a viajar sola y yo le deseé suerte para encontrar un trabajo relacionado con su carrera: criminología, ¡tanto material de estudio en el país y los criminólogos andan de choferes! es una pena…lo primero y lo segundo, aunque nos hayamos acostumbrado a ambos.

Tomé el autobús de Autotransportes Mazamitla, siendo la única pasajera (aunque en el camino se fue subiendo más gente) y después de 3 hrs llegué al pueblo mágico. Me agradó el pequeño centro, era justo como lo mostraban las fotos de internet. Me apresuré a comprar comida, haciendo caso al consejo de la mujer que vía telefónica me confirmó la reservación: “hay que llegar con alimentos, porque allá no hay nada”. Una bolsa de bombones, dos cervezas, jamón y queso fueron los elegidos para subir conmigo al taxi que me llevó a la cabaña, incluso un vaso con sandía se coló de último momento, cosa que agradecería en el desayuno a la mañana siguiente…y después de unos 20 minutos de en carretera llegamos a la “cabaña panorámica en Bosque Paraíso”. Le pagué al taxista y le pedí que me recogiera 3 días después, agradeciendo que me dijera que no tendría señal.

La “cabaña panorámica” tenía un “2” pegado en la puerta, mi número según la numerología (sumando los dígitos de mi fecha  de nacimiento). Pagué en efectivo la diferencia que faltaba por el alquiler al Señor Benjamín que me estaba esperando tal como me había indicado la mujer que confirmó mi reservación. Las llaves de la cabaña se encontraban pegadas a la puerta…giré la perilla y ahí estaban ellos, el lugar y el tiempo, extendiéndome sus brazos.

la probabilidad del amor de la vida

La probabilidad del amor de la vida

La calle estaba muy dura, encontrar a alguien que llenara las expectativas de una idealista, que busca comerse al mundo, tener éxito, que no quiere casarse ni tener hijos y que en resumen se tiene a sí misma como proyecto de vida, parecía hasta estadísticamente improbable.

Qué difícil encontrar al amor de novela que dicta el entorno cuando uno piensa que el amor de tu vida debes ser tú, y que de ahí se parte para encontrar no una mitad, sino otra persona completa, para tenerlo al lado y llamarlo compañero de vida.

Con la estadística en contra, más me valía hacerme a la idea de una sexy soltería y disfrutar con lo que fuera encontrando, repitiéndome que como decía Simone de Beauvoir “el polideseo nos mueve”. En eso iba pasando por enésima vez el pandrosito que llega a clases en vivo, que responde bien a todo, y que pa’ colmo ¡saca puro 10!, y el polideseo dijo “vas”…porque hay seres que han estado ahí siempre, pero que no vemos hasta que algo en alguna parte se alinea, y a mí se me alinearon las ganas de un beso. Como ese ser era un coqueto, fue muy fácil para esta perversa pretender que caía en la red. Empezamos a salir y el día que me retó a besarlo lo besé. Qué tierno es el rostro de alguien que piensa que te hizo caer cuando es él quien llega a un punto marcado desde el inicio.

Honestamente pensé que sería un beso, o dos, o tres, sin embargo en el camino resultó estar al nivel, hombre completo para mujer completa, no medias naranjas.

De pronto han pasado ocho años, amando lo bueno y trabajando lo malo, con encuentros luminosos y pausas honestas, con días en los que desde lo más profundo me dan ganas de decirle “te amo” y se lo digo, y otros en los que me imagino metiéndolo a una licuadora y aplastando el botón sin más, aunque eso no lo hago, solamente lo pienso y a veces se lo platico para escuchar con alegría que a él también le pasa, y esbozar un par de sonrisas honestas.

Para nada es el amor que dicta el entorno, y qué bueno, porque no buscaba eso, de hecho no buscaba nada, sin embargo aquí estamos, siendo la improbabilidad que tomó forma, el coqueto y la idealista nos convertimos en una pareja rara, de esas que la gente no entiende y que seguro dan miedo, del tipo sin dramas, tan absurdamente seguros de sí como del otro, tan improbables como que una Simone de Beauvoir muy consciente del polideseo haya tenido a alguien a quien llamó “mon petit être” (mi pequeño ser), quien a su vez la llamaba “beaver” (castor).

Si me preguntan ¿qué es lo que da más miedo de nosotros?, la respuesta es que tenemos muy claro que las personas no pueden pertenecerse entre sí, sólo pueden elegir estar juntos, y eso hacemos, por una temporada o por una vida, un día a la vez.

Gisela

Gisela Fosado

Nací bajo la protección de los cerros, en la Sierra Norte del Estado de Puebla, un día después del aniversario de la Revolución Mexicana, en 1986, a eso de las 11:30 am porque madrugar nunca ha sido lo mío, y dándole una sorpresa a mis padres, quienes me esperaban con ropita azul y pañales de niño porque el ultrasonido había mostrado un par de razones para pensar que el primogénito sería niño.

Tal vez en el último momento mi alma decidió que sería más divertido afrontar los retos de esta vida siendo mujer, así, por el puro gusto. Afortunadamente mis padres también habían pensado en nombres de niña, y no tuvieron que improvisar. El nombre que propuso mi padre (tomado de una de sus hermanas) le ganó a otro, débil y desconocido que tenía pensado mi madre, y me llamaron Gisela.
Crecí en mi pueblito, disfrutando las bellezas de la educación básica y media superior, con concursos de escoltas, talleres de danza, desfiles, y ocasionalmente hasta equipos de fútbol. Elegí estudiar Comercio Internacional en la Universidad Autónoma de mi Estado, convirtiéndome en una controversia entre algunas ideas románticas y la realidad del capitalismo que es la senda que camino.
En resumen, hoy soy una serranita que abraza sus raíces pero mira para todos lados para ver qué aprende. Vivo en una ciudad a la que muchos definen como caótica e insufrible, pero a la que yo entiendo y adoro. Soy analítica siempre y disciplinada con lo que me interesa porque considero que la vida no alcanza para todo. Directa pero diplomática, tirana cuando se requiere, pero siempre a favor de elegir mis batallas y amarrar mis demonios porque detesto los dramas (¡la vida no alcanza!).
Soy independiente, introspectiva, al grado de parecer distante, no me molesta la ciudad, ni el tráfico, siempre cuento conmigo misma para dialogar de cualquier tema y transportarme a donde se me dé la gana. Adentro de mi está mi reino y mi libertad, y eso me permite caminar firme en el exterior, con aires de indiferencia tal vez, contando historias a quien quiera escucharlas pero sin dar explicaciones, porque la vida apenas me alcanza para ser como quiero ser, y lo soy.