¡Equivocación! ¿El canto de la derrota?

¿Cómo te sientes cuando te equivocas? Yo ¡Como gato recién salido del agua! Erizada, ojos desorbitados, furiosa, con ganas de comerme a quien osó ponerme en esa situación, e intentando al mismo tiempo desaparecer de la escena del crimen a la velocidad de la luz. Era la primera etapa que vivía al descubrir que me había equivocado. Vaya forma de empezar lo que todos a mi alrededor decían que era “el proceso de aprendizaje”. Ahora entiendo mi resistencia en ese momento por aprender cosas nuevas.

¿Drama? ¡Nooooo! ¡Drama lo que pasaba en las noches subsecuentes!  Pues ese era el momento ideal para gestar el malvado plan que la vida tenía para castigarme por no haber sido asertiva. El silencio se convertía en el cruel cómplice de mi vocecita castigadora, pues era justo en el momento que no había más que hacer o decir cuando me gritaba todo lo torpe que había sido. Ahuyentaba al pobre mago de los sueños, quién corría como venado sorprendido por un voraz león y me dejaba abandonada a merced de esa fiera sin piedad. Seguir despierta sí era un drama para mí, porque además de tener que minimizar el impacto de mi equivocación en mi identidad, quedaba a merced de la cruel voz que me recordaba mi equivocación en cada silencio del día y de la noche.

Ese era el estilo de historias que me contaba, donde se demostraba contundentemente que yo no era otra cosa que víctima de la vida, dramatizando cada cosa que me pasaba. Hasta que comencé mi proceso de coaching y me preguntaron: si yo te invitara a jugar un partido fútbol, ¿qué posiciones te gustaría jugar? Con mi escaso conocimiento en la materia comenté: centro, delantero, árbitro y portero, y tras una pausa mi coach me preguntó ¿por qué no has elegido ser el balón? Y después de una franca carcajada le comenté lo absurdo que era. ¿Quién querría ser el balón?, si bien es un elemento clave del juego, es pateado por todos, sin autonomía, decisión o poder, sin… ¡oh oh! Y como moneda caída en un tragamonedas, me sacaba el gran premio. Me di cuenta del lío en que estaba metida, no era más que el balón en el juego de mi vida. Y aunque reconozco que darme cuenta dolió un poco, en ese momento se abrió una nueva posibilidad: podía hacerme cargo y cambiar la historia, no por nada otro maestro decía que no somos responsables de la cara que tenemos, ¡pero sí de la jeta que ponemos!

Y como hilo de media, empezaron cambios importantes en mi vida, pues me di cuenta que mi forma de relacionarme con el error era desde la pérdida de mi identidad, generando así una relación tóxica con mis torpezas que me llevó a convertirme —paradójicamente—, en lo que no quería ser, generando violencia no sólo contra mí sino contra los que me rodean también.

¿Qué cómo le hice? Pues si estuvieras frente a mí podrías observar en este momento una expresión divertida en mi rostro y me verías mover mi mano como si trajese una varita en ella y sacudiendola te diría “con magia”, esa magia que eres capaz de producir en ti misma cuando te preguntas ¿eres lo que haces?

¿Cuál es tu esencia? ¿Ser perfecta o ser una mejor versión de ti misma cada día? Recuerdo mucho a mi ex jefe Manuel Martínez que me decía: Verónica lo perfecto es enemigo de lo posible, busca sólo la excelencia.

Cuando resignifiqué el error, pude honrar el aprendizaje que me dejó cada experiencia transformando el dolor por ambición. En lugar de reaccionar como gato mojado, soy consciente de las emociones que me despierta equivocarme, las dejo fluir y busco intencionadamente el aprendizaje, como un cachorro lleno de curiosidad que quiere descubrir el mundo. Hoy sé que el error no es otra cosa sino aprendizaje, el alimento más nutritivo para todo proceso de desarrollo.

El proceso de reconciliarnos con nosotros mismos

Para que todo error genere aprendizaje, es necesario generar espacios de transformación partiendo de:

  1. Autoconocimiento

¿Puedes cambiar lo que no conoces? Conocerte a ti misma, reconocerte y aceptarte, sólo así podrás generar la posibilidad de cambiar lo que no te gusta de ti. Un cambio no significa la pérdida de tu identidad, sino su desarrollo.

  1. Escucha profunda

Dale voz a tus miedos (te sorprenderá que a veces suenan tan ridículos cuando lo dices en voz alta que terminan perdiendo fuerza) y escucha también fuerte y claro a cada uno de tus recursos (esos que te han traído hasta donde estás hoy) y reflexiona: ¿estos recursos pueden ayudarme a enfrentar las consecuencias derivadas de mi decisión? Si la respuesta es sí, pues adelante, encara la situación. Si la respuesta es no, averigua qué es lo que está haciéndote falta para conseguirlo y ve por él.

  1. Discernimiento

Para que un pastel de chocolate sea un pastel de chocolate, necesita de muchos ingredientes y un proceso específico para crearlo. Ante una situación de conflicto (el pastel) reconoce que ingredientes pusiste tú (asumir, omitir, reaccionar, callar, etc.) pues sólo así podrás hacerte cargo de lo que te toca. Desarrolla la capacidad de distinguir claramente en qué te equivocaste e identifica: ¿qué es lo que ves? Se objetiva, no califiques, eso que ves: ¿qué te hace pensar?, ¿qué es lo que te hace sentir, eso que piensas? y ¿qué te dan ganas de hacer con esa emoción que te despertó?

  1. Acción

Una vez que te diste cuenta de lo que tú pusiste dentro del conflicto, es momento de hacerte cargo. El perdón (pedir perdón, perdonar y/o perdonarte) es el ingrediente secreto. El perdón, como lo define mi querido maestro Calbet, es reconocer que hacemos, lo que hacemos, desde la torpeza, no desde la maldad. Esta es la única manera de evitar volvernos esclavos de nuestros errores.

Recuerda que nuestros errores no nos definen, lo que nos define es el aprendizaje que nos dejan.

Escrito por: Vero Saldaña

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