Las fronteras del amor

Todos hemos escuchado estas frases tan trilladas:

“El amor no conoce límites ni barreras, el amor lo vence todo y te cura de todos los males, el amor es el motor del mundo”

A mi entender, es verdad que el amor nutre, es vida, es luz. Pero no todo lo que hoy en día llamamos amor lo es en realidad. Existen otras cosas a las que también, por pudor, por ignorancia, por vergüenza, colocamos el mismo nombre. Por ejemplo: el deseo, la pasión, la necesidad, la dependencia, el apego, el miedo a la soledad, la costumbre.

Por supuesto que todas estas cosas tienen cabida en el caleidoscopio de nuestras emociones, pero no hay que cambiarles el nombre o la identidad porque solo nos engañamos a nosotros mismos y nos decepcionamos y culpamos al amor; que ni vela tiene en este entierro.

Yo confieso que he vivido toda mi vida equivocada, pensando que el amor no tiene límites. Ahora sé que no sólo eso no es verdad, sino que esa falsa creencia ha sido la mayor fuente de mis desdichas como mujer.

Las fronteras del amor no son cosas tangibles, como la distancia o la diferencia de culturas o idiomas, o la oposición de las familias, sus límites son terreno de lo incorpóreo, lo espiritual, lo sutil. ¿Cuáles son, me preguntas? La autoestima, la dignidad, la alegría y el respeto son algunas de las que me vienen a la mente, son las que yo perdí en mis fallidos intentos de amar.

¿Qué sucede cuando se cruzan esas fronteras? Quedamos fuera del territorio del amor y entramos a otros dominios, al del abuso, el servilismo, la esclavitud, la violencia física o psicológica o algún otro terruño que te va matando de poco a poco o con rapidez.

Todo esto me confirma lo que dice el viejo adagio, el amor no duele, duele el ego, duele el desamor, duele el desapego. Cuando el amor se ha ido, hay que soltar y crecer. Reencontrarse con uno mismo y llenar la vasija del alma para poder volverlo a intentar. Porque al final es verdad que por amor vale la pena vivir.

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