CaresuDiadeMuertos

“Hoy como ayer”

“Las heridas mortales tienen la particularidad de que se

Ocultan, pero no se cierran; siempre dolorosas, siempre

Prontas a sangrar cuando se les toca, quedan vivas y

Abiertas en el corazón” (Alejandro Dumas)

Como todos los días los intervalos danzan en una melodía casi audible con la parsimonia de un flor, los aromas fluctuaban entre las grietas del ayer y el hoy, pasando por los recovecos de las notas sueltas en una partitura y ahí estaba parada en medio del paisaje, una figura que se difuminaba en el aire, olía a crisantemos esa mañana de Octubre, había andado tanto para verle ahí y llegó como siempre tarde a la cita concertada, esa figura gris partía la ilusión que se había formado.

Parecía que la suma de la experiencia y la indiferencia se habían depositado en su rostro, tenía surcos como los que se hacen las cascadas en las rocas cuando el agua acaricia su corteza,  en su espalda se depositaba el  silencio del desierto donde no podría construir más nidos.

Las emociones que tenía eran clamorosos capullos rodeados de ortigas, miles de cuestionamientos se posaban en las sienes y debía cruzar en solitario sólo alumbrada por la tenue luz de la lámpara de la esperanza aquel camino que había tomado, quizá arrojada por el combate diario de la rutina o por el calor del egoísmo de una fragante ilusión que le había llevado a cavar aquel funesto destino, parecía un mal sueño…

Trataba de quitar la sutil capa que se hace a las remembranzas, como el golpeteo de un arqueólogo que intenta descubrir que hay debajo de cada uno, parecía un rompecabezas sobre la mesa, desordenado y las piezas no encajaban o faltaban, quizá no sabía qué hacer con todo ello ya que las promesas de juventud eran hoy como los poblados deshabitados que sólo quedan casas en ruinas  y los salicores los dueños del lugar, no recordaba cómo eran los colores del silencio. Tenía el corazón con la última llama que se apagaría, después de eso sólo habría silencio, vacio y nada más.

Estaba ahí depositado en la tierra que amaba,  el peaje de su camino había llegado a su fin, una lápida sobre un montículo de tierra  denotaba que hacia pocas lunas había caído en el sueño de los justos y con él se había ido una parte de ella, ese lado que sólo mostraba pocas veces, como cuando es visible el arcoíris después de esos días donde el cielo llora.

Había una lápida gris con un nombre y años solamente, con letras blancas que resaltaban la importancia de la roca,  tenía por cortejo unas flores de cempazúchil que daban toques de sol al lugar, unos cirios apostados como soldados en guardia, firmes y observantes, resguardándolo todo, dulces de mil sabores y en el odre negro mezcal, sobre los platos de barro se podía mirar mole, calabaza en tacha, arroz y tortillas azules al lado, majestuosamente puesta invitando al festín a vivos y difuntos, a lo lejos se escuchaba una guitarra cantar…de pronto observó algo que la dejó helada…

Se preguntó entonces ¿Qué continuaría ahora?, existía una oquedad en el centro de su pecho, había crecido con el paso del tiempo, creando alrededor una especie de coraza cada día más alta e impenetrable, era necesario para su supervivencia mantenerlo así, sólo él podía entrar,  con el suave roce de su piel, el aroma que tenía cándido y tierno como un beso, ahora vivía en sus memorias. Anidaba ahí el profundo deseo en vigilia siempre, como fiel compañero en las noches más obscuras.

Perdió la noción de los años ausente ¿Fue un lustro, una década o un siglo? , lo cierto era que al partir era una edad donde los sueños pueden ser realidad y se  observan con los catalejos del canto del ruiseñor, todos parecen ser tan vividos y reales que dan un impulso casi nato a continuar creciendo, cabalgando en la osadía pero llega un momento en que esto termina y se mira en el espejo lo que hay, lo que se tiene y dentro de uno existe una parte que ha dejado de esperar envolviéndose  en la monotonía de actuar en un mundo que alguna vez se vio tan lejano y hoy estaba frente a él, siendo parte del montaje en que era la obra y actuaba en ella sin haber pedido quizás aquel papel.

Giro su rostro para ver algo que llamó su atención y miró en la distancia una vereda que daba la impresión de ser como esas viejas fotografías que el tiempo va vistiendo con nuevos colores y texturas, el instante capturado no era un preso doliente sino un vago momento, que es semejante al camino alto hacia la colina, donde prometió que siempre esperaría él, siendo el pecho que deseaba y el tributo esperado, recordó que era el sitio donde se encontraban y amaron tantas veces.

Dirigió sus pasos vacilantes como las tardes de verano en la playa, camino hasta el punto donde podía mirarse todo el pueblo, con sus techos granate de dos aguas, blancas paredes circundaban las casas, las chimeneas a las afueras donde había un obrador, una panadería, el herrero y todo permanecía como las pinturas de Velázquez, los aromas seguían tan vivos como los extrajo de su memoria, cada flor, cada árbol y cada palmo del bosque seguía ahí como mudos testigos, con la misma sagacidad de un tiempo atrás, cerró los ojos y aspirando profundamente pensó que los antiguos combatientes  atravesaban las planicies con el fervor de un santo y el desdén de un condenado, llevados por el simple deseo de buscar, encontrar y poseerlo todo, continúo su andar con el pecho absorbido de pequeñas turbaciones, el día comenzaba a dormitar, como la trayectoria natural de una caravana en el desierto, quizá los negros presagios que pesaban por su mente se debían a su forma actual desdeñosa y turbia, había dejado de brillar hacía tantos ayeres que la metamorfosis sufrida se había llevado la lozanía de los olivos, en ese instante sintió que no tendría patria alguna,  continuar  bajo esa piel prisionera del fragor de la tempestad sería como aquel caracol que no alcanza a subir a la rama del árbol, por más que lo intenta no consigue.

Al descender y regresar rumbo a casa, anduvo sobre la grava cuyo pequeño chasquido al tocar los guijarros dan la impresión de tipear sollozos que fluyen como los minutos en los recovecos de la memoria, esos que se quieren silenciar para no despertar la sospecha que en cualquier momento el dique será abierto y de el brotará todas las lágrimas contenidas vaciándose  para ahogar los jardines del interior a tal punto que después sea difícil de contener nuevamente.

Pero ya era imposible, había ocurrido, empezó a agrietarse, por donde menos pensó el cataclismo en lo recóndito y sucedió, empezó el manantial a limpiar todo a su paso y llevándose troncos, piedras, hojarasca etc.  todo lo que en el pecho se guarda por años y está ahí como astilla en el dedo, molestando y empezando a hincharse pero después del nivel más alto de dolor, se acostumbra uno a tenerlo adormecido, amoratado siendo parte de la cotidianidad que después es un recuerdo apagado, entonces  el dedo enfermo y putrefacto, sigue ahí , pero con ignorarlo se cree que es suficiente entonces llega un día en que no se puede más y es necesario amputar para evitar una infección mayor pero esto no aligera la carga, porque la falange amorfa continúa siendo parte de uno mismo, siempre dispuesta a asistir a la invitación de cambiar el sentido de las cosas y del mundo, asir la cosas con nuevos enfoques reconocer la necesidad de despedirse, de lo establecido y empezar algo nuevo, por eso le dolía tanto no estar en aquella cita, pasaba las hojas del calendario sin ver, reprochándose no llegar a tiempo y cuando por fin tuvo la lucidez era tarde, como esas rosas de mayo que ya no florecen hasta a siguiente primavera , entonces sin darse cuenta llegó al lugar que la dejó helada, sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, un ventarrón arrojo lejos la bufanda y al caer cerca de una lápida observó el nombre y la fecha… pero ¡¿cómo era posible?!,  ¿En qué momento había ocurrido?… ella estaba parada frente a…IMPOSIBLE!!!  Se decía y clamaba, cuando de pronto enfoco la vista y…

Estaba de pie con el traje de gala que uso una vez,  se veía perfecto él, alto, de figura vigorosa, espalda ancha sus brazos delineados con cincel, sus hombros reconciliaban la sagacidad con el placer y la inocencia, tenía una mirada que incendiaba los soles en verano, con un halo  de oscuridad alrededor de ellos, las cejas pobladas demarcaban su rostro con fiereza, sus mejillas revestidas  por una barba profunda color otoño y de su cabeza colgaban rizos largos del misma tonalidad de  su barba, desde que se vieron comprendió las palabras de Shakespeare: “HAY PARA MI MÁS PELIGRO, EN TUS OJOS QUE EN AFRONTAR VEINTE ESPADAS DESNUDAS. CONCEDEME TAN SÓLO UNA DULCE MIRADA Y ESO ME BASTA PARA DESAFIAR EL FUROR DE TODOS.”  … ¿Cómo era posible? Era producto de un deseo o ¿estaba ahí…?

               Se acerco con sumo cuidado a la mano extendida, parecía la invitación entonces rozó sus manos apenas, provocando que su ser se estremeciera de pies a cabeza, al sentir el suave toque de su piel era como acariciar los campos de trigo, le tomó por el talle y empezaron a bailar al ritmo de la música, vuelta, risas por doquier todos estaban en frenesí, terminó el vals y le besó apasionadamente como siempre, fue entonces cuando preguntó:

 -¿Es una mala pasada eso?- señalando la lápida…

– No, escucha con atención;  Respondió él con la voz que le hacía caer en una vorágine  profunda, con ese dulce mareo que provocaba tenerlo cerca.

Agregó él:

– “Duda que sean fuego las estrellas, duda que el sol se mueva, duda que la verdad sea mentira, pero no dudes jamás de que te amo” [Shakespeare Romeo y Julieta]

– ¿Entonces?, preguntó ella con expectación.

Añadió él citando otro autor:

–  ¿Sabes a qué has venido hoy… [ ]? Has venido aquí a morir. Hoy tenías una cita con tu destino. Sería tan absurdo como pensar que gotearían tus ojos cuando ¿te duele el corazón no?.  Hace ¿Cuánto tiempo que no comes, duermes o te sientes cansada? ¿No te lo has preguntado?, ¿Hace cuántos soles que caminas sin parar? ¿Cómo es que llegaste aquí?, he ahí la respuesta…

Sintió como un balde de agua fría bañaba todo su ser, las respuestas golpeteaban la puerta de su cerebro y temía dejarlas entrar porque una vez instaladas en ahí jamás se partirían, empezó a ver como su vida pasaba frente a ella como una película en un autocínema mudo donde la luz del proyector es todo lo que ilumina el lugar, vio rostros familiares y no tanto, amigos de su infancia que el tiempo guardo en el tercer cajón de su adolescencia, sus amados caballos, la primera  ilusión, sus hijos, su vida entera , el hecho de que partieran juntos y él, como el dueño perfecto de todo lo que era ella, entonces en el último crisol se mostró como había llegado ahí…así suavemente dejó este mundo como se despide el otoño, sentado en la rodillas del invierno, era ya muy vieja para andar, agradeció volver a florecer por un instante, y recordar los buenos tiempos en que fue tan feliz.

Por un momento fue joven, de nuevo y observó que todos llevamos en nuestro ser parte de cada uno de los tocamos en nuestra vida, son células de nosotros mismos, esa chispa que surge cuando conocemos alguien es memoria de una vida pasada, el alma reconoce al amigo tan amado, al hermano, al hijo o al amante de un tiempo atrás todos estamos concatenados en una secuencia de actos del universo, nadie es un verso suelto, formamos parte del mismo poema escrito por Dios, ahora todo límpido y estaba en paz.

Había regresado a su hogar, con quien amaba y estuvo presente siempre, con un bagaje de decisiones y pulsaciones que hoy estaban enterradas bajo esa tierra, para volver a ser polvo y trotamundos de otra forma.

La brisa con su voz mecía las ramas de los árboles y los sauces responden lanzando al espacio un trino, reclinan su cabeza en la columna de la memoria, resplandecen a la luz de la aurora, ambas lápidas estaba juntas, como siempre desearon, juntos en esta vida y todas las demás.

Entonces  permanecieron inertes ante el tiempo que mira pasar un océano de invisibles orillas en el  mar donde la espuma es como la ilusión de una piedra preciosa, cerró los ojos, una luz proveniente de lo alto irradió un sendero claro, ambos caminaron hacia la luz eterna.

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