Autor: Autor Invitado

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Jud Garrido

A un mes 19s…

La primeras noches fueron de insomnio, por salir a las brigadas a ayudar o porque qué tal que no escuchaba la alerta sísmica a tiempo, o qué tal que empezaba a temblar y no sonaba la alerta… mi cabeza sólo pensaba cómo hacer más para ayudar, mi corazón se alegraba hasta las lágrimas de sentir el de mi hijo latir a mi lado y saber a salvo a mi gente; se encogía de dolor cuando compartía momentos con las personas al no querer alejarse de sus hogares a punto de colapsar por que habían sacrificado tanto para tenerlo. Mi alma se rompía por completo al ver a las familias esperar por sus seres queridos, ¿de dónde se toma la fuerza para soportar eso?

Pero la vida sigue a pesar de las pérdidas, y uno recuerda el valor de los que hoy están y de lo que hoy tenemos. Reconstruir no sólo muros, también vidas, no es fácil. Si no olvidamos que no sólo en las catástrofes, también en el día a día hay personas reconstruyendo, y ayudamos de alguna forma, el nuevo panorama puede ser mejor.

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Una de Reyes Magos

Una de Reyes Magos

Don Olegario se sentó en la poltrona tejida de mimbre, y comenzó a recordar, a cuento de los primeros días del año, de los días en los que abandonó su casa huyendo de las palizas que su mamá de propinaba con razón, o sin ella. En esos días él tendría unos 8 años de edad, aunque en realidad su abandono había comenzado dos años antes, cuando el coma diabético dejó a su madre en un suspenso de la vida y por supuesto muy lejos de él. La mujer despertó del coma con la amargura recrudecida y sin paciencia. Para entonces Olegario habría aprendido a sobrevivir saciando el hambre y las necesidades básicas igual que los animalillos salvajes de los alrededores del pueblo y sin la supervisión de ningún adulto a su cargo. A pesar de los 15 hermanos mayores que le precedían, por increíble que parezca, del menor de todos ellos, nadie se ocupó nunca.

Así que un día se escapó de su casa en una de las bicicletas de los muchos hermanos que tenía y no paró de andar desde Huetámo, uno de los 113 municipios del estado de Michoacán, comiendo a cambio de trabajo que conseguía haciendo cualquier cosa que un niño de 8 años pudiera encargarse y durmiendo en las bancas de los parques cuando estaba en algún poblado, o en cualquier espacio cerca de la carretera cuando el sueño lo alcanzaba. Habrá pasado una semana cuando el pedaleo le alcanzó para llegar al puerto de Acapulco, ahí una familia de pescadores que tenían hijos pequeños le brindó algo más que comida y refugio. Llegó el mes de enero, para el 5 todos estaban alborotados con la ilusión de los regalos. Él a esa edad, ya no creía en los Reyes Magos, porque nunca le había traído nada. Cuando lo mandaron a dormir le recordaron que debía poner debajo de la hamaca una cajita con sus huarachitos para ver qué le traían los Reyes, y contestó que esos no existían, que esa historia era puro cuento y se durmió llorando de tristeza.

A la mañana siguiente, debajo de su hamaca encontró un trompo de madera, una pelota y unos huaraches nuevos, él lloró de la emoción y volvió a creer en los Reyes Magos. Ahora que es un señor grande, y que todos lo conocen como “Don Ole”, la gente le regala juguetes en buen estado, él los limpia, los arregla y se los da a niños de escasos recursos para que mantengan la ilusión de que los Reyes Magos si existen.

Autor: La Negra

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Un aire de muerto

Esta historia ocurrió en el pueblo de Tuxtilla allá por los años de “mil novecientos Carranza”, el pueblo se encuentra rodeado de agua por un arroyo que se junta con un río. Habría en el pueblo sólo una calle principal que conectaba los dos extremos del pueblo, en un extremo se situaba la iglesia, en el otro estaba el cementerio, entre ellos había un campo deportivo, una extensión de pasto rodeada de árboles de mango. Las casas distribuidas alrededor de esta calle formaban el pequeño pueblo.

Doña María vivía en una casita con su hijo Pedro, que tendría unos 30 años.  Pedro era el sastre del pueblo y tenía un pequeño taller en la misma casa. Trabajaba con una máquina de coser de pedal, al hacer el movimiento mecánico del pedal producía un golpeteo constante, mientras la banda hacía girar la rueda de metal y a su vez, la rueda hacía caer la aguja contra la madera. La máquina estaba colocada detrás de una gran ventana que daba a la calle, la ventana y las puertas eran de gruesa madera de dos hojas, cerradas con una “tranca”, así llamaban al gran trozo de madera que las atoraba para mantenerlas cerradas.

Era la noche del 31 de octubre. Pedro trabajaba tarde en su máquina de coser, cuando Doña María se acercó a él pasadas las 11 de la noche, lo encontró ensimismado cortando, cosiendo y entonces le dijo:

̶  Ya ve a dormir, esta noche los muertos se levantan y pasan por aquí, deja que hagan su recorrido en paz  ̶  

̶  Madre, esos son puros cuentos, los muertos no regresan ̶  contestó Pedro.

̶  Los muertos vienen cada año y pasan por aquí, ya están puestas las ofrendas, el camino está marcado de flores naranjas desde el cementerio hasta el pueblo, en cada casa hay veladoras, con sus fotos y los alimentos preferidos de cada difunto. Ya todos duermen para que las almas puedan hacer su recorrido en paz, todo está dispuesto. No seas necio y ven a dormir.  ̶   respondió Doña María.

̶  Los muertos no andan por las calles madre y yo mañana tengo que entregar un pantalón que no he terminado, así que ve a dormir y déjame trabajar ̶  

Doña María le dejó un tarrito con chocolate caliente cerca de la mesita de trabajo, después, en silencio, caminó a su recámara.

Pasaron un par de horas, Pedro seguía cosiendo y el “traca, traca, traca, traca” de su máquina era el único ruido en el pueblo donde todos dormían. De pronto escuchó un extraño sonido, parecía como un panal de abejas, un zumbido constante, primero tenue y poco a poco se hacía más fuerte bzbzbzbzbzbzbzbzbzbzbzbzbzbzbzbz…

Se asomó por la ventana y a los lejos vio venir por la calle, cientos de sombras iluminadas cada una por una veladora que portaban en la mano, eran los muertos que se habían levantado de sus tumbas y caminaban desde el cementerio dirigiendo sus pasos al pueblo, iban enfilados abarcando todo lo ancho de la calle seguida la primera fila por muchos detrás. Los que no tenían una veladora en su mano llevaban el dedo índice levantado, de su punta salía el fuego que les servía para iluminar el sendero, esos eran los muertos de los que ya nadie se acordaba, y de todas formas ahí venían.

Los ojos de Pedro no cabían en sus órbitas de la sorpresa, cuando distinguió las facciones del tío Cuco, que resultó ahogado cuando el río movió de lugar el pueblo y desapareció algunas de sus casas hacía dos años atrás. Cerró la ventana lo más pronto que pudo y apagó las luces de dentro, todas, hasta las velitas de la ofrenda, corrió a la cama de su mamá a la que se metió temblando como si fuera un niño pequeño y le dijo:

̶ ¡¡Mamá, los muertos!! Los muertos han venido, ̶   susurraba en el oído de Doña María, sintiendo miedo incluso de ser escuchado.

̶  Te lo dije, pero no quisiste hacer caso ̶  contestaba Doña María abrazando a su chiquillo de treinta.

En la ventana se escuchaba un  “toc, toc, toc, toc” contra la madera, y luego,

̶   ¡Hey Pedro!, abre, venimos muy cansados, queremos un poco de agua… ̶  

Pedro no podía moverse, aunque hubiera querido abrir para ser cortés. Se quedaron ahí largo rato mientras el zumbido cesaba. Cuando todo pareció quedar en silencio, fue Pedro a asomarse de nuevo a la ventana, la madre le dijo

̶  Tú no quieres aprender, deja de asomarte que los muertos cuando pasan, siempre dejan un mal aire, un aire de muerto….̶  

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LA LUNA NUEVA DE CÁNCER

La era de la conectividad tiene sus ventajas. Personalmente me encanta sentirme a un clic de todo, leyendo todo el tiempo. En la calle, en la casa, en el transporte, en el baño, podemos recibir llamadas, mensajes, ubicaciones, noticias y todo lo que necesitamos o no. Lo poco común es recibir una advertencia en lugar de un meme en uno de tus chats de whatsapp, y es menos común cuando es de este tipo: “Chavas, ayer fui a una plática de la luna nueva en cáncer y les cuento cómo se ve venir este mes: cambios emocionales, hay que prepararse para las tres semanas más negativas del año, que vienen por ahí del 27 de julio al 17 de agosto, la energía de cáncer nos invita a separarnos, a buscar nuestro propio bien, así que podemos tender al egoísmo, la envidia y los celos.” Me limité a contestar que a mí se me había adelantado la maldición esa de cáncer, y que estaba viviendo el caos de la semana de capacitación en mi nuevo trabajo. Lo hice para ser cortés porque a diferencia de mi amiga profeta de los planetas y satélites, yo no creo en esas cosas. Por algo dejé de ir a la kabbalah, no sin antes decirle a mi tutora lo que pensaba de su centro, donde no se permitía hacer preguntas en clase porque nosotros teníamos que encontrar la respuesta solos, y si teníamos demasiada información podíamos hacer “corto circuito” ¿No era más fácil generar un verdadero interés para que nos inscribiéramos a kabbalah 2, en lugar de prohibir preguntar? En fin, los planetas y yo, nada que ver, están tan lejos que prefiero concentrarme en otras cosas, además ¿celos yo? Soy la persona más equilibrada que conozco, mi novio tiene una mejor amiga desde hace diez años (dos años más de los que llevamos de relación), con ella sale a tomar cerveza, va a conciertos que a mí no me interesan, la invita a la casa, y  sí, a veces es un mal tercio, pero creo que ella no lo nota, y yo no me pongo loca porque respeto la individualidad, tengo ideas firmes sobre la importancia de la amistad, la identidad, los círculos y la vida propia, así que no me afecta, aunque todos a mi alrededor me hagan advertencias todo el tiempo, diciendo que es demasiado, que tendría que poner a esa mujer a raya y que soy demasiado permisiva con esa amistad. No señores, simplemente así somos las personas que tienen los pies en la tierra y no la cabeza en los planetas. A mí me gusta la filosofía, el análisis, el diálogo, no las inseguridades.

En fin, después de esa breve y profunda reflexión decidí dedicarle unos minutos al ocio facebookero. Era jueves por la noche y él había salido, no con su mejor amiga sino con nuevos amigos del trabajo a festejar el triunfo de la selección francesa. Como el futbol y yo, somos tan lejanos como esos planetas que pretenden afectarnos, siempre prefiero quedarme en casa haciendo mis cosas, fomentando el respeto al espacio y las aficiones de los individuos que forman la pareja. Iba a tomar mi laptop pero la verdad es muy lenta, así que aprovechando la ausencia, tomé la de mi novio. WWW.FACEBOOK.COM y su sesión estaba abierta. Me sé la contraseña, pero creo que una sesión abierta en la pantalla de una computadora puede con cualquiera, o al menos pudo conmigo. Empecé a revisar los inbox y encontré una plática con la mejor amiga, había memes, cosas banales y de pronto un link que llevaba a un cartelito que decía “Odio la maldita distancia que nos separa y no poder estar todas las noches a tu lado”, al cual le seguía uno que decía “Quisiera poder traspasar la pantalla y poder besarte, y así abrazarte y decirte que te amo”…entonces sentí como todos mis demonios se desataron, y empezaron a usar mi cerebro para planear venganzas, las desapariciones forzadas de ambos, quería hacer una escena y aventar toda la ropa de Roberto por la ventana, ir a casa de su amiga y arrastrarla de los cabellos por toda la cuadra. Me sentía burlada, traicionada, colérica, ¡cuántas veces me lo habían advertido! y yo, inmersa en ese estúpido discurso de la confianza en uno mismo y en los otros, simplemente no lo vi. Me la pasaba defendiéndolos, hablando de la amistad hombre-mujer, de la amistad en sí, de la importancia del respeto a los afectos de los otros, y resultaba que a mí no me respetaba nadie, que me habían visto la cara, ¡que era cierto! No había que confiar, había que poner límites, ser territoriales, posesivos, agresivos. No tenía que ser abierta, tenía que haberla puesto a raya. Pintar rayas,  todas las que fueran posibles, rayas que dijeran “hasta aquí tus afectos, propiedad privada”, fronteras con púas, campos minados, donde el que se acerque salga volando. Pensaba en todas las medidas que pude haber implementado, todas esas herramientas de novia celosa y berrinchuda que mis amigas me habían recomendado; las llamé inseguras, y ahora lo veía claro, eran mensajes de sabiduría milenaria lo que había rechazado, ¿Cuándo se había visto que una mujer confiara en otra? ¡Nunca! ¡Era obvio! Sólo a mí se me ocurría esa patraña de la confianza, y ¿cómo había resultado? ¡Me habían traicionado! Pero ¿desde cuándo? ¿Meses? ¿Años? ¿Acaso me parecía a la patética protagonista del libro la mujer rota? La tonta a la que el marido lleva engañando ocho años, la pobre a la que compadecía la semana pasaba mientras daba vuelta a las páginas. No…no me parecía… ¡era yo! ¡Así de tonta! ¡Así de patética!

No resistí, le marqué a mi novio y le dije lo que había encontrado, él, con unas copas encima y arrastrando las palabras decía no entender de qué hablaba, me enojé tanto que le dije “si tú no te acuerdas, tal vez ella sí se acuerde”, clic, clic, clic, conectividad, llamada tripartita para enfrentar la realidad, para tomarlos por sorpresa para que no se pusieran de acuerdo con una coartada…Contestó la amiga, con voz soñolienta, escuchó mis reclamos, di lectura a las frases de los cartelitos, decía tampoco entender nada y reventé, clic, clic, clic, screenshot de los cartelitos, enviar en el grupo de whatsapp, y entonces ella se acordó y dijo “¿Recuerdan a Viggo, el chico de Finlandia que conocí por tinder?”…y entonces yo me acordé. Ella se había ido a Chipre por trabajo y a su regreso Viggo había dejado de mostrar interés, lo stalkeamos y vimos en su muro de facebook ese link sobre el amor a distancia… dedujimos que alguien más había entrado en acción, separando a Karina del guapo extranjero que parecía finalmente ser el bueno para una relación seria. Me quedé muda, pero del otro lado dieron respuesta, Clic, clic, clic y la amiga mandó screenshot de ese mismo link, con esos mismos cartelitos en el muro de Viggo. Los demonios dejaron de atormentar a mi cerebro por un minuto, y él aprovechó para sacar todo el expediente de la historia de Viggo; era cierto, ahí estaba todo, ¿cómo se me había olvidado?

Mi novio le dio las gracias a su amiga por la evidencia y le ofreció una disculpa por haberla despertado en medio de la noche por una confusión, ella con la tranquilidad de haber probado su inocencia se despidió  con un “No se preocupen, bye”. Estábamos sólo él y yo en la línea, me dijo que hablaríamos cuando llegara a casa, pero que debía pensar en la escena que hice por no haberle dado dos minutos para hacer memoria. Colgó y me quedé sola, con el ego y la seguridad de mujer intelectual burlados por esos demonios que se reían de mí tras haber escapado en el mejor momento. Mi cerebro preguntaba “¿qué te pasó?”, y a mí sólo se me ocurría una respuesta lógica: soy escorpión, el más celoso y posesivo del zodiaco, signo de agua particularmente sensible a la actividad de los planetas y satélites, y hoy entró la luna de cáncer, era obvio que algo así pasaría.

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Historias de la guerra

Doña Consuelo batió el chocolate interrumpiendo de momento la conversación mientras vertía gradualmente la leche en la chocolatera. Aunque apenas eran las tres de la tarde y el cielo encapotado junto con la humedad del ambiente las había reunido en la cocina para resguardarse del clima en busca del calor.

Mercedes tejía con sus nerviosos dedos de araña un interminable suéter y de vez en cuando echaba breves miradas a su celular que perdía la señal por el clima. Ramona parecía tener “un día de esos” y observaba atenta los movimientos de “las bichas”; unas lagartijas traslúcidas que cazaban insectos en el techo y que de vez cuando bombardeaban de excremento la estancia. Lucía, detrás de su computadora portátil, trataba de hacer un mapa conceptual, tarea de la universidad, pero su mente parecía divagar difusa en los recovecos de una mala situación reciente.

Doña Consuelo que siempre tenía una opinión sobre cualquier tema o un tema del que opinar, recordó sin venir a cuento:

“Cuando los tiempos de la violencia, no hace muchos años para olvidar, ni tan pocos para no contar, llegó a una de las fincas vecinas una pareja de casados con varios hijos. El hombre era ya mayor, tendría unos cincuenta y cuatro años o estaría por llegar ellos. Recuerdo que era de un vozarrón fuerte y una mirada arrogante, pero que trataba con cierta dulzura empalagosa a su mujer, poniéndonos los pelos de punta.

Tres de los niños que tenían no eran hijos de ella, los otros cuatro sí, todos eran varones, incluso el que venía en camino. Por alguna razón, quizá por chismosa o porque mi madre tenía algo que hacer en el pueblo, un día hablando y hablando con el dueño de la tienda en donde comprobamos la remesa los domingos; mi madre se enteró que no solo era la tercera esposa del recién llegado, sino que las dos anteriores habían desaparecido misteriosamente.

̶ Ojalá ésta no corra la misma suerte.̶ Cuenta mi mamá que el tendero suspiró mientras exhalaba una bocanada del humo de su tabaco.”

Doña Consuelo sirvió sin ceremonia las cuatro tazas de chocolate caliente y dividió en porciones iguales un pan que se hallaba en el centro de la mesa. Mercedes sacó de la nevera un pedazo de cuajada que sumergió en su taza y reanudó su labor. Doña Consuelo se sentó en la cabecera de la pequeña mesa rectangular y sorbió ruidosamente la bebida caliente.

Lucía sonrió acomodándose los lentes, Doña Consuelo disfrutaba contar historias de su vida, pero más disfrutaba generar expectativas. La mujer era bajita, compacta, de hombros anchos y cabeza muy redonda. Aunque no era muy mayor, estaba en una etapa indefinida de la vida y llevaba la experiencia en una mirada cansina, a veces opacada por una risa aguda que soltaba de sopetón haciendo sobresaltar a sus interlocutores. Después de untar una porción del pan en el chocolate y de saborearlo con fruición, continuo:

“Pasado algún tiempo, yo ya tendría mi primer hijo cuando la zona fue ocupada por la guerrilla y su ley era la única ley que se podía respetar. Si alguien se robaba una gallina, o dos borrachos se peleaban en la cantina, o tal persona no podía pagar un adeuda…. ellos intervenían para solucionar o en muchos casos castigar.

La justicia no podía tomarse por manos propias y mucho menos se podía dar parte a la policía o el ejército nacional. Ellos eran la ley, y pobre del que no respetara esa simple orden. No era cuestión de estar o no estar de acuerdo.

Un día cualquiera el señor éste del que les hablo, llegó donde el comandante y denunció a su mujer por abandono, el hijueputa tenía vara con ellos porque algunos de sus hijos se habían unido a la milicia, no en esa misma zona pero si en la misma guerrilla.

El comandante puso enseguida dos hombres a buscarla y después de unos días, llegaron con la noticia de que el sábado la habían visto bailando con un tipo del pueblo (así, así y asa) y que después habían salido juntos. Nada más.

̶ Hermano, su mujer se fue con el amante. No hay más que hacer.̶  determinó el jefe guerrillero alzándose de hombros y lo despachó del campamento.

Las cosas se quedaron así por un tiempo, solo mi madre seguía con la intriga y un día que el mismo comandante bajó a cobrar su respectiva vacuna, entre tinto y tinto le preguntó, mi mamá, por el caso de “aquel vecino con la mujer desaparecida” y el guerrillero entre risas le contó lo que él mismo había mandado averiguar.

̶ La vieja se fugó con uno más joven, según nos confirmaron en el pueblo.̶

Doña Consuelo entrecerró los ojos mirando fijamente al vacío.

“Mi mamá se quedó callada un rato y luego volvió a tocar el tema preguntando como era el mentado amante a lo que el comandante respondió con la descripción que le habían dado sus subalternos, al oírlo mi mamá me mandó a llamar y me lo describió nuevamente a mí.

̶ ¿Conoces a alguien con esta descripción?̶

̶ Sí señora, ese es Jetas el hijo de don Gustavo que lleva ya unos meses en la cama porque el toro lo tumbo en las corridas de San Martín.̶

Mamá volvió a mirar fijamente a los ojos del comandante

̶ La mujer está muerta. ¿Donde está enterrada? no lo sé, pero está en esa finca. La descripción que me da del dizque amante es la del ahijado de mi marido y a todos nos consta su convalecencia porque no fue hasta hace muy poco tiempo que recobró los recuerdos. No es la primera vez que a ese señor “se le pierde” la mujer. Es la tercera vez. Don Marciano el de los abarrotes me comentó en algún momento, que ya otras dos veces le ha pasado lo mismo y es por ello que tuvo que venirse de su tierra hace ya algunos años. Don Marciano es comerciante, se entera de las cosas, y yo aseguro que esa señora no abandonó jamás esa finca. Vaya, revise, investigue. Ella sigue ahí.̶

Recuerdo que mamá cada vez que veía al comandante guerrillero le preguntaba por su vecina. Quizá por eso se decidió a buscarla. Puso alguno de sus hombre en la tarea y fue entonces cuando descubrieron que uno de los trabajadores del malparido ese, había hecho un hueco gigante, ancho y profundo donde echaban todos los desperdicios orgánicos”

̶ ¿Estaba allí?̶  preguntó Mercedes apartando de sí la taza vacía.

̶ Espera ̶  dijo Doña consuelo y continuó: “Una tarde como a mediodía, el pueblo se llenó de guerrilleras. Todas esas mujeres marcharon con sus fusiles hasta la finca del tipo. Haga de cuentas unas doscientas mujeres, el único varón era el comandante.

Lo sacaron de la hamaca donde dormía la siesta y los escoltaron hasta el dichoso hueco que ya tenía maleza por encima y le ordenaron cavar.

̶ Así como la metió, la saca.̶  El marica lloraba que no sabía de qué hablaban

̶ No se preocupe entonces mi señor, que si no encontramos nada, mejor para usted. Tranquilo.̶

El hombre cavó hasta que se cansó y enfrentó a las guerreras.

̶ No más, hijas de puta, no más. ¡Mátenme pero yo, ya no cavo más, Mátenme! .̶

Pero el comandante intervino

̶ ¿Matarlo? ¿Cómo se le ocurre? Matarlo a usted es ensuciarse las manos, usted sáquela para darle cristiana sepultura. Ninguna madre merece desaparecer así. Aquí nadie lo va a matar, usted va a morir de viejo, solo y repudiado.̶

El tipo cavó y cavó, todo el día. Empezaba a anochecer cuando finalmente sacó los restos de la que había sido su tercera mujer. Nadie le ayudó a sacarlos, nadie le ayudó a llevarlo hasta la casa, nadie le ayudó a organizarlos; nadie le ayudo, pero las guerrilleras estuvieron con él todo el tiempo. Cuando hubo terminado de acomodar el cadáver, lo sacaron, y lo golpearon hasta dejarlo una sola pulpa de carne sanguinolenta, todas y cada una de las guerreras se dieron el gusto de golpearlo. Luego se fueron, y con él se quedó solo una que le sanó las heridas físicas.

Por ahí anda aun. No abandonó nunca el pueblo porque esa fue la orden que le dieron, se remontó en la finca y no volvió a hacer contacto con nadie, excepto uno de sus hijos que de vez en cuando lo visitaba.”

Doña consuelo calló. Mercedes abrió la boca para contar una historia parecida o quizá para preguntar algo, pero el grito agudo de Ramona seguido de un plop las hizo levantar de sus sillas: Una de las lagartijas traslúcidas había caído en el centro de la mesa.

Escrito por: LA POESÍA DE MIS OVARIOS

Publicado bajo la autorización escrita de su autora: Victoria Quintero