Las intermitencias de la muerte

Autor: José Saramago

“Al día siguiente no murió nadie…”

Llegó a mis manos el libro de José Saramago, un regalo sincero de manos de una buena amiga, mujer extraordinaria que supo detectar, en nuestras largas platicas de amigas, mi inclinación y empatía con la muerte, personaje principal de este libro.

Las intermitencias de la muerte es una historia redonda, perfecta, infinita. Si este libro fuera equiparable a una comida pensaría en un rico aperitivo, un plato fuerte, un postre, un café, es una comida completa.

Un día primero del año ocurre que nadie muere, ni al día siguiente, tampoco el siguiente. Desconcierto, entusiasmo popular, perturbación.

Un país, un jefe de gobierno, un pueblo, una reina, un cardenal, un Dios, algunos gremios afectados como el funerario, el médico y la catástrofe, porque nadie muere. El tiempo sigue pasando y los “no vivos” se quedan suspendidos entre la “no vida” y la “no muerte”.

El gobierno organiza comisiones interdisciplinarias para investigar las razones de lo que ocurre, representantes religiosos, filósofos intentan averiguar qué ocurre y cómo se vislumbra un futuro sin muerte.

Entre los argumentos destaca una reflexión sobre lo que ocurre, “filosofar es aprender a morir” – Monsieur de Montaigne.

La familia campesina que habita en una aldea a pocos kilómetros de la frontera con sus dos parientes en “estado de vida suspendida” cruzaron la frontera, el abuelo y el pequeño hijo engañando a la muerte.

Los vecinos, la denuncia, la condena social, los periódicos, la degradación de los valores familiares, las otras carretas, las otras mulas, las relaciones internacionales junto con las prohibiciones gubernamentales, el surgimiento de la delincuencia organizada, oportuna e ilegal.

La primera mitad del libro nos cuenta una historia de un país que se parece bastante al nuestro, con su pueblo, sus pecados, su falta de valores, el desdibujo de lo correcto que se convierte en lo incorrecto. La política dirigida, las mentiras, la doble moral, la delincuencia, la corrupción, la confusión.

Saramago nos describe con extraordinario sentido del humor las inconveniencias de la inmortalidad. No morir tampoco detiene el tiempo, ni las enfermedades, ni la tragedia,  sí deja suspendidos en un estado de “no muerte”.

La segunda mitad del libro, la protagonista de la historia es presentada como la muerte, así con minúscula, ella que es grande, que nos observa y se conmueve. La que ha acompañado a la humanidad desde siempre, humilde y generosa, inteligente y femenina.

La muerte observa poderosa desde su omnipresencia y en algún punto de la historia se concentra en un humano, un músico chelista que por alguna extraña circunstancia parece escaparse a su destino final.

La música, la literatura, la cotidianidad de una tarde en un parque ordenan la historia para descubrir cómo llegará a su muerte el chelista.

La muerte se viste con el cuerpo de mujer, se acomoda la piel y la sonrisa…

“Las intermitencias de la muerte” nos presenta a una muerte bondadosa, reflexiva, comprometida, determinada, curiosa. Una muerte que paradójicamente, desde su eternidad y su magnífica grandeza, una noche es vencida por el sueño, ella, la que nunca duerme, la que nunca descansa, y “al día siguiente no murió nadie…”.

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