Una de Reyes Magos

Una de Reyes Magos

Don Olegario se sentó en la poltrona tejida de mimbre, y comenzó a recordar, a cuento de los primeros días del año, de los días en los que abandonó su casa huyendo de las palizas que su mamá de propinaba con razón, o sin ella. En esos días él tendría unos 8 años de edad, aunque en realidad su abandono había comenzado dos años antes, cuando el coma diabético dejó a su madre en un suspenso de la vida y por supuesto muy lejos de él. La mujer despertó del coma con la amargura recrudecida y sin paciencia. Para entonces Olegario habría aprendido a sobrevivir saciando el hambre y las necesidades básicas igual que los animalillos salvajes de los alrededores del pueblo y sin la supervisión de ningún adulto a su cargo. A pesar de los 15 hermanos mayores que le precedían, por increíble que parezca, del menor de todos ellos, nadie se ocupó nunca.

Así que un día se escapó de su casa en una de las bicicletas de los muchos hermanos que tenía y no paró de andar desde Huetámo, uno de los 113 municipios del estado de Michoacán, comiendo a cambio de trabajo que conseguía haciendo cualquier cosa que un niño de 8 años pudiera encargarse y durmiendo en las bancas de los parques cuando estaba en algún poblado, o en cualquier espacio cerca de la carretera cuando el sueño lo alcanzaba. Habrá pasado una semana cuando el pedaleo le alcanzó para llegar al puerto de Acapulco, ahí una familia de pescadores que tenían hijos pequeños le brindó algo más que comida y refugio. Llegó el mes de enero, para el 5 todos estaban alborotados con la ilusión de los regalos. Él a esa edad, ya no creía en los Reyes Magos, porque nunca le había traído nada. Cuando lo mandaron a dormir le recordaron que debía poner debajo de la hamaca una cajita con sus huarachitos para ver qué le traían los Reyes, y contestó que esos no existían, que esa historia era puro cuento y se durmió llorando de tristeza.

A la mañana siguiente, debajo de su hamaca encontró un trompo de madera, una pelota y unos huaraches nuevos, él lloró de la emoción y volvió a creer en los Reyes Magos. Ahora que es un señor grande, y que todos lo conocen como “Don Ole”, la gente le regala juguetes en buen estado, él los limpia, los arregla y se los da a niños de escasos recursos para que mantengan la ilusión de que los Reyes Magos si existen.

Autor: La Negra

Facebook Comments