Autor: Caresu

CaresuDiadeMuertos

“Hoy como ayer”

“Las heridas mortales tienen la particularidad de que se

Ocultan, pero no se cierran; siempre dolorosas, siempre

Prontas a sangrar cuando se les toca, quedan vivas y

Abiertas en el corazón” (Alejandro Dumas)

Como todos los días los intervalos danzan en una melodía casi audible con la parsimonia de un flor, los aromas fluctuaban entre las grietas del ayer y el hoy, pasando por los recovecos de las notas sueltas en una partitura y ahí estaba parada en medio del paisaje, una figura que se difuminaba en el aire, olía a crisantemos esa mañana de Octubre, había andado tanto para verle ahí y llegó como siempre tarde a la cita concertada, esa figura gris partía la ilusión que se había formado.

Parecía que la suma de la experiencia y la indiferencia se habían depositado en su rostro, tenía surcos como los que se hacen las cascadas en las rocas cuando el agua acaricia su corteza,  en su espalda se depositaba el  silencio del desierto donde no podría construir más nidos.

Las emociones que tenía eran clamorosos capullos rodeados de ortigas, miles de cuestionamientos se posaban en las sienes y debía cruzar en solitario sólo alumbrada por la tenue luz de la lámpara de la esperanza aquel camino que había tomado, quizá arrojada por el combate diario de la rutina o por el calor del egoísmo de una fragante ilusión que le había llevado a cavar aquel funesto destino, parecía un mal sueño…

Trataba de quitar la sutil capa que se hace a las remembranzas, como el golpeteo de un arqueólogo que intenta descubrir que hay debajo de cada uno, parecía un rompecabezas sobre la mesa, desordenado y las piezas no encajaban o faltaban, quizá no sabía qué hacer con todo ello ya que las promesas de juventud eran hoy como los poblados deshabitados que sólo quedan casas en ruinas  y los salicores los dueños del lugar, no recordaba cómo eran los colores del silencio. Tenía el corazón con la última llama que se apagaría, después de eso sólo habría silencio, vacio y nada más.

Estaba ahí depositado en la tierra que amaba,  el peaje de su camino había llegado a su fin, una lápida sobre un montículo de tierra  denotaba que hacia pocas lunas había caído en el sueño de los justos y con él se había ido una parte de ella, ese lado que sólo mostraba pocas veces, como cuando es visible el arcoíris después de esos días donde el cielo llora.

Había una lápida gris con un nombre y años solamente, con letras blancas que resaltaban la importancia de la roca,  tenía por cortejo unas flores de cempazúchil que daban toques de sol al lugar, unos cirios apostados como soldados en guardia, firmes y observantes, resguardándolo todo, dulces de mil sabores y en el odre negro mezcal, sobre los platos de barro se podía mirar mole, calabaza en tacha, arroz y tortillas azules al lado, majestuosamente puesta invitando al festín a vivos y difuntos, a lo lejos se escuchaba una guitarra cantar…de pronto observó algo que la dejó helada…

Se preguntó entonces ¿Qué continuaría ahora?, existía una oquedad en el centro de su pecho, había crecido con el paso del tiempo, creando alrededor una especie de coraza cada día más alta e impenetrable, era necesario para su supervivencia mantenerlo así, sólo él podía entrar,  con el suave roce de su piel, el aroma que tenía cándido y tierno como un beso, ahora vivía en sus memorias. Anidaba ahí el profundo deseo en vigilia siempre, como fiel compañero en las noches más obscuras.

Perdió la noción de los años ausente ¿Fue un lustro, una década o un siglo? , lo cierto era que al partir era una edad donde los sueños pueden ser realidad y se  observan con los catalejos del canto del ruiseñor, todos parecen ser tan vividos y reales que dan un impulso casi nato a continuar creciendo, cabalgando en la osadía pero llega un momento en que esto termina y se mira en el espejo lo que hay, lo que se tiene y dentro de uno existe una parte que ha dejado de esperar envolviéndose  en la monotonía de actuar en un mundo que alguna vez se vio tan lejano y hoy estaba frente a él, siendo parte del montaje en que era la obra y actuaba en ella sin haber pedido quizás aquel papel.

Giro su rostro para ver algo que llamó su atención y miró en la distancia una vereda que daba la impresión de ser como esas viejas fotografías que el tiempo va vistiendo con nuevos colores y texturas, el instante capturado no era un preso doliente sino un vago momento, que es semejante al camino alto hacia la colina, donde prometió que siempre esperaría él, siendo el pecho que deseaba y el tributo esperado, recordó que era el sitio donde se encontraban y amaron tantas veces.

Dirigió sus pasos vacilantes como las tardes de verano en la playa, camino hasta el punto donde podía mirarse todo el pueblo, con sus techos granate de dos aguas, blancas paredes circundaban las casas, las chimeneas a las afueras donde había un obrador, una panadería, el herrero y todo permanecía como las pinturas de Velázquez, los aromas seguían tan vivos como los extrajo de su memoria, cada flor, cada árbol y cada palmo del bosque seguía ahí como mudos testigos, con la misma sagacidad de un tiempo atrás, cerró los ojos y aspirando profundamente pensó que los antiguos combatientes  atravesaban las planicies con el fervor de un santo y el desdén de un condenado, llevados por el simple deseo de buscar, encontrar y poseerlo todo, continúo su andar con el pecho absorbido de pequeñas turbaciones, el día comenzaba a dormitar, como la trayectoria natural de una caravana en el desierto, quizá los negros presagios que pesaban por su mente se debían a su forma actual desdeñosa y turbia, había dejado de brillar hacía tantos ayeres que la metamorfosis sufrida se había llevado la lozanía de los olivos, en ese instante sintió que no tendría patria alguna,  continuar  bajo esa piel prisionera del fragor de la tempestad sería como aquel caracol que no alcanza a subir a la rama del árbol, por más que lo intenta no consigue.

Al descender y regresar rumbo a casa, anduvo sobre la grava cuyo pequeño chasquido al tocar los guijarros dan la impresión de tipear sollozos que fluyen como los minutos en los recovecos de la memoria, esos que se quieren silenciar para no despertar la sospecha que en cualquier momento el dique será abierto y de el brotará todas las lágrimas contenidas vaciándose  para ahogar los jardines del interior a tal punto que después sea difícil de contener nuevamente.

Pero ya era imposible, había ocurrido, empezó a agrietarse, por donde menos pensó el cataclismo en lo recóndito y sucedió, empezó el manantial a limpiar todo a su paso y llevándose troncos, piedras, hojarasca etc.  todo lo que en el pecho se guarda por años y está ahí como astilla en el dedo, molestando y empezando a hincharse pero después del nivel más alto de dolor, se acostumbra uno a tenerlo adormecido, amoratado siendo parte de la cotidianidad que después es un recuerdo apagado, entonces  el dedo enfermo y putrefacto, sigue ahí , pero con ignorarlo se cree que es suficiente entonces llega un día en que no se puede más y es necesario amputar para evitar una infección mayor pero esto no aligera la carga, porque la falange amorfa continúa siendo parte de uno mismo, siempre dispuesta a asistir a la invitación de cambiar el sentido de las cosas y del mundo, asir la cosas con nuevos enfoques reconocer la necesidad de despedirse, de lo establecido y empezar algo nuevo, por eso le dolía tanto no estar en aquella cita, pasaba las hojas del calendario sin ver, reprochándose no llegar a tiempo y cuando por fin tuvo la lucidez era tarde, como esas rosas de mayo que ya no florecen hasta a siguiente primavera , entonces sin darse cuenta llegó al lugar que la dejó helada, sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, un ventarrón arrojo lejos la bufanda y al caer cerca de una lápida observó el nombre y la fecha… pero ¡¿cómo era posible?!,  ¿En qué momento había ocurrido?… ella estaba parada frente a…IMPOSIBLE!!!  Se decía y clamaba, cuando de pronto enfoco la vista y…

Estaba de pie con el traje de gala que uso una vez,  se veía perfecto él, alto, de figura vigorosa, espalda ancha sus brazos delineados con cincel, sus hombros reconciliaban la sagacidad con el placer y la inocencia, tenía una mirada que incendiaba los soles en verano, con un halo  de oscuridad alrededor de ellos, las cejas pobladas demarcaban su rostro con fiereza, sus mejillas revestidas  por una barba profunda color otoño y de su cabeza colgaban rizos largos del misma tonalidad de  su barba, desde que se vieron comprendió las palabras de Shakespeare: “HAY PARA MI MÁS PELIGRO, EN TUS OJOS QUE EN AFRONTAR VEINTE ESPADAS DESNUDAS. CONCEDEME TAN SÓLO UNA DULCE MIRADA Y ESO ME BASTA PARA DESAFIAR EL FUROR DE TODOS.”  … ¿Cómo era posible? Era producto de un deseo o ¿estaba ahí…?

               Se acerco con sumo cuidado a la mano extendida, parecía la invitación entonces rozó sus manos apenas, provocando que su ser se estremeciera de pies a cabeza, al sentir el suave toque de su piel era como acariciar los campos de trigo, le tomó por el talle y empezaron a bailar al ritmo de la música, vuelta, risas por doquier todos estaban en frenesí, terminó el vals y le besó apasionadamente como siempre, fue entonces cuando preguntó:

 -¿Es una mala pasada eso?- señalando la lápida…

– No, escucha con atención;  Respondió él con la voz que le hacía caer en una vorágine  profunda, con ese dulce mareo que provocaba tenerlo cerca.

Agregó él:

– “Duda que sean fuego las estrellas, duda que el sol se mueva, duda que la verdad sea mentira, pero no dudes jamás de que te amo” [Shakespeare Romeo y Julieta]

– ¿Entonces?, preguntó ella con expectación.

Añadió él citando otro autor:

–  ¿Sabes a qué has venido hoy… [ ]? Has venido aquí a morir. Hoy tenías una cita con tu destino. Sería tan absurdo como pensar que gotearían tus ojos cuando ¿te duele el corazón no?.  Hace ¿Cuánto tiempo que no comes, duermes o te sientes cansada? ¿No te lo has preguntado?, ¿Hace cuántos soles que caminas sin parar? ¿Cómo es que llegaste aquí?, he ahí la respuesta…

Sintió como un balde de agua fría bañaba todo su ser, las respuestas golpeteaban la puerta de su cerebro y temía dejarlas entrar porque una vez instaladas en ahí jamás se partirían, empezó a ver como su vida pasaba frente a ella como una película en un autocínema mudo donde la luz del proyector es todo lo que ilumina el lugar, vio rostros familiares y no tanto, amigos de su infancia que el tiempo guardo en el tercer cajón de su adolescencia, sus amados caballos, la primera  ilusión, sus hijos, su vida entera , el hecho de que partieran juntos y él, como el dueño perfecto de todo lo que era ella, entonces en el último crisol se mostró como había llegado ahí…así suavemente dejó este mundo como se despide el otoño, sentado en la rodillas del invierno, era ya muy vieja para andar, agradeció volver a florecer por un instante, y recordar los buenos tiempos en que fue tan feliz.

Por un momento fue joven, de nuevo y observó que todos llevamos en nuestro ser parte de cada uno de los tocamos en nuestra vida, son células de nosotros mismos, esa chispa que surge cuando conocemos alguien es memoria de una vida pasada, el alma reconoce al amigo tan amado, al hermano, al hijo o al amante de un tiempo atrás todos estamos concatenados en una secuencia de actos del universo, nadie es un verso suelto, formamos parte del mismo poema escrito por Dios, ahora todo límpido y estaba en paz.

Había regresado a su hogar, con quien amaba y estuvo presente siempre, con un bagaje de decisiones y pulsaciones que hoy estaban enterradas bajo esa tierra, para volver a ser polvo y trotamundos de otra forma.

La brisa con su voz mecía las ramas de los árboles y los sauces responden lanzando al espacio un trino, reclinan su cabeza en la columna de la memoria, resplandecen a la luz de la aurora, ambas lápidas estaba juntas, como siempre desearon, juntos en esta vida y todas las demás.

Entonces  permanecieron inertes ante el tiempo que mira pasar un océano de invisibles orillas en el  mar donde la espuma es como la ilusión de una piedra preciosa, cerró los ojos, una luz proveniente de lo alto irradió un sendero claro, ambos caminaron hacia la luz eterna.

Alcanzarlo

Alcanzarlo… asirlo… quizá…

Eso nunca sucederá. ¿Quién es capaz de mover los bosques

y de alinear en batalla los árboles separando

sus raíces de la tierra que las cubre? 

(Macbeth, act. 4 , esc.1)

El viento llora en busca de los molinos, su voz duele en la piel como el raspar de una lija en la madera, el eco que entona es doliente, quizá busca la mano suave que acaricié el terciopelo del silencio para entonar por última vez el vals negro.

El frío que lo acompaña cala en los huesos, la nieve cubre todo el paraje no hay rastro próximo de otro ser humano en varias millas, los árboles han quedado desprovistos de su follaje, las ramas parecen pequeños huérfanos esperando ser acogidos en cálidos brazos. Nada de esto sucederá hasta la próxima primavera, las huellas han sido cubiertas nuevamente por la nevisca como si quisiera sólo para ella  el toque sutil de su andar, cada vez pesa más  esperar y continuar, de pronto como un espejismo de su juventud a lo lejos divisó una cueva o un hueco, no alcanzaba a distinguir,  parecía una galerna que se acercaba así que con todas sus fuerzas corrió hasta que no pudo más y entonces como un suspiro le abandonaron…

Al despertar no sabía exactamente dónde estaba, ¿había muerto?… ¿fue un mal sueño?… estaba revestido con ropa cálida y diferente cerca del fogón. Sintió como cada molécula de su cuerpo vibraba en suave melodía y los átomos de su ser hacían música, empezaba a sentirse vivo de nuevo, eso le tranquilizó y al mismo tiempo una duda estallaba en el cosmos de su frente que produjo una sensación desasosiego ¿Cómo diablos había llegado ahí?… se enderezó y observó la cueva.

Palmó las paredes que se sentían semejantes a las palabras ásperas que salieron tantas veces de su boca a tiempo y en destiempo, el color de éstas era café oscuro  como fondo de una pileta donde jugaba en su tierna infancia. no era de gran tamaño aquello que sus ojos alcanzaban a distinguir así que asió una vara del fogón y alumbró más allá de donde estaba. El aroma que inundaba el ambiente completo. Cuando intentó caminar e investigar una mano le detuvo, volvió azorado el rostro y contempló la imagen de una anciana de baja estatura, cuyo rostro    tenía los surcos que deja el agua en las rocas, conservaban aún el brillo de la nieve en invierno, de sus labios brotó una voz como si tejiera una canción de cuna, su cabello tenía el tono que conserva la paja cuando está guardada, hace muchos años tendría el color del fuego de la impaciencia y hoy era un recuerdo apagado, uno que no duele. Tenía ropa fresca, poco convencional para el frio, de hilo burdo teñido de verde, largo y amplio, sin ser lo suficientemente largo, dejaba ver su calzado color negro. Lo invitó a sentarse de nuevo.

Le dijo la anciana sin preguntar su nombre;

̶  No importa cómo te llamen si no lo que has hecho con él, las vidas que has tocado y más las que has dejado marcadas para bien o para mal.

En ese instante al sonar de la voz de la anciana como el shofar  sintió un fuerte golpe en el pecho semejante a cuando un árbol cae demolido por la sierra y pudo escuchar cómo se desgajaba algo muy dentro de él, tomó aire y exclamó:

̶  Buena mujer, ¿cómo debo llamarte para así mismo decirte mi nombre?

La anciana exclamó:

̶  No has entendido de inicio esta charla, estás aquí por una razón y con un propósito. Tomarás un sendero diferente después de hoy, quizá te pierdas en el laberinto de la mente, quizá seas el mismo de siempre, pero antes será necesario que nades en los ríos en los que podrás encontrar un nuevo desierto, en el que  la melodía resuene nuevamente y aquello que has tenido en desuso se estremezca como los cañaverales en nítida vibración sinfónica. Cuando transcurran tres jornadas volverás a este lugar quizá con la locura de la diosa Hibris donde el lote a pagar sea parte de la felicidad o del infortunio. Aracne te acompañará y visitarás también a las Moiras…

El joven estaba  boquiabierto no entendía nada de lo que estaba sucediendo a su  alrededor, sólo podía escuchar el estruendo de su corazón como mil tambores en batallón que en cualquier momento detendrán el redoble. Lo que seguiría le aterraba, ese sentimiento de incertidumbre lo había acompañado toda la vida, jugarse la existencia en un volado había marcado su adolescencia que hoy parecía un sueño tan lejano, como de otra época, en otro cuerpo, pero no… había sido en su vida y dejó una cicatriz tan profunda que endureció una parte de su rostro y  el brillo de sus ojos había cambiado. Preguntò entonces.

 ̶  ¿Aracne? ¿Acaso es?…

La anciana respondió:

̶  Ella fue  quien enseñó a  las Moiras a tejer los hilos del destino, su telar es perfecto, resistente y hoy sigue atrayendo con sus formas cilíndricas  a los hombres, te llevará a tu destino, deberás tomar esta agua, aquí te espero…

El joven pensó que era una locura, mejor debía tomar algo caliente, dormir y mañana partir cuando la ventisca bajara, no quería insultar a la anciana ni contradecirla, todo aquello que decía no tenía sentido, pero muy dentro sabía que necesitaba que la batalla terminara y dejar de sentir en soledad.

Tomó el recipiente tosco, de color amarillo, lastimaba un poco el borde rojo de su boca, bebió la infusión y empezó a sentir como  los minutos se extendían como un lamento largo, el sueño le tomó en brazos y lo llevó a reposar a verdes praderas donde ni un vendaval podría alejarlo de ahí. Aracne le tendió la mano y lo invitó a continuar andando a su paso, tocaba con las yemas de los dedos rosas, anémonas, narcisos y un ciclamen.  Anduvieron, cuando se paró al borde del río Estigia, Aracne le indicó que se desvistiera completamente, debía experimentar en todo su ser las aguas gélidas del odio, ellas lo abrazarían y no cesarían de entonar un cántico de mareas bajas, lo llevarían al valle de la tristeza, sentiría las heridas más profundas que supura el alma, le advirtió que recordaría rostros, nombres, escenas y sentimientos albergados en lo insondable de su médula.

Se quitó la ropa poco a poco hasta quedar desprovisto completamente, se sumergió lentamente, dio un grito sordo, desesperado. el hielo quemaba su piel como pequeños alfileres que se enterraban en toda su esencia. El agua helada lo cubrió hasta el cuello,  la otra orilla estaba tan cerca y tan lejos a la vez, empezaba a sentir como el cuerpo entumido, al encontrarse sumergido sin poder alzar el vuelo, simplemente se dejó llevar por el río…

Vio todos los rostros de aquellos que lo ofendieron con desdén y  actuaron como cuando se cava un hoyo y la pala hiere la tierra. Revivió el instante en que el odio se sembró en su corazón y cómo la semilla creció amarga impregnando todo dentro, como la humedad que corrompe el entorno, había sido herido tan abismalmente que todos los puentes de su alma se habían quebrado, la cerrazón de su padre, las patadas que mancillaron su  integridad  y tantos rostros que lastimaron su intimidad. De pronto sintió un jalón que lo regresaba a la vida y percibió que había pasado algo…ya no dolía el pecho como hasta hace unos instantes, ese crujir de ramas en invierno constante que sintió en su pecho largo tiempo estaba desapareciendo, tuvo la sensación de una luz.

Aracne le indicó que debía salir y titiritando de frío buscó una frazada, aunque  sólo encontró una túnica carmín. Se dirigieron hacia el río Flegetonte donde debía purificarse con fuego, era el más difícil de cruzar porque debía perdonarse a sí mismo; sus errores, silencios, pausas, gritos, desquebrajos, omisiones, locura, llanto, todo lo que provocó en otros. Así que con el mismo miedo del anterior escenario entró poco a poco en agua que emanaba fuego, cada paso que avanzaba le cocía la piel, se hacía lento el andar, recordaba los momentos en que se lamentó de las decisiones que había tomado y las consecuencias de ellas,  todos los silencios que mandó al cofre del olvido, que habían mermado su mente como esa cajita de música que repite y repite la misma melodía con la pequeña bailarina llevando el mismo  sentido hasta la eternidad. Tocó esas lágrimas que colocó dentro de una botella que  nunca sacaba. ¿Cuántas cosas por perdonarse?, nadie le había enseñado a eximir y sin embargo giraba esa rueca eternamente, observó como su torso se encendía y la greda de su existencia se hacía polvo… llegó a la otra orilla en un llanto que semejaba a las corrientes del corazón donde se experimenta una ternura emanada como una flor al sol. Experimentó la gratitud del amor, y las aguas del diluvio consiguieron asir las cumbres más elevadas de la pasión.

Sus ojos se llenaron de la niebla resultado de los cambios que había sufrido, tal era su emoción de sentirse ligero, que había nadado sin querer hacia el río Cocito.  Ahí escuchó las lamentaciones en voz de un eco que le pareció familiar como evocando una melodía quebrada, supo de quién era esa voz, cerró los ojos, exhaló, debía continuar…

Llegó al último río Lete, el río más profundo de todos. Si nadaba y era cubierto completamente todo sería borrado de su memoria, quedaría atrapado en un laberinto aún más intrincado que el de Creta, ni siquiera el hilo de Aracne lo podría sacar, era su decisión hasta dónde dejarse tocar y era el equivalente al olvido. Nuevamente quedó desprovisto de todo y con la miseria humana como   única capa, entonces entró en el agua, se mojó hasta los tobillos, deseaba con todas sus fuerzas olvidar lo innecesario, voces, caras, números, pero no su propia historia pues empezaba a comprender que todo lo vivido era la suma de factores y debía ser así para un propósito más grande. Sacudió sus pies, se vistió y siguió a Aracne, faltaba poco para salir pero antes, haría una parada más.

Se quedó anonadado de observar a las tres mujeres: Cloto, Láquesis, Átropos, las Moiras tejían eternamente.  

Átropos tenía la virtud y el poder de cortar el hilo con sus poderosas tijeras de oro, pudo tocar su propio hilo, se sentía vigoroso, eufórico, y a la vez aprensivo, desvelado. Sintió como el agua bañaba sus luceros y por primera vez no era amarga sino dulzona. Átropos  le advirtió que de seguir desbaratando las madejas de los demás estaría a punto de cortar su hilo, sin embargo las oraciones de una madre son escuchadas por los dioses y había tenido una nueva oportunidad.

Era imposible arrancar las raíces de un árbol para librar una batalla personal, en cambio trepar por sus ramas y subir tan alto hasta  ver las estrellas, caminar sobre ellas, vestirse de fresco, ser rayo de luz, gota de agua limpia, así que continuo su camino.

Aracne le regresó al campo verde y despertó del sueño, no había nadie, ni fogón, ni anciana, nada.

Alcanzarlo… asirlo…quizá era su destino e iría en busca de él…

Recogió algunas pertenencias y salió de la cueva, afuera el frío era tolerable y mirando al cielo agradeció a los dioses, su nombre sea quizá de aquel que está leyendo…

 

lamuerte

La Muerte

El azul de mis ojos se extinguió esa noche,

El oro rojo de mi corazón.

Georg Trakl, (poeta Austriaco)

“POR LA NOCHE”

Se escuchan las campanadas 12 para ser exactos, la niebla rodea el campo, el frío que envuelve es completo, el aliento de los árboles petrifica el fondo del silencio, entre las sombras se escucha el ruido de trenes de juguete, risas infantiles y unas cuantas voces dicen ¡Mamá! ¡Mamá! Buscan con sus ojos intactos rostros conocidos, siguen el sendero de rosas blancas cuyos pétalos son una especie de moqueta, incienso impregnado como perfume en noches silentes.

            Pequeñas almas incólumes regresan al hogar que dejaron hace un tiempo, observan a los vivos que hoy en abrazo de sol y luna se reencuentran con ellos, en especial a la luz de las velas esta siempre ella la de dulces ojos marrones, sonrisa cándida entona las canciones de cuna más dulces que el mundo ha escuchado… Makochi pitentsin  ,manokoxteka pitelontsin , makochi kochi noxokoyo , manokoxteca noxokoyotsin …(Canción de cuna Originaria de Gro),  traducc. Aprox. Que duerma mi niño  que no despierte mi pequeñito, mi niño, niño, mi niñito, Que no despierte mi pequeñito, que no despierte del dulce sueño…

            Acoge con sumo cuidado la fotografía sepia de marco antiguo de bordes dorados, la coloca en el centro del altar, flores blancas y de cempazúchil aromatizan la estancia, veladoras de todos tamaños   semejan los deseos perdidos, los sueños esparcidos entre los nardos silvestres, coloca los frutos favoritos, huele a tomillo, a romero y azahar  todo parece aldeas pobladas  por la multiplicidad de los colores, pan de dulce con pasas, miel, limón, naranjas dulces y un tamal de nuez son la ofrenda de este año, cada vez es un poquito diferente como la salida del sol,  a veces tan fuerte y otras más lejana.

            Este año del juguetero de la sala sacó un carrito de madera pintado de verde con vivos azules, tenía unas iníciales JCC, era tallado a mano, de rueditas torpes con ejes sencillos, cabina para dos pasajeros y un pequeño volante, puertas con bisagras y  lo colocó  junto a la foto infantil que no envejeció a pesar de los años, acercó una silla pequeña de un tamaño cómodo, cubrió su cansada espalda con un chal tejido con estambre y empezó a sentir mucho, mucho sueño, sus ojos se entrecerraban,  de momento, sintió que alguien tocaba su hombro derecho, suavemente como las caricias del viento en verano, abrió sus ojos marcados por los surcos del tiempo, al enfocar su mirada vio a un pequeñito de no más de 7 años con un pantalón corto, tirantes de tela con figuras de barquitos, una blusa con cuello époque blanca y una boina gris, sus luceros eran azules como el mar con el fulgor de la promesa de la juventud, sus mejillas como un arcoíris en silencio, extendió su pequeña mano derecha, en la izquierda llevaba ya el carrito de madera así que la anciana dejó de sentir las dolencias del tiempo, se levantó, tomó la diminuta mano y juntos madre e hijo después de muchas lunas, en silencio caminaron hacia Tonatiuh, por fin abrazados estarían hasta el final de los 5 soles.

            Así los fieles inocentes visitan a sus familiares, todos y cada uno sonríe por ser recordados, muchos dejan memorias de su presencia ese día  en el altar como jazmines, margaritas o claveles y regresan al hogar donde el centinela guarda la aurora, las campanadas de las 6 van a sonar…

            Mientras tanto en muchas moradas al calor del fogón, preparan la ofrenda de bienvenida para los fieles difuntos mayores, colocan instantáneas  para no olvidar las mareas altas y las cumbres de su corazón, acompañados de platillos que embelesan los sentidos, mole, arroz, cocido, calabaza en tacha, miel, trigo, cacahuates, café y un cigarro embriagan los recuerdos y salutant al caído, una cruz como la del mártir del Gólgota bendice los cuatro puntos cardinales, el copal es encendido y el humo apenas visible que brota semeja a alguien que danza en el valle con paso lento, remontado en lo alto del firmamento, así calma la niebla que una vez más visita a todos.

            Un arco es colocado en la cúspide del altar como símbolo de entrada para los muertos que son recibidos con alegría, todos se visten de luz y las palabras nuevamente entonan las pisadas que se estremecen en el embate de los árboles.

            Papeles picados que huelen a rojo, morado, verde, anaranjado y amarillo engalanan las columnas que se yerguen a los lados, todos en la inmensidad de un “hola” profundo cubren a modo de sombra cálida todo.

            Fuego que canta como las palomas que resuenan desde lo alto alumbran sutilmente el altar absolutamente se reduce a una vela o un cirio, tantos cielos de plomo resumidos ahí.

            Cacao y maíz en grano semejan la madre Tierra, que en oración colectiva abrazan a los presentes…

            Calaveras de dulce, amaranto, azúcar muestran siempre la calma de una llama que se apaga, semejan a una broma hacia la hermana muerte llamada así por el pobre de Asís, colocan el nombre de los que son para ellos ese instante, mal hacemos al buscar el nombre de los que late su corazón pues la Parca puede equivocar su toque y llevarse a quien no es su tiempo aún,  ellas en ofrenda divina adornan el lugar.

            Una medida de tequila o mezcal para seguir el convite y así eternamente esculpimos un credo de amor entre el hoy y el ayer.

            Un sombrero, un objeto personal muy querido se deposita como un pequeño fulgor ese destello dice a los visitantes que los moradores les extrañan, les aman y que como promesa en el desierto el agua viva brota del manantial.

            Una figura de un perro junto a la foto es colocada de barro o bronce debe ser un xoloitzcuintle para que les ayude a cruzar el río rumbo al Mictlán también un par de huaraches para no herir los pies.

            Y como ofrenda de rosas de un corazón solitario se reza un Rosario, se mezclan costumbres pasadas y presentes cuyo resultado es la piel de bronce, mestizos por fuera en  cuya sangre aún vive el Gran Moctezuma Xocoyotzin y así como el poema de Quetzalcóatl  anuncia la virtud de sus palabras como fandango, se despiden los Todos los Santos con la virtud y promesa de regresar.

            Atraviesan la noche fría con la solemnidad y júbilo en desahogo emocional, se asoman al balcón de la vida para despedirse de la orfandad que dejan y así siguiendo el camino hacia el Mictlán cada uno regresa llevando consigo dalias, farolillos y crisantemos que en suave brisa perfumaran el silencio y la vacuidad.

            Si aprendemos a escuchar, aún resuena  Netzahualcóyotl  cuando canta el caracol…

Miradme, he llegado.
Soy blanca flor, soy faisán,
Se yergue mi abanico de plumas finas,
Soy Nezahualcóyotl.
Las flores se esparcen,
De allá vengo, de Acolhuacan.
Escuchadme, elevaré mi canto,
Vengo a alegrar a Moctezuma.
¡Tatalilili, papapapa, achala, achala! (fragmento del Poema  “No en parte alguna”)

Sinfonia en Gris

SINFONíA EN GRIS MAYOR

“Siempre habrá labios que digan una cosa
Mientras el corazón piensa otra.”
Alejandro Dumas “El Conde de Montecristo”

Las montañas se divisan en la lontananza majestuosas como la vida misma, vestidas con trajes multicolores de satín y seda como los días en primavera, sumergidas entre la música y el candor de un día soleado.

Respiró profundo intentando inhalar todo el oxígeno que le rodeaba, cada molécula entró en sus células, las bañó de prestigio y como meteoros que se salen de su cauce exhaló todo el contenido.

¿Cuántas veces las palabras no siempre salen del tintero como lluvia fresca de un mes de mayo? Muchas veces guardan distancia en el puente del pensamiento ya que no todos los mortales pueden entonar cánticos con ellas, acariciar la piel del alma o encender la flama de la pasión.

Ellas deciden hacerlo y entonces se lanzan en desbandada, fluyen como riachuelo en Akis que citó Ovidio.

Se veía una figura de pie bajo un árbol, el olor a arcilla mojada envolvía el ambiente delicado, suave, embelesaba todo como la misma estrofa de una canción que repites y repites sin final porque hay algo que te atrae como polilla a la luz, de tu mente y tus oídos no sale, está ahí como una ligadura de prolongación, ¡ahh! cuán difícil era decir esas dos palabras que le albergaban en el pecho, si detenía el tiempo, habría que reiniciar la historia desde el momento mismo en que le miró por aquella rendija de la escuela, que duraron un suspiro, un respiro, un latido…

Parecían dos palabras pequeñas de pocas letras pero le escocían el corazón y sentía una sed inmensa que quizá el agua de Lete le calmaría.

Observaba desde ahí la chimenea en cuyo humo bailaba al cielo en cándida danza como el paso de un ángel que era tan profundo como las simas en la playa de sus ojos.

¿Por qué no era capaz de enviar un mensajero con una misiva que dijera que estaba bien? ¿Una paloma? ¿Un poeta cantor?…
Sería acaso que ¿Habría dejado de pensar?, de ¿sentir? sólo debía uncir un par de yeguas, cruzar el valle del descanso eterno y llegar a su lugar. Pero los ríos no cambian su rumbo una vez que empiezan su cansado andar, continúan hasta juntarse con otras aguas y éstas llevan un poco de cada uno como ofrenda al mar que indómito, eterno, profundo e insoldable que permanece esperando que las sirenas canten y así poder tragar a los hombres que lo retan, así era su corazón tan difícil de amar y tan añorado, sentía al igual que Ecco era incapaz de completar las frases, cuan bien le hubiera sido escuchar a Orfeo en esos momentos pero pensó que todo sería fácil cuando las azucenas brotaran y los lirios bailaran, pero las cosas se complicaron poco a poco quizá para bien o no tan bien y últimamente los dioses no han sido muy benévolos, intentaba callar sus pensamientos que se le escapan como el perfume en esos días que alivian los dolores callados.

Cada vez que intentaba deletrear las dos palabras su voz enmudecía, las estrellas se dormían o Celeste se ría tanto que cuando mostraba su sonrisa menguante daban ganas de lazarla y hacer un columpio en ella.

El temor que sentía a la risa sardónica, era como el león de Nemea así que normalmente daba vuelta y continuaba con su vida, evitaba a toda costa que su corazón fuera estrujado nuevamente con minutos que le restan al día y a sus palabras no les faltara tinta.

Recordaba como un gorrión añora la libertad que reía tanto siendo feliz en su compañía algunas veces escasa, otras más prolija que en ocasiones se alejaban porque él prefería amores livianos, pasajeros, nuevos como los cristales de un caleidoscopio, experimentar sensaciones era lo suyo y tal vez en un acto de egoísmo dar minutos del día a quien él deseara eludiendo pasar un día completo, una vida o focalizar su atención en los que le rodeaban, madre, hermanos, amigos y quizá ella contaba entre aquellos, era fácil que él evadiera compromisos por vivir su existencia, nadie lo veía, si supiera que es tan estéril esa actitud, él con su galán porte conquistaba todo quizá porque deseaba comerse el mundo de una mordida, era fácil prometer a largas distancias, ser disperso en su moral y así tener un regazo caliente siempre, cuánto la entristecía esto a ella, sintió como el corazón se deshojaba y crujía como las ramas en invierno, la luz de la bóveda celeste dejó de titilar y el racimo de estrellas apostadas en el horizonte se abrazaba con fusión, calmó su brío, eran tantas vicisitudes que pararse frente a un camino colgante y ver el vacío era mucho mejor que volver a sudar frío, sentir que la sangre le abandonaba porque los pies se ensartaban a la tierra como los árboles de los bosques que están ahí en adolescencia perenne esperando ser tocados por el sol en desusado fulgor.

Caminó colina abajo sintiendo como el paso del tiempo es una sensación de temeridad como cuando observas un caracol caminar de modo pianíssimo y pareciera que la paciencia insensata ignora la lenta agonía de la mañana.

Se agachó para poder asir con sus manos calladas la marga bajo sus pies, se sentía diferente a la arena un poco más burda quizá porque las ninfas aún no bailaban en esa parte, deseaba mirar con los ojos ingenuos lo intangible pero los seres del bosque dejan de realizar prodigios una vez que se cruza la frontera de la incredulidad, para volver a esa parte del país del ayer se necesitaría más que un pasaporte y sabía que se requería…

Regreso a su hogar caminado por el pueblo cuyo piso estaba formado de adoquines pardos colocados en forma hexagonal que invitaban a brincar entre ellos con danzas infantiles y morir de risa al final del camino, escuchó un murmullo era ¿un recuerdo o visión? Fue la más hermosa visión, eran todos niños diferentes que habitaban el pueblo, con los mismos juegos canciones que una vez entonó y miró con sumo cuidado un espejismo, una niña pequeña de trenzas rubias con un remolino en la nuca, un poco de pecas en su infantil sonrisa y el mundo se lo comía con los ojos expresivos.

Estaba la pequeña sentada en la fuente, esperaba que la invitasen a jugar pero los niños no lo hacían, quizá era por su pequeña estatura, quizá por sus palabras extrañas o sólo sea un quizá suelto en el infinito esperando ser alcanzado por un cometa, con la pequeña había un hermoso perro color café, recordó su niñez.

Cerró y apretó los ojos, contuvo la respiración tres tiempos y al abrirlos la pequeña había desaparecido como lo que era, una ecco del pasado.

Continuó caminando por los pequeños espacios de las calles, tocaba con las manos las texturas corrugadas, suaves, ásperas de las paredes de las casa, negocios todo parecía una pintura de Pieter Brueghel en movimiento, hasta que por fin cruzó la campiña vestida de verdes, azules, granates, amarillos como la paleta de un pintor, divisó su hogar y sonrió para sí misma, estaba en casa…por fin.

Subió los tres escalones viejos de madera que crujían como si desgranaran el maíz en primavera, se limpió los pies en el tapete pequeño con un diseño amorfo ya, por el paso de los pies diariamente, abrió la puerta de encino y chilló suavemente como el ronroneo de un gato, caminó hacia la mesa del comedor y sentándose ahí abrió la misiva que estaba depositada junto al tarro de miel.

Las misivas que compartían a diario eran sobre todo y nada, desde el vuelo de las mariposas hasta que la noche abrazaba el orbe, pero las palabras pueden conquistar hasta el corazón más blindado pero son eso palabras que pueden realizar el milagro de experimentar que la luz opaque y confunda las cosas, a veces tan cercanas, a veces tan llanas.

Sonreía cada vez que su inocencia se nutría de fragancia y que la alegría dejaba de estar enlutada, pero la lejanía de sus hogares, las multitudes de las personas que le rodeaban, los separaba, si era intricado convivir casi a diario más lo era así.
Todo se enreversa cuando empiezan a interactuar las playas profundas del verano en el mirar de cada uno, tenemos simas y cimas insospechadas, algunas muestran yerros penosos, otras tantas esperanza engarzada en el cuello.

Habían pasado muchos inviernos juntos, hablando del futuro que se difuminaba siempre con las evasivas de viajes a diferentes reinos, cruzar mares o simplemente dejar de importarse.

Deseaba escribir una carta que fuera tan larga o tan corta como las lágrimas del rocío acercarse, buscar y hallar son letras en movimiento cualquiera diría que es decisión pero no es sencillo para quien ha sido contenida toda su vida, ver la vida como la veía en ocasiones, como un alma vieja que no encaja fácilmente en el rompecabezas diario quizá por eso no le invitaban a jugar de niña y cuando empezó a compartir esas cartas, momentos, instantes y amor supo que ahí radicaba su corazón.

Al mirar por la ventana y recordar aquella luz que indicaba que estaba él en ese momento ahí, al calor de la fogata sintió unos golpes como espuelas en el pecho, era como el plomo caliente vertido en sus venas, no había experimentado esas sensaciones nunca, pero están ahí como la ropa en un baúl que al necesitar algo del fondo, empieza a sacar todo, sintió que estaba colorada en la cara por fortuna nadie le vería así. ¿Qué era lo que sentía?… Su alma ya no era incólume.

Empezó a escribir la carta, la enviaría y esperaría una respuesta, quizá llegaría en un día, un año o nunca.

Así lo hizo y…

La mañana de tres otoños después justo antes de caer la última hoja, alguien tocó a la puerta, realmente hacía frío pues el chico que estaba frente a ella tenía la nariz de grana, usaba un gorro curioso pues al parecer un día le tapó toda su cabeza pero ahora parecía un Kipá la imagen parecía una caricatura de sus cuentos infantiles, el chico pidió un poco de cocoa caliente y entregó lo que llevaba en la mano.

Abrió el sobre, tenía sellos extraños y parecía que había tardado un par de meses en llegar a su destino, leyó con sumo cuidado mientras el chico se extasiaba con las pinturas colgadas en las paredes, estaba un Rembrandt, un Pollock , las Meninas de Velázquez entre otras, todas colocadas exquisitamente en la sala, resaltaban por el color vainilla claro de las paredes, en el salón había un sillón mediano para dos personas, cuyo tapiz era sepia, dos sillones individuales dispuestos con cuidado frente a una mesita de centro con patas victorianas, podrías sacar fotografías ahí y parecería una sala de museo de la Capital, realmente hermoso.

Olía a benzaldehído (aroma similar al de las almendras), Vainillin todo era como esa fragancia deliciosa de los libros antiguos, la casa entera estaba impregnada de recuerdos, voces, sueños, y perfumes que te invitaban a volver en el tiempo y ver a la abuela en la mecedora tejiendo el chal eterno, el viejo perro Golden a sus pies y la música de cornamusas, de la cocina venía el dulce olor a pan recién horneado, por eso el chico no sintió el intervalo del reloj, mientras ella leía y releía la carta, era increíble él había partido a un viaje de esos que acostumbraba largos y desconectados del mundo, viajó al reino de Siam, en la expedición contrajo tifoidea muy común en aquellas zonas, así que perdió la batalla contra Mórrigan y en sus brazos cruzó para ver a Taranis.

Agradeció al chico la atención de llevar ese sobre tan esperado como el vuelo de las golondrinas a pesar de las inclemencias del tiempo, obsequió un poco de chocolate en barra para el camino antes de que helara más. Cerró la puerta que exhaló una mueca y dispuso arreglar una maleta, debía despedirse de quien en un tiempo había sido todo y nada.

Tardaría en llegar, con ese clima no es fácil cruzar la campiña que ahora empezaba a vestir pureza combinada con un dejo de tristeza, salió en su caballo y emprendió uno de los viajes más difíciles de su vida… despedirse de él.

Llegó al camposanto, caminó al mausoleo y vio a la madre ya anciana de aquel que amó en su infancia y juventud, reprochando todas las palabras que no se dicen, que no expresan, abrazos que no llegan, momentos que no se atesoran…

Rodeo con un abrazo cálido de esos que no te rompen sino cobijan, a la figura marchita, de cabellos como espuma del mar y ambas lloraron.

Antes de salir de ahí, dijo quizá las dos palabras más difíciles de su vida, esas que albergaron en su pecho muchas décadas, palabras que tal vez hubieran bañado sus mañanas de marzo, cubierto sus noches de abril y ahorrado tantas cosas, entre la falta de tiempo, decisión, timidez, la eterna postergación y esa resistencia a madurar.

Miró los restos depositados donde ya no hay recuerdos y pensó que los seres humanos somos juegos de azar complicados, amamos la ilusión de una imagen y perdemos la cercanía de los que nos rodean, nos enganchamos como globos aerostáticos para ver un panorama general y algunos pierden la perspectiva particular. Probablemente en esta vida ese cuento le tocó vivir y ambas historias en algún capítulo se engarzaron para algún día terminar en el mismo estante de una librería.

Este no era el tiempo, así que salió de ahí, al fondo se escuchaba una sinfonía Adagio de Albinoni, con un acordes un poco más grises, parecía una Sinfonía en gris Mayor y nuevamente pronunció las dos palabras que eran… ̶ Te extraño ̶ . Ahora sonaban más fluidas que otros momentos, y eso era bueno.

Salió de ahí, sonrío de nuevo y dejó atrás el pasado, era tiempo de volar.

Caresu.

babieca

Quizá llegó el día…

Llevamos nuestras vidas, como el agua que corre colina abajo,

Más o menos en una dirección, hasta que damos con algo que

Nos obliga a encontrar un nuevo curso.

Arthur GoldenMemorias de una Geisha

 

Los cirros se deslizaban sobre el sol poniente. La luz es naranja, granate, preciosa, acariciable con la voz del fuego que te llama, hipnotiza, abrasa, la ciudad se contonea entre el mar y la montaña, la noche ha sido remachada.  -Qué hermoso lugar para olvidar el contenido funesto del alfabeto, pero ahí, no es el ideal para  buscarlo a él…todo desde la ventana se ve como el escaparate de la tienda de Madame Marie, tan cerca y tan lejos a la vez. Mirar sin observar de nuevo, estaba sucediendo, sus pensamientos vagaban entre las vías del ayer y las hojas de los libros del desván, ¿Hace cuánto que las fibras de su cuerpo no se movían?…Suspiró…

Al salir de la habitación para respirar un poco de la brisa matutina, bajo al pórtico donde respondió la duela bajo sus pies, con el sonido que te acompaña con queja suave que no molesta, abrió la puerta donde el tintineo de la campana sonó pequeñito, tierno apenas audible, por fin algo de paz tenía,  observaba desde la distancia como llegan a pasar desapercibidos el desgaste de las cosas, no se ve el óxido, las manchas del tiempo,  las malas hierbas apostadas en las esquinas y la pintura cayéndose, ni se distingue las grietas de las paredes porque se esconden como el polvo que juega en la habitación para no  ser desprovisto de ese lugar que hace suyo. Ves los sitios como alguien los imaginó alguna vez… Es más impresionante, verlos y olerlos que lo que retratan las fotografías.

El olor a conocido llegó a su memoria era tabaco, no sabía exactamente de donde provenía era una mezcla dulzona  y amarga, se metía en su nariz y vestimenta como la ilusión de aquel primer gozo ante un flan de sabor nuevo, trajo a su memoria partículas de su adolescencia, que flotan en los rincones de la mente contra toda ley gravitacional, que se agolpan como domino para jugar algo ya imposible de borrar.

Continúo sus pasos por el jardín y en la barda estaba un pitillo de la marca que le era familiar, aún estaba encendido, ¿Quién lo encendió? A caso sería… ¡¡Imposible!! Hace mucho que había partido cuando la tarde se apagaba, observó ella como tomaba la barca hacía un puerto de nombre extraño del otro lado del mundo, jurando no regresar,  así que lo asió con sumo cuidado apagándolo a la vez para evitar que el fuego tuviera hambre y en busca de saciarle pudiera devorar todo a su paso. El fuego tiene una voz labiosa, penetrante, cálida y abrazadora, se le escucha cuando hace suyo la madera, las hojas y basta un poco de viento para que corra libre, frenético y abrasador.

Sobre sus huellas regresó a la casa que le albergaba desde hacía un tiempo, la idea del cigarro seguía en su frente.

Escuchó al entrar a casa atentamente  el tictac del reloj,  que remachaba su cerebro con su falta de tino, siempre marcando a destiempo, sonando el badajo con esos golpes que arrancan el aliento.  Esa clepsidra ha sido testigo cuando los silencios, olvidos y pausas le han  roto  los minutos y las horas semejante a quien quiebra una pecera y se queda ahí viendo morir a los peces que cuidó durante mucho tiempo. Esa sensación lastra.

Encendió el reproductor y escuchó una de sus arias favoritas Un bel di vedremo, levarsi un fil di fumo sull´ estremo… (Madame Butterfly), escucharle era agradable, sabía que cada vez que la entonase su recuerdo estaría presente el de Babieca.

Babieca llegó a su vida cuando tenía escasos 13 años, al final del invierno, en las fechas en que el hielo empieza a decir adiós para entrar en un largo sueño en las nubes con la promesa de regresar cuando las hojas hayan tendido bajo el cielo su tapiz de color naranja, a ella le daban miedo los caballos pero este era diferente, era un potrillo de dos meses y en el andar de su mirada  la primavera floreció. Y fue así como Babieca llenó su mundo de ramos de hierbabuena, en todo momento. Gracias a él no fue tan dolorosa su adolescencia, era su todo.

Babieca era el único que conocía donde se ocultaba el tesoro de su vida, sabía sus confidencias y las veces que un chico le rompió el corazón, no había mejor confidente y amigo que él. En la marcha de Babieca sabía que era su remanso seguro, en sus ojos su hogar y su relinchar el dulce arrullo de su infancia, se sentía la caricia caminar, Babieca conocía cuando empezó a fumar, sonrisas  de cómplice, en una palabra era su mundo y ella era el mundo de él. Un día al final del verano curiosamente un viernes cuando la luna se tiñó de lleno, una de las Moiras se presentó, era Átropos  ella debía cortar el hilo de Babieca y llevarlo al lugar de prados multicolores, manzanos que crecen hasta el cielo, limoneros en la orilla del camino, puentes que unen el pasado con el futuro, aguas diáfanas que bañarán su crin de oro , hasta que ella llegue ahí donde sabe que siempre será su hogar… ansia estar con él, aún no es tiempo, él dejó un vacío que aún hoy le duele, oprime su pecho como el hierro frío, golpea con ruido sordo como un puño el pecho,  ese hueco es un abismo que no se sacia, su corazón quebró en mil pedazos y esos cristales que quedaron en el piso al unirlos hoy día están endebles, la tristeza se sentó ahí. Se llevó un trozo de ella en su partida.

Sonó la campanilla de la entrada, salió de sus pensamientos, abrió la puerta y estaba parado frente a ella… parecía una caricatura sin color, quizá los años si habían cobrado su factura, ya no sentía el hilo que los unía, quizá estaba débil, quebrado o como un barco hundido, podría ser que fuera hierba y sus raíces sean tan interdependientes que nadie esté muerto mientras permanezca alguien vivo. Los hilos que la vida nos da, varían según uno se relaciona con las personas en tamaño, materia y extensión, pero irremediablemente son más fuertes de lo que parecen pues al estirarse soportan presiones insospechadas y tratan de aferrarse hasta su último suspiro evitando una hecatombe.

Cuando se vieron en verdad que estaban agrietados. Dejaron de ser un recipiente hermético. Sucedieron hechos, personas que los dejaron, que no les querían, que no les entendían, y también ellos no entendían o comprendían a quien les rodeaba, se perdieron en el laberinto de Creta, se hicieron daño y también fallaron por lo tanto el  recipiente se agrietó por algunos sitios. Y, sí, en cuanto el recipiente se agrieta, el final es inevitable.

Ver por ese odre permite observar desde dentro y desde fuera, todo y nada a la vez…Por fin el sonido de su voz rompió el silencio finamente pues las pausas eran más largas que un compás de 4/4, y dijo con voz ronca:

-¿Puedo pasar?-

-Si traes contigo un costal de felicidad, una canción de infancia, el mar conmovido por las sirenas, el canto de una guitarra nocturna, entra pero si no es así…No.

-Traigo conmigo el sonido contenido en el traste del violonchelo, el sol de un atardecer de Israel, un nuevo desierto, la plácida lluvia que calmo a los sedientos, el olvido de las distancias infinitas, la danza de los huertos poblados de ensueños, el solitario perfilado en el horizonte, la intimidad volcada en los nardos, la eternidad en la sonrisa de un niño, el fulgor que las retinas no pueden observar largamente y  los temporales de la playa donde dejamos de ser como una construcción vieja que cuando sopla de más el viento tira las paredes y de ella solo salen las gaviotas que habitan…

Espero y no tuvo respuesta, ella ya no estaba ahí sólo dejó abierta la puerta…

Con la voz llena de zozobra, le dijo ella -Sabes lo que tienes que hacer cuando uno entra a un lugar… ahí hay espacio.

Llenó el pocillo azul, un poco adolorido por los años, colocó el agua hasta donde no se derrama por la emoción del calor y esperó a que se calentara dulcemente.

El ruido cuando cae el agua caliente en la taza es como una melodía de Camille Saint Saëns sube de ritmo y tonalidad, combinada con el aroma del café forma un exquisito carnaval en la mesa, se conjuga con los aromas de las galletas horneadas, el olor a recuerdos y en el reflejo de una ventanita la sonrisa de un plácido domingo en verano. Hablaron largamente desde don Matías el panadero, Madame Marie y sus escaparates hasta cosas muy íntimas y…

Se había acostumbrado a levantarse cuando sonaban las últimas tres campanadas del reloj, de la cocina, reinaba el silencio en toda la construcción así que Auxo empezaría pronto a rociar las plantas escucharía el flautín del sátiro y sabría bien que estaba por empezar la jornada.

Bajó las escaleras con los pies descalzos, sintiendo en cada palmo de su piel el frío que recorre las células indicando que los sueños deben de regresar al desván del alma y quedarse calladitos hasta que Selene se levante en el cielo y empiece la magia.

Se dio un pequeño tropezón en el penúltimo escalón, pensó en voz alta:  -Deja de bostezar y prepárate ese café-…

Empezaba a amanecer así que la luz cruzaba los vitrales con un toque virginal, no los dañaba ni cambiaba las figuras al contrario era como si se encendieran en mil colores y le sonrieran.

Llevaba un camisón medianamente largo hasta la rodilla, color del cielo en una tarde de domingo, de algodón de un lugar que no se leía pues los signos de la etiqueta era así extraños como los jeroglíficos de la clase de la universidad, pero que más da, se sentía suave, tersa  y como abrazo sobre su piel, el cabello castaño lo llevaba trenzado, se miró en el reflejo de la alacena y pudo escuchar los ecos de su abuela:-  Bájate ese camisón, ponte bata! ¡Carajo! ¡Muchacha de porra!.. Se rio para sus adentros…

El agua estaba lista para ese despertador matutino, traído de un cafetal que estaba hacia la costa, encendió el primer pitillo del día y lo saboreó como una noche salvaje…porque no había sido un sueño, todo ocurrió ayer, era grato.

Terminó ese pequeño placer, se lavó y se vistió para la jornada, aún dormía plácidamente bajo las sábanas aquel extraño hoy, pero  tan suyo que había sido siempre, regresó ya con nombre propio y eso era bueno.

Caminó despacio  hacia el desfiladero, escuchaba como las olas acarician la roca y la desgastan para volver a ella, siempre igual, brioso, constante, había gladiolas, musgo y heno mudas, llanas y muchas veces la sola caricia de las olas era lo que conocían.

El cielo claro, traslucía los rayos por los nimbos que Dagda les regalaba a los mortales cada día,  la brisa fría aun siendo verano olía a color verde, rojo, amarillo…

Parada ahí como un viejo faro, donde anidan las anillas y su canto acompaña a las figuras que danzan un vals negro en la espuma que pega siempre en la misma escala diatónica, justa, perfecta  y sin variables.

Miró por el cristalino espejo de su alma el borde de la isla, y pensó quizá  mañana intente de nuevo lanzarme al agua, perderme entre tritones y llegar hasta donde los sueños lo permiten y tocar el infinito con mi aliento…

Hoy no podría ser, había un pedazo de su pasado en su presente y un futuro difuminado por la duda, observó como Láquesis sonreía desde abajo esperando para recibirla, ella le dijo… quizá  mañana , hoy, cualquier día … así que Láquesis se sentó en una roca, para sorber el vino  Asgrad, tendría que esperar un poco más.

Camino al pueblo se miró en un espejo parecía una amante que camina entre la sanidad y la locura, de pensamientos enmarañados, como cuando se miran ventanales amplios y a pesar de eso la luz no termina de romper las moléculas sólidas del vidrio, inhaló todo el aire posible y continuo su camino.

Compró algo de trigo, harina, huevos, leche ingredientes para hacer un placer más que se disfruta con los sentidos, cocinar, amoldar el fogón  a un pedazo de tarta o aun guiso de antaño. Era buen tiempo de jugar con las recetas.

De regreso a casa recogió flores que están ahí para ser llevadas a un florero, se apostaban todas ellas para ser recogidas y por fin poder viajar fuera de esa tierra, conocer lugares , aromas y texturas nuevas, así es el destino de las flores alegrar con su fulgor la habitación y revestir con su suavidad la piel.

Al abrir el pórtico miró las cortinas sobre las ventanas cóncavas eran del color del trigo del alma, con adornos rojos y con texturas a experiencia de un mes de septiembre cuya es piel rasposa y pesaban como las sombras.

Subió las escaleras de dos en dos y entró a la habitación, tenía junto a la cama de cedro una mesita que era escritorio, banco, mesa, y también altar… era de pino tallada con querubines en la puerta y las patas una a una eran como las promesas de antaño, perennes, indómitas y siempre brillaban como las añoranzas.

La  cama donde reposa aquel que turbaba sus sueños era de cedro traído de oriente, colgaba de ella unos velos que tantas veces cubrieron los cubrieron, había un ropero alto, ancho de puertas color rojizo, suaves y talladas con grecas, al abrirlo podían verse del lado derecho cajones perfectamente ordenados, lado izquierdo ropa colgada, zapatos abajo por colores y estilos, todo debía estar en su lugar, sin mancha ni raya, hizo un espacio quizá se utilizaría.

Puso sobre la mesita el libro que leía, claro antes doblo la esquina en la página actual  era la 241, cerro con sumo cuidado las pastas de cuero color ocre, guardo el reloj de pulso, ese que tanto veía cuando contaba los minutos y las horas para que llegase el momento ese justo instante de explosiones, palabras y que sólo los adultos sabían.

Salió sin hacer ruido, se dirigió al recinto sagrado su amada Biblioteca, había estantes altos, de metal azul y todos los libros ordenados por tema, estos acomodados por tamaño e idioma, ahí encontraba lo que muchas veces no estaba afuera las voces de los libros que le susurraban las palabras para alimentarse, dirigió sus pasos al escritorio lleno de postees, una lámpara, un ordenador de escritorio, una impresora, cuadernos, lápices, hojas y más libros, todo lo que utilizaba cuando se encerraba para crear y dar vida a o que esta ahí esperando salir y ver la luz del sol.

La ventaja de viajar en la mente y en los libros es que es gratis, bueno salvo el cobró de derramar lágrimas por algunas páginas que se llegan a observar en la silla de la vida que se han dejado leer nuevamente, palabras tejidas de promesas que jamás se cumplieron, citas que no dijeron por temor o falta correcta de la entonación misma del lenguaje y la sonrisa de él que está tan próxima.

Escucho ruido en la cocina y recordó lo que había dejado listo para cuando la mañana empezara… no importaba que iniciara a las 3 o 4 de la tarde, estaba ahí y existía una diminuta posibilidad de construir de nuevo. Los recuerdos de años anteriores están ahí siempre como testigos mudos que han herrado las ventanas de la mente, todos podemos hallarnos ahí dentro y fuera al mismo tiempo, mirándonos a nosotros  mismos.

Cerró pues la habitación, dispuso ir a la cocina y al entrar lo vio tal como lo recordaba pero tenía esa mirada cuando descubres un cañaveral y sólo tienes la idea de estar ahí, comprendió que quizá llegó el día de reescribir un último verso.

Al observar su alrededor se fijó que la figura que estaba ante ella era como el bosquejo de un pintor, que una y otra vez debe trazar a lápiz hasta hacer la expresión perfecta y después la mano de Pigmalión le daría la vida.

Tomaron el alimento preparado, el primero de muchos más y esa sombra que se unió un día al horizonte en el compás de la noche, no lo haría más.

Quizá el día llegó, no era tiempo de ir y beber el vino aún en la roca del acantilado, la marea siempre estará ahí con ese vaivén en la cadencia del mar, esperando los murmullos de cada noche, donde se pueden pintar con polvo de estrellas en el firmamento, los trocitos de deseos de las voces infantiles, de los amantes de Verona o quizá las aventuras de un nuevo Quijote.

Pensó que los seres humanos somos en realidad una broma del universo que cruza los páramos, una piel de miel o unas manos de sol, perdemos interminable gotas de rocío cuando dejamos de buscar lo que amamos y a quien amamos, amigos, padres, hermanos, si tan sólo dedicaras una letra a esas personas a diario al final del día el alfabeto tendría sentido y podría cumplir con el fin que fue creado trascender.

Volvió el rostro al florero y vio que  las flores que un día murieron volvieron a vivir, restaurado estaba casi todo.

Sonrió al pararse junto al ventanal y respirar nuevamente  la historia, al fondo de la casa se escuchaba en la radio las letras de una canción…Shule, shule, shule aroon, shule a succir agus…una letra irlandesa…

Por: Caresu