El café en mi vida

Empecemos con que tengo dos cafeteras en casa, la clásica de goteo y la recientemente popular de cápsulas, elegir entre ambas es fácil. La primera es mi consentida, tal vez porque llegó sola, no tuve que comprarla; fue en una tómbola navideña del trabajo, yo ni siquiera estaba presente. Había tenido que irme justo después de la cena por un compromiso personal, me perdí el baile y el sorteo, sin embargo mi amiga Paulinacómplice infalible como siempretomó un papelito en mi representación y al siguiente lunes agradecí su buena mano cuando me entregó la pequeña y práctica cafetera. Sonreí entonces y sonrío ahora porque de todos los electrodomésticos existentes sólo hay uno cerca de mi corazón, cómplice de mi amor por el café. Y es que soy el tipo de persona que comúnmente comete el error de ofrecer café como pretexto para una plática, para llevar la sobremesa, o para disfrutar de una mañana, tarde o noche; se me olvida que no a todos les gusta como a mí, tal vez no estoy con la gente adecuada o tal vez no he podido explicarles lo que significa el café en mi vida.

Sé que nació en Etiopia, la leyenda popular cuenta que fue descubierto por un cabrero llamado Kaldi, quien al ver la euforia de sus cabras después de comer unas bayas rojas, se atrevió a probarlas, sintiendo de inmediato el efecto energético. Comenzó a bailar y a escribir poemas; lo demás es historia, el pequeño grano encontró su camino para llenarnos de magia, hoy todo el mundo tiene café, y los etíopes, orgullosos, lo siguen tomando en tres rondas, llamadas awol, tona, y baraka, esta última significa bendición. Bendito café, tan bendito que cuando llegó a Italia los sacerdotes acudieron a Clemente VIII para que lo prohibiera, y cuando este lo probó terminó bautizándolo.

El café me gusta tanto que me cuesta entender cuando alguien pretende que me apresure para terminarme una taza, no comprenden que es un placer que merece todo el tiempo del mundo y que todo lo demás puede esperar, o peor aún, cuando propongo tomar uno y todos me miran extrañados porque la mayoría prefiere ir por unas cervezas. No dudo que la cerveza tenga lo suyo, pero conmigo perdió, es fría y su sabor no me dice nada, nunca ha habido una conexión entre nosotras, podría desaparecer de la tierra y no lo notaría, sin duda la cerveza es dueña de un mundo, uno al que no pertenezco, sus partidarios pueden decir que relaja, sí , pero relaja tanto que los pensamientos se nublan, las palabras se arrastran, los mensajes se vuelven incomprensibles y con frecuencia hace que el ser humano termine siendo una caricatura de sí mismo. El alcohol es popular como herramienta para olvidar, por el contrario, el café evoca, su simple aroma nos transporta, calienta nuestra mano como dando un apretón firme, nos abraza desde adentro al beberlo, nos relaja pero a la vez nos da energía, es un líquido negro pero sin duda aclara la mente, da origen a conversaciones elocuentes, trae los recuerdos al frente, pone las ideas sobre la mesa, promueve el diálogo, ha sido el preferido para planear revoluciones y estrategias,  el café es tan perfecto que hasta se lee. Tiene tanta historia, tanto camino, y tanto corazón que se siente cuando lo tomas.

Como si esas no fueran razones suficientes, nací en una sierra donde crece en lo más alto, místico, a veces rodeado de neblina, consentido. Su aroma me abrazó desde pequeña, el primer aroma en las mañanas, el de la sobremesa después de cada comida o cena, el que me lleva a la mesa de mis abuelos maternos, a los que sigo viendo y me ofrecen siempre después de comer una taza de café, y también me lleva a la mesa de mis abuelos paternos que ya no están, pero que recuerdo con cariño, mi abuelo un coleccionista de sabores, y mi abuela, sin duda la primer amiga con quien salí a tomar un café, los extraño, pero sé que si quiero, una simple taza de café puede hacerme sentir que están en mi mesa. Cuando llego de visita con mis padres o mi hermana sin duda lo primero que me ofrezcan será café, lo mismo en cada casa de mi pueblo, el café está en todas partes, vive entre nosotros, y es querido por todos.

El café son recuerdos de mi tierra, de mi infancia, como cuando cayó la helada e hicimos muñequitos de nieve, pero todos estábamos preocupados por él, porque se salvara. Escuché a los mayores hablar del café, que iba a perderse, me dieron ganas de salir a cubrirlo con plástico, pero ni siquiera sabía donde vivía el café, tal vez esa fue la primera vez que quise hacer algo por alguien.

¿Cómo no voy a quererlo? Es como el amigo que ha estado ahí años, en los momentos buenos y en los malos, me ha acompañado desde niña con su aroma, ha estado en mi casa, con mi familia, en mi pueblo, con mis amigos; pasó de acompañarme a estudiar para un examen a acompañarme a la oficina, incluso cuando tuve que despedir a un ser querido, también ahí estuvo el café, apapachándonos el alma.

Ha sido un fiel compañero, amigo cercano. ¿Cómo evitar que lo prefiera? Tendrán que acostumbrarse, no voy a cambiarlo nunca, por nada, porque vino de Etiopia pero creció en mi corazón hace años, para muchos podrá ser sólo un grano o una bebida aburrida, para mí el café es sinónimo de historia, rituales, hogar, amigo con carácter, claridad, desahogo, abrazos desde adentro, calidez… es tantas cosas, todas bellas y reconfortantes…el café en mi vida es una semilla, una hermosa, con mucha raíz.

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